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Cambios de humor

A propósito de la publicación del libro 5 en humor, de la periodista María Teresa Ronderos, Arcadia se pregunta por la salud del humor político en Colombia. ¿Todo tiempo pasado fue mejor?

2010/03/15

Por Pascual Gaviria

Luego de leer los retratos bien perfilados de cinco humoristas colombianos, el repaso de sus pleitos y de sus obsesiones, la colección de sus vicios risueños y de sus encierros, el desencanto de sus agudezas y sus luchas por pulir un mundo, me quedó la idea de haber visitado la figura de algunos poetas. Quizá sea una burla inmerecida para los humoristas. O tal vez un elogio desmesurado para su arte menos sublime. Pero ahí están, con su aire de “pájaros solitarios” y exóticos, luciendo sus miradas particulares y su habilidad de esgrimistas justicieros: Ricardo Rendón dice ver el mundo en diagonal, Klim afirma que su mirada es la del daltónico, resaltando el sentido ridículo de todas las superficies, Jaime Garzón usa su monóculo convexo y dice dedicarse al fiero ejercicio de decir la verdad, Osuna mira desprevenido desde la atalaya de la independencia a toda costa, desde su ferocidad moral según palabras de García Márquez, y Vladdo observa con ceño fruncido desde la certidumbre de su ojo suspicaz que busca revelar las grandes mentiras. Tal vez la justicia poética ha debido ubicar a Antonio Caballero como el quinto elemento y dejar que Vladdo se conformara con presentar a los maestros.

Pero no adelantemos juicios. El encargado de recoger la antología de los burladores es un libro de María Teresa Ronderos titulado 5 en humor, un repaso a la historia política colombiana “vista de espaldas, con la miseria de sus costuras” y las monerías de sus protagonistas. Muy pronto se advierte el poder que alcanzaron a acumular los creadores de una realidad desfigurada por un énfasis, sacudida por los bríos de la insolencia y descubierta por la fuerza de la obstinación. Un látigo y un palco privilegiado para cada uno de ellos. A Rendón le caían aplausos espontáneos a su llegada al Teatro Colón y Alberto Lleras, frente a su ataúd, lo convirtió en un pequeño Hércules: “Mientras Rendón saque de entre sus pícaros y miserables la certeza del bien y el mal de los actos humanos, podéis estar tranquilos, porque el órgano universal no podrá descuajarse…ni venir nada peor de lo que hay ya sobre la tierra”. Y llovieron decretos para llorar su muerte.

Klim no tuvo menos poder de turbulencia. Su obsesión con López Michelsen llevó a una crisis institucional. El presidente amenazó con renunciar si alguien no le ponía coto al sirirí que le cantaba burlas tres veces por semana. La mismísima comisión de acusaciones de la Cámara lo citó a declarar en el proceso que se le seguía a López por el escándalo de la hacienda La Libertad en los Llanos. Respondió diciendo que solo intentaba sacarle un poco de espuma al asunto. Sus víctimas lo citaban a duelo y sus amigos le ofrecían homenajes dignos de un guerrero. Por algo decía Rendón que el ridículo es la más temible de las armas.

Osuna también tuvo su momento para desvelar al presidente. Lleras Restrepo intentó que sus monos miraran hacia otra parte sin mucho éxito, sentía que le hacían daño a su gobierno y a la posibilidad de una reforma agraria que se impulsaba en el Congreso. Alguna vez dijo Voltaire en su pelea con Federico II: “Él tiene un trono pero yo tengo una pluma”. Una sentencia que pudo ser divisa de nuestros más sonados humoristas. Pero si Lleras se quejaba, Belisario lo declaraba termómetro insustituible: “…gentes de talento e independencia mental como usted sí le cuentan al gobierno como va él y cómo va el país. Gracias por sus urticantes aunque sonrientes lecciones”.

También los personajes de Jaime Garzón fueron jueces claves de la política colombiana. Heriberto de la Calle fue tal vez el más influyente editorialista en las elecciones presidenciales de 1998. Era necesario recibir el cepillazo en la rodilla para ser alguien en el juego electoral. Hasta los guerrilleros de las Farc sintieron como una obligación someterse a sus risotadas de tres dientes. Un final clásico para quienes entre nosotros logran ser escuchados lo convirtió en mártir.

Ese inventario de poderosos plantea interrogantes obligados acerca de la salud y la influencia actual del humor político. ¿Pasamos de los genios con capacidad de empujar gobiernos a unos simples tábanos que si acaso los obligan a espantarlos con gesto de fastidio? ¿Es el ciclo normal para la aparición de los anormales, los espadachines que hieren con gracia y certeza? ¿El humor dejó de ser un imán adecuado para mover las opiniones políticas y para explicar las paradojas y las aberraciones de toda realidad? ¿Ya los políticos no necesitan de intermediarios para producir carcajadas? Arriesgaré algunas respuestas como inventario y diagnóstico acerca de nuestro buen humor.

Los caricaturistas de prensa, bien sean de línea o de palabra, muy difícilmente tendrán la influencia de otros tiempos. Es innegable que su papel se ha devaluado un poco. Matador, que publica sus monos en El Tiempo, lo explica con algo de despecho: “Lo que se encuentra en crisis es la audiencia –o la sociedad–, demasiado liviana, muy facilista, muy letárgica para leer y comprender contenidos”. Además, Rendón, Klim y Osuna en su momento tenían la capacidad y la cercanía para tocar el poder directamente, para fastidiar un círculo de gobierno que estaba a la mano, que sentía que sus burlas eran más un calco abusivo que una deformación elaborada. Pero la pérdida de cierta influencia no necesariamente significa decadencia. Los caricaturistas se han multiplicado, han diluido su importancia personal como lo explica María Teresa Ronderos, pero a cambio los lectores hemos ganado un espectro más amplio. Hace poco El Tiempo acompañó su editorial sobre la marcha del 4 de febrero con la línea de cinco caricaturistas distintos y cada fin de semana El Espectador entrega las gracias de cinco hombres de plumilla para ayudar a digerir las retahílas de Bejarano y Zuleta.

En mi opinión, Osuna y Vladdo, protagonistas en el libro de Ronderos, han perdido un lugar en el podio actual a manos de Mico y Matador. El primero, por un ciclo inevitable que hace que por momentos sus monos se enmarañen en busca de los años dorados de Turbay y Belisario, y el segundo por una obsesión con Uribe que lo ha hecho predecible y monótono. En ocasiones ha olvidado al caricaturista para jugar al hombre que intenta sacar a las mayorías de su ceguera crónica. Otra forma de mesianismo.

Tola y Maruja merecen capítulo aparte por ser las únicas que practican, así sea dictado, el humor en la prensa escrita. Bueno, también Eduardo Escobar y Antonio Caballero hacen sus guiños esporádicos entre la multitud de columnistas estragados de gravedad y compostura. Dicen en El Espectador que la cháchara de las señoras es la columna más leída, aunque no la más prestigiosa, según dice el propio Mico: “Mi larga carrera de humorista me ha enseñado que la gente es muy seria”. Son además las únicas en atreverse en contra de la corrección política que hace imposible los chistes sobre clase o raza que eran referentes importantes en los tiempos de Klim. Pero el mundo se ha vuelto un poco histérico con el tema y un banano arrojado desde la tribuna cerca del arco de un guardameta negro causa la suspensión del partido, como si se tratara de una sustancia radioactiva. Tola y Maruja tienen además la virtud de atreverse con temas que el país considera sagrados, dignos de honrar con suspiros pero vetados para el aire más liviano de la risa. Decir que Emmanuel quedó “manigueto” o que a la Íngrid de la última foto “se la traga un pollo sin sacudirla”, es declararle la guerra al “poder de solemnidad” que impone la tragedia. Batalla indispensable para nuestros humoristas. Pero Mico descarta que las señoras sean comparables con las grandes figuras mencionadas en el libro: “Sobre todo porque no serían una figura sino dos”.

En la televisión el tratamiento de la política da más grima que risa. Será necesaria la aparición de un personaje con la estatura y la sonrisa perfecta de Garzón para que el melodrama en noticias o en novela ceda aunque sea diez minutos de su omnipotencia. Un ex libretista de la Banda Francotiradores, con más de un año riéndose sólo en la casa, lo resume todo: “Al programa lo ahogaron pasándolo de hora hasta ponerlo a la 1 a.m. Luego lo quitaron porque no tenía rating, pero a esa hora quién tiene rating”. Hermoso horario. Es lógico que la última gran figura de humor político haya hecho sus monerías en televisión, un medio que estaba estrenando los poderes públicos y curativos del sarcasmo y la burla. Para muchos colombianos fue la única puerta de ingreso posible al novelón de nuestra actualidad. Pero los canales son cada día más quisquillosos y más calculadores. Solo juegan a ser los cancilleres de sus intereses futuros y así es imposible dar paso aunque sea una risita inocente. Tal vez será necesario que aparezca un Andrés López con vena política para que arme su propia carpa y regrese un humorista tan importante como Garzón.

Luego de montar en taxi en las tardes es difícil discutir el primer puesto de La Luciérnaga en la arena de la política y el humor. La gran paradoja es que luego de la salida de Díaz Salamanca los humoristas pasaron a un segundo plano, como acompañamiento para los comentarios si acaso socarrones de Gardeazábal y Rincón. El triunfo de Peláez sobre Díaz Salamanca demostró que la voz era más importante que la chispa. La atención de los políticos sobre la comparsa de Peláez demuestra que el humor ha ganado espacio democrático. El mecanismo de influencia ha cambiado. Ya no hay acceso directo sobre las ronchas de los poderosos. El chiste mueve la veleta de la opinión y los políticos intentan un contrapeso a punta de soplidos. La burla se ha convertido en una consigna influyente, un afiche que cala hondo y mete miedo. ?Una pequeña homilía nos ha dejado constancia de la importancia del humor para marcar los acontecimientos nacionales, para grabar una conclusión en la memoria colectiva y someter al escarnio pacífico de la risa. La referencia al elefante de monseñor Pedro Rubiano logró graduarlo como pastor risueño, lástima que haya dejado el hábito. Queda claro que el humor político ni tiene tiempo para detenerse en nostalgias ni ánimos de venerar héroes pasados. Hay trabajo y mandamases disponibles, además el eco de las risas pasadas siempre será contagioso. Un monólogo de Mico puede servir para la conclusión: “El humor político en Colombia va bien…y mejorando. Obviamente no tenemos a un Klim o un Osuna educados en Europa y de familias cultas, pero tenemos un pueblo siempre dispuesto al humor y los jóvenes con ambición burlona están entendiendo que los libros no muerden”.

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