Sanín nació en Bogotá en 1973.

Los otros Juegos Olímpicos: el libro más reciente de Carolina Sanín

Hablamos con la escritora sobre Alto rendimiento, un conjunto de “crónicas alucinadas” de los Juegos Olímpicos de Río que fueron llevadas de su página de Facebook al papel, y sobre todo lo que ello implica.

2017/02/08

Por Sara Malagón Llano

Carolina Sanín, autora de las novelas Todo en otra parte y Los niños, entre otros textos, es columnista de Arcadia desde 2009. Sus opiniones han planteado debates que incomodan a algunos pero que otros ven como necesarios. Su libro más reciente, Alto rendimiento, mezcla la realidad y la ficción para considerar uno de los eventos atléticos más grandes del mundo y todo lo que implica, un tema que ha tocado antes. Hablamos con ella antes del lanzamiento del libro en la librería La Madriguera del Conejo el 8 de febrero a las 7:00 p.m. 

¿De dónde surgió la idea de ser corresponsal de Facebook de los Juegos Olímpicos (es decir, de escribir y compartir los textos que componen Alto rendimiento)?

Acababan de empezar los Juegos, y yo iba en un taxi de la universidad a mi casa, cuando sonó en el radio la noticia de que a un deportista lo habían expulsado de la Villa Olímpica por dopaje. Entonces escribí en mi muro de Facebook, sin pensarlo, el primer post: “No quiero que me expulsen de la Villa Olímpica”. Al llegar a mi casa, construí el segundo post, en el que ya me imaginaba como corresponsal de Facebook y como atleta olímpica. Desde entonces escribí, cada día de los Juegos, el reporte de lo que imaginaba que sucedía en Río. Fue rápido, intuitivo y espontáneo. No obedeció a ningún plan.

¿Por qué en Facebook?

Para explorar la inmediatez: porque en Facebook podían contraerse el lapso que separa el suceso inspirador de la escritura, y el que separa la escritura de la publicación. Vi que tenía sentido ir publicando mi versión de los Juegos a medida que estos iban transcurriendo, y que podía hacerlo sin revisión. Escribía en libertad y soledad, pero, al mismo tiempo, trabajaba en compañía: los lectores hacían preguntas y daban ideas, mostraban su curiosidad, sus expectativas y su gusto, y con ello incidían en la escritura de los contenidos siguientes. En este caso, más que en otros, escribir fue un juego.

¿De dónde salió la segunda idea, la de convertir el conjunto de textos en un libro ilustrado?

Todos los posts se publicaron originalmente en mi muro de Facebook. Hacia el final de la Olimpiada se me ocurrió (quizá porque vi que estaba cerca el final de mi juego, y porque preví la nostalgia que me iba a dar terminarlo) que podían convertirse en un libro. Entonces los recogí. En Facebook había publicado los posts con fotos, pero vi que sería difícil conseguir los derechos de las fotos. Por eso, para el libro se me ocurrió cambiar las fotos por ilustraciones y le propuse a Manuel Kalmanovitz, quien también es el editor del libro, que las hiciera.

¿Son importantes la fecha y la hora que introducen cada pasaje? ¿Corresponden también a las publicaciones en Facebook?

Sí, la fecha y hora en que cada post se publicó en Facebook salen transcritas en el libro. Para mí era importante que se conservara esa referencia, pues daba una idea de cómo había sido la experiencia original de escribir y leer los textos en Facebook, y de la velocidad (el “alto rendimiento”) con que los textos se habían sucedido.

Podría pensarse que Facebook y un libro son formatos diametralmente opuestos: el uno representa lo banal, lo inmediato y el otro, lo culto, lo extenso. ¿Qué opina de esa –tal vez falsa- dicotomía y de las relaciones entre Facebook y la escritura que, como se ve con su libro, se pueden establecer?

Desde hace mucho tiempo leemos libros que son diarios de autores, pero el ritmo y el tiempo en que los leemos está obviamente desfasado del ritmo y el tiempo de su escritura. Los blogs y Facebook nos permiten leer diarios acercándonos al presente de su escritura. Ese fue el caso de mis crónicas olímpicas diarias publicadas en Facebook. Ahora, reproducidas en el libro, las crónicas diarias pueden leerse de aquella otra manera, desfasadamente, lo cual les da otra perspectiva. En cuanto al estatus de Facebook y del libro, hay que recordar que el libro es un formato entre otros muchos para la transmisión de la literatura, de la imaginación. Hemos usado otros soportes a lo largo de nuestra historia cultural, y ahora tenemos unos nuevos. De hecho, el libro también es bastante reciente y no tiene por qué ser ni único ni eterno.

En el libro impreso se conserva el lenguaje digital (“post”, “like”) e incluso los hashtag (#). Poner un hashtag en papel no tiene sentido en tanto que no remite a nada. También en Facebook usted parece jugar con los hashtags, construyéndolos con frases largas que nadie más usa y que, por lo tanto, no remiten a nada más que a sus propios posts. ¿Son estas formas de burlarse de nuevas modas digitales como la del hashtag?

Más que burlarme, intento ironizar. Es decir, busco los lugares en los que las cosas hablan sobre sí mismas sin ser autorreferenciales, o las maneras como las cosas dejan entrever su verdad sin exponerse, sin abrirse. Siempre que uno logra distanciarse o mirar con perspectiva, surge el humor. Visto desde afuera, o desde lejos, todo puede causar risa. La risa que resulta de la toma de perspectiva debe ser una risa tan enternecida como burlona. En cuanto a los hashtags, es cierto que muestran su inutilidad cuando están impresos en el papel. Desde hace tiempo me interesa ver y mostrar cómo todo el lenguaje es provisional, insuficiente y, en últimas, falso. Los hashtags muestran eso de manera muy simple y patente. Pero, por otro lado, son llamados a la participación, son una especie de consignas: a veces triviales, otras veces no tanto, y a veces inconsecuentes o hasta imposibles, como en el caso de los que uso yo. Además los hashtags funcionan —al igual que los títulos— como interpretaciones del texto, como muestras de otra manera de leer lo que dice el texto al que aluden.  

En su libro la relación con la mentira tiene muchas formas. Al ser ficción el libro es mentira. Pero hay cosas que no lo son del todo: personajes reales, personajes ficticios que fueron reales o el hecho de que los Juegos efectivamente se estaban llevando a cabo. Al mismo tiempo hay otros detalles como que se diga la palabra “foto” cada vez que aparece una ilustración. Hábleme un poco de ese juego con la mentira a la luz de este libro.

La única manifestación de la verdad no es la correspondencia entre las palabras y los hechos constatables. La ficción es la verdad de la imaginación, y algo es verdadero en la medida en que tiene sentido y justicia, no en la medida en que existe materialmente. Las mentiras pueden estar dentro de la verdad. Otra cosa es la confusión malintencionada de los distintos planos y dimensiones de la realidad: eso es el engaño, que sí se opone a la verdad. En las crónicas olímpicas yo mezclaba acontecimientos ciertos, personajes existentes sobre la tierra y lugares verificables, con escenas inventadas y alucinadas y con personajes ficticios, pero no los confundía. No hacía pasar lo inventado por lo factual, sino que creaba un lugar donde la convivencia entre distintos elementos de distintos mundos era posible. Y ese lugar literario tenía sus propias leyes de composición, su justicia, su verdad. Me interesaba también explorar maneras de conjugar la realidad histórica con la ficción que no fueran el convencional adorno ficcional de la historia, la consabida novela histórica, que me parece ya un poco agotada.

Hablando de lo que sí es engaño, y ahora que todo el mundo habla de “posverdad” y “noticias falsas”, en el libro usted dice ser “corresponsal de Facebook”. ¿Se imagina que existiera en efecto un corresponsal de Facebook? No sé si estamos tan lejos de eso.

Creo que todos los usuarios de Facebook somos “corresponsales de Facebook”. Creo que todos nos hemos convertido en informadores y en opinadores a través de las redes sociales, y que eso nos está permitiendo ver las grietas de las verdades asumidas. Eso podría hacernos más dignos y más libres, pues puede enseñarnos que la “realidad factual” es un escenario ilusorio, pero al mismo tiempo puede esclavizarnos, cuando nos lleva a creer en realidades factuales falsas en lugar de llevarnos a descubrir los distintos planos y capas de la realidad.

El libro se acaba con una entrevista que hace que el tono cambie. Con ella este libro deja de ser un juego y se vuelve algo mucho más personal. ¿Podría hablar de eso?

La entrevista del final, que no publiqué en Facebook y que escribí después de que terminaran los Juegos Olímpicos, habla sobre mi relación infantil con el deporte y especialmente con el de la natación, que fue el que practiqué. Es una entrevista fingida, una adicional puesta en escena, pues me la hago a mí misma pretendiendo que me la hace otra. Pero, mientras que el marco es fingido, el contenido es todo verídico; es una especie de confesión. Es íntima y, como dices, con ella se da otra dimensión al libro, otra clave para comprenderlo y para captar sus motivaciones. En la entrevista se pone la verdad dentro de la mentira, que, en el conjunto del libro, está, a su vez, dentro de la verdad.

“No quiero que me expulsen de la Villa Olímpica”. La primera línea del libro parece profética si la leemos a la luz de los recientes acontecimientos relacionados con la Universidad de los Andes. ¿En qué va la cosa?

Hace unos días, cuando me entregaron el libro impreso, lo abrí y vi ese primer post y me di cuenta de que podía leerse como premonitorio: al final del semestre que comenzó con los Juegos Olímpicos, a mí me echaron de mi trabajo en la universidad, y precisamente por publicaciones que hice en Facebook. Habría que ver, para seguir leyendo la analogía, en qué se parecen o se diferencian una universidad de una villa olímpica, y qué relación hay entre el dopaje (que fue el motivo por el que expulsaron de la Villa a aquel atleta que me inspiró ese primer post) y los motivos por los cuales la universidad dijo que me echaba (afectar la convivencia con mi “mal ejemplo” y con las denuncias que hice de algo que podría verse como otro tipo de dopaje). De alguna manera, gracias a Facebook pude imaginar que era atleta olímpica, lo que nunca he sido en la realidad material, y gracias a Facebook tuve que dejar de ser profesora, aquello de lo que dependía mi realidad material. Será que ambas identidades eran sueños.

¿Qué quisiera hacer, ahora que no va a trabajar en los Andes? ¿Tal vez va a dedicar más tiempo a la escritura?

No sé si pueda dedicar más tiempo a la escritura que el que ya dedicaba cuando dictaba clases, que eran varias horas cada día. Por otra parte, en el momento mismo de dictar las clases también estaba dedicando tiempo a la escritura. Mientras pensaba con los estudiantes estaba escribiendo en compañía. Lo que debo buscar ahora es quizás otro tipo de diálogo, otro tipo de trabajo colectivo  conforme un continuum con la práctica solitaria de la escritura. Y que sea al mismo tiempo una actividad con cuyos ingresos pueda pagar el alquiler. Quién sabe qué será. No creo que sea el atletismo.

¿Está trabajando en algún otro libro ahora?

Desde hace cinco años estoy trabajando en un libro cuyo contenido puede corresponder a eso que últimamente se ha llamado “ensayo personal” (y que no es otra cosa que el ensayo simplemente, como lo imaginó su inventor Michel de Montaigne, una mezcla de preguntas y experiencias). Como Alto rendimiento, es una colección de textos en los que se mezclan diarios, citas, reflexiones y narraciones autobiográficas. Pero, a diferencia de Alto Rendimiento, es un libro de no ficción. Su énfasis no es humorístico, y no hay un tema que lo unifique. También podría llamarse un libro de meditaciones.

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