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Decir cosas brutales

La narrativa mexicana vive un momento de gran lucidez, y si bien sus escritores van por caminos muy diversos, han resultado ser caminos muy fértiles, en medio de un país sumido en una crisis de violencia. Arcadia pasa revista a cuatro voces singulares en un poderoso escenario literario.

2010/03/15

Por Jesse Tangen-Mills

Las letras mexicanas contemporáneas siguen siendo de las más innovadoras de América Latina. Sus temas —como la violencia y el aislamiento— reflejan la realidad mexicana de siglo XXI mientras sus estilos —sobre todo la brevedad y el silencio— evocan un sentido general de perdición. Sus historias nos llevan a la primera línea de la violencia en el México moderno, con los rasgos sangrientos de cadáveres anónimos y mutilados, pero no nos abandonan ahí; nos conducen también a las calles frenéticas de Nueva York, al otoño campestre en Japón y hasta al espacio. Tan diferentes como los lugares donde desarrollan sus historias, estos escritores vienen de varias regiones de México, desde Sinaloa hasta Tamaulipas. Si algo los define es la búsqueda de nuevas formas de “decir cosas brutales”, como lo dice Cristina Rivera Garza en su thriller El miedo me da. Y como tantos otros vanguardistas anteriores, comparten una actitud rebelde frente a lo convencional, dando como resultado ideas y obras distintas.  

A lo Bellatin

Así se presenta Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960): “Soy Mario Bellatin y odio narrar”. Y así también empieza la última novela de este autor elusivo, enigmático y subversivo. Él mismo describe la escritura como “un oficio vano”. Tal vez por eso no aparece en sus novelas cortas, la mayoría de menos de cien páginas. Clasificar lo que escribe es difícil. El jardín de la Señora Muraki se ocupa de un anciano decrépito que cría pastores belgas con la ayuda de un asistente. Salón de belleza es la historia de un travesti mexicano que convierte una peluquería en un moratorio a donde van a morir víctimas del sida. Shiki Nagaoka: una nariz de ficción se lee como una biografía ficticia sobre un autor japonés. Tal vez lo único que esas novelas tienen en común, fuera de las muchas referencias a irregularidades corporales (él mismo es manco de nacimiento), es la prosa de Bellatin: fría, precisa, que, en su negación de cualquier rasgo humano, se parece más a la obra de Samuel Beckett o de Yukio Mishima, que a los autores del boom.

Pero sus ideas llamativas y contradictorias ofrecen también pedagogía. La Escuela Dinámica de Escritores, que fundó Bellatin, prohíbe que la escritura sea parte del ejercicio académico. Según Bellatin es “una escuela vacía en la que no existen programas de estudio”. En lugar de discutir estética literaria, los estudiantes comparten un proceso de creación con sus profesores en campos distintos. Su filosofía interdisciplinaria se extiende a sus libros que muchas veces incluyen fotos como apéndice a sus textos.

En uno de sus más recientes escritos, Bellatin repasa su obra para explicar su proceso: “Acostumbro referirme a la necesidad de que el lenguaje se libere de la retórica que lo constituye y que muchas veces impide nombrar las cosas como son”. Sin esa retórica nos queda solo un lirismo macabro e inequívocamente bellatino.

Narcometáforas

Aunque tal vez no todo es tan apocalíptico como lo presenta Bellatin, las cifras de la narcoviolencia son pasmosas. En 2008 murió más gente producto de la guerra de carteles que soldados en Irak. Ese mismo año se publicó Trabajos del reino, la primera novela de Yuri Herrera (Hidalgo, 1970). Puede que el libro llamara la atención de la crítica porque describía en términos nuevos lo que más les preocupaba a los mexicanos. Lo-bo, el protagonista, un compositor de corridos, se mete en la vida interior de un cartel de drogas llamado El Corte. Sus canciones, dedicadas al capo, le permiten acceder a ese mundo extraño e insular. A veces la historia suena como una alegoría fantástica, con personajes con nombre como El Rey, La Cualquiera o El Joyero; otras veces, gracias a fragmentos de lenguaje popular, parece más bien un trabajo de realismo afilado.

Su nueva novela, Señales que precederán al fin del mundo (Periférica), de casi mil páginas, se basa en la experiencia de una mujer en la búsqueda de su hermano, viajando por tierras inhóspitas. Trabajos del reino no es la única novela que pinta el caos del ‘narco’. Pero su habilidad para traducir los problemas diarios a un lenguaje nuevo y universal la distingue de otras.

Un asesino solitario, de Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), confronta el tema de una forma más directa. Como explica Macías, el narrador: “El 17 de diciembre me dijeron que ya no me ocupaban, que el país estaba de lo más machín, que el presi les había puesto una pela de perro bailarín a todos su enemigos y el último año se la iba a pasar cachetona, nomás cosechando aplausos, inaugurando obras y dejándose querer”. Tal vez “el presi” está bien, pero sus rivales por el contrario, la están pasando mal, sobre todo uno, el que va a “bajar” Macías. A pesar del título, está claro que Macías no actúa solo ni sus pensamientos asesinos son únicos. Al reconstruir el crimen, surgen nuevas preguntas. Al final no solo nos identificamos con Macías, empezamos a dudar lo más obvio: su culpabilidad.

Thriller poético

Queda claro que para los narradores las palabras, vengan del vocabulario confuso del emigrante o de la cadencia dialéctica de la violencia, son mucho más que juegos verbales frívolos, y por ello forman una parte instrumental de su obra. Su prosa es pensada y elaborada teórica y estética.  

Algo así ocurre con Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964). Para ella la prosa es un problema: desea ser algo definitivo y significativo y al tiempo mundano y efímero. Sus libros se pueden leer como novelas policíacas, aunque su prosa suena más a poesía. Sus frases, cuidadosamente ambiguas, le exigen mucho al lector. Su novela más reciente comienza: “— Pero si es un cuerpo—, farfullé para nadie o para alguien dentro de mí o para nada”.

Rivera Garza se ha descrito como “una militante de la literatura”. Tal vez. Pero no se limita a la literatura. Ha escrito artículos de historia latinoamericana y dicta clases de ese tema en ambos lados de la frontera. Como si eso no fuera suficiente ejercicio intelectual también escribe en la sección cultural del periódico mexicano Milenio, que incluye su blog con otros escritos. Su novela Nadie me verá llorar, ganadora del Premio Nacional de Novela y Premio Sor Juana In’es de la Cruz en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, ahora traducida a varias lenguas, la convirtió en una escritora conocida e importante. Esta profesora de historia, lectora fiel de filosofía, es algo más que una literata. Siguiendo una tradición mexicana que se extiende en el pasado hasta Juan Rulfo, Garza incorpora la fotografía en su proceso de creación literaria. Así descubrió a su protagonista Matilda, de Nadie me verá llorar: Un día, en el Archivo Histórico de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, encontró una foto de una paciente del Manicomio General La Castañeda que se le quedó grabada. El rostro la perseguía hasta que se convirtió en esta novela.

En su más reciente novela, La muerte me da, Rivera Garza cuenta la historia de una mujer que encuentra cuatro cadáveres de hombres castrados, lo cual la convierte en la primera sospechosa del asesinato para la policía. Las únicas pistas del crimen son algunos fragmentos de la poeta suicida Alexandra Pizarnik (poeta que escribió el verso de donde deriva el titulo). El resultado es, al mismo tiempo, un cuento policiaco y un análisis literario en clave de thriller, lo que reafirma a Rivera como dueña de una prosa única.

Del ‘boom’ al ‘boomerang

Algunos han atribuido la alta calidad y diversidad de los escritores mexicanos contemporáneos a becas gubernamentales. Las becas permitieron a muchos artistas desarrollar su arte sin la presión de tener que pagar la vida o entregarse a los gustos del mercado. Ahora también existe el Sistema Nacional de Creadores Artísticos que financia a artistas establecidos.

Esa política también incluía a la generación Crack, o el boomerang, como los llama Carlos Fuentes en “Boom al Boomerang”. El término boomerang alude a una tendencia reconocida por sociólogos en los ochenta para describir el fenómeno de los jóvenes que luego de independizarse, volvían a la casa de sus padres. Fuentes lo emplea como metáfora. Los papás, según la analogía, son los autores boom. Los boomerang después de rechazar el boom y sus convenciones, empezaron a acercarse a la literatura de una forma nueva, solo para volver.  

Tanto como en el pasado, México es una gran fuerza en la literatura mundial. Sus influencias diversas desde sus principios (recuerde las lecturas rulfianas del noruego Knut Hamsun o del islandés Halldor Laxness) se han bifurcado. Ahora, en México, mientras buscan en algunas fuentes de antaño (la literatura estadounidense) han encontrado fuentes nuevas (la literatura japonesa). Solo que ahora, con más de diez mil soldados patrullando Ciudad Juárez, casi 400.000 desempleados, y con la elección de un presidente en duda, México está enfrentando nuevos problemas, cuyas turbulencias se manifiestan en la novela, que en las palabras del poeta Efraín Huerta, está “soñando una patria sin crímenes”. 

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