Iriarte nació en Bogotá en 1937. Crédito: Alberto Sierra Restrepo

'Cuando te vayas, abuelo' de Helena Iriarte

El libro de la escritora colombiana, publicado por la editorial Babel, logra transportar al lector al corazón de la relación entre un abuelo y su nieta, además de retratar el cariño inefable que contiene. Compartimos el primer capítulo del texto luego de que nuestros lectores lo escogieran en una encuesta publicada en nuestras redes sociales.

2017/05/05

Por REVISTAARCADIA.COM

I. Los recuerdos de ayer

Pero quién sino tú me habrá enseñado cuanto sé de la oculta maravilla que está en el corazón de cada cosa- Eliseo Diego.

Estaba rociando las enredaderas que he logrado salvar de estos soles violentos del verano cuando llegó Julián, el niño que hace los mandados en el pueblo, y casi ahogado por la carrera comenzó a decirme que era urgente, que me habían llamado de la casa para que fuera porque el abuelo me estaba esperando y que le llevara unas ramitas de romero. Todo era un poco confuso, pero según él, no más así dijeron, y, a mí, lo que quiera darme para un helado porque tengo mucho calor.

Contento con las monedas, saltó la talanquera, desapareció por el camino y yo me quedé sin entender muy bien. El mensaje era tan inesperado que parecía de mentiras, pero a la vez muy claro; estaba asustada porque el niño lo dijo en tal forma que parecía tener la urgencia de un toque de campana y, mientras comenzaba a decidirme, el perro comprendió que me iría y se puso a dar vueltas y a traerme sus viejos juguetes; entonces ya no lo pensé más, organicé aprisa el taller, cubrí la arcilla con trapos húmedos, guardé unas pocas cosas en el maletín y corté unas ramitas florecidas del romero de la huerta; Corcho aullaba pasito y seguía detrás de mí con la mirada inquieta, seguro ya de que pronto iba a dejarlo, y para que se tranquilizara jugué con él antes de llevarlo donde la vecina, le expliqué que sería por unos pocos días y medio a escondidas salí al camino a esperar el último bus que pasa hacia las seis. Todavía es temprano y me siento tranquila porque, mientras dure esta tarde espléndida, nadie ni nada se puede morir, ni siquiera esa pequeña mariposa blanca que da vueltas alrededor de las florecitas azules que crecen entre el pedregal sin que nadie las cuide, ni les haya puesto nombre y que los campesinos arrancan sin mirarlas siquiera porque dicen que son pura maleza. 

Hace calor; la soledad y el silencio apenas se quiebran con mis pisadas sobre el cascajo cuando me pongo a caminar para que corra más aprisa el tiempo; la tierra está seca y al levantarse la brisa forma remolinos de polvo que me hacen entrecerrar los ojos; entonces regresan las nostalgias: vuelvo a sentir la firmeza de la arena de la playa que recorríamos cuando yo era pequeña y allá, en ese tiempo, veo mi imagen niña que se va perdiendo hasta convertirse apenas en un punto en la lejanía de aquella costa inmensa o tal vez de mi memoria, donde tan solo iban quedando las huellas profundas de los pies del abuelo y las mías apenas marcadas antes de que se las llevara el agua; huellas del viejo y de la niña que las olas borraban cuando se esparcían una tras otra entre un cascabeleo de espuma. También el tiempo, como el mar, se lo llevó casi todo, salvo las palabras del abuelo que descifraban el vuelo de las aves y me enseñaban sus nombres, que recordaban lo que había guardado en los baúles o había dejado entre los matorrales una bruja olvidadiza; palabras que iban inventando un mundo para que mis ojos lo vieran aparecer como surgido del aire, historias viejas pero siempre distintas que respondían a mis preguntas, aun a aquellas que los mayores no contestaban porque siempre estaban ocupados, salvo la tía Gertrudis; ella me quería mucho, me enseñaba poemas y canciones y me daba los recortes del bizcochuelo que hacía para vender, pero no sabía de los encantos que conocía el abuelo, y como él siempre andaba por ahí, no tenía más que mirarlo para que me explicara lo que ni siquiera le había alcanzado a preguntar.

Sin embargo, de esos años, unos son mis recuerdos, mis olvidos y otros los suyos; entonces ¿cómo reconstruir la historia si lo que tenemos son fragmentos que a lo mejor se repiten, se contradicen o dejan vacíos a lo largo de tanto tiempo que ha ido arrastrando lo que nos permitió o no nos dejó vivir? Pero a la vez pienso que puedo inventar lo que falta; si hay repeticiones en su memoria y en la mía, es mejor desechar lo más borroso, ir armando con paciencia las figuras del rompecabezas y dejar a un lado las cosas pequeñas para estar atentos sólo a lo que ojalá algún día podamos comenzar a escribir. Pero no quiero pensar en lo que ocurrirá más tarde cuando podamos mirar serenamente lo que ya pasó; ahora, lo único cierto es que me está esperando y que tendremos, si la vida lo permite, un tiempo para conversar. 

Y como la espera se alarga, trato de calmar la impaciencia y me repito que él no puede irse así no más y dejarme huérfana otra vez, si es el único que ha vivido a mi lado desde entonces… Pero eso no me lo ha dicho todavía, ni siquiera cuando lo que iba inventando parecía formar parte de un libro que no terminaba nunca; entonces, las páginas de mi propia vida, esas, se las saltaba siempre.

Tras las imágenes que se desprendían de sus palabras entraba a unos lugares desconocidos que aun ahora, tan lejos del lugar donde comenzó mi niñez, recuerdo con la claridad que entonces tenían y que ni siquiera los años han podido opacar; cuando subía la marea, me explicaba, con la seriedad que ha de tener lo fantástico, que en lo más hondo, en las profundidades adonde nadie ha llegado, salvo los barcos que naufragaron hace siglos y que se han ido cubriendo de plantas, en esos confines del mar, vive un monstruo inmenso que sale de su caverna porque le gusta jugar, pero como tiene unos brazos muy largos y sus manos son tan grandes, al levantar las olas lo desordena todo; después, cuando ya está cansado, se calma y tiene tanta sed que se bebe el agua que ha esparcido; por eso la tierra no se inunda y él se va tranquilo a dormir. Viejos relatos que él había oído cuando era pequeño, o que inventaba a cada paso para darles materia a esos sueños que yo iba guardando con cuidado junto a los caracoles y las conchas que las olas esparcían en la arena. Y al terminar de contarme cuentos, atendía con amorosa paciencia las interminables preguntas que yo iba enlazando unas con otras, como las cadenetas que me enseñaba a tejer la tía Gertrudis.

—¿Qué es el infinito? —le pregunté una vez mientras le jalaba la manga de la chaqueta para que me contestara.

—Un lugar muy grande, lleno de caminos que nunca terminan porque no van a ninguna parte, sólo siguen quién sabe hasta dónde y luego se devuelven, pero eso no les importa a los que van andando por ahí porque no tienen nada más que hacer. —Y se reía. 

—¿Pero cómo se llama la gente que anda por ese lugar donde no pasa nada?

—Me imagino que antes de irse les dejaron el nombre de recuerdo a los amigos.

—Y Dios, ¿dónde vive Dios?

—Él está más cerca —me explicó un día y me puso la mano en el pecho—, él vive ahí mismo, en tu corazón, y trata de no dejarlo ir.

Desde entonces quedé con la costumbre de escaparme para ir en busca de esos lugares que nacían de sus palabras y regresar a aquella playa que se extiende tal vez hasta los confines de esa geografía fantástica que cuando bajaba el calor salíamos a recorrer en busca de alguna aventura y que si acaso no encontrábamos, el abuelo podía inventar. Hasta que un día, a pesar de que eran sólo cuchicheos, me enteré de que nos iríamos de aquel lugar; nadie me explicó nada “porque era muy pequeña”, decían, y entonces, casi sin entender lo que ocurría, me preguntaba entre triste y furiosa cómo podían dejar sola a la abuelita muerta, acompañada apenas por los alcatraces y el ruido del mar; y por qué no les importaba abandonar la casa de corredores anchos donde nos sentábamos con el abuelo al atardecer a mirar el sol que se hundía allá donde termina el mar y a oír los cuentos de los pescadores viejos que se reunían a esperar el regreso de los más jóvenes, que les traían una parte de la pesca diaria “es una costumbre que viene de lejos, y ni se sabe de dónde”, nos decían.

Sólo el abuelo andaba cabizbajo y triste, pero tampoco hablaba, hasta que al fin, después de semanas y de ires y venires que yo no entendía, de malas caras y de conversaciones y secretos oídos a medias, se resolvió que íbamos a dejar a las primas del abuelo a las que yo llamaba tías y a Gertrudis, la que todavía añoro porque era la que más me quería, la que siempre estaba sonriendo; cuando se levantaban las voces para discutir, nos llamaba para que fuéramos a sentarnos, el abuelo y ella a tomar café y a fumar su tabaco y yo a mojar los recortes de bizcochuelo en el tazón de leche, y si acaso continuaba el alegato, la tía Gertrudis se ponía a cantar aquello de que “cuando en la playa la bella Lola, su larga cola luciendo va…” para que no oyéramos el estrépito de las palabras que caían unas sobre otras en desorden como una gran batahola y mejor tratáramos de mirar a los marineros que al verla se vuelven locos “y hasta el piloto pierde el compás”.

Ella sabía muchas cosas de sus animales y de las plantas que tenía en la huerta y, a pesar de que no conocía nada de lo que estaba más allá del pueblo vecino a donde adonde iba de vez en cuando a comprar telas para coserme algún vestido y a conversar un poco por ahí, parecía muy sabia, y cuando alguien le preguntaba por qué no se animaba a viajar, contestaba con su sonrisa de siempre que no tenía necesidad de ir a buscar lo que no conocía y para que no le hablaran más del tema decía: “lo que importa es acercarse al corazón de la gente buena, ahí está todo y yo estoy bien con mis vecinos y mi poco de mundo, que es como tener el mar en el agua que me cabe en el cuenco de la mano”.

En la casa el desorden seguía y, a pesar de mis ruegos y mi llanto y de una que otra pataleta, me dijeron que así lo habían decidido los mayores que ni siquiera explicaban nada porque parecía que hablaban con la voz de Dios; dejaríamos el pueblo, la brisa y el ruido del mar y no volveríamos a ver a aquel gigante que se desperezaba a la luz de la luna cuando salía a hacer sus jugarretas; nos iríamos lejos de la abuela sin atender lo que decían los pescadores, que donde uno se muere ahí sigue viviendo para que los que quedan vayan a visitarlo y a darle razón de lo que ha seguido pasando por ahí. Por eso yo preguntaba si no los entristecía dejarla, pero sólo el abuelo parecía acongojado y la víspera del viaje fuimos por última vez a acompañarla allá en el cementerio junto al mar, adonde a mí me encantaba ir porque las olas rompían más suavemente y las tumbas parecían casitas de colores. Sentados sobre esa tierra dura, el abuelo lloró y yo también, de verlo llorar a él; le pusimos unas flores de mentiras y unas ramitas del camino, porque allá no había más; rezamos en silencio, le pedimos perdón porque íbamos a dejarla sola y nos despedimos en medio de la algarabía de las gaviotas. Caminábamos al lado de las tumbas y el abuelo leía los nombres que estaban en las losas y me hablaba de los que habían sido sus amigos y de lo que significaban los números que estaban grabados debajo del nombre de la abuela: 1884-1944. Salimos despacio y ya más tranquilos porque la dejábamos acompañada de sus viejos amigos y del ruido del mar.

Cuando al fin terminaron los preparativos del viaje y llegó el día de despedirnos de la tía Gertrudis, que también se quedaría sola, sentí como si me quitaran a la fuerza algo que era mío; ella me envolvió en un abrazo tibio que olía a cigarrillo y a harina dulce y las dos lloramos mucho; no volvería a verla como tampoco a ese mar, el mío, porque, como lo comprendí al regresar al pueblo después de muchos años, era diferente de aquel que aún sonaba en mi recuerdo, y yo, bueno, tendría que haberle preguntado a ese viejo mar si aún sabía quién era yo.

Llevaba a mi lado el baulito con las muñecas de trapo que me hacía la tía Gertrudis y los caracoles recogidos en la playa; mamá no decía nada, sólo hacía mala cara y creo que ni siquiera se despidió de las tías, que se quedaron sacudiendo sus pañuelos cuando echó a andar el tren y se fue alejando de ellas y del mar; y yo, creo que de pura tristeza, me quedé dormida hasta que después de muchas horas la locomotora comenzó a correr aprisa por la tierra plana; hacía mucho frío cuando llegamos a la casa…y aunque no se veía el mar me pareció que también era linda; el jardín estaba florecido, los copetones revoloteaban sin miedo y al atardecer, para defendernos del “sereno”, que llamaba tía Irene y que lo llenaba todo de frío, ella cerraba las ventanas, me ponía unas babuchas de lana y el saquito para que no me fuera a resfriar.

Poco después del regreso, mamá, que llevaba un tiempo bastante nerviosa, anunció que en una semana sería el matrimonio en el país donde se quedarían a vivir y como único comentario les recordó a todos que ya lo sabían desde antes y por lo tanto no era necesaria ninguna opinión, ni le podían prohibir que fuera feliz; nadie le contestó y cuando le preguntaron por mí prometió mandar dinero y como estaba segura de que con el abuelo y con ellas yo estaría bien, repitió varias veces que no sólo era la mejor solución, sino que le permitía irse tranquila; al despedirse, prometió escribirme y venir pronto a visitarme.

Me quedé viviendo con el abuelo y con las tías “del otro lado”, como las llamaba mamá; a ella no la he vuelto a ver y aunque al principio escribía con frecuencia, las cartas decían lo mismo, como si las calcara, así que casi sin darnos cuenta la fuimos dejando allá en ese país que, según ella, era mucho mejor que el nuestro y yo seguí en la casa donde también, en esa hora indecisa, cuando todo parece estar a la espera de la noche, me sentaba al lado del abuelo a oír sus cuentos; a veces explicaba, me parece que para escandalizar a las tías, que en otras vidas él había sido venado, guerrero, aquel fara pequeño que una vez salvamos de morir de sed y al final, antes de ser el abuelo, una pequeña libélula azul. “Después sabe Dios lo que seré”. Y se reía mientras ellas se retiraban aprisa a murmurar y nos dejaban solos viendo pasar los copetones que en otro tiempo habían sido sus amigos.

Y al mirarlo a través de los años, me pregunto cómo pudo enfrentar tantos dolores sin doblegarse nunca y mantener fresca su imaginación prodigiosa que transformaba la realidad y el pensamiento en palabras que parecían recién inventadas, como hace un niño, o el poeta que a lo mejor habría podido ser; pero es que la vida a veces se desprende del querer de cada uno y lo va envolviendo en lo que ella dispone. Así, en aquellas tardes, lo que iba creando fluía sin detenerse, como el arroyito de monte que me hizo feliz durante un tiempo muy largo que casi sin que nos diéramos cuenta comenzó a hacerlo cambiar; con frecuencia se le extraviaban las palabras con las que atrapaba las cosas de su entorno y se fueron alejando o se escondieron las historias que durante tantos años habían formado parte del libro inagotable que guardaba en la memoria; entonces tuve miedo de que perdiera sus contornos lo que allí estaba escrito como si lo estuviera borroneando el agua y quedara apenas su huella en medio de una mancha azulada.

De pronto, sin entender por qué, volvía a sentir su presencia y lo veía acariciando el lomo de Firpo, que no se apartaba de su lado, y le sonreía como si se comunicaran en un idioma que sólo existía para los dos. A veces se detenía al borde del silencio porque le era difícil nombrar incluso lo que estaba a su alcance, la pipa, la vieja edición del Quijote y la manta; entonces, si necesitaba algo, señalaba, seguro de que yo lo entendería; pero pronto su mano también perdió la fuerza para levantarse y pasaba el tiempo absorto mirando hacia un mundo adonde no podía entrar porque ignoraba el camino; sin explicar nada se sumergía en una bruma que sólo a veces se apartaba y como si despertara de un sueño me decía: “como te contaba…”. Y sin dificultad volvía a atrapar el hilo de lo que quizás había estado recordando y hablaba y se mantenía lúcido un tiempo hasta que se escapaba otra vez. Parecía el final; sin embargo estaba ahí, fuerte y erguido como si no quisiera irse, como si su voluntad lo obligara a seguir siendo la viga maestra que sostenía los muros, el alma de la casa y mi alegría.

Pero cuando se encerró en un silencio del que parecía ya no querer salir, la familia decidió que debería irme por un tiempo; incapaz de soportar la lejanía del abuelo y su silencio imposible de quebrar porque era piedra, me marché de la casa y, aunque regresaba a verlo con frecuencia, él se quedó con quienes lo querían menos que yo y por eso estaban mejor preparados para cuidarlo, sin que los atormentaran mi revolotear a su lado, el llanto que a veces me era imposible ocultar, mis preguntas que a todos exasperaban: “¿Querrá decir algo y no encuentra las palabras?¿ O tal vez le duele la impotencia de su cuerpo y de sus ojos que ya no ven más que la lejanía? ¿Qué podemos hacer para que regrese?”

Nadie me respondía y al fin tuve que irme; había terminado la universidad y no podía abandonar el taller que había montado en el campo, ni las obras que estaba preparando para la exposición; además me aseguraron que podía estar tranquila pues la enfermera que lo iba a cuidar era excelente y como en el pueblo había teléfono, en caso de que tuviera algún quebranto de salud, me lo harían saber de inmediato. Y la verdad es que no incumplieron ese compromiso y hoy, cuando la llamada, tuve la certeza de que el abuelo me necesita; por eso estoy aquí esperando el bus que no llega y ya comienzo a inquietarme porque la bola del sol va a esconderse detrás del monte, el más azul por lo lejano, el que tampoco tiene nombre. Y si la oscuridad me encuentra, ¿qué voy a hacer para llegar antes de que sea muy tarde? Pero Dios es bueno y no se lo va a llevar así sin que yo esté a su lado y mientras doy vuelta a mis preocupaciones veo que ya viene el bus dando tumbos y, a pesar de lo viejo y achacoso de tanto andar por estos caminos destapados, todavía es cumplido y servicial; cuando se detuvo le sonreí agradecida, estaba segura de que no iba a dejarme aquí sola, llorando por no poder ir a encontrarme con el abuelo.

Al subir, los campesinos que ya venían de terminar la jornada me saludaron con afecto; son hombres buenos curtidos por el trabajo de cada día en el campo, sol o lluvia en demasía hasta que regresan a tomarse un plato de sopa y a lo mejor algo más. Cuando les dije que iba a estar fuera, aún no sabía cuánto tiempo, porque el abuelo estaba enfermo; antes de que les pidiera ayuda, prometieron que me cuidarían la casa y el taller: “Váyase tranquila y que la Virgen la acompañe y a él le dé su salud; cuando esté de vuelta le vamos a tener mucha arcilla de la buena para su trabajo”.

Agradecida y ya tranquila porque sé que son gente de fiar y no desdicen su palabra, acomodé la cabeza como pude y traté de descansar; poco a poco las voces se fueron volviendo un zumbido entre el ruido disparejo de las llantas del bus contra las piedras y, como si me deslizara despacito, me fui yendo hacia ese lugar donde iban apareciendo imágenes extrañas, evanescentes, desprendidas de la realidad y que, a pesar del esfuerzo por retenerlas, se escaparon cuando me desperté y ya no pude ni siquiera recordarlas. Y como otras veces, me puse a pensar en aquel lugar donde van a esconderse los sueños que se olvidan cuando ya estamos casi a punto de atraparlos. Desde que era pequeña el abuelo me explicaba que mientras dormimos hay unos personajes alados, diminutos que antes de que abramos los ojos van recogiendo los sueños y para que no se confundan los guardan con cuidado en unos cofres de aire, muy livianos para poder cargarlos hasta el lugar donde ellos viven; allá en la playa, debajo de una palmera y en la casa, su refugio es un rincón del jardín que solamente nosotros conocemos; la entrada secreta está escondida bien adentro de esa tierra negra, húmeda y olorosa a yerbabuena. Pero eso comenzó hace mucho tiempo, a partir de aquella tarde lluviosa. “Ya sabes por qué no debemos pisar ese lugar; sólo acercarnos con mucha maña y en silencio esperar la llegada de sus dueños, por si quieren hablar un poco con nosotros o escuchar algo de lo que nos perturba y que necesitamos compartir”. Como en todo yo le obedecía, desde entonces nunca me atreví a tocar ni siquiera una hoja de ese sitio que siempre está florecido y que es también el más extraño del jardín de la casa, el que él mismo eligió de acuerdo con los espíritus; tal vez por eso cuando el silencio anunciaba la llegada de la noche, en cualquier lugar donde me encontrara, me parecía oír sus voces y ver trozos de las imágenes de mis sueños perdidos. Y como las historias que me contaba el abuelo iban abriendo las puertas de no sé qué lugares que no quería perder, con mucho cuidado comencé a dibujar, hace ya muchos años, el mapa de ese mundo subterráneo, de sus senderitos que se cruzan y de pronto terminan en un lago o a veces se transforman en el camino de vuelta, para que, si algún intruso se atreve, después de dar vueltas y vueltas quede otra vez a la entrada y nunca pueda llegar al centro; pinté cortinas en los salones donde los espíritus guardan los sueños, las ilusiones perdidas, las alegrías sin motivo y seguí con el pincel el curso de los ríos que allá corren despacito; la lluvia, la hice dorada, del mismo color del sol.

Y también dibujé las figuras que venían de otros lugares, de los cuentos de hadas, de leyendas y de canciones viejas que él no había olvidado; hice un retrato de Bolívar parecido al que había visto en un libro de historia y otro de la muñeca que se me perdió la noche de la tormenta aquella que nos dejó a oscuras cuando veníamos por el muelle y otro del pajarito que encontramos muerto cuando paró de llover; al otro día el abuelo lo envolvió en su pañuelo y lo puso en la cajita de madera donde guardaba el tabaco; allá estará bien cuidado en el salón que huele a esas flores que perfuman al atardecer.

Pero ahora hay muchas preguntas que, a pesar de que comienzan a saltar una tras otra, no me he atrevido a decírmelas con claridad porque me da miedo; he dejado que se pierdan en el aire, pero regresan obstinadas y el diálogo se vuelve a repetir: “Si el abuelo se marcha y si los espíritus, para seguir viviendo, necesitan oír su voz que ya se habrá ido, ¿qué pasará con nuestro mundo mágico, o tendré que ser yo la que me encargue de que no se pierda? Pero, ¿dónde voy a encontrar la clave, las palabras que debo decir frente a la puerta mágica si están guardadas en el corazón del abuelo y nunca me las dio, a pesar de que compartía conmigo las historias cuando salíamos al jardín a darles alpiste a los copetones que revoloteaban alrededor de sus manos, seguros de que él no les haría ningún daño? Entonces, ¿cómo estar segura de lo que debo hacer cuando él se haya ido si ahora no responde mis preguntas? Y nuestro rincón y tantos sueños también van a perderse si él no me dice cómo debo anunciarme para que ellos me permitan entrar. Pero no voy a desesperarme todavía, quizás ahora, a mi regreso, pueda decirme algo y me dé la mano para poderme orientar.”

En el pueblo se bajaron los campesinos, subió otra gente desconocida y como no pude volver a dormir me distraje tratando de adivinar el nombre de esos pueblos que se ven allá lejos como regueros de lucecitas suspendidos en medio de la oscuridad. Tarde terminó el viaje y crecía mi inquietud, pero al llegar a la casa me dijeron que el abuelo estaba un poco mejor y que ahora sale a mirar el atardecer desde que la sombra comienza a cubrir las plantas más pequeñas y va subiendo hasta oscurecer las ramas altas de los árboles y que a veces tararea Mis flores negras, aquella vieja canción, la preferida de la abuela; y también que anoche antes de dormir pidió que me llamaran y que no olvidara aquello del romero. Entré de puntillas al cuarto donde estaba dormido, besé las ramitas, las puse sobre la almohada y me senté al lado de la cama, en el asiento que él me compró cuando era pequeña, y esperé, debía hacerlo, para eso había venido.

Aquí estoy y no pienso marcharme, así que les prometí a las tías que no molestaría preguntando y andaregueando por ahí como ánima en pena, “como soldado sin guerra”, decía él y se reía. Sólo quiero estar a su lado.

Como la mañana estaba soleada, la enfermera lo llevó en la silla de ruedas hasta el corredor de los geranios al lado del jardín, y cuando nos quedamos solos, sentí que ahora podía encontrarme con su silencio, con su mirada azul que siempre parece regresar de la lejanía, de un tiempo que no corre parejo con el otro porque va al ritmo del alma que se había encerrado a esperar mi llegada. Pero como no puedo saber dónde se encuentra aquel lugar, me quedé en silencio a la espera de algo; Sacramento quizás adivinó lo que me inquietaba y me dijo que la acompañara porque tenía que desyerbar un poco; me di prisa, no se le fuera a ocurrir cortar las plantas de nuestro rincón, donde los espíritus seguramente seguían viviendo y haciendo su trabajo. Escarbamos con cuidado para arrancar sólo las raíces más tercas del pasto, pero pronto comprendí que ella quería hablarme de otra cosa, darme su versión de lo que ahora ocurría con el abuelo. “Él no se ha ido para ninguna parte, o si no, ¿por qué no se ha muerto? Está ahí presente, lo oye y lo entiende todo, lo que pasa es que no encuentra con quién hablar porque las señoras no tienen la visión de adentro; ellas son muy buenas y lo cuidan pero por obligación y a él eso seguramente lo atosiga; viven ocupadas, siempre dicen que no tienen tiempo y ni siquiera se le acercan para saber si acaso quiere dialogar, pero ahora, con su regreso, va a ver cómo se repone, porque lo que él necesita es que lo quieran de veras y estén atentos a oír lo que dice y eso sólo se lo da su persona; ya va a darse cuenta de que estoy en lo cierto”.

Lo que trataba de explicarme Sacramento era muy claro y comprendí que tenía razón; me senté al lado del abuelo, le pregunté si quería hablar o prefería que los dos escucháramos lo que ya nos era familiar, el silencio que nos rodeaba, poblado de esas vocecitas tenues como venidas de los confines del habla, voces que se arremolinaban para decir palabras apenas con sonido, palabras que narraban historias que sólo nosotros habíamos aprendido a descifrar. Y para que no se preocupara, le expliqué lo que haría a fin de que sus murmullos no se confundieran con el silencio o con la brisa y me dieran tiempo de organizar lo que oía: qué era canción y qué cuento viejo, qué novedades o qué chismes imposibles de creer; haría como cuando desenredaba los hilos del costurero de la tía Gertrudis y los iba separando color por color para volverlos a enrollar, y ya en orden hilos y palabras, podríamos entender con mayor claridad qué era lo que parloteaban los espíritus a nuestro alrededor.

Sacramento se deslizó como una sombra y sólo quedamos el abuelo y yo en medio de la tarde soleada; parecía que mi alma y tal vez también la suya, en esa quietud que precede al milagro o a lo desconocido, hubieran quedado suspendidas a la espera de lo que habría de venir; ni siquiera las hojas más livianas se movían y para disipar lo que me daba un poco de temor comencé a hablarle de mi vida allá en la vereda donde, como él, “yo también estoy muy sola”; le expliqué, y al hacerlo sentí ganas de llorar, que he aprendido a hablar con mi perro y que a veces, al atardecer, una nostalgia muy honda me conmueve y cuando el cielo se nubla y la lluvia arrecia, le pido desde mi lejanía: “Abuelo, no me vaya a abandonar”. También le repetí los nombres que les he puesto a los pájaros más constantes, pero me entristecí de pronto al pensar lo hermoso que sería poder compartir con él ese mundo que es mi querencia. Y al mirar su rostro que parecía agradecido le dije que además de las ramitas de romero le había traído algo y le puse enfrente un cuenco pequeño hecho con la primera arcilla a la que di forma; se lo puse en la mano y al acariciarla sentí que estaba temblando y movía los labios como si estuviera perdido entre la maraña de lo que creía olvidado, de cosas imaginadas y otras sufridas que trataban de aparecer, y su mano, rugosa como la corteza del árbol, tal vez estaba a punto de pedir que me acercara más para bendecirme como entonces cuando me iba a dormir, o quizás para decirme que aún nos queda un tiempo que debemos recorrer sin prisa; sus ojos estaban atentos y pronto descubrí que aún podíamos dialogar para reconstruir el mundo en el que hemos vivido antes de que se desplome y me deje perdida y sin su ayuda, tratando de entresacar de lo que ya pasó algunos retazos para coserlos y hacer un edredón de colores como el de la abuela y taparme con él cuando haga frío.

Y mientras él encontraba la forma y el sonido de las palabras que tal vez quería decir después de meses de silencio, regresé, como en sueños, a aquella tarde cuando fue por mí al colegio; y aún siento la llovizna que cae en el pavimento y se desliza por la gabardina del abuelo pero ya no puede mojarnos y la mano de él presiona la mía tan pequeña para que caminemos más aprisa y puedo verme como si fuera otra; recuerdo que había poca gente, pero todos parecían asustados, corrían y se preguntaban algo que yo no alcanzaba a oír, o tal vez no podía comprender; al llegar a la casa había algo extraño; el nombre lo supe después; era la violencia, que parecía cubrir la casa, las calles, la ciudad toda y hablaba y daba órdenes y difundía el miedo a través de la voz del radio Telefunken, que no volvió a pasar las series que tanto me gustaban, sólo noticias que los mayores oían con el ceño fruncido y que frente a mí, la pequeña, se convertían en advertencias: que ya no podría volver a jugar en la calle como siempre, como hasta ayer y que no fuera a abrirle la puerta a nadie. Entonces ¿qué era lo que había ocurrido, tan grave que iba a convertir el andén, la tienda de enfrente, las piedras de la calle en sitios prohibidos y en sospechosos a los que llamaban a la puerta, al que traía el queso y los huevos, al de las verduras o a uno que otro mendigo que golpeaba el portón para que le dieran una limosna o un pedazo de pan? 

Desde arriba alcanzaba a oír la voz que daba cuenta de lo que estaba pasando en el centro y cuando dijeron que habían quemado los tranvías me puse muy triste porque a mí me encantaban; era como viajar en un tren, sólo que más pequeño. Más tarde entró a mi cuarto el abuelo; recuerdo su estatura, su semblante recortado contra la luz rosada de la lamparita que parecía colorear las cortinas y el edredón de mi cama. Se sentó frente a mí, me cogió las manos y con una voz grave me dijo:

—Es que el mundo se acabó.

Y en medio de un silencio que me pareció muy largo, cerré los ojos para no mirar el derrumbe que iba a terminar con todo lo que teníamos y aun con lo que estaba lejos y al fin me atreví a preguntarle:

—¿Y qué va a pasar con nosotros? —Y le apreté con fuerza la muñeca.

—Lo único que podemos hacer es refugiarnos en nuestro lugar secreto, el que desde hace tiempo custodian los espíritus, el que nadie puede destruir. Yo no había vuelto a visitarlos ni a oír lo que ellos cuentan; es mi culpa, pero ahora que vamos a estar cerca, sabremos de lo que pasa en su vida, que es mucho más divertido que lo que ocurre por acá.

No dijo nada más y yo trataba de imaginarme si armar de nuevo el mundo sería muy difícil o si volveríamos a vivir en chozas como las que aparecían en el libro de Historia Patria. El abuelo estaba muy serio y, como me intimidaba su silencio, no me atreví a preguntarle ni una de las miles de cosas que quería saber y me quedé esperando que terminara de hablar solo: “Ojalá Ismael no pueda ver desde allá que después de su muerte han seguido repitiéndose uno tras otro, cada vez, nuevos horrores”.

No le pregunté tampoco dónde lo estaría oyendo papá y como si buscara su respuesta o para recordarlo miré la fotografía de papá que tenía al lado de mi cama desde que me dijeron que ya nunca iba a regresar; siempre lo supe con claridad porque repetían a cada momento que mamá era viuda, que yo ya no tenía papá y que por eso era huérfana. Miré entonces su fotografía y para defenderme del miedo le pedí que nos salvara si llegaba el fin del mundo; no me contestó, pero como seguía sonriendo me tranquilicé y, mientras esperaba el estruendo de todo lo que estaba a punto de derrumbarse, traté de imaginarme a dónde irían a caer tantas personas y casas y montañas; a lo mejor al mar y eso sería muy malo porque aplastarían al monstruo y el mundo inundado volvería a quedar plano como una mesa, así como creían los antiguos y a veces también yo. Parecía que el silencio no terminaría nunca y, como no se oía ni el eco del derrumbe, me atreví a acercarme al abuelo, toqué su mano húmeda y cuando levantó la cara vi que había llorado.

Desde ese día comenzaron unas vacaciones que tal vez fueron muy largas y, como me habían prohibido salir, la vida se instaló en el interior de la casa y el abuelo centró su atención en aquel lugar del jardín donde vivían esos personajes cuyas voces aún me parece oír y adivinar su vuelo a mi alrededor cuando estoy triste, a pesar de los años y de que, pensándolo bien, nunca los alcancé a ver de veras.

Desde esa noche algo cambió; el abuelo hablaba apenas lo necesario con las tías y nunca de lo que estaba ocurriendo fuera de la casa; andaba abstraído y un día me dijo medio en broma, medio en serio que ya casi terminaba de inventar la máquina del tiempo para ir a un lugar alejado de lo que habían destruido y quemado en la ciudad; estaba decidido a que por lo menos nuestro mundo no se fuera también a pique como ese otro que, según decía, no deberíamos ni siquiera mencionar. Cuando volví al colegio, el abuelo madrugaba más que de costumbre y al acercarse la hora ya estaba esperándome en la puerta; caminábamos de ida y de regreso y fue entonces cuando me explicó que el lugar mágico que me había ofrecido era el mismo que había existido desde siempre; sólo que ahora había tenido que descubrir el rincón que pronto me iba a mostrar, donde vivirían los espíritus muy cerca de nosotros. Y una mañana de domingo me avisó con gran solemnidad y en secreto, para que nadie más se enterara, que ya habían regresado y que podía acercarme a ellos para conocer lo que pasaba allí donde todo era diferente.

Pero antes y como cada día tuve que hacer las tareas, memorizar las tablas de multiplicar y las retahílas de nombres y fechas que no entendía porque todo se mezclaba; entonces aparecía el abuelo que consideraba aquello una insensatez que no debía tomarme en serio y para darle validez a lo que afirmaba me enseñó el truco que me hizo más fácil la vida del colegio; en el salón de clase, frente a la maestra, repetía sin pensar todas las lecciones al pie de la letra y sacaba las mejores calificaciones, pero al llegar a la casa, él, como si tendiera las fichas del parqués sobre una mesa, desparramaba lo que me habían enseñado y comenzaba a explicarme la verdad de muchas cosas; que el infierno no existía más que en los ojos de la gente mala, que los reinos de la naturaleza no eran esos tres que mencionaba la maestra, sino muchos más, y para que le entendiera me explicaba que las piedras preciosas antes habían sido troncos de árboles y luego carbones que habían dejado de arder porque tal vez el monstruo que vivía en el fondo del mar los había apagado con la respiración, que las estrellas eran las flores que el viento había hecho volar hasta lo alto y a que las otras las había dejado aquí abajo como un favor a las abejas: “Por eso tienes que cuidarlas, aun las más humildes lo necesitan, y cuando mires una, aunque sea pequeñita, levanta los ojos y verás cómo las estrellas de puro contentas te hacen guiños”.

A nuestro mundo secreto sólo se podía acceder por una red de caminos que nadie conocía y que llevaban al corazón del espacio encantado donde vivían los espíritus, y cuando ellos se ponían a contar historias, el abuelo y yo sabíamos que cada una era tan verdadera como lo del diluvio y la torre de Babel que, según la maestra, eso y todo lo de la Historia Sagrada, se lo había dicho Dios a Moisés. Y lo que oíamos era nuevo y nadie más lo había conocido nunca, “Porque hay que inventar la verdad —me decía—, imaginarla para creer en ella”; y nosotros estábamos dispuestos a defenderla por encima de la tontería de la maestra y de la torpeza de las tías.

Los problemas se presentaban cuando, según las reglas de la casa, había que hacer algo que amenazara nuestro mundo, como la llegada del jardinero que un día estuvo a punto de ocasionar un desastre; apenas lo vio llegar, el abuelo, muy serio y bien erguido, se paró con su bastón junto al brevo; parecía un gigante al lado del jardinero que, apoyado en la cortadora de pasto, alegaba que ese era su trabajo, y como lo secundaban las tías, quedó declarada la guerra; pero el abuelo no estaba dispuesto a aceptar ninguna razón y al fin el bando opuesto tuvo que transar y se llegó a un acuerdo; el jardinero podría cortar lo que quisieran, siempre y cuando no se atreviera a acercarse a ese rincón que él custodiaba y que florecía bajo el árbol que papá había sembrado cuando supo que yo iba a nacer; entonces, salvo nosotros, nadie más podía acercarse a ese sitio vigilado por la sombra de papá. 

Lo que había ahí mismo, bajo la tierra, ni él ni yo lo mencionábamos, era nuestro secreto, por nada del mundo habríamos permitido que se atrevieran a profanarlo, a pisar los caminos que yo había dibujado en nuestro plano. Al fin los ánimos se calmaron y las tías se retiraron rezongando. El abuelo le pidió excusas al jardinero, le ofreció un cigarrillo y mientras fumaban le dijo que había cosas que nadie más que él y yo conocíamos y que por eso las debíamos defender de los extraños. Creo que el buen hombre no entendió nada, pero aceptó las condiciones que le puso el abuelo, que de todos modos siguió montando guardia, no fuera a ser que sin darse cuenta traspasara la raya, para todos invisible, que separaba la realidad que cualquiera podía pisar del lugar inviolable donde habitaban los espíritus.

Y ahora me pregunto ¿dónde estaba esa línea que separaba el mundo de siempre, el que pisábamos cada día, del otro, el que sólo nosotros podíamos ver? ¿Era tal vez como la del ecuador que aunque nadie la ha visto está ahí, según nos explicaba la maestra, o como la del horizonte que separa el mar de un más allá luminoso que siempre se aleja? Y cuando él se encerró en el silencio ya no volví a encontrarla, ni pude hablar con esos seres que en un tiempo fueron nuestros amigos; no sé si el abuelo sigue conversando con ellos, pero con el silencio de su voz se cerró la entrada al rincón encantado y se borró la línea que indicaba el comienzo de nuestro territorio secreto.

A partir de entonces tuve que vivir de este lado y crearme un mundo, si no tan hermoso como aquel, un lugar apacible donde vivo en paz con mi soledad. Allá tengo mi taller, un lugar lleno de sol donde paso mucho tiempo amasando la arcilla para que se convierta en alguna de las figuras que dan vueltas en mi cabeza hasta que comienzo a darles forma, y quizás algún día, para que no se desdibujen, pueda de alguna manera crear aquellos seres que veía cuando, sentados al lado de su rincón, nos contaban historias. No quiero olvidar a los espíritus del aire que nos consolaban con su canto, pero tampoco a los que se escondían entre el pasto crecido porque sólo les interesaba jugar y andaban revoloteando por ahí, de lado a lado de la línea y diciendo cosas tontas que a mí, en ese entonces, me hacían llorar de risa, mientras el abuelo me preguntaba muy serio: “¿Has oído lo que dijeron al pasar? Son unos atorrantes a los que no debes hacerles caso; más bien oigamos lo que dicen las voces suaves de los espíritus alados”. Y mientras ellos hablaban, los ojos se me iban por el aire empeñados en buscarlos y ni siquiera se me hubiera ocurrido mirar la cara del abuelo, su boca que tal vez hablaba por ellos, ¿o era que repetía lo que estaban diciendo? Nunca me lo he preguntado porque en aquel tiempo lo que había a mi alrededor desaparecía para dar lugar a esos seres pequeños que se posaban en mis manos, que debían quedarse muy quietas para no espantarlos.

El abuelo y yo habíamos aprendido a estar atentos para poder entender, callar para descifrar el sentido de sus palabras, a veces oscuras, y preguntarles sólo lo necesario antes de que se escaparan y con ellos se perdiera esa música desprendida del aire que se pegaba al vuelo de los copetones; y no podíamos imitar su canto con las voces nuestras, de habernos atrevido a hacerlo, en un instante habrían desaparecido asustados o burlones y sus melodías sólo nos habrían seguido rondando como un vago recuerdo.

El perfil del abuelo que parecía modelado en arcilla me devolvió a la realidad y sentí que ya no quería recordar más, que sólo me interesaba oírlo. Y de pronto lo que me había parecido imposible ocurrió: en un instante se quebró el silencio y su voz, muy tenue, comenzó a modular unas palabras que se deslizaban temerosas como si fueran a contar un secreto, como el aire en el instante que anuncia la primera luz. Al principio me confundí y no supe si era yo la que estaba repitiendo lo que guardaba mi memoria porque necesitaba creer, o era que se cumplía el deseo de que volviera a hablar conmigo antes de que llegara el momento de marcharse; así que cuando salió de su mutismo, como me lo había anunciado Sacramento, comprendí que sus palabras aún tenían la fuerza para hablar de su vida y para inventar fantasías y explicarme lo que había vivido en ese tiempo de ausencia; pero lo importante era no darle paso al silencio porque entonces la muerte, aprovechando esa pequeña pausa, se lo llevaría y con él lo que aún no había alcanzado a contarme. Y yo, ¿cómo podría quedarme sola y vivir sin el abuelo?

“Pero no va a ser así —pensé—; mientras esté aquí a su lado podrá recordar; es lo que ha mantenido su deseo de vivir, sólo que nadie lo entendió; por eso me estaba esperando a pesar de que su vida pendía de un hilo, en apariencia tan delgado que casi no se alcanzaba a ver”.

Y mientras yo me preguntaba qué hacer, el abuelo, como si estuviera devanando aquel vellón de lana de la oveja que esquilamos una vez, más que tocar, acariciaba el cuenco y le daba vuelta entre sus manos como si él también buscara la redondez del aire que tenía adentro; y de pronto surgió la palabra, se lo acercó a los labios y como un murmullo oí su voz que me decía: “Gracias”. ¿O era que yo lo estaba imaginando porque me ahogaban las miles de preguntas que no se atrevían a salir? Y como si quisiera responderme, de pronto pareció que una luz le iluminó la cara o tal vez la voluntad, que después de aquella larga ausencia sacudió las alas. Entonces su voz, al principio pequeña como la de un niño, se hizo fuerte y como si quebrara una barrera invisible que le impedía hablar fue creciendo más y más y comenzó a rememorar fragmentos de su historia que, según me dijo, él no sabía en qué lugar del tiempo había comenzado, ni cuándo podría terminar; sólo era necesario cerrar el círculo; después podría marcharse tranquilo, lo demás quedaba en mis manos que deberían escribirlo para salvar su memoria aunque a él eso no le interesaba ya.

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