El escritor antioqueño Fernando Vallejo hizo parte de la comitiva de autores colombianos invitados al festival Les Belles Étrangères. En su conversatorio estuvo acompañado por el escritor francés Mathias Enard.

“Dejemos a la muerte hacer su trabajo”

Jorge S. Restrepo comenta cómo estuvo el conversatorio de Fernando Vallejo que se llevó a cabo en París dentro del marco del festival literario “Les Belles Étrangeres" donde el invitado de honor era Colombia.

2010/11/22

Por Jorge S. Restrepo

Pareciera que cuando se vive en el extranjero, el bicho incómodo del nacionalismo crea una irritación en el alma. Cuando recibí el correo electrónico de la embajada sobre la visita de doce escritores colombianos a Francia para el festival “Les Belles Étrangeres” el entusiasmo de asistir a un encuentro con Antonio Caballero en una librería parisina y al conversatorio de Fernando Vallejo en el Teatro Europa. Por Caballero, era más un acto de lealtad. Decidí asistir al conversatorio de Vallejo.

El barrio del Odéon se encuentra en uno de los sectores más exclusivos de Paris, a unos cuantos pasos de Saint Michel y atravesado por el bulevar de Saint Germain. El Teatro Europa, joya arquitectónica de la ciudad, se muestra imponente luego de caminar por una callecita estrecha adornada por tres o cuatro librerías y un restaurante en la esquina.

Llegué tarde a la cita y por poco no me dejan entrar a la sala en donde transcurría el conversatorio. Un francesito sudoroso y tartamudo me detuvo en la recepción. Le dije, educadamente, que había reservado un lugar para asistir al encuentro con Vallejo.

- La sala está llena, no puedo dejarlo pasar – me contestó a media lengua.

La irritación por tal justificación se reflejó en el tono de mi voz.

- ¿Cómo es posible que ustedes exijan que haga una reservación para darle mi lugar a otra persona? ¡Ni que estuviéramos en Colombia!

Ante mi reacción, el francesito llamó a su superior. Una mujer delgada, de cabellos canos y voz melodiosa bajó unas largas escaleras.

- Comprendo su enfado, dijo, puedo hacerlo pasar pero debe ver la conferencia detrás de la cortina.

Aun con la advertencia de la mujer y en un acto de testarudez, entré al auditorio. Y allí estaba Vallejo, lúcido y desgarbado, avejentado y cansado. Hablaba en un francés rico en vocabulario, pero con un desastroso acento paisa. A su lado derecho se encontraba el moderador. Un muchacho tembloroso e intimidado por la presencia del escritor, del mito, del total desconocido que se notaba era Fernando Vallejo para él. A la izquierda estaba el escritor Mathias Enard, uno de los niños mimados de la literatura francesa contemporánea, experto en los temas de Medio Oriente y radicado en Barcelona hace algunos años.

Había un poco más de sesenta personas en el auditorio, la gran mayoría colombianas y uno que otro francés. Permanecí de pie todo el conversatorio, viendo el espectáculo desde el fondo y en ese momento exacto recordé por qué nunca me han gustado ese tipo de eventos: una energía lúgubre y solemne se pasea de un lado al otro. Es asistir a una homilía de las vanidades.

Mathias Enard, ante el pánico escénico del moderador, se dio a la tarea de llevar el hilo conductor. Primero discutió con Vallejo sobre las diferencias entre el francés oral y escrito y cómo aquello representa un reto para el escritor. Hablaron del rol del pasado simple en la literatura francesa y la comparación con su uso en el español, enfrascándose un mar de ideas. “El español es una lengua que se está autodestruyendo”, aseveró Vallejo y para el caso del francés puso como ejemplo a Proust, quien se servía de frases largas para darle un mayor volumen sintáctico y semántico a la lengua: “lo que pasa con Proust es que en sí no tenía nada interesante para contar”, concluyó. Enard pegó un salto y dijo no estar de acuerdo poniendo como ejemplo las diferentes formas del relato en el cine. Vallejo lo interrumpió: “El cine es una cosa que debería morir de acá a dos o tres años. Están muy equivocados los que piensan que el cine es arte, eso no es arte. Nunca entendí por qué le llaman el “Séptimo Arte”. Eso es una mentira”.

El moderador, sintiendo que se tocaban todos los temas y a la vez ninguno, decidió intervenir e indagar a Vallejo sobre su obra y su relación con Medellín. Poco y nada contestó. Se refirió a su familia, a cómo había encontrado la ciudad luego de tantos años sin visitarla y a la degradación de ésta con el pasar del tiempo.

- ¿En qué cree Fernando Vallejo?, preguntó el nervioso moderador.

- En el amor hacia los animales.

Y así pasaron uno detrás de otro los mismos temas de siempre: la iglesia y su corrupción, la política, el sexo

Se lo notaba aburrido. Distraído. Enard elogió sus biografías sobre Barba Jacob y José Asunción Silva, a lo que él respondió con una tímida sonrisa. Comprendió enseguida el juego que le proponían: aquella diversión de los escritores jóvenes por hablar de su obra. Cambiándose de gafas y tomando en sus manos un ejemplar de “Parle-leurs de batailles, de rois et d’élephants”, le pidió al autor que hablase un poco sobre la travesía del pintor Miguel Ángel hacia Estambul en 1506.

Pasaban los minutos y las personas comenzaban a mirar hacia el suelo. Hojeaban los libros que traían o simplemente se quedaban contemplando a Vallejo absorto en sus ideas.

Cuando el relato de Enard comenzaba a hacerse largo, decidí dirigirme a una mesita donde se vendían algunos libros de Vallejo traducidos al francés. Estaban “Carlitos qui êtes aux cieux” (Mi hermano el Alcalde), “Et nous irons tous en enfer” (El desbarrancadero), “La rambla paralela” y “La vierge des tueurs” (La Virgen de los Sicarios). Me quedé pensando precisamente en la traducción de esta última. Especialmente en la duda que pudo tener el traductor para definir la palabra sicario y traducirla simplemente a “asesino”, sin caer en cuenta del peso que tiene esa palabra para el contexto colombiano. Y comprendí que para Europa nuestras realidades, por exageradas que se puedan presentar en la literatura, aun son fábulas en su imaginario.

El escritor francés, embadurnado de vanidad y haciendo de él mismo el cliché de la literatura francesa contemporánea, terminó su eterno discurso con la frase: “A decir verdad, nunca sabremos si Miguel Ángel era homosexual o no”. Ya para ese momento, sentía dormidas las piernas y deseaba que todo acabase rápido. Sentía a Vallejo ausente, al público desinteresado y veía a un autor acariciar su propio ego en una larga intervención que nunca encontró suelo.

El moderador, consciente de lo que sucedía, decidió pasar a las preguntas del público. El primero en saltar al ruedo fue un joven estudiante colombiano, el único de los presentes que preguntó en francés y tuteando con una cierta coquetería lambiscona a Vallejo. Fue un acto desafortunado, pues el muchacho dio una larga reflexión sobre Jean Genet simplemente para saber si Vallejo estaba de acuerdo con él. “Oui, je l’aime” respondió.

Luego se le preguntó por la violencia actual en México y su semejanza con la Colombia de los 80. “México se está colombianizando…desde hace diez años vengo hablando de eso”.

Pero fue la última pregunta la que justificó la presencia en dicho carnaval del tedio y no por su calidad, sino por la brutal honestidad del autor de “La puta de Babilonia”. Un hombre de cabello engominado y peinado hacia atrás levantó la mano.

- ¿Cuál es la relación de Fernando Vallejo con la muerte…cómo hace para convivir con ella?

- Yo no puedo hacer el trabajo de la muerte, dejémosla hacer su trabajo tranquila…yo ya estoy muy cansado.

Ese fue el único momento verídico de la noche. El único momento en el que Vallejo dejó de interpretar un papel. Muchos de los presentes esperaban a un Vallejo más punzante, irónico, incorrecto. Pero sólo encontraron a un hombre que está cansado. Un brillante intelectual que ha creado una imagen de sí mismo para incomodar a un país populista y caudillista, al que no le gusta que le digan la verdad en la cara y que simplemente se contenta con la idea de que en “Colombia el único riesgo es que te quieras quedar”.

Allí acabó todo. Luego, lo de siempre: la firma de libros, las sonrisas para las fotos.

Me quedé conversando con unos conocidos en la entrada del teatro y vimos salir a Vallejo acompañado de una mujer. Con un “que les vaya muy bien” en un paisa cordial y sonriente, se despidió de nosotros. A los pocos minutos su imagen se perdía por entre la callecita de las librerías.

El francesito tartamudo salió y cerrándonos la puerta en la cara dijo: “Aquí ya todo se acabó”.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.