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Desde Rusia sin amor

El escritor británico, autor de Koba el terrible, un alegato a Stalin y a su padre, acaba de presentar en Barcelona su más reciente novela. Amis dice que no descansará hasta cuando el mundo acepte el horror del Imperio soviético y sus mútiples y terribles genocidios.

2010/03/15

Por Lina María Aguirre J.

Es julio de 1956 y una mujer judía hace un penoso y largo recorrido —tren, carretera y después a pie— hacia uno de los campos del Gulag soviético. Zoya había sido una mujer voluptuosa, desinhibida, deseada, valiente. Sobreviviente de la Segunda Guerra, visita a su esposo, el prisionero Lev. Tienen un día para estar juntos en una cabaña, dispuesta para la rara visita conyugal. Es allí, en los linderos del campo Norlag en el Ártico, el espacio físico, emocional e histórico desde el cual Martin Amis escribe sobre el régimen de Stalin, sobre el terror, amor y miseria humanos: La casa de los encuentros (House of Meetings), una novela implacable, perturbadora, cargada en contenido y prosa. Amis, en plena madurez, decide hablar de temas graves, sin eufemismos, con lectores a quienes trata como adultos para reconocer en su novela un desgarrador periodo de historia reciente.

“Escribir es una respuesta a una presión interna”, explicaba Amis (Inglaterra, 1949), durante la presentación de su libro en Barcelona. “El tema de la Unión Soviética seguía en la parte posterior de mi cerebro, donde surge la ficción”. Ya lo había tratado en Koba el Temible (Koba The Dread), aunque desde el punto de vista de un victimario y mezclando apuntes londinenses. “Es como cuando una cámara hace despacio un zoom. Uno alcanza otro nivel de entendimiento y usualmente hay algún detonante que provoca otra respuesta. En este caso, las visitas conyugales en el Gulag: resaca del pragmatismo “progresista” soviético, signo de pretendida Ilustración del socialismo”. Esas visitas estaban destinadas al fracaso. Lo menos: impotencia del hombre. Y la mujer traía noticias de represiones por el marido prisionero. Muchas pedían el divorcio, un (des)encuentro que marcaba el derrumbamiento final de la familia, y los hijos perdidos al cuidado estatal. Añade Amis: “Aunque se reconfortaran un poco, había un sentimiento trágico. Era horrible para el hombre regresar al campamento de prisioneros. Tanto, que algunos compañeros le guardaban comida, mostraban una pizca de humanidad”.

Amis afirma que muy pocas personas entienden realmente lo que fue el Gulag: “Era un sistema esclavista. Encarcelamientos por orden alfabético, por regiones y cuotas. El objetivo era mantener a la gente aterrorizada. Stalin pensaba que el Gulag podría producir dinero si los presos no vivían más de tres meses. No estaba funcionando pero nadie se atrevía a decirle. Al morir él empezaron a desmontarlo. ¡Pero qué ironía! Había gente que decía ‘si tan solo Stalin supiera lo que está pasando’, como si no supiera. Incluso Boris Pasternak dijo, al morir Stalin: ‘¿Qué haremos? La nación desaparecerá’. Los intelectuales estaban abrumados por la propaganda del régimen. Rusia es un Estado-nación, no al revés. Lo que importa más es la glorificación del Estado, no la gente. El impulso de ser un poder mayor, como pasa bajo la órbita aún vigente de Vladimir Putin. Aún hoy, la popularidad de Stalin es del 60%”.

El narrador de la novela, sin nombre, es un militar condecorado que sobrevive a Hitler pero es enviado a prisión al regresar a Rusia por haber estado expuesto a Occidente. Un hombre rudo, violento, un violador en serie. Tiene un hermano medio: Lev. Poeta y debilucho. Amis crea un triángulo amoroso con Zoya, de quien ambos se enamoran. Ella escoge a Lev y se casan poco antes de que él sea enviado al Gulag, por haber alabado a América (que en realidad era el nombre clave para su esposa). En la prisión, ambos hermanos se encuentran y pasan casi una década. Al salir, el narrador hace fortuna en negocios de armas y electrónica, y deserta hacia los Estados Unidos. Allí forma una familia de la cual Amis solo da indicios pero de la cual hay una hija adoptiva, Venus, a quien el narrador escribe una misiva (en presente y dos pasados: antes y después de la prisión) que se extiende a lo largo de toda la novela.

La carta registra la barbarie del Gulag: el sistema de clases y tiranía que llega a tal degradación en la que “el hombre es lobo para el hombre”, literalmente. Un infierno que solo tiene un nivel de empeoramiento: la muerte, y abunda. A diferencia de su malograda novela anterior (Perro callejero), el autor opta aquí por una inteligente economía de palabras y subtextos, sin sacrificar la ambiciosa y densa cobertura del tema ni el vocabulario elocuente sin clichés. Amis tiene un país, dos hermanos y dos amores rotos, y construye una potente declaración de horror ante la violencia individual y colectiva mientras hurga en otros temores más íntimos: poder de los sentimientos, vejez, oxidación, podredumbre, un inexorable declive humano. En el Gulag, dice el autor, “el imperativo moral era convertir a todos en asesinos”. Lev y su hermano sobreviven, de distinta manera. El uno como pacifista, el otro como guerrero. Y esa contraposición mantiene la tensión de la novela hasta el final, cuando una carta póstuma de Lev revela cómo fue aquel encuentro con Zoya en La Casa... testimonio de pérdida aún más profunda que la imaginada por el hermano atormentado por los celos. En últimas, el daño infligido no solo ha sido enorme sino irreparable. No hay cierre del duelo post-Gulag, advierte el narrador a Venus: “closure: palabrita grasienta... Nadie supera nunca nada. ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’. ¡Nada de eso!... Te hace más débil, y al final te mata”. El hermano mayor solo experimenta una contentura final: “Rusia es el país de la pesadilla... y está agonizando”.

Para Amis, el Gulag “estuvo a punto de convertirse en un segundo Holocausto pero a diferencia de este, no hay nada sagrado rodeándolo. Hay un gran terror soviético, pero hay una tremenda simpatía en el mundo occidental por el experimento en la antigua urss. Estamos ciegos. Los intelectuales tienden a ignorar: más de 100 millones de muertes sumarísimas. Alguna gente dice ‘hasta cierto punto las intenciones eran buenas, los medios justifican el fin’, pero ¿cuál fin? Lo que emerge de la violencia nunca perdura. Hay tolerancia, nadie admite un intelectual nazi pero uno estalinista...”. Su novela es ficción pero sostenida en dos fuertes pilares a la vista: el objetivo de las fuentes históricas (notablemente Gulag: A History, de Anne Applebaum) y el subjetivo de su repulsión al régimen estalinista y la complacencia que le sobrevive.

Con su novela “acerca de una Rusia imaginada”, Martin Amis encuentra el momento y lugar para la literatura que revisa al totalitarismo. Circula en un momento de relaciones problemáticas Londres-Moscú: reciente cierre temporal del British Council, alarmas por el creciente poder de oligarcas soviéticos expatriados, el ex espía Litvinenko envenenado en un restaurante... Amis mantiene pendiente su viaje a Rusia. No quiso ir cuando estaba escribiendo por temor a “llenarse de impresiones”. Y ahora no va por temor a algún “accidente” letal: “Este no es un buen momento para ir allí...; una mala crítica de Putin: muerte inmediata”.

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