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Del incesto y otros demonios

La escritora norteamericana Kathryn Harrison, autora del polémico libro El beso.

Otras mujeres (Impresa)

La escritora estadounidense Kathryn Harrison publicó en 1997 El beso, una memoria en la que narra la relación sexual que mantuvo con su padre cuando tenía 20 años. Polémica y revulsiva, la autora aborda en el libro la complejidad del incesto con dignidad turbadora y ausencia absoluta de recriminaciones.

Por: Giuseppe Caputo

Publicado el: 2010-10-13

"Solo una escritora de extraordinario talento podría aportar tanta luz a un tema tan oscuro. Nunca olvidaré este libro”, dijo el gran escritor Tobias Wolf después de leer el poderoso libro de memorias de Kathryn Harrison.

 

Traducido al español hace ya cinco años por Anagrama, El beso es un título más en la larga carrera literaria de su autora, que incluye también siete novelas, un libro de viajes y una biografía sobre Santa Teresa de Lysieux y varios ensayos personales que han aparecido en el New Yorker. Es crítica del New York Review of Books.

 

La publicación de El beso le supuso a Harrison un duro escrutinio público de orden moral, que podría equipararse al escándalo al que dio lugar la publicación de la Lolita de Nabokov en los años 50. Esta es la primera entrevista que da a un medio en español sobre el tema.

 

“Ustedes dos me van a enloquecer”, le grita su madre un día. ¿Todavía cree que la relación sexual con su padre fue una manera de llamar la atención de su madre o de vengarse de ella?

Sí, y definitivamente la venganza no funcionó. El sexo con mi padre fue un capítulo —largo y difícil, pero al fin y al cabo un capítulo— de la relación con mi madre. Mi comportamiento ciertamente fue vengativo pero no fui capaz de entenderlo en ese momento. Sabía que esto la molestaba, pero percibía en esa molestia lo que siempre percibí de ella: su insistencia en quitarme cualquier amor, su insistencia en no permitir siquiera que otros me amaran. Una vez mi madre murió entendí que mucho de lo que había pasado tenía que ver con la ira que le tenía. Sentía que la relación sexual con mi padre era una manera de regar gasolina por la casa de mi infancia y luego prender un fósforo. Quería incinerarlo todo.

 

¿El fantasma de su padre sigue vivo?

 

Definitivamente. Él todavía vive pero no hablamos desde hace más de 20 años. Acordamos no volver a hablar nunca más. Hace siete años el padre de mi esposo murió. Era un hombre adorable. Durante 18 años fue el padre amoroso que nunca tuve. Cuando murió fue como si un muro gigante cayera y estuviera obligada a ver a mi padre. Entonces pensé que él también estaba envejeciendo y que podría estar mal de salud.

 

¿Qué siente por él?

 

Tengo sentimientos complicados hacia mi padre, pero igual quiero saber cómo se encuentra. Le escribí una carta a su esposa. Le decía que, aunque era consciente del pacto que habíamos hecho de no volver a hablarnos, lo cierto era que mi padre estaba en el mundo y que agradecería mucho que me contara cómo estaba. Si estaba seriamente enfermo o si, Dios no lo quiera, había muerto.

 

No debió ser fácil. ¿Qué le respondió?

 

No me respondió. Entonces le reenvié la carta a él. Dos meses después recibí su respuesta: un único párrafo, sin saludo y sin firma. La cantidad de locura desmedida, irrefrenable, que está consignada en ese párrafo es realmente impresionante. Me recriminó haber escrito el libro y me culpó de nuestra relación sexual, de todo. Me dijo que le había arruinado la vida, que no permitiría a nadie dejarme saber cómo se encontraba. La carta me afectó mucho porque, aunque no esperé ni espero de él un “lo siento” (él jamás dirá “lo siento”), sí pensé que podría reconocer que nuestra relación fue un cataclismo para mí. Yo me he esforzado mucho por cambiar. Definitivamente soy otra persona, muy distinta a la mujer que fui hace 20 años. Me afectó comprobar que él sigue siendo el mismo.

 

Entonces, ¿cree que su padre leyó el libro?

 

Creo que sí. Tras la publicación de El beso pensé que los periodistas serían honorables. Eso me decepcionó. No me gusta mucho aparecer en público, pero di una entrevista bajo la promesa de que no buscaría a mi padre. Pero lo buscó y lo entrevistó por teléfono. Mi padre nunca negó lo narrado en El beso. Pero no sé si lo leyó. Es la clase de persona que sería capaz de no leerlo. Y aunque lo lea va a percibir lo que quiere percibir. Entonces ¿qué diferencia hace que lo haya leído o no? Yo no escribí el libro para él.

 

Pero se podría pensar que el libro fue escrito a manera de despedida...

 

Desafortunadamente no puedo sacarlo de su tumba y volverlo a enterrar. Él aún vive y eso hace que se me dificulte asumir que haya muerto para mí. Simplemente no soy esa clase de persona. Creo que es un problema que está congelado y que tendré que enfrentar más adelante. A veces me siento enojada y frustrada: está vivo y hay un asunto pendiente. Pero estoy resignada. Aunque debo decir que a veces fantaseo con una última conversación, con la típica conversación que las personas tienen con el ser querido que se está muriendo. Y me imagino que me dice algo que me hará comprender todo. Es es sólo una fantasía. Después de esa última carta que me escribió no he vuelto a considerar la posibilidad de establecer un nuevo contacto con él. Es un reto muy doloroso porque mi padre está vivo y yo sé dónde está.

 

Y, sin embargo, ha desahogado esa resignación en sus libros. Ya lo había hecho en la novela Thicker Than Water. Allí presentó la historia como ficción y luego como una memoria en El beso. ¿Por qué? ¿La historia pierde autenticidad si vuelve ficción?

No creo que sea menos verdadera o menos auténtica. En mi caso no quería que El beso fuera presentado como una obra de ficción, como algo que se ha inventado, porque no es verdad: realmente ocurrió. Para mí era muy importante, como mujer y como escritora, confesar: “Esto fue lo que pasó. Fue una historia real, no una novela”.

 

Impresiona que en El beso haya una absoluta ausencia de autocompasión…

 

Escribí el libro en un momento muy particular. Estaba tratando de identificar mi nivel de responsabilidad y culpabilidad en lo que pasó. Me estrellé contra una pared y me di cuenta de que para entender lo que había ocurrido no podía juzgar a nadie. Pasar por esa experiencia y pensar en ella me hizo entender que lo más grave era mi vulnerabilidad ante mi padre, que es un hombre a la vez carismático y controlador. Lo más importante es que la idea que yo tenía de mi padre, la manera como lo idealizaba, no me dejó ver al hombre que realmente era. Entiendo que nuestra relación sexual es lo que más impacta a algunas personas, pero siempre supe que el sexo era sólo una parte de lo que estaba ocurriendo entre ambos, una expresión de otra cosa: él quería poseerme. En todos los sentidos, no sólo sexualmente.

 

El libro termina con un sueño: su madre deja de desear una hija diferente y usted deja de desear una madre diferente. Pero siete años después, escribe otro libro de memorias en el que el demonio materno sigue vivo. ¿Ya ha aplacado el demonio?

 

Sentirse dañado por el padre o por la madre significa que todavía hay cosas que uno tiene que resolver. El daño implica transacciones que han dejado resentimiento, furia, deseos de arreglarse y de repararse. Puedo decir que ya hice las paces con mi madre y con la relación que tuvimos. Hubiera querido sentirme así hace años. Mi posición durante muchísimo tiempo fue: “No acepto que lo nuestro haya sido esto”. Nos dañamos mutuamente, pero ya no estoy enfadada con ella. ¡Me tomó más de cuarenta años llegar a este punto!

 

¿Estaría de acuerdo con los críticos que presentan su historia como la relación entre el Mal y un alma joven?

Esa es una palabra muy grande. Yo diría que es la historia de una niña que está completamente jodida y termina involucrándose con un hombre que resulta ser su padre. ¿Siento que fui maltratada por él? Sí. ¿Siento que fui responsable en parte de lo que pasó? También. Pero aunque yo fuera una adulta cuando todo ocurrió, él seguía siendo mi padre. La única responsabilidad que tenía conmigo era no dañarme, no hacer que mi vida fuera peor de lo que ya era. No creo que alguna vez pensara en mí. Pudo creer que pensaba en mí, pero no tenía nada que ver conmigo, con la persona que realmente era.

 

Años después de la relación sexual con su padre y de la muerte de su madre, se casó con el editor y escritor Colin Harrison y adoptó su apellido. ¿Por qué?

Porque quería borrar el apellido de mi padre. Algunas personas me preguntaban: “¿Por qué te vas a cambiar el apellido?”, y yo les respondía medio en broma, medio en serio, que era la primera vez que estaba escogiendo un nombre para mí. No quiero tener el apellido de mi padre.

 

¿Qué opina sobre el tabú del incesto?

Creo que el incesto tiene que ser un tabú. Lo ha sido a lo largo de la historia de la humanidad porque es destructivo. No podría hablar del incesto entre hermanos porque ese tipo de relación suele ser un poco más equilibrada. Pero nunca va a haber una relación sexual realmente consensuada entre un padre y un hijo. Lo que hay es coerción. Aunque el hijo ya sea un adulto (que fue mi caso), no hay un balance en la dinámica del poder, no puede haberlo. No puede haber un equilibrio. Y sí: creo que debe existir este tabú. Lo necesitamos.