RevistaArcadia.com

De muñecas y chinos

En tan solo dos meses ganó dos premios internacionales de novela. El escritor argentino no era muy conocido, ni siquiera en su país, pero ahora, con dos libros recién publicados, comienza a serlo. ¿De dónde salió este argentino con nombre alemán?

2010/03/15

Por César Paredes

Ariel Magnus cree que jugar con el lenguaje es un asunto serio. Por eso cuando la fotógrafa le pide que mire a la cámara para lograr una imagen “casual”, él pregunta con acento porteño: “¿Cómo se mira a la cámara por casualidad?”. Magnus estuvo en Bogotá por dos razones: la primera, en septiembre ganó con Un chino en bicicleta el premio La Otra Orilla, de la editorial Norma. La segunda: dos meses después, volvió a ganar otro premio, el Juan de Castellanos de la Secretaría de Cultura de Bogotá, con Muñecas, una novela breve. Por esas dos razones nos encontramos en un café en el norte de la ciudad. Lo primero que dijo fue: “No soy nadie, en Argentina nadie me conoce, esa es la respuesta real si alguien me pregunta quién soy”.

Magnus nació en Buenos Aires en 1975, pero su ascendencia es alemana. Fue educado en una familia judía-alemana que por el lado paterno se fue a vivir a Argentina antes de la Segunda Guerra Mundial. Por el lado materno, la única sobreviviente de los campos de concentración nazi fue su abuela. Desde muy niño, dice, le gustó leer. Comenzó a escribir cuentos e historias de largo aliento cuando era adolescente. En alguna ocasión, cuando terminaba el bachillerato, los alumnos debían escribir para la clase de literatura un texto. Magnus redactó una obra completa de ficción con varios capítulos independientes, mientras que sus compañeros escribieron historias familiares o anécdotas. “No nos podés comparar con Ariel, él es un escritor”, le decían al profesor a la hora de ser evaluados. “Todos me trataban como escritor y terminé creyéndolo”, dice.

Cuando cumplió los veintidós conoció a quien es hoy su esposa, Mariana Dimopoulou. Ese año se fue junto a ella a Alemania. Estudió en la Universidad de Heidelberg y en la Universidad de Humboldt. Magnus fue, en sus palabras, “un mediocre estudiante de Filosofía y un excelente estudiante de Literatura”. En 2005 regresó a Argentina.

Allí empezó a escribir para el suplemento Radar del periódico Página 12 y a colaborar con algunas revistas. Sandra, su primera novela, apareció ese mismo año. Y entonces ya no se detuvo: el año pasado publicó La abuela, un libro testimonial basado en los recuerdos de su abuela que logró sobrevivir al holocausto en un campo de concentración. “Con dos libros publicados pensé: es hora de enviar a concursos. Voy a perderlos todos, pero voy a intentarlo”. Para su sorpresa ganó los dos.

De chinos porteños

Un chino en bicicleta, que ya fue publicada, está sobre la misma mesa en la que reposan las tazas de café. La novela cuenta la captura del chino King Zhon Li acusado del incendio de once mueblerías en Buenos Aires. Magnus siguió el juicio en la realidad con la intención de escribir un relato periodístico que terminó siendo una obra de ficción. Mientras estaba en la audiencia, entró al baño y pensó, ¿qué pasaría si Li me secuestrara? Así nació la novela. De ahí en adelante todo es producto de una imaginación vivaz. Li secuestra a Ramiro Valestra, el protagonista, y se adentra en una cadena de hechos tragicómicos que lo llevan a encontrar el amor.

Magnus nunca pensó que afuera de su país se podría entender el humor de su novela. Por un lado, porque el lenguaje de la narración es “chabón”, de calle, como se dice en argentino, aunque moderado. Por otro, porque nunca había reparado en la universalidad de la percepción que se tiene de los chinos. Por eso logra llevar al absurdo teorías surgidas del imaginario colectivo: que los chinos sueñan con vivir en Nueva York, que conforman una mafia que busca tomarse el mundo, que su tradición es “clásica” e incólume, entre otras. En la reflexión sobre estos asuntos reacciona para derruir los imaginarios: “No quiero dar respuestas verdaderas, ni verosímiles. Quiero dar una respuesta asombrosa”.

En su obra el juego, que a veces está presente en las palabras, símbolos, escenas o capítulos, es lo que produce la comicidad. Las cosmovisiones propias de cada pueblo chocan en los diálogos y en las acciones. Esa es una manera de reírse de lo que en apariencia nos parece distinto culturalmente. En ese sentido, el humor se vuelve cáustico, Magnus explica que eso proviene de sus raíces judías. La mirada burlona de los clichés presentes en el imaginario argentino (y latinoamericano) acerca de los chinos es el tono de una obra que no por divertida carece de seriedad. “La literatura para mí es un espacio de libertad absoluta. Quiero poner lo que me de la gana”. Esa actitud irreverente lo lleva a desatender la opinión de los críticos y advierte que se ha distanciado de la academia. El libro está estructurado como un juego, un juego chino. Sus capítulos cortos son unidades narrativas en sí mismas que le dan agilidad, como una serie de ideogramas sucedidas de un tangram.

Magnus se tomó en serio el trabajo, no soo de divertir sino de reflexionar sobre los prejuicios, “a veces estúpidos” que distancian a las culturas. Al final Un chino en bicicleta puede leerse como una novela de amor. Yintai, el personaje femenino de la novela, termina siendo la novia de Valestra, y se roba la atención. El libro tiene un final feliz. “Yo también me enamoré de ella”, dice Magnus, un escritor con dos premios bajo el brazo.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.