Fotograma de la película 'La excursionista' de Audrius Juzenas.

Los deportados de los que nadie habló

'La excursionista' es una película que pone en evidencia la manera en que el régimen de Stalin invadió y luego suprimió a los países bálticos. Cine Tonalá proyectará esta producción a propósito del nuevo libro de Laguna, 'Voces en el hielo', una recopilación de testimonios de lituanos deportados a Siberia.

2015/10/23

Por Diego Valdivieso

El genocidio cometido a mediados del siglo XX por la Unión Soviética en los países bálticos no tuvo mayor repercusión en el mundo. Cientos de miles de civiles fueron deportados por ser “enemigos del pueblo”, es decir, por tener tierras, por no ser campesinos pobres, por ser “contrarrevolucionarios” y presuntamente tener actividades clandestinas. Cualquier excusa funcionaba para llevarlos a Siberia, una tierra virgen que los soviéticos querían explotar para el desarrollo de su país.

En las estepas lejanas de Rusia, lituanos, letones y estonios morían de hambre (su peor enemigo), de escorbuto, de disentería. Morían de agotamiento extremo causado por los trabajos forzados y la falta de alimento. Morían porque no había esperanza. Por el frío (temperaturas de -50 °C y hasta más bajas), por las ventiscas (se perdían y eran encontrados congelados). A diario moría alguien: compañeros de estadía, hermanos, hijos, padres.

Lea la reseña de Voces en el hielo.

Bárbara Rimgaila, una lituana que terminó en Colombia con su familia después de abandonar forzadamente su país cuando la Unión Soviética estaba a punto de ocuparla, quiso contribuir a que las voces de las víctimas fueran escuchadas, que los hispanohablantes conocieran lo que pasó en esas tierras. Por eso tradujo seis de los nueve testimonios del libro En la tierra del eterno helor, publicado en Lituania en 1989. El resultado es el más reciente trabajo de la editorial independiente Laguna, un libro en el que cinco lituanos y un letón cuentan sus vivencias al ser deportados a Siberia (cuando eran niños o adolescentes) por el gobierno de José Stalin.

El dictador soviético había invadido los países bálticos entre 1939 y 1940 con decenas de miles de soldados del Ejército Rojo. En los territorios ocupados sobrevinieron encarcelamientos, fusilamientos políticos, deportaciones y la imposición del sistema comunista. En 1941, Alemania cometió las mismas atrocidades con los bálticos luego de invadirlos y de expulsar a los rusos, hasta que en 1944 estos volvieron a tomar el control de los tres pequeños países para continuar con el hostigamiento. Las deportaciones, más no la ocupación, terminaron hacia 1953, cuando murió Stalin.

Pocas fueron las alegrías de los desterrados: cuando les permitían escribir cartas y les llegaba algún paquete de su país. También momentos tan sencillos como recibir un pedazo de pan adicional por hacer un trabajo o cuando los niños podían ir a estudiar en un colegio cercano a su lugar de destierro, reunirse en grupo a cantar y a bailar mientras celebraban sus fiestas tradicionales. Le cantaban, mientras lloraban, a su patria: si habrían de morir, anhelaban hacerlo en su tierra, no en Siberia. Pero, paradójicamente, el desterrado que conseguía regresar era tratado con recelo por sus compatriotas: lo sacaban de la universidad o perdía su empleo. Todo por haber sido deportado.

Pero claro, no había nada como regresar a casa, a la patria. “¡Cómo se alegraba de cada rayo de sol, con cada brizna de hierba, cada flor, cada árbol que había dejado de ver en el norte por tantos años! Durante horas enteras se sentaba como un pajarito, arrimada a algún arbusto, ya sea cogiendo bayas, ya sea oyendo atentamente las voces de la tierra natal… Stalin no se había inventado un castigo lo suficientemente duro como para hacerme arrepentir de haber logrado para mi madre estos instantes de felicidad”, recuerda Dalia, la niña del primer testimonio, quien se escapó de Siberia con su mamá enferma para que esta pudiera morir donde deseaba. En Lituania.

En diferentes oficios terminaron las seis personas que protagonizan Voces en el hielo cuando regresaron de Siberia: una médica, una escritora, una ingeniera química, un profesor, un arquitecto y un ingeniero de radio. Pero a todos los persiguió su pasado, ya fuera al ser señalados por sus paisanos o al sentarse a escribir sus memorias, sus testimonios de denuncia a un régimen igual de cruel a la Alemania nazi.Voces en el hielo

Testimonios de deportados del Báltico a Siberia Laguna Libros | 488 páginas | $49.000

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