Jaime Manrique nació en 1949 en Barranquilla.

'Amar en Madrid', un cuento de Jaime Manrique

Este escritor afincado en Nueva York ha esperado décadas para publicar este cuento en Colombia debido a su explícito contenido sexual. Traducido por Joaquín Botero, narra la historia de un joven homosexual colombiano que viaja a España para encontrarse a sí mismo. Aquí, la primera parte de un texto que su autor considera uno de sus "mejores cuentos".

2016/12/12

Por Jaime Manrique

Llegué a Madrid para convertirme en poeta. El año era 1976 y yo tenía veinticinco años. Contaba con una amiga en la ciudad, Lulú Mercurio, una historiadora que trabajaba en su disertación de doctorado. Lulú era una andaluza grande, de cabello crespo, color platino, que fumaba Camels sin parar, en su pitillera plateada. Además, fui a Madrid a autodestruirme. Quería morir joven como Sylvia Plath, Jimi Hendrix o Janis Joplin. Quería inmolarme mientras escribía poemas deslumbrantes y abrazadores; como Janis Joplin, quería partir de este mundo con un grito demoledor.

Lulú vivía en un estudio, de modo que hizo los arreglos para que yo subarrendara un pent-house en Moratalaz, un barrio de clase trabajadora. El espacio pertenecía a un amigo suyo que se encontraba en Marruecos ese año, y tenía una terraza del tamaño de una cancha de tenis, con una vista magnífica de la ciudad.

Madrid era un lugar perdido en el tiempo. A causa de la censura a los medios durante los cuarenta años de la dictadura de Francisco Franco, los madrileños aún vivían con las actitudes de los años cincuenta. Franco no toleraba inadaptados, y había creado una sociedad donde aparentemente no existían todo lo desagradable que uno relaciona con las metrópolis: no había pordioseros, la ciudad lucía impecable y preservada perfectamente para los turistas. Y lo mejor es que era segura: uno podía caminar sin ningún miedo las calles, avenidas y bulevares a las 3 a.m.

Después de unas pocas semanas de turismo me di cuenta de que tendría que conseguir un trabajo. Como hablaba inglés lo suficientemente bien para enseñarlo, entonces Lulú me dirigió al Instituto Inglés. Su directora me contrató bajo la condición de que yo me hiciera pasar un nativo chicano. De lunes a viernes, entre las 10 a.m. y las 2 p.m. yo posaba como un texano de origen mexicano ante mis desconfiados estudiantes (matronas madrileñas y negociantes maduros) quienes me bombardeaban con preguntas sobre Texas: ¿a qué sabía la carne de armadillo?, ¿cuáles eran mis recetas favoritas tex-mex?, ¿qué tipo de sombrero usaba para protegerme del abrazador sol de Texas?, ¿conocía a algún propietario de pozos petroleros? Con rapidez y sin miedo, aprendí a improvisar, al darme cuenta de que todo lo que sabía sobre ese estado lo había aprendido de la película Gigante.

Después de terminar en el instituto, solía comer un bocadillo de jamón y queso, antes de tomar el metro que me llevara a la Filmoteca de Madrid, donde veía la proyección de las 3. Luego, de regreso paraba a beber en los bares gay. Para mi sorpresa mi tipo era popular. En aquellos años, debido a mi cabello afro revuelto, la gente me confundía con un moro. Levantaba a diestra y siniestra.

La filmoteca había organizado una retrospectiva del director italiano Pier Paolo Pasolini, asesinado en el otoño de 1975. Hasta ese momento las películas de Pasolini habían sido prohibidas en España. Yo asistía religiosamente a las proyecciones de las tardes, donde me percaté de la presencia de dos chicos, que también iban todos los días. Se sentaban dos sillas adelante y con frecuencia me coqueteaban. Yo respondía, pero no pensaba nada, hasta que un día ellos irrumpieron cuando la película iba a empezar y se sentaron a mi lado. Cuando todavía salían los créditos iniciales de Mama Roma, el que estaba más cerca extendió la mano y se presentó como José. Minutos después, sentí su brazo apoyado junto al mío. La sensación era placentera y resolví seguir el jugeteo. Cuando José presionó su pierna contra la mía, giré mi cabeza y nuestras narices se tocaron. Sonreía con tanta inocencia, que sintiéndome audaz, agarré su mano. El resto de Mama Roma me resultó borrosa.

Cuando el filme terminó, José me presentó a su amigo Carlos. En ese momento vi que ambos cargaban bolsos escolares, eran delgados, altos, desgarbados y bien parecidos. Ambos, estudiantes de últimos años de bachillerato. Les dije que me marchaba porque ya había visto Accattone!, la siguiente película. Sin embargo, sugerí que tomáramos café durante el intermedio. Carlos dijo que no, aduciendo que temía perder su silla, pero José aceptó de inmediato mi invitación. Mientras tomábamos café, yo estaba cautivado con su efusividad. Sus ojos brillaban como luciérnagas en verano. Tenía largas pestañas, el cabello negro como el carbón, partido en la mitad y rapado encima de sus orejas, la nariz y los dedos largos como un hidalgo de un cuadro de Velázquez, y el labio inferior voluptuoso como una madre perla. José conversaba con entusiasmo sobre películas y literatura y aplaudía y reía con estridencia, sin cohibición. Volaron los quince minutos. Le dije que debía regresar a donde su amigo o se perdería el filme.

? No me importa si me pierdo la película, -dijo de repente con seriedad-; Santiago, ¿puedo ir a tu casa?

En el autobús a Moratalaz, José me lanzó un montón de preguntas: ¿Quiénes eran mis directores, poetas, novelistas y actores favoritos? ¿Qué pensaba de Madrid? ¿Cómo era Colombia?, ¿Y Nueva York? ¿Tenía novio?, ¿Había tenido novio?, ¿Cuánto tiempo llevaba fuera del closet? Me recordaba a un niño pequeño moviéndose dentro de una habitación, señalando objetos y preguntando, ¿qué es esto? Me enteré de que Carlos era su mejor amigo, que asistían a la misma escuela, que el papá de José era un coronel fascista en el ejército, y que él despreciaba la escuela a la que iba y el legado de Franco.

Ya dentro del apartamento nos empezamos a besar mientras nos desvestíamos. José permaneció desnudo frente a mí, con el pene totalmente erecto. De pronto, lucía inseguro. “¿Qué tengo que hacer?”, preguntó.

Lo miré incrédulo. De alguna manera, asumí que levantaba tipos mayores en la Filmoteca.

-Es mi primera vez-, balbuceó.-

-¿Cuántos años tienes?-, pregunté nervioso.

-Quince.

Me paralicé.                

-Cumpliré dieciséis en octubre-, dijo con apremio, como si eso mejorara la situación.

En ese momento, me di cuenta de que tenía poco vello púbico. Perdí la erección y me senté en la cama confundido. José se sentó a mi lado, tomó mi cara entre sus manos y me dio un beso torpe, casi un mordisco. Con el codo lo empujé a la cama, y con las puntas de mis dedos empecé a masajear su rostro, sus tetillas duras, su estómago, su largo pene sin circuncisión.

-Por favor Santiago, enséñame-, declaró temblando.

Agarré su pipí y corrí su prepucio. Tiernamente lamí la cabeza de su pene. José se sacudió y gimió en éxtasis. Después de cubrir la cabeza de su pene con saliva, agarré su verga y la puse dentro de mi boca. Se vino de inmediato. Me aparté.

-Lo siento, -se disculpó José-. Oriné.

-No orinaste, -dije riendo, casi ahogado con su semen de sabor dulce-. Te viniste.

-Oh, exclamó ruborizado.

Como yo recién había salido del closet, no era un experto en hacer el amor. Y José, ni siquiera le había dado a alguien un beso intenso. Vergüenza y culpa eran mis dos sentimientos en torno al sexo. Nos convertimos en el maestro el uno del otro.

Mientras se desvanecía el leve invierno de Madrid, José y yo nos encontrábamos cada tarde en la Filmoteca, y luego nos anidábamos en el pent-house donde tomábamos vino, hacíamos el amor, y nos leíamos poesía. Mientras José leía en voz alta poemas que amaba de García Lorca y Manuel Machado, yo lo escuchaba, saboreando el vino, con mi cabeza sobre su pecho. Tenía una voz dulce y articulaba con emoción sus poemas favoritos. Aunque éramos fanáticos del cine, la poesía era nuestra pasión más grande. José me enseñó sobre los versos españoles, y yo le transmitía (traduciendo mientras leía) mi pasión por Sylvia Plath y otros poetas extremista. Cada noche, a las ocho en punto lo acompañaba a la parada del autobús, donde con un apretón de manos nos despedíamos hasta la tarde siguiente.

Un día, Lulú me llamó muy asustada porque no había escuchado noticias mías en mucho tiempo. Le propuse que tomáramos un trago, y le conté que estaba saliendo con alguien.

-Muchos chicos majos se ganan la vida de esa manera-, dijo, asumiendo que tenía una andanza con un hombre mayor. Cuando la corregí, Lulú perdió la calma. Empezó a golpear la mesa con sus manos llenas de pulseras que sonaban mientras gesticulaba. “Tu comportamiento es de un desquiciado. ¿Estás loco? Esto es España. ¿Sabes lo que Franco hizo a los homosexuales? Y el padre del chico es un militar. ¿Te das cuenta lo que pasaría si te agarran? No puedo siquiera imaginarlo”, terminó con sus labios temblando de rabia. “Me tienes alucinada”.

Mi amistad con Lulú se enfrió mucho. Sin embargo, no me importaba perderla siempre y cuando pudiera continuar viendo a José. Estaba aprendiendo que el amor no era lo mismo que agonía y rechazo. José y yo nos devorábamos insaciablemente, como colibríes hambrientos chupando panales llenos de ambrosía. Me di cuenta de que mi cuerpo era una entidad que había estado dormida hasta que José la despertó con sus manos ardientes, sus labios voraces y sus caricias apasionadas. Al principio, no teníamos sexo anal. Pero un día, cuando tomábamos una ducha juntos, él dijo: “Fóllame”. De pie debajo del chorro caliente, apoyó su pecho y su cabeza contra los baldosines y yo lo penetré, sintiéndome completamente excitado por su entrega. “Folláme, folláme, Santiago”, repitió en un paroxismo. Cuando me venía, José empezó a gritar, “Me vengo, me vengo”. Sintiendo que me desmayaba, retrocedí, caí sobre mis rodillas y agarré su verga: José disparó un chorro de semen que tragué ávidamente, mientras el agua tibia de la ducha entraba por las comisuras de mis labios. Con la espalda contra la pared, José se dejó caer al piso con las piernas abiertas. Yo descansé mi cabeza en su hombro y me rendí.

Por primera vez, estaba feliz y enamorado. Llegó la primavera y  las violeteras cantaban couples paradas en las esquinas de Madrid ofreciendo ramilletes de violetas. Tulipanes negros y escarlatas decoraban los parques y bulevares de la ciudad, de los sauces llorones colgaban cintas de esmeralda y las bandadas de golondrinas imbricaban los cielos turquesa.

Decidí empezar a escribir mi primera novela. Una mañana, vino a mi memoria una imagen: mi viejo y enfermo padre estaba en un hospital, y yo estaba en la habitación con él, asfixiándolo con una almohada. Yo odiaba a mi padre; nunca pude perdonarle que abandonara a mi madre cuando yo apenas era un niño. Influenciado por ‘Papi’, el poema de Sylvia Plath, decidí escribir una novela que mataría a mi papá cuando la leyera.

Esa mañana, cuando iba a dar clases, me repelía la idea de ver a mis estudiantes. Solo quería quedarme en casa hasta completar mi novela de venganza.

Acabábamos de repetir la frase, “Me mudé a Texas para trabajar con Exxon y me gusta mucho la barbacoa”, cuando uno de mis estudiantes pidió que pronunciara la frase con acento texano.

Hasta hoy día, no tengo la más remota idea de cómo suenan los texanos, y nunca he tenido el don de remedar los acentos.

-Profesor Martínez, -dijo un estudiante- quisiéramos que nos enseñara inglés de Texas porque nuestro objetivo final es mudarnos a ese estado.

-Soy colombiano, no chicano-, solté, sin creer que las palabras habían salido de mi boca. Ya no había vuelta atrás. “Nunca he estado en Texas, me suena como un lugar espantoso y espero nunca tener que visitarlo”, concluí, mirándolos con el ceño fruncido.

Los ejecutivos intercambiaron miradas desaprobatorias. La atmósfera se tornó tensa, los minutos restantes parecían extenderse para siempre. Sin embargo, logré terminar la clase. Cuando los estudiantes salían de la pequeña aula oscura, bromeé con una imitación del arrastrado acento texano: “Los veeeo mañaaana”.

Esa tarde, parloteé con excitación sobre la novela a José en el apartamento. Después de que se marchó, tecleé con frenesí hasta que terminé el borrador del primer capítulo. Amanecía cuando me paré del escritorio. Abrí la puerta de la terraza y salí al aire helado. Las estrellas, como minúsculos y brillantes diamantes, ahora se empezaban a apagar, al igual que las luces de la ciudad. A la distancia, los edificios me recordaban las vistas de Toledo, que El Greco pintaba en su estudio. Bañada con una luz zafiro producida por el incandescente rosa de marfil en el horizonte, Madrid resplandecía como una visión que expresaba un gran pasado y un presente emocionante, todo mío.

Estaba tan enchufado con la escritura que sabía que no dormiría si me acostaba. Quería a José a mi lado para hacer el amor; quería oír los latidos de su corazón después de que se viniera; tenía ganas de acariciar su pecho, su dermis tan suave como la piel de la uva y saborear su dulzura y calor, como una uva que ha madurado en el sol, con la punta de mi lengua. Sintiendo una tremenda potencia, caminé hasta el borde la terraza, saqué mi verga y me empecé a pajear, gritando el nombre de José. Mi polvo salió por encima del borde del muro y cayó en medio de la luminosidad que se expandía en la ciudad.

Llegué al Instituto Inglés, todavía tambaleándome por mi orgía nocturna de escritura. En la puerta del salón, encontré una nota en la que me indicaba pasar por la oficina de la directora antes de empezar la clase. Ella me recibió con un saludo frío. Debido a que la señorita Mendeiveítia siempre vestía de negro, cuando no era amistosa podía parecer severa. Tenía una nariz picuda, labios muy delgados y me recordaba a un avestruz con peluca. Supe que estaba en problemas cuando me informó que mis estudiantes habían exigido que me reemplazaran por alguien nacido en Estados Unidos. Me dijo que sería difícil sustituirme de inmediato. Por lo tanto, la señorita Mendeiveítia me exigió, en tono militar, que me disculpara con mis estudiantes y les explicara que había estado bromeando.

-¿Supongo que por mi sentido del humor chicano?, -me quejé, envalentonado por los cojones que me había dado mi incipiente novela.

Salí del Instituto Inglés siendo un novelista en ciernes y desempleado. Me dirigí a casa, releí el capítulo que había escrito la noche anterior, y decidí que durante las siguientes dos semanas escribiría un capítulo por día, hasta completar 150 páginas. Para celebrar mi libertad y el comienzo de mi carrera como novelista, bebí una botella de Marqués de Riscal. Más tarde, borracho, caí dormido plácidamente, como un náufrago que al fin ha alcanzado una playa acogedora.

No había ahorrado un centavo. Pero una represa se había desbordado en mí y no pensé en las consecuencias. Estaba encendido, la historia de mi vida saliendo sin control. Escribí por periodos largos hasta caer rendido. Sola paraba para encontrarme con José en el cine o para hacer el amor. Muy pronto me fui en la quiebra. Encontré que en la cocina había provisiones de garbanzos, lentejas y arroz. Sobreviví con estos mientras escribía un capítulo por día, siguiendo mi plan. Mi energía no languideció; estaba en trance.

Ya no podía ir al cine, entonces José venía a visitarme al final de las tardes. Usualmente, robaba una botella de vino de la bodega de sus padres; y cuando se dio cuenta de la monotonía de mi dieta, empezó a traerme sándwiches de jamón y queso.

Hubiera sido fácil llamar o escribirle a mi madre pidiéndole dinero, pero tenía la determinación de ser la versión colombiana de Sylvia Plath. En mi novela, después de que el héroe asesina a su padre, el cuerpo es robado de la sala de velación. Desde el Domingo de Carnaval hasta el Miércoles de Ceniza (cuando se desarrolla la trama) hay una gran carga de libertinaje sexual. Vestido de mujer, el personaje principal ve a una pandilla de muchachos violar a su suegro en el Country Club, es penetrado por un hombre con el que se cruza en la playa y, finalmente, cuando el cadáver del padre aún no ha sido encontrado la mañana del funeral, el héroe llena el ataúd con bolsas de cemento y lo entierra. Me esforcé en hacer el libro lo más sacrílego posible: no solo quería matar a mi padre. La idea era, además cagarme en la iglesia católica, la sociedad colombiana y mi familia pacata. El libro tenía la insolencia de un suicida sin nada que perder. Estaba destinado a ser mi carta de despedida. En tanto que lo pudiera escribir, no me importaba quemar todas mis conexiones con el mundo. Pensé que morir en Madrid como escritor, enamorado y joven eran los materiales para un mito.

La ira que me consumía me hacía continuar. Pero cuando mecanografié la palabra ‘FIN’ caí derrumbado. Estaba agotado y perdido. Era como si toda mi vida me hubiera llevado a ese momento -- cuando finalmente pude asumir mi homosexualidad y devolverle el golpe a todo lo que me había herido como joven. Ahora había completado mi venganza y la vida parecía menguarse frente a mí.

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