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De retorno

Juan Manuel Roca rinde un homenaje al poeta de Martinica Aimé Césaire (1913-2008)

2010/03/15

Por Juan Manuel Roca

Hace unas pocas semanas murió en su natal Martinica el poeta Aimé Césaire. Uno de los más grandes, sino el más, de los poetas del siglo XX.

Ninguno más propiciador de revueltas contra la estrechez y la chatura del mundo, quizá ninguno con más talante libertario que Césaire.

Nacido en 1913 en Basse-Pinte, segregado en un trípode al uso en una colonia francesa: por negro, por pobre y por una suerte de “esquizofrenia idiomática” que padecen las colonias, el joven Césaire logra una beca en París en el Colegio Luis el Grande.

Allí escarba y logra, desde sus primeras y decisivas influencias, Lautréamont y Rimbaud, desentrañar su raigambre africana para volcarla en un vórtice de imágenes reveladoras y fulgurantes a la vez.

“Mi boca será la boca de las desdichas que no tienen boca; mi voz, la libertad de aquellas que se desploman en el calabozo de la desesperación”, dirá en algo que más que un programa estético es una toma de partido por el hombre.

Su Cuaderno de un retorno al país natal, publicado de manera fragmentaria en 1929 en la legendaria revista Volonté, a solo cinco años del primer manifiesto del surrealismo, también ataca sin reservas “el imperio de la lógica” y exalta lo maravilloso.

A partir de ese momento su poema de largo aliento se convierte en una suerte de Biblia negra, de campanada de rebelión para las colonias francesas.

“¡Y yo me digo Burdeos y Nantes y Liverpool y Nueva York y San Francisco

no hay un trozo de este mundo que no lleve mi huella digital

sobre la espalda de los rascacielos?y mi mugre en el centelleo de las gemas!”.

Ante su espléndido cuaderno se volcarán cientos de ojos de estudiantes africanos y la palabra negritud, posteriormente tan vejada como la palabra revolución, resonará como un tambor en mitad de las noches.

André Breton hablará entonces del poeta de Martinica como del “más grande monumento lírico de nuestro tiempo”, “prototipo de la dignidad”.

Esa bocanada de aire que recibieron los surrealistas cuando parecían agotarse en lo que Agustí Bartra, el notable traductor de Césaire, llamó el “fetichismo de la imagen por la imagen”, renovó la fe en la poesía como transgresión y llamado.

El mismo Bartra señala con acierto la curiosidad de que “el gran libro de la poseía surrealista no sería escrito en francés sino en español, y no en París, sino en Nueva York” y que lo firmaría la desesperación existencial de García Lorca”. Diez años después de García Lorca, Aimé Césaire inauguraría su furioso martillo”.

Al encuentro con Una temporada en el infierno y tras sus episódicos contactos con los surrealistas y con los poetas africanos que andaban en sus mismas pesquisas, Césaire escribiría su prodigioso Cuaderno.

¿De dónde podría provenir tanta fuerza, tanta apropiación de otras culturas en quien fuera un no colonizado en una colonia francesa? El mismo poeta le asignaba al ritmo esa pasión, ese dictado implacable que tiene que ver con lo interior y no con la sonoridad de las palabras, con el ritmo que es “anterior a la palabra”.

“La música de la poesía no puede ser exterior. La única aceptable viene de más lejos que el sonido. La búsqueda de la música es el crimen contra la música poética que no puede ser más que el batir de la ola mental contra la roca del mundo”, afirmaba Césaire.

Pero decir que es el poeta de los ritmos incesantes, como afirmar que es el poeta de la imagen, resulta poca cosa. Césaire es el gran hereje. “El relapso”, dirá en uno de sus versos. Alguien en quien la palabra es una suerte de ganzúa para abrir las puertas cerradas de la razón y del trasmundo. Un poeta animista, como los niños y los brujos.

Su concepto de la negritud, una palabra que habría de entrar en descenso degenerativo y por momentos decorativo, fue decisivo en las luchas anticolonialistas y en un alto concepto de la libertad creadora del hombre negro. Marxista, poeta fundacional como pocos, Aimé Césaire nos hace pensar con Jorge Zalamea que “en poesía no existen países subdesarrollados”.

Esa lucha del gran poeta antillano emprendida también por el senegalés Leopold Sedar Senghor y uno de cuyos más altos antecedentes fue el poeta malgache que se suicidaría de manera temprana para hacerle un quite a la miseria, Jean Joseph Rabearivelo, renovaría sin duda todo el cuerpo de la poesía de expresión francesa.

Celebrado por Jean Paul Sartre, por Franz Fannon, siempre olvidado por los emisarios del Premio Nobel, amado por su pueblo que una y otra vez lo votaban para alcalde, siempre es una experiencia nueva volver a su poesía, abiertos todos los dispositivos sensoriales. Así volveremos “a hallar el secreto de las grandes combustiones”. Y con él diremos “tormenta”. Diremos “tornado”. Diremos “río”. “Hoja”. “Árbol”.

Su palabra herida nos ubicará en el país del retorno para ver, una y más veces:

“La negrería sentada

inesperadamente de pie

de pie en la cala

de pie en los camarotes

de pie en el puente

de pie en el viento

de pie al sol

de pie en la sangre

de pie y libre”.

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