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Cualquier parecido con la realidad...

La subversión de los géneros ha llegado con fuerza a la literatura colombiana. La ficción quiere ser cada vez más periodística y el periodismo quiere aprender a contar a historias cada vez más literarias. ¿Qué está pasando aquí? ¿Se desdibujaron los límites?

2010/03/15

Por Marianne Ponsford

Ayer terminé de leer una novela que narra el último día de la vida de un capo del narcotráfico llamado Pablo, jefe de un cartel de la droga de una ciudad llamada Medellín, que muere a balazos tras intentar huir de los militares que lo buscan, tendido en el tejado de un edificio. La novela se llama Happy birthday, capo, del escritor antioqueño José Libardo Porras, y acaba de ser publicada por Editorial Planeta.

Hace tres meses había leído Lara, escrita por Nahum Montt y publicada por Alfaguara, una novela que narra el último día en la vida de un hombre al que van a asesinar, llamado Rodrigo Lara Bonilla. Uno de los personajes de la novela se llama Guillermo Cano y es director de un periódico llamado El Espectador.

 Llamé a Fidel Cano, actual director del periódico El Espectador y sobrino del periodista Guillermo Cano que todos conocemos (asesinado por el capo del narcotráfico Pablo Escobar) para preguntarle si había leído la novela. Me dijo que sí, y para mi sorpresa, me contó que fue Nancy, la viuda de Lara Bonilla, quien se la envió. Pero ¿qué pensó Fidel mientras la leía? Al fin y al cabo alguien a quien él no conocía —un escritor— estaba asumiendo la voz y moldeando el carácter de alguien muy íntimo y querido para él. Estaba abrogándose el derecho de reinventarlo. ¿Es eso legítimo, éticamente? Recordé la polémica que se ha dado tanto tiempo en Israel, donde se niegan a interpretar cualquier obra de Richard Wagner, por el hecho de asociarlo tan fuertemente con el Holocausto. El mismo Daniel Baremboim, director de orquesta y admirador del compositor, admitió que entiende las razones y que, si bien Wagner no tiene la culpa, por respeto hay que esperar a que los sobrevivientes del Holocausto se mueran para no herir sus sensibilidades. “Sin duda el personaje de Guillermo Cano es un gran homenaje —me contesta Fidel Cano­—. Allí está reflejada su lucha. Pero yo no sentí que ese personaje llamado Guillermo Cano fuera el Guillermo Cano que yo conocí. Había actitudes y diálogos que no podían ser de él. El que está ahí es un personaje de ficción. Aún así, no importa: aunque la versión de Guillermo Cano que está en la novela no sea exacta, él es una figura nacional —como Lara Bonilla— y cada quien puede crear una relación con ellos, que trasciende la esfera familiar. Sin embargo, sí creo que la novela tiene unos errores fácticos grandes. Mientras la leía pensaba ‘esto no fue así’. No me refiero a la parte que se inventa, sino a hechos comprobables, que se saben. No creo que se pueda ser tan libre en la presentación de esos hechos históricos. Faltó mucha investigación”.

Entonces le escribo a Nahum Montt y le pregunto: ¿Cuál es la diferencia entre su libro Lara  y un libro escrito por un periodista que cuenta los últimos días de la vida del asesinado ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla? Nahum me devuelve una respuesta simpática pero que, en el fondo, siento un poco evasiva, cargada de dulces trampas retóricas. Me dice: “Lara se puede enseñar en las facultades de periodismo como un ejemplo de lo que no se debe hacer en periodismo literario. Allí ocuparía un lugar privilegiado en el Museo de los Esfuerzos Inútiles. El docente podrá levantar el libro y decir: ‘Miren muchachos, que si no se ajuician y estudian metodología de la investigación terminarán como Nahum Montt, cuatro años perdidos para publicar esta novelita de no ficción’”.

Tanto Lara como Happy birthday, capo son novelas bien escritas, con un juicioso sentido de la forma literaria y con destreza narrativa.

Montt hurgó en archivos y mantuvo horas y horas de conversación con la viuda de Lara para escribir su libro. Porras, con una voz pausada que agrada de inmediato, me dice por teléfono algo parecido: “Creo que sin querer ser pretencioso, he leído todo lo que se ha publicado sobre Pablo Escobar. Investigué muchísimo. Pero mi libro sí es una novela. No, no es una novela de no-ficción [como la famosa A sangre fría de Truman Capote]. Es una novela, porque yo traté de recrear el alma, el mundo interior de un hombre durante las últimas ocho horas de su vida, y eso tiene que ser ficción. Lo que pasa es que tiene un entronque con el periodismo porque todos los personajes tienen un equivalente en la vida real. De hecho, yo la escribí con los nombres reales y luego los cambié —todos excepto el de Pablo— para evitar demandas. ¿Qué por qué no escribí un libro periodístico? Porque el periodismo no admite ciertos acercamientos que la ficción sí. Tal vez esa mezcla de géneros es irresponsable, ese aprovecharse de todo para los fines que uno se ha propuesto. Y esos fines son los de acercarme al ser humano. Entrar a una categoría distinta, que trasciende el problema de verosimilitud que se le pide a la novela, y tiene que ver con la verdad. Mire, yo no creo que exista nada que haya cambiado la manera de ser de los colombianos de una manera tan radical como lo hizo el narcotráfico. Produjo una transformación total de las conciencias. Necesitamos explicarnos a nosotros mismos, y para ello el periodismo no basta. Yo quisiera que mi novela fuera leída como documento periodístico con un ojo y con el otro como novela. Y sé que estoy corriendo un riesgo, pero me divierte pensar que cuando la lean los novelistas se molesten, y cuando la lean los periodistas… ¡se molesten también!”.

Todo parece indicar que en Colombia, en esta coyuntura histórica, los límites entre periodismo y literatura (o entre ficción y no-ficción) se están borrando. “Yo no lo creo —me dice Héctor Abad—. Lo que creo es que el periodismo se está volviendo impúdico. La novela, la ficción, era necesaria para no infringir los límites de la privacidad y del pudor. Yo no puedo hablar de los líos conyugales de unas personas que conozco íntimamente, pero sí puedo usar en la ficción lo que sé de esa pareja, y presentarlo en un escenario deformado, con nombres y situaciones cambiadas. La novela era el terreno donde se debatía la intimidad, lo más hondo de los sentimientos humanos, sin violar la intimidad de las personas. Si la no-ficción viola la intimidad (y eso a mí me sigue pareciendo ilegítimo, salvo que el interesado lo permita, o el que el periodista sea el mismo biografiado) entonces la no-ficción coloniza un territorio que antes pertenecía solamente a la ficción”.

Son casi 400 las páginas de Líbranos del bien, la nueva novela de Alonso Sánchez Baute que publicará Alfaguara en septiembre. Sánchez Baute es vallenato, y creció muy cerca de Rodrigo Tovar y de Ricardo Palmera, hoy más conocidos como Simón Trinidad y Jorge 40. De hecho, los Tovar Pupo y los Sánchez Baute eran familias vecinas y muy amigas. Es evidente la exhaustiva investigación que llevó a cabo el escritor. Habló con decenas y decenas de personas, incluidos el mismo Jorge 40 en Itagüí, sus padres, y Leonor, la hermana de Simón Trinidad. La intención parece clara: pintar, a través de la minuciosa biografía familiar de estos dos hombres tan similares y antagónicos a la vez, un inmenso fresco histórico de la ciudad, de la sociedad que los parió y que quizá sea responsable de que se hubiesen convertido en asesinos brutales, amparados ambos en la esquiva persecución del orden y del bien común.

Sánchez Baute me asegura que todos los datos de la novela son rigurosamente ciertos. Sólo Josefina Palmera, una mujer centenaria en cuya voz narrativa parece confluir toda la vocinglería del elitista matriarcado cesarense, es un personaje de ficción. Y es en ella donde Sánchez Baute logra dejar ver su talento.

Pero a Sánchez Baute no parece importarle a qué genero pertenece su libro. Me dice con un guiño cómplice que no es gratuito que uno de los epígrafes del libro sea de Hunter S. Thompson, el periodista gringo que inventó el periodismo “gonzo”, ese en el cual el periodista se camufla para vivir —y poder contar— la experiencia de otro (un obrero, un polizón, una prostituta). Aun así, no entiendo qué tiene que ver el periodismo gonzo en este caso: el libro está narrado por la voz en primera persona de un periodista que se llama Loncho (el apodo del Sánchez Baute en la vida real), quien se fue de la ciudad muy joven por la intolerancia frente a su condición homosexual (exactamente igual que en la vida real). Todos los nombres corresponden a personas y hechos reales. En la novela se narran muchos de los secuestros de buena parte de la clase alta de Valledupar, incluido el secuestro y asesinato de Consuelo Araújo Noguera. Y los nombres de Pepe Castro, la Conchi, Alfonso López Michelsen, Ernesto Samper —toda la élite que ha tenido que ver con Valledupar— desfilan por las páginas de Líbranos del bien, pero como personajes aludidos, narrados por las voces que reconstruyen el pasado de la ciudad. Nada se inventa.

Hay otra coincidencia entre los tres escritores. Montt dice que comenzó su investigación sobre Lara con la intención de escribir una biografía. Porras dice que lo primero que quería hacer era un documental sobre la madre de Pablo Escobar. Y Sánchez Baute admite que la idea que dio pie a su investigación tuvo que ver con sugerencias de crónicas para la revista Don Juan y El Malpensante.

Es inevitable confundirse y llenarse de preguntas. ¿Por qué entonces estos tres libros se llaman a sí mismos novelas? ¿Es legítimo lo que están haciendo estos escritores, usar la vida y el nombre de personajes públicos colombianos, personas que son o que han sido de carne y hueso para armar sus ficciones? ¿Hay una subversión de los géneros? ¿La realidad ha superado la ficción, como reza el viejísimo cliché? ¿O acaso están estos escritores simplemente cayendo en una tentación mediática?

Todos arguyen buenas intenciones: Sánchez Baute quiere “hurgar en el origen del mal, en qué fue lo hizo que dos jóvenes de la sociedad de Valledupar se transformaran en macabros asesinos”; Nahum Montt quiere “rendir homenaje a hombres valerosos que marcaron su infancia”, y José Libardo Porras quiere “entender las razones por las que floreció el negocio del narcotráfico para así comprender quiénes somos. Pero bien sabemos que las buenas intenciones nunca han sido una gran carta de presentación en los terrenos de la literatura. (“Es con malos sentimientos que uno hace buenas novelas”, decía Aldous Huxley.) Pero nadie confiesa las intenciones reales, profundas —quizá no las sabe— así que lo que ellos arguyan no es uwwn buen elemento de juicio.

Tal vez la pregunta de fondo sería: ¿Basta con alterar algunos datos, inventar lo que ha quedado en zonas grises, cambiar los nombres o simplemente publicar en una colección de ficción para que lo escrito se convierta por arte de gracia en una novela? ¿Basta con que los novelistas crean que ya que vivimos una realidad tan abrumadora, no necesitamos inventar nada? Mejor dicho, ¿qué es lo que hace que un relato sea o no una novela? ¿Solo que una de las historias es inventada y la otra pasó de verdad? ?En sus maravillosos ensayos reunidos en el libro El telón, Milan Kundera dice esto: [La novela…] “se niega a aparecer como ilustración de un período histórico, como descripción de una sociedad, como defensa de una ideología, y se pone al servicio exclusivo de lo que solo la novela puede decir”. Y a lo que solo la novela puede aludir Kundera lo bautiza como “el enigma existencial”. Más adelante, el escritor checo remata así: “Porque la Historia, con sus movimientos, sus guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, sus humillaciones nacionales, etcétera, no interesa al novelista como objeto para ser descrito, contado, explicado; el novelista no es un lacayo de los historiadores; si la Historia lo fascina es porque para él es como un foco que gira alrededor de la existencia humana y que ilumina las desconocidas e inesperadas posibilidades que, cuando la Historia está inmóvil, no se realizan, permanecen invisibles y desconocidas”.

Solo la misteriosa conjunción de lectores y el tiempo podrán juzgar si esta curiosa tendencia que comienza a verse en la literatura nacional logrará trascender el recurso del uso de la realidad como un truco literario. O si estos escritores han caído, después de cuarenta días de ayuno en un desierto, en la tentación de cambiar las piedras por panes, y acabado por cambiar los panes por piedras.

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