El sociólogo Eduardo Pizarro fue miembro fundador, director y profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.

“En Colombia la paz nunca ha sido una política de Estado”

En ‘Cambiar el futuro’, su nuevo libro, Eduardo Pizarro documenta la historia de los procesos de paz en Colombia desde 1981 hasta la actualidad. Hablamos con el sociólogo, quien presentará la obra junto a Humberto de la Calle el viernes 28 de abril a las seis de la tarde en Corferias.

2017/04/25

Por Christopher Tibble

Cambiar el futuro (Debate, 2017) es un libro importante para entender el proceso de paz entre el gobierno de Santos y la guerrilla de las FARC. Sitúa los diálogos que se llevaron a cabo en La Habana, Cuba, dentro de un contexto histórico: examina, como si fueran compartimientos aislados dentro de un mismo barco, cada uno de los intentos por alcanzar la paz que adelantaron los presidentes colombianos en los últimos 40 años. Desde la creación de la primera Comisión de Paz en el gobierno de Turbay Ayala hasta la desmovilización actual de las FARC, el libro del sociólogo Eduardo Pizarro arroja luz sobre las dificultades, oportunidades y coyunturas de un conflicto que, por culpa de distintas razones, alcanzó a encontrarse entre los más antiguos del mundo. Es, sin duda, una oportunidad para entender más a fondo el final de un episodio que, como se evidenció en el plebiscito del 2 de octubre, todavía genera mucha resistencia en el país.

En el libro usted escribe que en Colombia existe una gran paradoja porque el país fue pionero "en la salida negociada a los conflictos armados en América Latina, pero, al mismo tiempo, es la última en sufrir los rigores de la violencia política”. ¿Cómo se explica esto? ¿Por qué nos hemos demorado tanto?

Las razones son múltiples y complejas. Primero, Colombia fue uno de los pocos países de América Latina que vivió con intensidad las dos “olas guerrilleras” continentales: la ola post-revolución cubana (1959) que se extendió desde Canadá (Direct Action, Front de Libération du Québec) hasta Argentina y la menos extensa pero más intensa, tras la revolución en Nicaragua (1979). En la primera, surgieron las guerrillas de primera generación (FARC, ELN, EPL) y en la segunda, las guerrillas de segunda generación (M-19, Quintín Lama, PRT, Patria Libre). Segundo, este complejo universo de guerrillas de distintos signos ideológicos (maoístas, pro-soviéticos, pro-cubanos, indigenistas, nacional-populares) no logró nunca una unidad real como sí ocurrió en Centroamérica (FSLN, FMLN, UNRG), pues la Coordinadora Guerrilla Simón Bolívar (CGSB) nunca fue un “Estado Mayor Conjunto”, sino un espacio para lanzar comunicados. La CGSB nunca logró superar el vanguardismo y la cultura sectaria. De hecho, nunca fue posible firmar acuerdos de paz con dos grupos guerrilleros simultáneamente: cada grupo quiso disponer de sus quince minutos de fama -como decía Andy Warhol- y se impuso lo que hemos denominado una negociación parcelada grupo por grupo y escalonada en el tiempo. Comenzó en 1990 con la firma de la paz con el M-19, siguieron los acuerdos fragmentados con el EPL, el MAQL, el PRT, la CRS entre 1991 y 1994, continuaron con las FARC en los últimos años y, en el futuro espero, con el ELN. Es decir, ¡más de 27 años! Uno de los procesos de paz más largos del mundo.

Su libro inicia a finales de la década de los años setenta, cuando las guerrillas de la primera generación, como las FARC y el ELN, pasaban por un momento de abatimiento. ¿A qué se debió su resurgir militar y económico?

Los tres grupos guerrilleros de primera generación, FARC, ELN y EPL, estaban en total bancarrota militar a fines de los años setenta del siglo pasado. Sin embargo, dos acontecimientos internacionales y uno interno revivieron el mito guerrillero en Colombia. A nivel internacional, el derrocamiento de Salvador Allende en Chile en 1973 llevó a la convicción a la izquierda de la inutilidad de las vías democráticas para acceder al poder; y la revolución nicaragüense en 1979 revivió el mito guerrillero en el continente, es decir, la posibilidad de alcanzar el poder por la vía de las armas. A nivel nacional, el paro cívico nacional de 1977, y los centenares de paros cívicos que recorrían el país a fines de los años setenta, generaron en la izquierda la idea de la inminencia de una situación revolucionaria. La orden era “enmontarse” y dejar de lado las inútiles luchas en el plano legal. Obviamente, en este período fue clave también la existencia de diversas modalidades de acumulación de recursos (la extorsión a la industria petrolera, el “gramaje” a los cultivadores y comercializadores de cocaína, el secuestro y la extorsión), que le permitieron a los grupos guerrilleros crear una auténtica “economía de guerra”. Todo ello, en una sociedad profundamente desigual e inequitativa, que alimentaba un profundo descontento social y hacía fácil el reclutamiento de miles de jóvenes urbanos y campesinos con un futuro incierto.

Usted habla de que Colombia sufre del “síndrome de fracasonomía". ¿A qué se refiere? ¿Cómo ha afectado esta condición al país en términos de alcanzar la paz, pero también en términos generales? 

Uno de los rasgos culturales más arraigados en América Latina y fuente de su bajo desarrollo económico es, según el brillante profesor ya fallecido de la Universidad de Princeton, Albert Hirschman, el “síndrome de la fracasomanía” o, lo que algunos denominan hoy  el “síndrome de Adán”. Es decir, la idea de que todo lo que hizo el gobierno anterior fue un total fracaso y que es necesario, por tanto, volver a comenzar de cero. En América Latina jamás se “construye sobre lo construido”. Y este comportamiento se reflejó en Colombia en el diseño de las políticas de paz desde 1981 hasta hoy: cada gobierno se inventó su propio modelo, no estudió a fondo las experiencias del pasado, es decir, no hubo nunca una política de paz como política de Estado.

Muchas guerrillas han usado los procesos de paz como estrategias militares para fortalecerse militarmente o visibilizar su causa. Usted insiste que este proceso entre las Farc y el gobierno de Santos es diferente. ¿Por qué?

La utilización de las negociaciones de paz como una herramienta táctica para reiniciar la lucha armada con mayor ahínco en el futuro fue una constante desde los años ochenta. Todos los grupos guerrilleros hicieron un uso pragmático de las negociaciones para mejorar su visibilidad política y recobrar fuerzas para la guerra. Las FARC, que no fueron la excepción, cambiaron de actitud en el año 2011 y buscaron una paz genuina -es decir, que conllevaba el desarme, la desmovilización y la reintegración a la vida civil-, por varios motivos: un grave e irreversible debilitamiento militar; un sorprendente acceso masivo al poder por las vías democráticas de la izquierda en toda América Latina (en el año 2009, 12 de los 19 gobiernos de la región se definían de izquierda), lo cual generaba un duro cuestionamiento a la guerra como la única herramienta política viable; una convicción clara -facilitada por dos mediadores neutrales, Noruega y Cuba-, de que había una voluntad en el gobierno Santos de alcanzar una paz mutuamente beneficiosa para ambas partes. Y, finalmente, la “fatiga de la guerra”: la “guerrillerada” ya no tenía ni el deseo ni la voluntad de continuar una guerra sin futuro.

Durante las últimas décadas en Colombia, la izquierda ha jugado un papel marginal en la política del país, a pesar de los triunfos del Polo Democrático. ¿Existe un vínculo entre esa debilidad y la existencia de las guerrillas?

Sin duda. Una guerra tan prolongada y tan degradada fue nefasta para la construcción de un polo de izquierda de masas. Por una parte, centenares de cuadros de la izquierda que hubiesen podido jugar un rol de primer orden en la lucha política por sus capacidades y su carisma -como Camilo Torres y Jaime Bateman, por ejemplo-, murieron estérilmente en una guerra inútil. Por otra parte, la militarización de la política por parte de la guerrilla le dejó el espacio de la acción política legal a los partidos tradicionales, es decir sin adversarios en este plano. Y, finalmente, la opinión pública asimilaba la izquierda con la guerrilla y ésta que día a día comenzó a utilizar más y más recursos éticamente cuestionables (tales como el secuestro, el reclutamiento de niños o las minas antipersona), arrasó la legitimidad de un proyecto de izquierda en el plano de la legalidad.

¿Por qué cree que ha sido particularmente difícil sentarse con el ELN en este momento?

Podemos plantear dos hipótesis. Una, benévola: tal como ha sido la tradición en Colombia desde 1990, cada grupo guerrillero quiere sus quince minutos de exclusividad mediática y el ELN está esperando que se apaguen los reflectores sobre las FARC. Otra, menos benévola: el ELN está fracturado y la fracción más radical está casada de antemano con una agenda maximalista difícilmente negociable. Ojala la primera sea la cierta.

¿Qué futuro le ve al partido político de las FARC, tomando en cuenta que muchos de los partidos formados por las guerrillas desmovilizadas a comienzos de los noventa se diluyeron con el tiempo? ¿Colombia corre el riesgo de ser otra Venezuela? 

En los procesos de paz en Centroamérica tuvimos dos resultados. En El Salvador, el FMLN tras la firma de los acuerdos de paz en 1992 y luego de tres gobiernos del partido de la derecha, ARENA, accedieron al poder y gobiernan desde hace ya varios años. En Guatemala, por el contrario, tras la firma de los acuerdos de paz en 1996, la URNG no logró nunca superar el umbral del 2 o 3% de los votos. Es decir, se convirtió en un partido testimonial. ¿Cuál va a ser el destino de las FARC como partido legal? A mi modo de ver, se va a parecer más a Guatemala que a El Salvador. Las FARC no se desmovilizaron en la coyuntura excepcional de ascenso de la izquierda en América Latina en la primera década de este siglo, cuando el continente se pintó de rojo, sino en el momento del reflujo de la izquierda y el hundimiento del proyecto bolivariano en Venezuela. El espejo de Maduro y su incapacidad manifiesta van a repercutir negativamente en el proyecto de las FARC. Y más, mucho más, si insisten en aplaudir ese proyecto nefasto.

¿Cree, como algunos expertos, que la izquierda atraviesa un periodo de crisis, en el marco del nuevo populismo de derecha tanto en Estados Unidos como en Europa? ¿Se debe reinventar? 

Sin duda, hoy en día la izquierda está atravesando por un desierto ideológico y programático. Tras el derrumbe de la Unión Soviética y el colapso del campo socialista, la izquierda no logra construir una utopía creíble. No sólo está enfrentando el auge de los populismos de derecha y el resurgimiento de los nacionalismos extremos que amenazan extenderse por el mundo, sino su propia incapacidad para construir proyectos alternativos. Podemos en España o Jean-Luc Mélenchon en Francia son caricaturas de un proyecto de sociedad serio y responsable. Sin duda, la izquierda se debe reinventar. Las FARC continúan inmersas en un discurso que no toca la sensibilidad de los sectores urbanos, hoy inmensamente mayoritarios en Colombia.

¿Si se toma en cuenta que desde el año pasado han sido asesinados más de 120 líderes sociales en el país, cree que Colombia corre el riesgo de volver a sufrir un genocidio como el de Unión Patriótica tras la desmovilización completa de las FARC? 

Ese terrible genocidio no se va a volver a repetir. Ahora, a diferencia de esos años, las FARC han tomado la decisión definitiva de dejar las armas y no dejar expuestos a sus bases de apoyo legal, además de que las Fuerzas Armadas tienen hoy un mayor compromiso con el respecto a los derechos humanos que en el pasado. Sin embargo, existen en muchas regiones élites locales que no están dispuestas a que les diputen el poder, ya sea por su apropiación ilegal de los bienes públicos, ya sea por temor a que los bienes que adquirieron de manera ilegal durante las últimas décadas (vía compra por debajo de precio, vía desalojo forzado), les sea cuestionada. Es fundamental que el Estado llegue pronto a las regiones vulnerables, para evitar que estas élites locales criminales continúen este asesinato de líderes locales.

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