El escritor cordobés David Sánchez Juliao.

David Sánchez Juliao (1945-2011)

Tenía voz de barítono. Creía firmemente que la literatura era una parte de la música. Su carrera política se vio frenada antes de tiempo. Pero su vocación de autor popular, más allá de la mirada de los críticos, promete tenerlo a salvo entre los lectores durante mucho tiempo.

2010/02/28

Por Joe Broderick

Nos conocimos, a comienzos de 1974, en una vieja casa de Teusaquillo, sede de la revista Alternativa. En ese momento, la plana mayor —Orlando Fals Borda, Enrique Santos, junto con García Márquez desde México— estaba preparando la primera entrega, el Número Cero, de lo que sería el mejor semanario de la Izquierda colombiana tal vez en toda su historia.

David y yo nos alistábamos para trabajar allí. Habíamos entrado por la misma puerta, la de La Rosca, un círculo de escritores y sociólogos agrupado alrededor de Orlando Fals. Recuerdo a David en aquella época como una suerte de protegé de Orlando, quien lo animaba a recorrer la tierra natal de los dos, sabiendo que este joven costeño charlador (suena a pleonasmo) podría meterse en todas partes para escuchar a la gente y registrar sus historias. Fue de esas tempranas experiencias, creo, que David sacó su primera recopilación: ¿Por qué me llevas al hospital en canoa, papá? Y un poco más tarde, la segunda: Historias de Racamandaca. A partir de ahí, ya había encontrado su rumbo, y había dado muestras de su especial talento: el de un contador de cuentos tomados de la vida cotidiana.

Algunos lo han criticado justamente por eso: porque los cuentos no eran suyos, sino simplemente tomados, recopilados de sus charlas con otros. Es verdad que David amasó un rico acervo de anécdotas y relatos populares. Pero no los reproducía así no más, tal cual, en una chorrera de cuentos inconexos. Su arte consistía en crear personajes. Como cuando inventó El Flecha para, por la boca del boxeador, contar las chistosas aventuras y también las penurias de un típico sobreviviente. La historia de El Flecha es más que la biografía de un pugilista imaginario derrotado en todas las peleas. Evoca, también, la vida de millones de derrotados, que en Colombia, y en el resto de América Latina, han sido hasta ahora la gran mayoría.

David siempre me pareció un escritor muy profesional. Lo digo no solo porque vivía —y vivía bien— de lo que ganaba con sus libros, sus guiones y sus discos. Lo digo, sobre todo, porque tomaba muy en serio su oficio. Estaba siempre atento a las opiniones y anotaciones de amigos lectores. Cuántas veces no me pasaba sus textos antes de publicarlos; quería oír comentarios y no se molestaba si no todos eran elogiosos. Antes, agradecía que uno lo leyera con ojo crítico. En mi experiencia no son muchos los autores colombianos que tienen esa actitud. Otros amigos me prestan sus manuscritos, pero se ofenden ante la menor insinuación de que algo se podría mejorar. No quieren oír sino elogios. David no era así. Además, revisaba y pulía sus escritos con un oído bien afinado para captar en lo posible los matices de la voz hablada.

Con su cháchara y su risa sonora (se reía a carcajadas de sus propios chistes), David se presentaba ante el mundo como un hombre con una desbordante confianza en sí mismo. Pero a veces lo veía muy frágil. Recuerdo, no sin tristeza, el momento cuando fue obligado a abandonar abruptamente las mieles de la vida diplomática en El Cairo y regresar al país para afrontar un largo proceso penal en su contra. El incidente fue doloroso y acabó, me parece, con sus aspiraciones políticas.

Porque, además de escritor y entertainer, David era un animal político. En su mejor época era capaz de reunir a mucha gente, al menos en la costa del Caribe. En Barranquilla, en 1989, fui testigo de su poder de convocatoria cuando llenó el teatro Amira de la Rosa para el lanzamiento de un cuento, Aquí yace Julián Patrón, que yo tuve el placer de editar. Me aseguró que venderíamos mínimo cien libros esa noche. Y así fue. Hacían cola para recibir su autógrafo. No era difícil verlo recaudando votos para un importante cargo público. Podría haber llegado al Senado.

Pero tal vez debemos agradecer que eso no haya pasado. Porque David siguió escribiendo, y con una prosa que se distingue por su musicalidad, por sus ritmos y cadencias. El lector está ante un autor consciente de que la palabra escrita jamás se debe divorciar ni de la voz ni de la música. Por algo David dedicó muchos años a una trilogía de novelas basadas en la canción popular: primero en la de Mexico (Pero sigo siendo el rey), luego la de los pueblos andinos (Mi sangre aunque plebeya) y finalmente la de su propia cultura Sinú (Danza de redención). Curiosamente, siendo esta última la más ambiciosa (o tal vez por eso mismo), no resultó ser tan memorable como las anteriores. Hasta el título suena un poco solemne y pretencioso. Contrario a su tono habitual: el toque ligero. Ahí acertaba siempre.

Es temprano tal vez para evaluar su legado. Era un autor popular, poco ponderado en los círculos literarios. Pero una cosa es clara: abrió un campo totalmente nuevo en su momento con los libros casetes (los audiolibros) y nadie supo contar los cuentos como los contaba él. Su instrumento fue la resonante voz de barítono con la que la naturaleza le había dotado. Y la supo aprovechar. Como también supo gozar la vida.

No sé si todavía existe El Anca en la diecinueve donde presidías la mesa y donde almorzábamos y tomábamos nuestros tragos. Lo único que sé es que te vamos a extrañar, viejo Deivi.

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