T.S. Eliot (1888 - 1965) en 1950. Foto: John Gay/Hulton Archive/Getty Images.

T.S. Eliot, el poeta, el crítico y los gatos

Compartimos este artículo de Juan Gustavo Cobo Borda publicado en la nueva y excelente edición de la revista Casa Silva, que reúne las lecturas y conferencias pronunciadas en la Casa de Poesía Silva entre 2013 y 2015.

2017/03/28

Por Juan Gustavo Cobo Borda

El bautizo de los gatos

Bautizar a los gatos agita nuestras mentes,
no se trata de un popular jueguecillo.
Acaso pensaréis que me falta un tornillo
cuando alegue que un gato en su vida concilia tres nombres diferentes.
Viene primero el nombre que le da la familia,
Augusto, por ejemplo, Pedro, Alonso o Jacinto,
Víctor o Jonathán, Jorge o Perico Pinto,
todos nombres sensatos, normales, cotidianos,
aunque los hay de lujo, con ecos lisonjeros.
Hallaréis para damas y para caballeros:
Platón, Admeto, Electra, y el armonioso Uranos;
todos ellos vocablos cuerdos y cotidianos.
Pero sabed que un gato requiere un nombre suyo,
un nombre peculiar y mucho más conspicuo;
si no, ¿cómo podría su rabo alzar oblicuo,
o atusar sus bigotes o vigilar su orgullo?
De tal rango de nombres cate mentar un quórum:
¿Os gusta Munkustrap, Quaxo o Coricopato?
¿Qué tal Bombalurina, o quizá Jellylorum?
Nombres son que jamás adopta más de un gato.
Ah, pero todavía nos queda un tercer nombre,
el nombre inviolado que a nadie se dirá,
un nombre irreductible al esfuerzo del hombre;
sólo el gato lo sabe, y no lo dice, ¡quiá!
Cuando advirtáis que un gato cavila sin cesar,
la razón, de seguro, será siempre la misma:
fascinado ese gato, la mente se le abisma
pensando el pensamiento de su propio pensar
en aquel inefable,
sublime archinotable
profundo singular inescrutable Nombre.

(Versión de Jaime García Terrés)

En este poema sobre cómo nombrar un gato, Eliot da quizás la clave de su propia poesía que tiene siempre tres nombres, cada vez más secretos.

Tres momentos claves marcan la trayectoria poética de este norteamericano que se estableció en Inglaterra en 1915 y adquirió la ciudadanía inglesa en 1927.

    1. Prufrock y otras observaciones (1917)
    2. La tierra yerma (1922) La tierra baldía y que Borges tradujo como La tierra asolada y Jaime Tello como La tierra estéril
    3. Cuatro cuartetos  (1943)


El poeta estadounidense T.S. Eliot se volvió británico en 1927. Hulton Archive/Getty Images

Sin olvidar, claro está, un curioso libro, tan en broma como en serio : Old Possum’s Book of Practical Cats (1939)

Una visión inicial nos ofrece la ciudad y un habitante que la recorre, permanece aislado en su cuarto o esclavizado en su trabajo. La ciudad, la niebla y la ironía. Un mundo un tanto desangelado, de relaciones estériles o fracasadas, donde en ocasiones son las mujeres las más implacables en cancelarlas. Así los vemos en La tierra yerma, en el “Sermón del fuego”, traducido por el poeta argentino Alberto Girri:

A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda
se alzan del escritorio, cuando el motor humano espera
como un taxi, esperando, palpitando,
yo Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
viejos con arrugados pechos de mujer, veo
a la hora violeta, la hora del atardecer que se afana
hacia el hogar, y desde el mar lleva al marinero a su casa,
la mecanógrafa en casa a la hora del té, levanta el desayuno, enciende
la estufa, y saca latas de comida en conserva.
Peligrosamente tendidas fuera de la ventana
sus combinaciones se secan alcanzadas por los últimos rayos del sol,
sobre el diván (de noche su cama) se amontonan
medias, pantuflas, enaguas, y fajas.
Yo Tiresias, viejo de mamas arrugadas
observé la escena y predije el resto…
yo también aguardé al huésped esperado.
Él, el joven granujiente, llega,
empleado en una pequeña inmobiliaria, de mirada atrevida,
uno de esos inferiores a quienes la autosuficiencia les sienta
como un sombrero de copa a un millonario de Bradford.

Un entramado de citas literarias que nos pueden llevar de Dante a Conrad sostienen la armazón de esos versos que se hacen cotidianos en el aire de una conversación que se basa en el lenguaje hablado sobre lo cual ya Eliot, en 1931, había reflexionado: “Si hablásemos como escribimos, no encontraríamos nadie que nos escuchara; y si escribiéramos como hablamos no encontraríamos nadie que nos leyese. El lenguaje hablado y el escrito no deben estar demasiado juntos uno del otro, como no deben estar demasiado apartados”.

Así, de algún modo, se fecundan y vivifican.

Ese teatro dramático de voces plantean un tono coloquial y elusivo que muchas veces se enmarca en un escenario teatral o en un retablo religioso. Así, por ejemplo, en “Retrato de una dama”, donde un joven toma té con una señora mayor que ve desvanecerse un posible idilio, mientras “la conversación fluye / entre veleidades y tristezas cuidadosamente reprimidas”. El joven se va de viaje y ya nada será posible. Así está entonces la vida de ciudades como Boston y luego Londres, donde se mide la degradación de las costumbres conservadoras, como en “Tía Helen”, la tía solterona, en cuyo testamento: “tuvo en cuenta generosamente a los perros, / pero poco tiempo después también murió el loro. /El reloj de Dresden en la chimenea continuó su tictac,/ y el lacayo sentose en el comedor /estrechando sobre sus rodillas a la segunda criada, / que en vida de su señora fuera tan discreta”.

También está el ascenso voraz de nuevas clases, todo ello en un escenario de “rocas, musgo, grama, chatarra, excrementos”, como indica en “Gerontion”. O las manos que “levantan pringosos visillos/ en mil cuartos de alquiler amueblados”, como dice en “Preludios”. Capitalismo y masificación. Por ello este puritano, de “pasiones inhibidas”, como anotaba Edmund Wilson, sublimará apetitos en la religión y tratará de eludir la vulgaridad con viejos ceremoniales como el hecho ritual de tomar al té o acudir a la iglesia. O prestar servicio público al formar parte de muchos comités educativos, religiosos o filantrópicos.

Pero sus galanes se retractan en el momento decisivo y abandonan el campo de la seducción. Anuncian un viaje o tan solo descienden las escaleras. Teatro de las formas ya vacías y de las mujeres que al verlo alejarse se dan cuenta de que está calvo. Que las sirenas ya no cantan para él.

Elliot se torna así en un maestro admirable de la irrisión y el contrapunto, del contraste entre filosofía y teología, de las adivinas echadoras de cartas, de los horóscopos y de Madame Blavatski y la teosofía. Sin olvidar en ningún momento la mitología, con el caso del tirano Tiresias, que fue simultáneamente hombre y mujer. En un tribunal compuesto  por June y Júpiter le preguntaron quien gozaba más sexualmente, respondió que la mujer. Por revelar esto, Juno lo condenó a la ceguera y Júpiter, apiadado, le dio el don de la profecía.

Así los héroes legendarios encarnan en ese sucio espacio cotidiano de negocios y manipulación, del río Támesis y la City de Londres, donde los productos de las colonias del Imperio se transan y navegan entre aduanas y certificados. El también en alguna forma infinito mundo de la burocracia colonial. Porque ya Eliot, en Estados Unidos, había sido un admirador del Mississippi y las poblaciones ribereñas. Clásico en literatura, monárquico en política y anglocatólico de la Iglesia anglicana en religión: tal la fórmula que Eliot propuso como su definición y que una recopilación de charlas de la época de la segunda guerra, 1938-1939, La idea de una sociedad cristiana amplía y razona. Pero el hombre qu había presentado en Oxford una rigurosa tesis sobre el filósofo F.H. Bradley, un idealista integral; que dialogaba con obispos y catedráticos y que no vacilaba en escribir : “Incidentalmente, constituye una desgracia pública el que Bertrand Russell no haya tenido una educación clásica” (Los poetas metafísicos,  Buenos Aires, Emecé, 1944, p. 570) estaba obligado a buscar una redefinición de la cultura y su rol educativo. Pero hay otro rasgo del carácter de Eliot, reverso de su seriedad. Un sentido del humor, que entre 1933 y 1935, nos deparó este logrado autorretrato, que con el título de “Versos para Cuscus Caraway y Mirza Murad Ali Bag, que bien podrían ser nombres de gatos, no dejan de regocijarnos:

¡Qué desagradable conocer a Mr. Eliot!
con sus rasgos de corte clerical,
y su semblante tan torvo,
y su boca tan afectada,
y su conversación con tal primor
sujeta al Qué Precisamente
y al Supuesto Que y Tal Vez y Pero.
¡Qué desagradable conocer a Mr. Eliot!
Con su perro rabón bastardo
y un abrigo de piel
y un gato puerco espín
y un sombrero de mafioso.
¡Qué desagradable conocer a Mr. Eliot!

(Tenga la boca abierta o cerrada).

( T.S. Eliot. Retrato de una dama y otros poemas. Versión de Alberto Girri y Enrique Pezzoni. Buenos Aires, Corregidor, 1983, p. 131)


Eliot con su segunda esposa, Valerie Eliot, en 1958. Daily Express /Hulton Archive/Getty Images

Parentesis

Creo que es el momento de intercalar un paréntesis necesario. Si hay una figura decisiva en la trayectoria de Eliot es otro norteamericano que también se exilió en Europa y vivió en Londres, París o Italia : Ezra Pound, il miglior fabbro, como reza la dedicatoria de La tierra yerma. Se apasiona por la obra de Eliot, como lo haría con la de James Joyce, los apoya y proyecta al divulgar su trabajo a los dos lados del Atlántico, en mínimas revistas de vanguardia, con títulos tan sugerentes como El Egoísta y se interesa tanto por los trovadores provenzales como por los analectas de Confucio. Desarrolla preocupaciones de economista aficionado sobre el tema del dinero, el crédito y la usura, que lo llevarán a ser años más tarde defensor de Mussolini ingresado por sus compatriotas en un manicomio en su país. Por ello Eliot desarrollaría campañas a su favor, como Pound lo hizo cuando organizaba peticiones y suscripciones para sacar a Eliot del banco donde trabajaba y pudiera así dedicarse solo a escribir. Pero el momento decisivo de tal relación es cuando Pound corrige de modo tajante y magistral el manuscrito de La tierra yerma y tacha mucho más del doble de lo que finalmente se editó. Muestra irrefutable de la confianza de Eliot no solo en su buen ojo sino en su oído infalible de poeta y traductor.

También era Pound un admirador y traductor de Laforgue y Tristan Corbiere, dos poetas franceses cuyo tono es el más afín, en saltos, rupturas y virajes, de lo sublime exaltado a lo pedestre irremediable.

El curso de estética del profesor Laforgue

Ya fueren tiernas, o ya maduras, mujeres,

he probado de todo,
las fáciles, las cautas a su modo
- y una opinión publicaré, si quieres.

Son flores variamente del orgullo
o de la soledad, según la hora;
ningún lamento las demora;
nos gozamos y siguen con lo suyo.

No las doma, no las subleva nada:
desean ser juzgadas graciosas,
Que se les riña y se repitan cosas
haciéndolas sentirse la mujer bien amada.

Sin cuidarnos de votos ni sortijas,
aprovechemos eso: lo poco que nos dan;
si con vago respeto las prohijas,
no por ello sus ojos más dulces te verán.

Cosechemos sin drama ni esperanza,
pues la carne se arruina tras la rosa;
¡oh, cursémoslos todos los pasos de la danza,
supuesto que no hay otra suerte de glosa!

Así Pound, quien quiso hacer su tesis sobre Lope de Vega, abriría los ojos de Eliot sobre una literatura europea, que de Dante a Goethe parecía vasta y autosuficiente. Por ello muchas de las notas que acompañan La tierra yerma nos llevan de San Agustín, sin olvidar a Buda, hasta Nerval y Baudelaire.

También el célebre libro de Frazen, La rama dorada, un estudio de magia y religión donde el antropólogo escocés brinda un rescate de ceremonias fúnebres de reyes y resurrección de mitos que sostienen el poema. Ritos de fertilidad, luego de la nieve y la oscuridad, y la leyenda del Santo Grial, tan trajinada incluso hasta nuestros días. Todo este trabajo de collage o mosaico nos recuerda al ensayista alemán Walter Benjamin (1892-1940) que por las mismas fechas quería hacer un libro que solo fuera un libro de citas, como lo intentó en El libro de los pasajes que solo muchos años después de su muerte pudo reconstruirse a partir de tantas notas, sobre tan diversos temas, que al final nos darían desde tan variados ángulos, una visión integral de París capital del siglo XIX y su emblemático poeta Baudelaire.

También así el Eliot de aquel Londres imperial, industrial y bancario, que con el mar, la flota y las colonias aflora en ese mapa de instituciones y personas, de miserias y leyenda, de cotidianidad y derrota. Monólogo de hombres huecos, con la mollera llena de paja, como dirá en su poema de 1925.

Pero todos estos poemas que se desarrollan por superposiciones y montajes, más que por la lógica interna, serán su marca de fábrica. “Montajes sincrónicos”, los llama José María Valverde. Sólo que Eliot, ya en 1931, había hablado de “las repentinas transiciones y yuxtaposiciones de la poesía moderna” (Los poetas metafísicos, p. 588).

Rompecabezas, pastiche ante la disgregación de una época, ya sin centro rector, que invoca a la herencia clásica para obtener lazos unificadores, en la tradición aún vigente.

“Figuras sin forma, sombras sin color, /fuerzas paralizadas, gesto sin movimiento”, a partir de esta atonía estética, Eliot trata de componer una nueva música.

Solo que al anglo-católico y el antimodernista lo alimentan  también otras figuras, un tanto olvidadas hoy en día, como el francés Charles Maurras, del cual Eliot tradujo su trabajo sobre la crítica, y que ese anacronismo compuesto de clasicismo, racionalismo, monarquismo y religión, no brindaría frutos muy válidos. Pero sin embargo el modernismo conservador de Eliot logró que la enfermedad buscara una cura: la comunidad religiosa.


T.S. Eliot recibió el Premio Nobel de Literatura en 1948. Keystone/Hulton Archive/Getty Images

Pero la revista Criterion que Eliot dirigió de 1922, y donde publicó La tierra yerma¸ hasta 1939 y su trabajo en la editorial Faber and Faber lo convertirían en un verdadero jefe espiritual y mentor de varios jóvenes como el poeta Auden. Solo que el “obispo Eliot” y sus sermones, como lo llamó Octavio Paz y los recuerda Christopher Domínguez Michel en su magistral biografía de Paz aparecida en el 2014, era muy consciente de sus características. Al recibir el premio Goethe en Alemania en 1955 se autodefinió bien : “Para cualquiera que, como yo, reúna en sí una mentalidad católica, una herencia calvinista y un temperamento puritano” escribir poesía era una empresa compleja.

“La poesía no desencadena la emoción, sino escapar de la emoción; no es la expresión de la personalidad, sino un escape de la personalidad”. Este escape será fundamental en su trayectoria:  buscará correlatos objetivos para edificar en torno a ellos sus creaciones. Un ejemplo  ilustrativo de esa actitud es cuando incursiona en el teatro con el drama en versos Asesinato en la catedral (1935) que el malvado Borges, ya en junio de 1937, llamará “título hermoso, que parece de Agatha Christie”, y que se refiere, por instigación del rey, a la muerte del arzobispo Thomas Becket  en la catedral de Canterbury en el año 1170. Esa lejanía histórica le permite a Eliot encontrar su propia voz en el presente. Porque él sabía muy bien cómo hacerlo : “Los poetas inmaduros imitan, los poetas maduros, roban; los poetas malos desfiguran aquello que toman y los buenos lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente”: Que se complementa con dos observaciones suyas muy fecundas : “A través de los escritores sobreviven los muertos” y “Los poetas muertos dejan de servirnos a menos que tengamos también poetas vivos”, tal como lo escribe en la conferencia “Función social de la poesía”, pronunciada en Noruega en 1943 y posteriormente en París en 1945, como sucede con muchos de sus ensayos recopilados en Sobre la poesía y los poetas (Buenos Aires, SUR , 1959, 283 páginas).

Estas presentaciones en el exterior, estas conmemoraciones y aniversarios, estos prólogos a selecciones y antologías, estas cátedras en universidades a los dos lados del Atlántico, estas emisiones radiales para la BBC, hicieron de Eliot una destacada figura pública en el ámbito de la lengua inglesa y el hombre capaz de establecer un nuevo canon en las letras al escribir un prólogo a los ensayos de Pound, los poemas de Kipling o Yeats o la genial novela de Djuna Barnes: Bosque de medianoche. Ya en 1922, Eliot había advertido sobre esa tarea de la crítica : “Volver el poeta a la vida – la gran tarea de la crítica, la perenne”. Extraer de dos o tres poemas su esencia. “No determinar su jerarquía, sino aislar esta cualidad, es la labor crítica”.

La poesía tiene una función: dar placer. Y los poetas confieren cuerpo al alma del idioma. La poesía que da expresión a sentimientos y emociones, es una forma de sentir. Así se va forjando la voz propia del poeta, que en el habla cotidiana y en la vida misma, halla la expresión más acabada de “conciencia, poder y sensibilidad”(p. 29) tal como señala en Función de la poesía y función de la crítica (1933) que, traducido por el poeta español Jaime Gil de Biedma, sería guía para su generación. Pero ese estudiante norteamericano de San Luis, Missouri, buscará en poetas remotos para su ámbito el inicio del aprendizaje inacabado de las letras. Eliot menciona tres: Dante, Baudelaire y Laforgue.

Las palabras con que describe el aporte de Baudelaire son muy lúcidas: Aprendí de él las posibilidades poéticas de los aspectos más sórdidos de la metrópoli moderna, “la posibilidad de fusión entre lo sórdidamente real y lo fantasmagórico, la posibilidad de yuxtaponer lo vulgar y lo fantástico” (Criticar al crítico, Madrid, Alianza Editorial, 1967, p. 167).

¿Quién era ese fantasma? El hombre que durante demasiados años, a la misma hora, tomaba el autobús No. 49 para ir a su oficina en Russell Square. El hombre, o el fantasma, que durante 16 años, todos los jueves, iba a visitar a su primera mujer, Vivianne Haigh- Wood, la bailarina, encerrada por demencia, que ya no lo reconocía. El fantasma o el hombre que todos los martes, durante veinte años, almorzó con su amigo Herbert Read, de ideas anarquistas, brillante crítico de arte, cuya Historia de la escultura moderna es de primer orden, convertido luego en Sir Herbert Read. El hombre o el fantasma que tuvo como sirviente un policía que retirado visitó durante 16 años en el suburbio triste de Londres, Plimlico, pagó su entierro y lo acompañó a pie hasta el cementerio. Cuando muere Eliot el 4 de enero de 1965 en su hogar en Londres había ganado el Premio Nobel en 1948 y había sido muy feliz en su segundo matrimonio con su secretaria Fletcher como lo corrobora de modo inequívoco este hermoso y último de sus poemas.

Una dedicatoria a mi mujer

A quién debo yo el deleite que salta
y aviva mis sentidos cuando despertamos
y el ritmo que gobierna el reposo de nuestro dormir,
el respirar a unísono

de amantes cuyos cuerpos huelen el uno al otro
que piensan los mismos pensamientos sin necesidad de lenguaje
y balbucean el mismo lenguaje sin necesidad de significado.

Ningún maligno viento invernal congelará
ningún torvo sol tropical marchitará
las rosas de la rosaleda que es nuestra y sólo nuestra

pero esta dedicatoria es para que la lean los demás:
éstas son palabras privadas que te dirijo en público.

(versión de José María Valverde)


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