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“Cuando la vida real se impone, hay que dejar de escribir”

El escritor español Javier Marías habla de su obra más ambiciosa, la novela Veneno y sombra y adiós, final de la trilogía Tu rostro mañana. Dice que después de cinco años –comenzó en el 2002– no sabe si volverá a escribir. El libro, en todo caso, ha sido considerado por la crítica española y europea como una de las mejores novelas de la literatura actual.

2010/03/15

Por Gabriela Bustelo

Tras el enorme éxito conseguido en Francia y Alemania con sus novelas Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías aborda en esta monumental obra la insatisfacción del individuo occidental ante la decadencia de nuestros tiempos. Con un argumento preciso –el viaje de ida y vuelta del protagonista de Madrid a Londres– y un lenguaje depurado, la trilogía Tu rostro mañana pone un broche de oro a la obra de quien es, en opinión de muchos, el mejor prosista español actual.

¿Qué sensación tiene al acabar una novela de 1.600 páginas?

La verdad es que cuando empecé no imaginaba un proyecto de estas dimensiones, ni que fuera a tardar más de ocho años en terminarlo. Durante este tercer volumen, el más largo de los tres con diferencia, he tenido muchos momentos de desfallecimiento en que he pensado: “¿Esto adónde va? ¿Voy a ser capaz de cerrarlo como es debido?”. También temía que algo me impidiera acabarlo. Lo que siento ahora es un gran alivio. Luego ya, que el libro guste o no es casi secundario, comparado con poder decir: “Ya está hecho. Logré acabarlo tal y como yo quería”. Pero despedirse de una novela siempre da lástima y en este caso es casi como marcharse de una ciudad donde llevas ocho años viviendo. Da un poco de melancolía. Supongo que al terminar de presentar el libro, tendré una cierta sensación de vacío. Incluso es posible que me entre una buena depresión.

Sigue siendo un “escritor artesanal” y su obra magna también la escribió a máquina.

Sí, claro, como todas. No sé por qué la gente se asombra. Me gusta escribir sobre papel y corregir a mano, hacer mis tachaduras y mis flechas.

Con nuevas tecnologías o sin ellas, ¿es verdad que se plantea no escribir ninguna novela más?

Sí, ahora tengo esa sensación, aunque quizá sea algo pasajero. En todo caso, nunca será nada equivalente a esto. Aunque no soy de los que empalman un libro con otro, por la edad que voy teniendo y dado que he dejado de ser “el joven Marías” [mote cariñoso que le dio Juan Benet], ya que acabo de cumplir los 56, no me veo creando otro mundo novelesco. Es probable que lo próximo que escriba sean cuentos. Es un género que me gusta y en los últimos años lo he practicado muy poco.

Viene de una familia de artistas, pero ¿alguno de ellos imaginó su enorme éxito literario?

El éxito que he tenido con mis novelas no podía predecirlo nadie, y yo menos. El cupo de suerte que cabe en una vida lo tengo cubierto con creces. Lo que me pasó con Corazón tan blanco, que en Alemania ha vendido un millón doscientos mil ejemplares, es hasta anómalo. Yo no escribo libros para una gran cantidad de lectores, así que era algo completamente imprevisible. De niño… pues sí, escribía cosas por divertirme, con doce o trece años. Me parece recordar que mi madre solía guardarlas y puede que anden por ahí, por algún sitio, no sé. Mis padres pensaban que yo tenía bastante vocación, esa palabra que ya casi se ha quedado anticuada…

Bueno, pero su primera novela, Los dominios del lobo, fue tempranísima, solo tenía 19 años.

Sí, supongo que ese fue otro golpe de suerte, aunque es una novela de la que no me arrepiento. Es evidentemente juvenil, pero no me da vergüenza, lo cual ya es mucho. Como no era autobiográfica, que es el peligro de las obras primerizas, creo que sigue siendo una obra bastante legible y graciosa.

En esta novela, en cambio, el tema recurrente es la muerte.

Sí, porque tengo una visión algo negra de muchos aspectos de la vida, pero no creo que sea un libro sórdido. Tiene alguna escena un poco loca y bromas, muchas. Creo que en mis novelas aparecen esos atisbos de comedia que tiene la tragedia. Pueden ser desoladoras en su conjunto, pero también tienen partes cómicas.

Como autor de esta trilogía lo comparan con Proust, nada menos, pese a ser heredero de la escuela anglosajona de Faulkner, Nabokov y Conrad.

En el mundo anglosajón, extrañamente, el párrafo largo lo asocian a Proust, cosa que no entiendo, porque Faulkner lo usa y Henry James también. Es muy importante decidir de quién se aprende, pero con el tiempo las influencias son mucho menores. En mi caso, creo que a partir de Todas las almas adquirí mi propia voz. Nunca he tenido problemas en reconocer de quiénes he aprendido, pero en los últimos años me he encontrado con autores que, sin admitirlo ni agradecerlo, me copiaban. La palabra sería “copiar”, no plagiar, pero copiaban cosas que yo utilizo, recursos y demás. Lo que me extraña es que no lo reconozcan. En cuanto a mí, vengo de muchos sitios distintos, como Sterne, al que he traducido, Nabokov, Faulkner o Juan Benet. También vengo de Valle-Inclán y de muchos poetas. Tengo tramos líricos donde los críticos deberían saber ver a Eliot, Rilke o incluso a Jorge Manrique.

Lo que sí comentan los críticos españoles es su extraño empleo de la coma en esta novela, abusivo según algunos.

Vamos a ver, la puntuación es una facultad muy libre que, en gran medida, se debe al ritmo de la prosa. Unas veces omito ciertas comas muy ortodoxas y otras veces pongo esas comas que producen una especie de torrencialidad. Dentro de una cierta corrección, la puntuación y la sintaxis se emplean en función de la fuerza del texto. La coma de largo aliento, por así decirlo, da una musicalidad especial al lenguaje.

Abre la trilogía con la frase “No debería uno contar nunca nada” y en este último volumen se queja de que “éste es un fatigoso mundo de transmisión incesante”. ¿Acaso no es un escritor una persona fatigosa que transmite incesantemente?

Bueno, esa primera frase es irónica, porque a continuación vienen 1.600 páginas, claro. Pero sí, tienes razón, ese es uno de los asuntos del libro. En cuanto a los escritores, son personas que transmiten, pero no obligan a nada. Puedes leerlos o no y puedes cerrar el libro cuando te dé la gana. No tienen esa capacidad de abuso de la transmisión que se produce con el teléfono, la televisión, la prensa, la radio y demás. Además, la gente habla sin parar y sin tener nunca en cuenta las consecuencias. En los telediarios todos los días se dicen públicamente cosas muy peligrosas y calumnias que pasan por ciertas, porque, como repite uno de los personajes del libro, “todo tiene su tiempo para ser creído”.

Dice haber hecho caso a su madre, que le aconsejó tratar siempre bien a las mujeres. ¿Cree que en esta obra también ha tratado bien a las mujeres?

No creo haberlas tratado mal. A veces les pasan malas cosas, porque en la vida se siguen llevando la peor parte. Sin reventar la trama, te diré que en esta novela el personaje que tiene un mayor grado de moralidad es una mujer. Las mujeres tienen más autenticidad, más nobleza, diría yo, aunque también las hay odiosas, envilecidas y caraduras. Los hombres suelen ser más acomodaticios y menos capaces de afrontar las consecuencias de las cosas que hacen.

¿Por qué no se ha metido nunca en la piel de una mujer?

Solo lo he hecho una vez, en un cuento de hace tiempo, una pieza breve, en primera persona. No me veo capaz de hacerlo. Me resultaría artificial. Creo que no me saldría bien esa impostación. Me sería difícil narrar con la voz de una persona de otro sexo. Es muy respetable, por supuesto, y algunos lo han hecho muy bien, según tengo entendido, pero para mí sería casi un ejercicio acrobático.

Martin Amis me decía que el feminismo ha cometido grandes errores. ¿Está de acuerdo?

Es cierto que en los últimos años, bajo el pretexto de preservar la dignidad de la mujer, ha surgido un feminismo encubierto, digamos, que no es en modo alguno de izquierdas. Es retrógrado, represor, censurador y en España tiene casi la misma fuerza que la Iglesia católica. El feminismo dedicado a lograr la igualdad de derechos y retribuciones es excelente, pero el otro es un desastre. Incluso pretende modificar el habla de las personas, que debería ser libre, aunque nos moleste.

Por cierto, en esta novela emplea constantemente palabras y expresiones inglesas. ¿Hasta qué punto se refleja en su obra su labor como traductor?

Para una persona que quiera escribir, la traducción es una escuela de aprendizaje incomparable. El traductor que reescribe una gran obra afina su instrumento muchísimo. Pero la lengua en la que uno escribe, con ser importante, no es lo principal. La traducción, como decía Borges, es uno de los mayores misterios del universo, pero todo es traducible. Casi nadie ha leído Ana Karenina en ruso, pero todos consideramos que la hemos leído. Y quien conoce más de una lengua hace bien en aprovecharlo en la suya propia, siempre que no cometa barbarismos ingenuamente. En ese sentido, yo nunca he tenido inconveniente en forzar la sintaxis del castellano.

El título de la trilogía Tu rostro mañana alude a la profesión de “intérpretes o traductores de personas”. ¿Tiene la capacidad para saber lo que hará la gente en el futuro?

No es nada sobrenatural. Es una capacidad que tenemos todos, pero la mayor parte de las personas no la pone en práctica. Consiste en fijarse y en registrar determinadas cosas. Tratándose de personas cercanas, normalmente no queremos ver las cosas negativas. Pensamos: “Han sido figuraciones mías. Tendrá un mal día”. Este personaje lo que hace es verlo y afrontarlo. Es una tarea cada vez más extendida en los servicios secretos del mundo entero e incluso en los aeropuertos hay personas que observan los gestos y movimientos de la gente. El sentido del “rostro mañana” es el de saber qué se puede esperar de una persona concreta.

Hay dos personajes importantes basados en personas reales: Peter Wheeler, trasunto de Sir Peter Russell, y el padre del narrador, un álter ego de su padre. ¿Cómo lo afectó que ambos murieran mientras escribía?

El padre de Juan Deza, en efecto, está basado en mi padre, que murió cuando iba por la página ciento y algo de este tercer volumen. Interrumpí mi labor durante veinte días y luego la retomé. Cuando la vida real se impone, uno no debe escribir. Pero no me habría atrevido a que ese personaje muriera, de no haber muerto mi padre. En cuanto a Peter Russell, murió seis meses después. Lo que me consoló fue poder “mantenerlos vivos” durante la escritura de la novela. Al morir en la ficción, se me han muerto ya del todo.

¿Cuál cree que ha sido su mayor aporte a la literatura escrita en español?

Pues mire, ha sido la de traducir al español obras como el Tristram Shandy, de Sterne, o El espejo del mar, de Conrad. En cuanto a mi obra, tal como dijo en su momento Eduardo Mendoza, quizá haya sido un precursor en elegir con libertad mis temas y lugares. En España, lamentablemente, esto no lo hacía nadie.

Por último, a nuestros lectores les interesará saber qué escritores colombianos ha leído.

Conozco a García Márquez. El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada son dos libros que me entusiasman. También admiro a Álvaro Mutis. Me deslumbró La nieve del almirante, pero toda la serie de Maqroll el Gaviero me gusta muchísimo. Y de los más recientes, conozco algo de Héctor Abad Faciolince. He leído lo último, El olvido que seremos, donde habla de la relación con su padre. Uno de los efectos laterales de escribir este libro tan largo ha sido que los últimos ocho años he leído muy poco que no tuviera que ver con el propio libro, y muy poca novela. Para no decaer, me he tenido que convencer a mí mismo de que el único libro que importaba en el mundo era este. Afortunadamente, es una ilusión que se disipa. Hoy ya vuelven a existir todos los libros del mundo.

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