Roberto Palacio autor del libro Pecar como Dios manda.

Cuestionario para una hamaca

Roberto Palacio, autor de Pecar como Dios manda, una historia sexual de los colombianos, estará en la Feria del Libro. Arcadia le envió un cuestionario cuchilla.

2010/09/21

Por Redacción Arcadia

1. Sabemos que el libro solo trata de la historia sexual de Colombia desde lo precolombino hasta la Colonia, pero, aprovechando estas celebraciones de bicentenario, ¿qué ha sido lo más importante en materia sexual durante estos 200 años?

Si tuviera que señalar un momento de cambio significativo en nuestra historia sexual, habría que mirar el momento en el que la sociedad colonial se vuelve decimonónica. Eso acaece en Colombia más o menos a mediados de los años 1800, porque como con tantos otros procesos de nuestra historia, el siglo XIX comienza ya bien entrados los mil ochocientos. En ese momento, la sexualidad públicamente juzgada de la Colonia se interioriza, no sólo en las conciencias sino en las cuatro paredes de la casa. Floreció el crimen pasional y los grandes amores furtivos y secretos, como bien queda documentado en la literatura del siglo XIX. José María Cordovez Moure lo retoma notablemente en sus ‘crímenes célebres’. Bogotá comienza a tomar la cara sexual que tiene hoy; una ciudad de pequeños placeres pasajeros y furtivos en el espacio público; de grandes vicios y amores apenas mencionados en el espacio privado.

2. En uno de los primeros capítulos escribe: “En algunas partes del territorio de Colombia, algunos se destacaban por ostentar grandes astas, mientras que otros no tenían esa fortuna”. Esa idea de que cuanto más grande el pene, más afortunado el hombre, ¿de dónde sale? ¿Es obsesión colombiana? ¿Personal? ¿De la academia?

Son obsesiones que recorren los imaginarios de toda la sociedad. ¿A cuántos hombres no se les llena el buzón de correo con spam acerca de cómo aumentar el tamaño del pene? Y no es algo de Colombia ni de ahora. En textos tan antiguos como el Ananga Ranga hay indicaciones acerca de cómo aumentar el tamaño del pene. En el siglo XIX encuentra uno que en los vademécumes colombianos se incluían remedios caseros de la abuela para curar la impotencia.

Durante la Conquista, la antropometría de los órganos sexuales fue un tema importante. Nuestros propios cronistas registraron el tamaño del pene y de las vaginas de los nativos. Fray Pedro de Aguado anota que las mujeres de los Llanos Orientales de Colombia tenían un ‘estuche’ tan largo como el pico de un tucán. Juan de Castellanos, en referencia al origen del nombre ‘pijaos’ dice: “Ansí los llaman a los desta casta los españoles, y es la razón cierta porque la corpulencia de aquel asta se precian de tenerla descubierta”. El uso de la palabra ‘pija’ para referirse al órgano sexual masculino esté evidenciado en España desde el siglo XII por el diccionario de Joan de Corominas. Debe uno esgrimir al menos una sonrisa cuando descubre que hay edificios en los sectores más pudientes de Bogotá que llevan nombres como ‘Pijao Reservado’.

3. Otra cita del libro. Cuando habla de las amazonas dice que “hay algo eróticamente irresistible en la hembra que no se cansa en la cama, uno de los motivos por los cuales la joven doncella resulta tan atractiva para el hombre maduro”. Pero acaso, ¿el hombre maduro no se cansa más en la cama? Y esta atracción por las jovencitas incansables, ¿es universal o sólo colombiana?

Ciertamente no quería implicar que el hombre maduro no se cansa en la cama. Por el contrario, como si fuera un elíxir de amor, busca rejuvenecerse a través del contacto sexual con personas menores que él. Robert Graves lo tematizó magistralmente; el hombre maduro arrastrará su pena y su pasado hasta encontrar una piel dulce e indolente de veinte años. No es sólo colombiano este tema: es recurrente en la literatura y alcanza su cénit en Lolita de Nabokov.

El caso de las amazonas es apasionante. Al leer la historia de Orellana, se descubre que luego de su primera expedición, cuando regresa a España y revela que hay un grupo de mujeres que no necesitaban de los hombres, multiplica por seis el número de hombres que lo acompañan en su segunda expedición, todos de la nobleza. ¿Por qué? Bueno, no hay nada que incite más a los hombres que una comunidad de mujeres que no los necesitan. El mayor de los sueños masculinos, redimir a la mujer no sumisa.

4. Sexualmente, hablando, ¿qué aprendieron los indígenas de los españoles? ¿Los españoles de los indígenas?

En realidad, las costumbres sexuales no varían radicalmente de una comunidad humana a otra. Quizá la única costumbre sexual que no queda registrada en la América anterior a los españoles es el cunnilingus. Lo que sí cambia es la manera de satisfacer estas costumbres. Yo diría que lo que trajeron los españoles fue cierta forma de asumir la sexualidad, una forma culposa, doliente, cortés y violenta, marcada por el cristianismo. De nuestros americanos tomaron los españoles nada menos que el calor, el deseo, la pasión, el sabor. No era esto algo propio de la cultura de los sonsos castellanos y andaluces que nos conquistaron. Por eso nuestra sexualidad era y sigue siendo esa combinación de exuberancia y dolor, a veces deleitable, a veces mortal.

5. Habla de la “dulce perversión y humor que puede haber en el erotismo no culposo”. Pero ¿cómo es perverso el erotismo no culposo? ¿Es algo de colombianos?

Ese aspecto de nuestra sexualidad se ve muy claro en la cerámica de los pueblos tumaco. Hay en ella un profundo conocimiento de lo que place a hombres y mujeres. En verdad, hay acá una forma de sexualidad en la cual ambos se sienten complacidos, ya que no opera la lógica de la humillación incitante. Habrá en el acto sexual un ‘oferente’ y un ‘tomador’, pero no un ‘abusado’ y un ‘abusador’. El hecho mismo de que existan estos objetos cerámicos tan explícitos en materia sexual nos habla de una sociedad que no teme deleitarse con el sexo y concebirlo con humor. Hay que aclarar que no todas las culturas de Colombia asumieron esta actitud abierta ante el erotismo, aunque ninguna se asemejó a la europea. La sexualidad en las culturas influidas por el cristianismo narra otra historia. Hay que recordar que en el modelo del amor que se siente por Jesús, el amor perfecto para el cristiano, el deseo va acompañado de la condescendencia y el menosprecio piadoso. El dolor humillante infligido ha de ser el camino a la perfección del acto amatorio. Por eso para el cristiano será común bautizar como ‘puta’ a la mujer recién amada incluso antes de poner un pie por fuera de la cama.

6. En el libro habla del castigo que debían sufrir las mujeres infieles de los muiscas: “Se le obligaba a acostarse con los diez más asquerosos de la tribu; un castigo brutal para una mujer”. Aunque lo interesante viene luego, la anotación del autor para cerrar el párrafo: “Aunque al parecer algunas ya son muy hábiles por sí mismas y sin que medie castigo para terminar acostándose siempre con los diez más asquerosos de la tribu”. Tanta misoginia, ¿qué?

El hecho de que yo critique a las mujeres no significa que piense que los hombres hemos sido mucho mejores en este sentido; ambos hemos sido muy disfuncionales a la hora de escoger a nuestras parejas, lo cual nos trae siempre una dosis tremendamente alta de sufrimiento.

Se ha vuelto un lugar común decir que sólo los hombres escogen mal a sus compañeras, que se acuestan con cualquiera. Yo sólo recuerdo que cuando una niña cuya virginidad ha sido vigilada con lupa, se casa con un narcotraficante, hay un tema de mala elección. Pienso que en ello también hay algo que va en nosotros como especie: nuestro sistema emocional no siempre funciona a la par con el de los deseos lúbricos y de poder, más primitivo.

7. En su recorrido por la historia sexual de los indígenas encuentra homosexualismo, prostitución y antropofagia, entre otras prácticas. ¿Es un intento para derrumbar el mito del buen salvaje o un intento para perpetuar el mito del salvaje-salvaje?

El mito del buen salvaje surge en la Europa de las luces, con el pensamiento de J.J. Rousseau; todo lo natural es bueno, todo lo autóctono es puro. Aún estamos permeados por esas ideas poco examinadas.

Que lo natural y vernáculo es incondicionalmente bueno es una falsedad manifiesta en materia sexual. Lejos de defender un mito u otro, intento señalar que la vida en la América precolombina, a pesar de existir una actitud ante la sexualidad distinta a la del cristianismo, no era un paraíso de pacíficos cultivadores que amaban al Sol y a la Luna y a sí mismos. No digo mejor o peor que la europea. Simplemente humana, con toda la carga de crueldad que a veces ha pintado nuestro devenir. Los muiscas solían enterrar vírgenes jóvenes vivas en los cimientos de sus edificios más importantes; a los sodomitas los sentaban en una penca hasta que les salía por el cerebro.

8. Dice que en Colombia “no es siquiera posible pensar la realidad nacional al margen de los grandes prostíbulos”. ¿En serio? ¿Cuáles son las grandes perspectivas que abren los grandes prostíbulos para pensar la realidad nacional?

El prostíbulo en Colombia es un espacio excepcional, en donde en cierto sentido toda la realidad nacional se parodia sobre un escenario que tiene como trasfondo la sexualidad. Pero al mismo tiempo es un espacio en el cual hay reglas inviolables y estrictas. En esto se asemeja al narcotráfico. Me ha llamado siempre la atención porque al parecer el prostíbulo y el ghetto de la mafia son dos espacios que nos dicen que somos estrictos, ceñidos a la regla hasta la muerte incluso, en lo que está al borde de la legalidad, en las periferias de la civilización. Me pregunto por qué no lo somos en las actividades que son de mayor cuidado para nuestra sociedad; la educación, el interés público.

Por otro lado, pura y sencillamente, por el prostíbulo pasa la sociedad completa, en secreto. Quisiera oír algún día las confesiones así sean anónimas de las mujeres públicas que se han acostado con los grandes hombres y mujeres reputados en nuestra historia.

9. El que peca como Dios manda, ¿necesita rezar para empatar?

Hay una historia bellísima sacada de los primeros confesionarios y gramáticas que hicieran en Colombia los dominicos en lengua muisca para convertir a los indios al catolicismo. Las preguntas que los sacerdotes formulaban a los indios debían hacer confesar este pecado: “¿Has tenido poluciones estando dormido? ¿Sucediote esto porque soñabas con una mujer?” Si se puede pecar estando dormido, soñando el más delicioso de los sueños con una mujer, y se peca en virtud de un instinto como el sexual que el mismo Dios nos dio, parece que lejos de rezar como Dios manda, no nos queda más que pecar como Dios manda.

 

En el mercado

Pecar como Dios manda

Roberto Palacio

Planeta, 2010

233 páginas

$39.000

 

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