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Civilizado por los indios

J.M.G. Le Clézio, Premio Nobel de Literatura 2008

El escritor francés ha sido laureado con la mayor distinción literaria mundial. Su obra es un viaje a través de una serie de geografías reales e imaginarias, que nos invita a reflexionar sobre la conflictiva relación actual entre el hombre y su entorno.

Por: Néstor Salamanca-León

Publicado el: 2010-06-30

En estos tiempos de crisis bursátil y de inquietud por el calentamiento global, los académicos suecos no pudieron encontrar mejor escritor para concederle el Premio Nobel de Literatura 2008 que al comprometido y discreto Jean Marie Gustave Le Clézio.

Le Clézio no es ajeno a los tiempos difíciles. Nació en Niza, en la primavera de 1940, cuando el mundo estaba en plena Segunda Guerra Mundial. Las privaciones sufridas entonces por su madre, sola y con dos hijos pequeños, se encuentran en su última novela Ritournelle de la faim [Salmodia del hambre] publicada justo antes de anunciarse el premio en Estocolmo y que es un homenaje a su madre recientemente fallecida.

El carácter itinerante y aventurero de buena parte de su familia ha marcado la vida y la obra de Le Clézio. Sus ancestros abandonaron la Bretaña francesa durante el convulsionado siglo XVIII y levaron anclas hacia la lejana isla Mauricio, posesión de Francia en el océano Índico, en donde se instalaron como colonos. Sin entrar en los parámetros de la autoficción, la obra de Le Clézio se inspira ampliamente de su propia vida y en la increíble saga de sus antepasados. Su mundo imaginario ha estado desde siempre poblado de mar y viento, de desterrados y buscadores de tesoros. Su propio abuelo pasó varias décadas tratando de desenterrar una mina de oro en una isla vecina como el protagonista de su novela Viaje a Rodrigues, de 1986.

Sin embargo, el periplo que lo marcó profundamente lo hizo a los ocho años en compañía de su madre y de su hermano para reunirse con su padre, médico militar del imperio británico en África. En 1948, un viaje así era toda una aventura: tomar el tren desde Niza a Burdeos, abordar un barco carguero en dirección del Puerto de Harcourt en Nigeria y desembarcar después de semanas de navegación en un mundo opuesto por completo a la Riviera francesa. En su itinerario personal, ese viaje es esencial pues constituye la revelación de su vocación literaria. De carácter introvertido, Le Clézio pasó todo el trayecto en el camarote y allí descubrió la escritura. En 1991, cuando publicó Onitsha, nombre del poblado nigeriano en donde vivió algunos meses, el autor reconstruyó los recuerdos de su aventura africana a la vez que hizo un retrato crítico y sin concesiones de la violencia y la discriminación del sistema colonial francés en ese continente.

Después de probar la libertad del horizonte africano, el regreso con toda su familia a Francia no fue nada sencillo. La ciudad se le convirtió en un espacio hostil y claustrofóbico. Por ello, los jóvenes y adolescentes que protagonizan sus ficciones más urbanas como Éxtasis material (1966) o El libro de las huidas (1969) muestran esa dificultad de adaptación a una sociedad materialista y superficial, y prefieren deambular por terrenos baldíos contemplando las estrellas o inventando historias.

 

Lejos de Francia

Así como Le Clézio se inició muy pronto en la lectura, un libro sobre los aztecas que recibió en su infancia lo hizo apasionarse por las culturas amerindias. En 1967 viajó a México como cooperante del Instituto Francés de América Latina. En la biblioteca de este centro descubrió los códices, leyó a los cronistas de Indias y a los novelistas latinoamericanos contemporáneos. Viajó luego por todo el país y se interesó por el sincretismo religioso de los indios huicholes de Michoacán. Este primer contacto con el universo mágico de la mitología mesoamericana lo hizo buscar una experiencia más directa y profunda al lado de otros pueblos aborígenes. Por ello, viajó a la frontera colombo panameña en donde conoció a los emberas y pasó largas temporadas allí entre 1970 y 1974. Este encuentro marcó de manera definitiva no solo al hombre sino también al escritor, así nos lo hace saber en un libro que consagra a los emberas publicado en 1975 bajo el título de Haï: “Yo soy un indio, no lo sabía antes de conocer a los indios de México y Panamá. Ahora lo sé. Tal vez no sea un buen indio. No sé cultivar el maíz, ni construir una piragua (…) pero por lo demás, por la forma de caminar, de hablar, de amar, de sentir miedo, lo puedo decir, cuando conocí a estos pueblos indígenas, yo que creía no tener una familia en particular, es como si de golpe hubiera conocido miles de padres, de hermanos y de esposas”.

La armonía de estas culturas ancestrales fascinó al escritor, y desde entonces su universo novelesco se enriquece y densifica; el mundo que solo creía posible en sueños parece concretizarse y sus personajes experimentan nuevas formas de comunicarse con las fuerzas cósmicas. De regreso a México, su interés por el pasado y por la mitología mesoamericana encuentra nuevos rumbos. En 1975 tradujo al francés el texto quiché del Chilam Balam, luego realizó una tesis doctoral sobre un antiguo texto purépecha, las Relaciones de Michoacán que en 1984 también tradujo al francés, y en 1988 publicó un ensayo etnológico titulado El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, una de sus pocas obras traducidas al español. En 1997 apareció La fiesta cantada, en el cual Le Clézio decide por fin abordar la experiencia vivida junto a los Eemberas y la manera como aprendió con ellos “a ser un hombre civilizado”, según sus propias palabras.

Después de vivir varios años en Jacona, cerca al volcán Paricutín en el estado de Michoacán, desde 1977 y hasta hoy Le Clézio vive en Albuquerque, Nuevo México. Aunque pasa cada año largas temporadas en Francia, en donde es conocido desde 1963 por haber recibido a los 23 años el prestigioso Premio Renaudot por su opera prima, El proceso verbal. Desde entonces la originalidad de su escritura y la sencillez que lo caracterizan lo han convertido en uno de los escritores más leídos de su generación. Su obra es considerable y aborda variadas temáticas y geografías; además de las islas, el mar y la selva, el desierto es otro espacio donde en novelista parece encontrar el silencio y la inmensidad que persigue: el Sahara, que su padre atravesó para tratar de llegar a Francia durante la guerra; el de Sonora, que el propio escritor recorre con frecuencia; el de Marruecos, que descubre con su esposa Jemia, originaria de este país, con quien publicó en 1997 Gente de las nubes. Sin embargo, su libro esencial sobre este espacio inmenso y árido es justamente Desierto, editado en 1980, tal vez su obra más difundida, cuenta la búsqueda infatigable del precioso líquido por los hombres azules del Sahara que, como el propio desierto, irradian austeridad y pureza.

En sus obras más recientes Le Clézio continúa condenando el implacable sistema colonial de ayer y de hoy, y en general el modelo capitalista. Sus héroes pertenecen siempre al mundo de los desfavorecidos, de los que sufren pero que a la vez encuentran en el sol, en el océano, en el horizonte o simplemente en la amistad o en el amor la fuerza espiritual que les permite vencer las dificultades, como en Angoli mala de 1999 o Ourania de 2006.