La cuentista Katherine Mansfield.

Demasiada vida

Está considerada, junto a Chejov y a Maupassant, la gran artífice del cuento moderno. ¿Por qué entonces los nombres del ruso y del francés resuenan en el parnaso de la literatura mientras el de ella está relegado a la vaga categoría de brumosas autoras secundarias?

2010/10/13

Por Marianne Ponsford

Frederic Nietzsche dijo alguna vez: “Entre el orden y la aventura, yo preferí la aventura”. Pero tal vez el verbo elegir en esta frase sea demasiado optimista. Hay vidas marcadas por la inevitabilidad: no es que hayan elegido la aventura: más bien, les fue imposible no someterse al insumiso signo de su propio carácter. No tuvieron opción: la aventura, la fuerza ciega que impide a un espíritu acoplarse al orden establecido, es la única herramienta a mano para hacerse a un destino. Y por más cruel y terrible que sea ese destino, no hay nada que hacer para evitarlo.

 

Todo esto puede sonar un poco melodramático hoy, en estos tiempos en los que la inteligencia sólo parece legitimarse a través de la ironía y el escepticismo, y no sabe celebrar su libertad. Pero para una niña nacida en Nueva Zelanda en 1888, en el seno de una familia rica, en una época en que los códigos victorianos de las buenas costumbres hacían de las mujeres obedientes paridoras, aceptar que se quiere otra cosa, que se es otra cosa, atreverse a decir “no”, equivalía a un destierro afectivo y económico brutal.

 

Katherine Mansfield era esa niña. La niña incómoda de la familia. Demasiado regordeta para hacer feliz a su madre, demasiado rara para ser la muñeca juiciosa y adorable que todo buen padre victoriano exigía. Sus hermanas suplieron a la perfección el papel de niñas buenas mientras a Katherine, de 14 años, la enviaron a estudiar a Queen’s College en Londres. Tres años después consideraron que la misión estaba cumplida y la devolvieron a casa. Estaban completamente equivocados.

 

Pero ¿cómo podían imaginar que esa hija díscola y de carácter más bien insoportable sería una de las más grandes cuentistas de todos los tiempos? Porque los 73 cuentos que escribió Katherine Mansfield en su brevísima vida (más breve que la de Rimbaud), tan poco leídos hoy, se alzan, junto a los de Chejov y Maupassant, como los más brillantes ejemplos literarios del género de la narración corta. Sin embargo, los cuentos de Chejov y Maupassant resuenan en el parnaso de literatura y son leídos de canónica y devota manera, mientras que los de Mansfield apenas si circulan. Su nombre es más o menos reconocido por los buenos lectores, pero no, la verdad es que casi nadie la lee. Sorprendente.

 

Cuando Katherine tenía veinte años, suplicó a sus padres que la enviaran de nuevo a Inglaterra. Según ella, quería estudiar violonchelo. Tocaba el violín con algo de gracia, pero estaba muy lejos de poder llegar a ser una concertista. Lo padres, que no sabían que hacer con ella, aceptaron a regañadientes pero se aseguraron de que no pudiera tener en Inglaterra una vida muy cómoda. Porque a pesar de su creciente fortuna, el padre asignó una suma anual bastante miserable a Katherine. En el barco que la llevaría desde la lejana Wellington a Inglaterra, en mayo de 1908, escribió en su diario, con esa ilusión de los veinte años y la certeza de una vida entera por delante, lo siguiente: “Aquí va un pequeño sumario de lo que necesito: poder, dinero y libertad. Es una doctrina inútil e insípida el que el amor sea lo único que existe en el mundo, pero una que se mete a martillazos en la cabeza de las mujeres, de generación en generación, y que nos estorba cruelmente. Tenemos que zafarnos de esa pesadilla… Así, llegará la oportunidad de felicidad y libertad”.

 

Pero la felicidad es esquiva cuando se tiene que inventar sin tener modelos. Un año más tarde Katherine Mansfield, con apenas 21 años, ya había tenido varios amoríos, y al saberse embarazada (y rechazada por la familia del padre de su hijo), se casó de repente un día y sin previo aviso con su profesor de canto, lo abandonó la misma noche de bodas ante la mirada atónita del marido que no logró consumar nada, y se fue a vivir sola. Su madre se enteró del embarazo. Atravesó medio mundo y se la llevó a Alemania. Allí la instaló en una pensión y se marchó de vuelta, sin esperar el parto. No lo hubo: tuvo un aborto espontáneo, se enamoró de un escritor polaco en ciernes que le transmitió gonorrea y después, ya otra vez en Londres, tuvo que ser operada de apendicitis y se le extrajo de paso una trompa de Falopio infectada. Sí, todo esto pasó en un solo año. Y mientras tanto, escribía sus primeros cuentos.

 

Sabía vagamente que tenía una enfermedad de transmisión sexual, pero el tabú (en aquel entonces no se habían descubierto las sulfamidas) era un fardo espantoso: la gonorrea —probablemente la palabra más fea del mundo— era la enfermedad de las prostitutas. En el caos creativo que era su vida de aquel entones, tocó de nuevo la puerta de su marido relámpago. Él, dócil y todo un caballero, la recibió en su casa, leyó sus cuentos, y le sugirió que los llevara a la revista de literatura y política de moda: New Age. El editor, Orage, decidió publicarlos. Para su mala suerte, entre ellos había una versión libre de un cuento de Chejov (cuya obra había leído en Alemania) y el estigma del plagio —descubierto mucho más tarde— la acompañó mucho tiempo.

 

Ser una escritora publicada en New Age le abrió las puertas de la bohemia literaria. Eran los tiempos del grupo de Bloomsbury, tiempos de modernidad, de proclamación del amor libre, relaciones lésbicas, de ataques a la asfixiante moral victoriana, tiempos de voces feministas, luchas por el voto y por un espacio digno para las mujeres, pero a Mansfield nunca le interesó la militancia.

 

Cambió de casa varias veces, comenzó a frecuentar a escritores, iba de aquí para allá sin saber bien dónde ponerse y tuvo un rosario de amantes, cuya lista los muchos biógrafos de Mansfield han elaborado con infinita meticulosidad. Orage, el editor de New Age, y su esposa, se conviertieron en amigos muy cercanos, atraídos por su personalidad magnética y extravagante y por su desordenada inteligencia. En una carta de aquella época, él la describe como una mujer “triste, irreal y turbulenta”.

 

Fue por esta época que conoció al que sería el amor de su vida: John Middleton Murry. Él editaba una pequeña revista literaria, Rythm. Mansfield comenzó a publicar también en ella, y acabó viviendo con Murry. Pasaron espantosas penurias económicas, Murry tuvo que declarase en quiebra al no poderle pagar a la imprenta, ella tuvo que usar su modesta pensión para pagar la deuda, se mudaron de casa tantas veces que es dificil llevar la cuenta, se enfermaron ambos (ella de pericarditis, bronquitis, y otras varias complicaciones de su enfermedad original), pasaron una temporada en París pensando que allí la vida sería más barata, y conocieron al joven D.H. Lawrence que acababa de publicar su primera novela. El escritor y su mujer Frieda se volverían íntimos amigos de Mansfield y Murry, y tuvieron una relación intensa y desaforada, con confusos trueques de amantes en los que no todo es claro. Hay quien dice que fue Lawrence quien le transmitió la tuberculosis de la que finalmente Katherine murió, y otros aseguran que Lawrence estaba prendado de Murry. Es muy posible que ambas cosas fueran ciertas. Pero entre tanta niebla, algo bueno sucedió: Mansfield publicó su primer libro de cuentos: En una pensión alemana.

 

Mansfield tuvo muchos otros amantes. Se fue tras uno de ellos, a Francia, en plena Primera Guerra Mundial. Por supuesto, era prohibido entrar a territorio bélico, pero se las arregló para cruzar la frontera. Una locura típica de su ansioso carácter, que no admitía la idea de futuro.

 

Esa locura, esa hipersensibilidad, ese arrebatamiento, ese exceso de libertad, su propensión a la mentira y la intensidad, su deseo sexual nunca domesticado, irritaron profundamente a muchos de quienes la conocieron. Les caía mal. Pero tarde o temprano, todos se inclinaron ante su talento, incluida la tremenda snob que era Virginia Woolf. Cuando la conoció, Woolf dijo que “apestaba como un zorrillo”, pero luego no sólo admitió que la quiso a su manera, sino que afirmó que era la única escritora de cuya escritura sentía celos. De hecho, prologó la publicación póstuma de sus Diarios, y en ese prólogo afirma: “Los más notables escritores ingleses de relatos cortos están de acuerdo en admitir que Katherine Mansfield era una narradora fuera de concurso. Nadie la ha superado y ningún crítico ha sido capaz de definir cuál era su especial cualidad.” El gran filósofo Bertrand Russell le declaró su admiración intelectual (y sí, también se la quiso llevar a la cama), y tanto Christopher Isherwood como D.H. Lawrence y Aldoux Huxley la tomaron como modelo de alguno de sus personajes y admitieron haber sido influenciados por su escritura.

 

Mucho tiempo después de su muerte, Juan Carlos Onetti, en un texto por demás algo misógino, dice: “Algo que comenzó con Katherine Mansfield permanece detenido: una verdadera literatura de mujer. Aparte de su talento, K. Mansfield debe su triunfo a esto: por primera vez, y por última, hasta ahora, una voz de mujer dijo de un alma de mujer. K.M. tuvo mucho de milagro: no fue cursi, no fue erudita, no se complicó con ningún sobrehumano misticismo de misa de once. Otro secreto: era como los hombres se imaginan a las mujeres que aman.” Como no la conoció, el final del texto es algo ridículo, pero no importa. La leyó y la admiró, algo que no pueden decir muchos hoy en día.

 

¿Qué mágica cualidad tienen los cuentos de Katherine Mansfield para haber despertado tanta admiración? Primero, tenía una desconcertante capacidad de observación de los pequeños —casi invisibles— gestos cotidianos que revelan la humanidad, la condición de sus personajes. Y un magnífico oído para los diálogos aparentemente triviales, pero cargados de un significado que actúa como una peligrosa corriente submarina. Muchos de sus cuentos parecen fotografías borrosas, o más bien cuadros impresionistas. Era como si supiera ver el alma en la superficie de las cosas. Sus niños, por ejemplo, son maravillosos. La cruel frivolidad de los adultos con ellos, su capacidad para atrapar en breves frases toda la melancolía de la infancia, hacen de sus narraciones unas miniaturas delicadas, exquisitas. Y quizás el mejor ejemplo de esos niños, de ese talento para recrear la fragilidad de la primera infancia, está en su largo cuento Preludio. Es un cuento sobre una mudanza. Nada pasa y pasa todo. El mundo interior de cada personaje, sus sueños tan comunes, tan humanos, desde la joven criada hasta la patética cuñada adolescente, pasando por las tres pequeñas hijas de los Burnell, está capturado con una inteligencia intuitiva asombrosa. Todo en Mansfield es leve alusión. Bliss, traducido al español como Felicidad (pero cuyo título más justo debería, creo, ser Éxtasis), narra una noche de fiesta en casa de la joven Bertha Young. Los invitados van llegando, y la pluma de Mansfield parece una cámara que se desliza suave por toda la casa, en un paneo incesante de pequeños detalles y retazos de conversación trivial burguesa, tan británica. Mientras tanto, el estado exaltado de la protagonista, que se siente una anfitriona espléndida, una mujer hecha, felizmente casada, mundana, glamourosa, se proyecta sobre un hermoso peral que ella ve, bañado bajo la luz de la luna, por la ventana. Pero el mundo se derrumba cuando la protagonista se da cuenta, gracias un gesto casi imperceptible, captado a vuelapluma, de la tragedia que se le ha venido encima. El éxtasis estalla en mil pedazos (de manera magistral exactamente en la cabeza del lector y no en el cuento) y sin embargo, el peral sigue brillando, hermosísimo, como iluminado, en el jardín.

 

Mansfield no se interesó demasiado por Freud, pero logró ser una agudísima psicóloga. Sus personajes masculinos son estupendos: afables y vanidosos a la vez, solícitos y arrogantes, seguros y frágiles, y muchas veces confundidos. Si existe un escritor que se dio a la tarea de nunca explicar nada, sino de contarlo todo, es ella. Y todo ese oxígeno que le da al lector, esa ambigüedad inquietante, ese temblor en el agua, es parte del encanto de su escritura.?En 1920 y 1921 Mansfield publicó otros dos libros de cuentos (Felicidad y La fiesta en el jardín) que le dieron un enorme reconocimiento y la catapultaron a la fama. Pero al año siguiente, tras sufrir muchas recaídas, Mansfield decidió ir a curarse a las afueras de París, a una especie de sanatorio de moda, regido por el “maestro” ruso George Gurdieff. Algo así como el gurú de moda, Gurdieff enarbolaba una especie de doctrina espiritual llamada el “cuarto camino”, que bebía del sufismo, del hinduísmo y del budismo por igual, y que apostaba por un proceso de “apertura interior”. Katherine ya estaba muy enferma cuando llegó, con sus pulmones sangrantes destrozados por la tuberculosis. Simplemente, emocionada por la llegada de Murry a visitarla tras tres meses de estadía en condiciones espartanas, subió a toda prisa por las escaleras una noche y tras desmayarse por el esfuerzo, murió.

 

Dos años antes de morir, en mayo de 1921, había escrito en su diario: “Es una molestia infernal amar la vida como la amo. Parece que la amo más en vez de amarla menos a medida que pasa el tiempo. Nunca se convierte para mí en un hábito..., siempre me maravilla. Espero ser capaz de permanecer en ella el tiempo suficiente como para escribir algo verdaderamente bueno.” Hubo algo de justicia poética: en su breve, desatada e intensa vida, tuvo tiempo para ello.

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