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Cantando entre las cenizas

Hace unos meses apareció una recopilación de los escritos personales de Marina Tsvietáieva. Confesiones: vivir en el fuego, a cargo de Tzvetan Todorov, reúne cartas y fragmentos de los diarios de la gran poeta rusa. ¿Cómo hizo esta mujer para conciliar el universo doméstico con la literatura?

2010/03/15

Por Joaquín Uribe Martínez

En el invierno de 1919, apenas dos años después de la revolución de octubre, Marina Tsvietáieva se vio obligada a abandonar a sus dos hijas en un orfanato a las afueras de Moscú porque allá, en la ciudad, con el invierno y la hambruna y un esposo en el exilio, la vida para ellas era poco menos que un milagro. Por esos días escribió: “Lo más preciso que puedo decir sobre mí misma: la vida se fue y dejó el fondo al descubierto”. Enfrentada a un escenario que le era del todo extraño y hostil, y quizá por haber crecido en un ambiente aristocrático, Tsvietáieva no puede creer en la revolución ni en su discurso. Su opinión sobre el bolchevismo es contundente: “Aniquilación de las barreras de clase –no por la vía violenta de las ideas, sino por la desgracia común de Moscú en 1919– por el hambre, el frío, las enfermedades” (uno piensa en la Rusia de El doctor Zhivago, esa novela de Boris Pasternak en que el personaje vuelve un día a su casa y la encuentra habitada por desconocidos que crían conejos bajo de las escaleras y convierten los muebles y los libros en combustible para las estufas).

Antes de la revolución todo era distinto: salones en los que sólo se hablaba en alemán y francés, mujeres interpretando en el piano valses de Strauss, poetas eminentes, lectura, mucha lectura, una adolescencia rayando en lo suicida (a la manera wertheriana, claro) y en la que Tsvietáieva encuentra su desahogo escribiendo poemas y cartas de amor al difunto Napoleón II. Más tarde, éxito en los círculos literarios de Moscú y un matrimonio precoz que irá atenuando su romanticismo rampante. Luego los cambios. A partir de ahora esas grandes presencias alrededor de las que todo el mundo orbita (la historia, la política, el “pueblo”) no tendrán para ella otra apariencia que la de un tropel confuso del que más valdrá librarse: “no amo la vida terrestre, nunca la he amado, sobre todo a la gente. Amo el cielo y los ángeles: allá y con ellos sabría comportarme”.

Luego de la dramática muerte de Irina, su hija menor, Tsvietáieva pasa varios meses en Moscú a la espera de noticias de su esposo, Serguei Efrón, quien tres años antes se ha unido a las fuerzas zaristas. Las cosas en Moscú se ponen cada vez más difíciles. Tsvietáieva, que no tiene el mínimo interés de unirse a ningún programa soviético, decide abandonar Rusia con su hija Alia e ir al encuentro de su esposo: “Lo seguiré como un perro”, escribe en una carta poco después de que Serguei ha dado señales de vida. En diecisiete años de exilio (dos en Praga y el resto en París) no se separa de su familia en ningún momento.

Si hay algo que impresiona en la vida de esta mujer es la manera como consigue conciliar las dificultades de la existencia cotidiana con su oficio de escritora. En medio de la interminable pobreza de la emigración, con hijos que alimentar y un esposo sin carácter, Marina Tsvietáieva no abandona nunca sus cuadernos. Escribe poesía a torrentes, traduce, prepara artículos e intercambia correspondencia con otros escritores. Su fe en su trabajo es inamovible: “No sé cuánto me queda de vida, no sé si algún día estaré de nuevo en Rusia, pero sé que hasta mis últimos versos, mi escritura será fuerte, que no daré versos débiles”. Además, en medio del machismo que gobierna el mundo de las letras, la poeta sabe afirmarse en su condición: “Cuando una mujer escribe, escribe para todas las que han callado –mil años, y callan todavía– y callarán”.

En un principio tendrá un lugar importante entre la emigración rusa: su obra, incompatible con las tendencias del realismo soviético, sirve de referente a los intelectuales y artistas que se oponen al sistema ideológico de la Revolución. Pero esto no significa que Tsvietáieva asuma un discurso político: su único reino posible es, por decirlo así, su alma. “No pertenezco ni a los unos ni a los otros”, dirá en una ocasión en que ha sido recriminada por haber alabado la poesía de Maiakovski. Ni los partidos ni los esteticismos de turno están por encima de su arte: “Rusia puede arreglárselas sin mí, mis cuadernos no”. Esta autosuficiencia es contraria a toda forma de poder. En la Rusia de Stalin, por supuesto, no la quieren: allá donde el Estado vigila y programa todas las esferas de la existencia humana siempre se hará lo posible para aplastar cualquier forma de espontaneidad. Así, en un mundo que no puede corresponderla de ninguna manera, negándose desde un principio a participar tanto de las ideologías como de las modas literarias que pululan en París por esos días, la poeta terminará representando el típico papel del anacrónico: ha puesto lo auténtico sobre lo novedoso, lo personal sobre lo social. Salvo unas contadas excepciones (Rilke y Pasternak, por ejemplo), los editores y los poetas del momento la irán dejando de lado.

Mientras que desde afuera es vista como una mujer histérica y frustrada, Marina Tsvietáieva sobrelleva las dificultades de su vida en familia. La pobreza nunca acaba. La relación con Alia y Serguei se vuelve hostil. Éste, tras un inesperado giro de principios, se cambia de bando y comienza a trabajar para la NKVD en operaciones secretas en París. Alia, interesada ahora en la causa soviética, se rebela contra su madre y decide regresar a la URSS. Pronto las cosas empeoran: Serguei termina involucrado en un escandaloso crimen político y es repatriado. Hacia comienzos de 1938 a Tsvietáeva no le queda otro remedio que pedirles a los rusos que la dejen volver, algo a lo que sólo la mueve su necesidad de reencontrarse con su familia. En junio del 39 se embarca hacia Moscú con su hijo Mur, de quince años, quien verá Rusia por primera vez.

Poco después de reunirse con su hija y su esposo, Tsvietáieva constata que su existencia como persona y como poeta está aquí más amenazada que en cualquier otro lugar. Todos desconfían, todos vigilan. Ruedan cabezas: hombres y mujeres que han sido fieles a la revolución son arrestados y fusilados de un día para otro sin importar su oficio ni su procedencia. A esto no escaparán ni Alia ni Serguei. La primera, luego de que es torturada y obligada a confesar contra su padre, es condenada a ocho años en campos de concentración por supuestas actividades de espionaje; al segundo lo fusilarán sin mayores explicaciones en junio del 41. Por esos días los alemanes comienzan a bombardear Moscú y Tsvietáieva y su hijo huyen hacia el este. Cuatro días antes de suicidarse, tratando desesperadamente de encontrar un trabajo para sostenerse en este nuevo exilio, la poeta escribe un telegrama que para Tzvetan Todorov es “uno de los documentos más demoledores de la literatura rusa”:

“Al Soviet de Litfond. Ruego que se me dé trabajo como lavaplatos en el comedor de Litfond que va a abrirse”.

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