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Corazón guajiro

Un recorrido por La Guajira siguiendo los lugares que articulan la novela de Eduardo Zalamea.

2010/03/15

Por Cristian Valencia

Tal vez quiera empezar por el origen de este texto en una clínica de Barranquilla en 1924. Empezar por un joven que intentó quitarse la vida a los diecisiete y falló. Y cuando se levantó de esa cama lo hizo dispuesto a beberse la vida a bocajarro. Y se marchó en un barco de palo hacia la Guajira, aquel lugar lleno de sal y desierto; de mitos indígenas y blancos braveros; el lugar que lo haría hombre al cabo de cuatro años. A ese gran Eduardo Zalamea Borda le canto desde los mismos lugares que habitó y que luego escribió en esta soberbia novela.

He tratado de “nostalgiar” mi vida antes de partir hacia Riohacha: he tratado de sumirme en el frufrú que produce la felicidad contra la melancolía antes de partir. Quiero recordar, como Zalamea, una Bogotá lluviosa y un barrio de ladrillos con musgo, para que sean mis recuerdos grises también en medio del aire salado y las mujeres saladas y el cielo salado de Riohacha. “Yo, feliz, me pongo a pensar cómo será esa noche de la partida. Abandonaré la vida civilizada, construida sobre la endeblez de los ruidos que se quiebran. Esta vida que endulza el rouge y amarga el coctel. Vida de aeroplanos y trasatlánticos. De jazz y de automóviles. De mujeres vestidas con su desnudez (…)”.

Quiero estar muy pronto en el desconcierto del centro, en busca de un improbable hotel Libertad. Me hospedo en algo parecido a un recuerdo roñoso. “Me darán un catre de lona manchado por quién sabe cuántos besos y cuántos sudores, el petate estrujado por muchos cuerpos y el mosquitero que aislará mi cuerpo de los insectos”. Y espero con ansia el momento de salir hacia la verdadera Guajira. En la noche trato de buscar problemas con forma de mujer y aguardientes golpeados contra las mesas, como en la novela; trato de hallar el rastro de una Colombia marinera y encuentro luces rojas desvaneciéndose del cansancio, embutidas en corpiños diminutos: el sudor de Mariela en la cantina por treinta mil pesos. Me canso, me duermo, deliro. En el hotel me parece ver una enorme tarántula escondiéndose con desgano tras un remedo de cortina. Me dicen que es una bruja atenta de mis pasos en el desierto.

Madrugo para caminar la ciudad amanecida. Miro el muelle como se mira una fruslería: porque ya no muelle y porque ya no barcos de palo al viento. Camino hacia el sur y encuentro a los pescadores preparando su faena. El mar verde golpeando la playa se resiste a ser penetrado por una canoa enorme jalada por muchos músculos. Le propongo a un grupo de pescadores ir hasta El Pájaro y me miran como a un loco. Uno me dice que por quinientos mil me arrima. Reímos. Me voy al mercado y espero interminables horas bajo el sol a que un primo de la cuñada de un ahijado que es compadre de sabrá quién, salga en un Renault 12 a llevar provisiones a El Pájaro, primer destino de aquel Zalamea, moderno Odiseo sin Ítaca y sin Penélope, ni barco ni tripulación. El chofer me dice que regresa a las tres. Lo buscaré. El Pájaro es hosco con los forasteros. Fue un puerto famoso porque allí se celebraban los cargamentos de marihuana que se iban. Las más famosas rumbas marimberas de todo el Caribe. Tal vez a eso se debe la desconfianza. Todos tienen cara de marinos, de historias, de islas, de escondites, de fugas, de amantes ilegales. Para ganarme la confianza de un grupo de pescadores que toman cerveza les digo que un amigo, un hermano, había estado en ese mismo lugar hace ochenta años. Les leo aquella bienvenida de hace tiempo: “Salen a recibirnos todos los habitantes de El Pájaro. Trece personas en total. Alegres todos, y fajados de mar y de brisas. Se creería que en las venas no llevan sangre, sino un viento verde, color de nordeste. Trece personas: cinco blancos, tres indias, tres mestizos y dos negros”. Entonces les nombro a Manuel y a Anashka y a Ingua y a Rosa y a Nipaj, y comienzan ellos a chicanear con recuerdos inventados, a decir que Nipaj había muerto hace tres años y que a Pablo lo habían matado los wayús por una deuda de sangre. Me obligan a leerles todo el capítulo y me miran, absortos, como si fuera un mago. Nos emborrachamos hasta las tres.

Manaure,

El Cabo, bahía Honda

En Riohacha desembarco el día en el mismo hotel de mercado bullicioso, al que se accede por un pasaje repleto de zapatos. En la noche busco de nuevo a Mariela trasnochada, ya con dos cervezas en los ojos. Lleva cinco años perdida en la Guajira: ha sido novia, amante, esposa, querida y puta: tiene un hijo que vive en Barranquilla con la abuela. Al marido lo mataron en Manaure. Mañana voy para allá, le digo. Busca a la india Yolvis, me dice. Le pongo dos whiskeys más a sus recuerdos y me voy.

A las siete de la mañana estoy parado en la mitad de la abundancia bíblica o de la mala suerte popular, en una pista de hielo en el Caribe, hecha con sal. Elevo mis ojos al cielo para seguir una nube de alcatraces en relevo de mando y abro mis brazos sobrecogido: no sé si es la sal o esos recuerdos prestados de Eduardo Zalamea: “Y ahora estamos en Manaure. El paisaje es semejante, casi exacto al de El Pájaro. Y sin embargo, tan disímil y vario… Los ranchos que el yotojoro dibuja sobre el cielo, lo semejante. Los nopales verdes, los cayucos negros, la casita de zinc, lo exacto. El almacén de la salina, lo disímil. Los rostros y las gentes, lo vario. Y lo único que perdura en Manaure, puerto de sal, de sol y de velas, la blancura, la blancura fatigosa, la blancura opaca y salina”.

Busco a la india Yolvis a eso de las diez. Le hablo de Mariela y me pone un café. Es dueña de un pedazo de la mina y de una pensión donde recibe a sus empleados. Me ofrece trabajo de salminero como parte de una rutina que acostumbra. “Usted no podría vivir aquí”, me dice. Le hablo de otros tiempos, de cuando los wayús no tenían parte de la mina. Me señala el horizonte, mostrándome unos trupillales que son de ella. “Son de mi casta”, me dice y se va. A Manaure se le nota la plata y, por lo mismo, se le notan los problemas. Me voy a buscar desayuno en un rancho frente al mar. Estoy sólo por diez minutos. Llegan tres muchachitos indígenas, se sientan a mi lado y me desean buenos días. Devuelvo la cortesía sin dejar de mirar las armas que llevan por fuera de las camisas apretadas con el pantalón. Me concentro en la posta de sierra frita y la arepehuevo. Llega una camioneta de la policía y se bajan dos tombos. Les piden salvoconducto muy amablemente. Uno de los jóvenes saca su arma y la sostiene en la palma de su mano mientras dice: “El salvoconducto de esta belleza soy yo, señor agente. ¿Algún problema?” Me atraganto de pescado, toso, rezo, pienso en tirarme al piso y recorrer en codos el restaurante mientras se traban a pistoletazos, pero no pasa nada. El tombo se ríe, los indios se ríen, el otro tombo se ríe, se miran, se ríen, se silencian, se voltean, se montan en su camioneta y se van. Los wayús voltean a mirarme y me sonríen: “Provecho, primo”, me dicen. No lo puedo creer. “Nos quedamos un momento sin saber qué hacer, y el cabo saca su revólver, yo saco el mío y hacemos cada uno cinco tiros en la dirección en que debían estar los indios, y, cuando están descargadas las armas, corremos, dando una rápida vuelta al caballo, que se encabrita hacia Manaure… Detrás de nosotros corren los caballos y las balas. ...Son balas de Winchester… Están bien armados los condenados…”.

En la tarde conozco a Wilson Góngora Castro, músculos, negro, Cartagena, buscavidas, 47 vividos. Explota un cuadro de sal de diez por diez metros. Le pagan de cien a ciento cincuenta mil pesos por cada cuadro explotado y se demora cinco días en cada uno. Me parece estar hablando con un amigo de Eduardo Zalamea. Respeta a los wayús y me aconseja: “No te vayas a trabar a trompadas con indio, porque si le sacas sangre no hay lugar para esconderte en este mundo. Una deuda de sangre se paga con sangre”. Lleva años viniendo a Manaure, y le gusta andar. Conoce bien toda la Guajira, ha estado en Venezuela, en el sur del César. Trabaja duro y está solo. Le pregunto cómo irme para El Cardón, Carrizal, El Cabo. “En Uribia pregúntate por Miquele”, me dice.

Creo que ese domingo era el único arijuna en Uribia (así le dicen a todo lo que no sea wayúu). Nadie me da razón de Miquele. Un indígena conmovido ante mi desconsuelo me aconseja que espere, que frente a esa tienda donde estoy pasa el mundo. Lo invito a una cerveza. Se llama Romeo y es de la Alta Guajira, de La Macuira. Está criando chivos en el cerro de La Teta, la plata se la manda a sus mujeres. De una camioneta atestada de colores, se baja una diosa wayúu. “Me enamoré”, digo en voz alta. Y me doy cuenta de que estoy rodeado de mujeres wayús que me miran y sonríen. “Era una escultura indígena, hecha con arena tostada y detritos de conchas marinas. Había de verla de lejos, porque, de lo contrario, sus ojos me ocultaban el resto de su figura. Era su color neto, unido, uniforme; pero entre el espacio de cada poro, se quebraba un matiz diferente que jamás conocieron mis ojos, pero adivinó mi tacto omnividente. A Kuhmare se le perdían las palabras y sólo encontraba, para expresarse, claras risas, pequeñas, y redondas”.

Aparece Miquele y enrutamos hacia El Cabo. Lo convenzo de pasar por Carrizal y El Cardón, sólo para ver lo que vieron los ojos de mi hermano hace ochenta años. Decido viajar en el techo, junto a la carga. Y atravieso el desierto en una nube. No sé si es el salitre o mi corazón lo que atrae las lágrimas, pero lloro. Y en El Cabo termino de leer esta novelota, mal criticada en 1932 por una sociedad pacata y provinciana. Dijeron que era inmoral y pornográfica.

“Cabo lleno de vuelos, de rumores, de olas y de aves. Avanzada de la tierra sobre el mar, vigía eterno que estás entre la espuma blanca y las olas azules, verdeazules, con tu perfil de siglos. Saliste de las ondas, terroso, fuerte, de rocas, para airearte con los vientos alisios perfumados. Cabo sonoro, solitario Cabo, rítmico Cabo de la Vela, que estás crucificado en la cruz de aire que señalan los puntos cardinales, con la mirada de toda tu mole eternamente fija en las estrellas”.

Entonces canto bajito un canto de la dicha. A solas en el cerro Pilón de azúcar, mirando un atardecer naranja que se estrella contra la arena naranja, mojada por un mar azul petróleo. Y entierro Cuatro años a bordo de mí mismo en esa cima, a donde pertenece, como si hubiera enterrado a Eduardo.

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