La escritora norteamericana Nicole Krauss.

Después de La historia del amor

Su hermosísima novela La historia del amor la catapultó a la primerísima línea de la narrativa norteamericana. Ahora publica en los Estados Unidos Great House, bajo la mirada atenta de los lectores del mundo. Arcadia habló con ella.

2011/03/30

Por Giuseppe Caputo

Hace cinco años la escritora estadounidense Nicole Krauss (Nueva York, 1974) publicó La historia del amor. La novela, que el Nobel J.M. Coetzee llamó “cautivadora, tierna y muy original”, confirmó el talante narrativo del que ya había hecho gala la autora con su ópera prima Llega un hombre y dice, y condujo a que medios como The New York Times la consideraran “un talento prodigioso”. Tal vez la razón principal de los innumerables elogios que recibió la obra por parte de críticos, escritores y lectores es Leo Gursky, uno de los personajes más entrañables de la ficción reciente.

 

En el 2007, Krauss fue seleccionada por la revista Granta como una de las mejores jóvenes narradoras de los Estados Unidos. Graduada en la Universidad de Stanford, hizo sus estudios de posgrado en Oxford y en la Courtland Institute of Art de Londres. Está casada con el celebrado autor de Todo está iluminado: Jonathan Safran Foer. Y acaba de publicar en su país su tercera novela, Great House, nominada al National Book Award y seleccionada por The New York Times como uno de los libros notables del año. Great House es una reflexión sobre el amor, la pérdida y la memoria. Y al igual que La historia del amor, reflexiona sobre el oficio de escribir: es imposible desconfiar de la propia escritura sin despertar una desconfianza aún más profunda en el propio ser”, dice.

 

La historia del amor fue un éxito descomunal de crítica y para el público. Cinco años después, presenta su tercera novela. ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Se sintió presionada por la expectativa?

 

La verdad es que no me sentí presionada. El juicio que hago de mi propia escritura es muy severo: siempre le estoy viendo los defectos y siempre me estoy preguntando cómo escribir un mejor libro. La presión a la que yo misma me someto supera con creces las expectativas que otras personas puedan tener de mi trabajo. No mido el éxito por el número de personas que leen mis libros. La acogida que tuvo La historia del amor fue muy sorprendente: claro que esperaba lectores, pero nunca imaginé que fuera posible que mi estilo de escritura le llegara a tantas personas. No fue un cálculo que hice mientras escribía, ni tampoco un propósito. Para mí, la acogida que tuvo la novela es un regalo que no sé si pueda esperar más adelante con los demás libros que escriba. Tal vez sea un evento que no se repita. Lo cierto es que siempre voy a escribir el libro que necesite escribir.

 

Leo Gurski es un anciano profundamente solitario. Se sabe al final de su vida y no para de moverse entre la tragedia y la comedia. ¿Cómo construyó un personaje aparentemente tan ajeno a usted?

 

Escribirlo fue completamente natural: no hay que ser viejo para pensar en la muerte, claro. Quería un personaje que se supiera al final de su vida, que naturalmente mirara hacia atrás. Que fuera contradictorio, argumentativo, fran-?co, honesto. Que se sintiera empujado hacia la muerte. Que quisiera expresar lo que no había podido expresar o lo que no le habían permitido expresar. A veces es muy difícil decir lo que uno realmente quiere decir, ser sincero. Leo Gursky, físicamente tan ajeno a mí, me dio la libertad de decir cosas.

 

“No deberías inventarlo todo porque después se hace muy difícil de creer”, le dice Alma a Leo. ¿Qué opina usted al respecto?

Como escritora joven me lo inventaba todo: terminaba “emborrachándome” de tanta imaginación. Pienso ahora que la fantasía no puede sostenerse en la literatura solamente: tiene que apoyarse en las experiencias reales, en la profundidad de las emociones. Ahora, lo netamente autobiográfico es una trascripción, una crónica de nuestra vida. Y también puede uno “emborracharse” por la experiencia emocional. Por eso es que siempre estoy buscando un equilibiro entre la invención y la autobiografía.

 

Un tópico muy presente en sus novelas es la manera tan determinante como los padres afectan las vidas de sus hijos...

 

Sí, este es un tema constante en mis obras. Yo estaba embarazada mientras escribía Great House, y una de las preguntas que me hice durante el proceso fue: “¿Qué le estoy transmitiendo a mi hijo por el cordón umbilical?”. Pensaba mucho en eso. Y no hablo solamente de rasgos físicos y emocionales sino también en términos de memoria. Transmitir la memoria a través del cuerpo. Me obsesionó mucho esta idea. Las madres quieren que sus hijos sean felices pero ¿y si les heredemos el peso, la carga del pasado? En Great House me pregunto: “¿cómo nos creamos a nosotros mismos a pesar de la carga heredada?".

Otro tema que hermana a sus novelas es Chile. Tanto en La historia del amor como en Great House episodios muy importantes en las vidas de los personajes se desarrollan en ese país. ¿Por qué le interesa tanto?

Al principio se me antojaba como un lugar imaginario; por su ubicación geográfica, lo asociaba con el fin del mundo. La historia del amor estaba situada principalmente en Nueva York, un lugar que me era absolutamente familiar. Pero también necesitaba otro lugar, un lugar que fuera casi imaginado, donde ubicar la otra parte de la historia. Y mi mente se fue a Chile. Después fui invitada a ese país y me obsesioné con Roberto Bolaño. También leí con obsesión libros de no ficción sobre la dictadura de Pinochet y empecé a escribir muchas páginas de una historia sobre un hombre que camina por Santiago durante la dictadura. Pero algo me decía que esa historia no me pertenecía: lo que permaneció de ella fue el protagonista —Daniel Varsky—, que le cambia el curso a varios personajes de Great House. Él les trastoca la vida.

 

Y hablando de Chile, en Great House dos escritores jóvenes tienen un debate sobre la poesía de Pablo Neruda y Nicanor Parra. ¿Con cuál se queda usted?

Parra me deleita. También me gusta Neruda, pero si tuviera que escoger, me quedo con Parra.

 

Una de las escenas más impresionantes de Great House es el momento en que Dov, cuando niño, pregunta a Arón, su padre, si él también morirá. Éste le responde a secas: “Sí, tú también morirás”. En la escena salta, pues, una de las preguntas que acechan la novela: ¿cómo transmitir las realidades duras, difíciles?

 

En un punto somos nosotros, los padres, los que les damos a nuestros hijos la noticia inevitable de la muerte: que no seguimos acá para siempre. Al criarlos, hacemos el esfuerzo de enseñarles a vivir sin nosotros. Recuerdo ahora La historia del amor: Leo dice algo como: “quizás lo que signifique ser padre es enseñarle a tu hijo a vivir sin ti”. Mi hijo, de hecho, me preguntó un día si él también moriría. Yo le respondí lo que Arón hubiera querido responderle a Dov: “Eso no va a ocurrir en mucho, mucho, tiempo”. Pienso que tiene que haber una manera de enseñar a los niños las realidades más difíciles. En Estados Unidos tenemos esta insistencia falsa en la felicidad eterna. Hablarles a los niños solamente de felicidad, dejando a un lado el dolor, implica que sus vidas sean menos profundas.

 

Sigamos con Arón, este padre que se queja todo el tiempo de su hijo. Estaba pensando que la literatura está llena de hijos que se quejan de sus padres. Para no ir más lejos, El lamento de Portnoy, de Roth. Pero es raro encontrarse con la voz de un padre que se queja de su hijo. ¿Fue una revancha literaria?

Me gusta eso que dices, pero pienso que Alexander Portnoy y Arón son muy distintos. Portnoy se sienta encima del mundo para hablar de las generaciones mayores con mucha inteligencia y energía. Arón, en cambio, se sienta muy por debajo. Todas sus quejas son muy melancólicas y admite que surgen del rechazo de su hijo porque este lo excluye de su vida. No he leído mucho sobre los celos que pueden florecer entre los padres cuando los hijos son más cercanos a uno que a otro, pero puedo entender que el excluido se sienta tremendamente solo.

 

¿Imagina las vidas de sus personajes después del punto final?

En un grado, sí. No creo, sin embargo, que sea mi derecho. Para mí, el libro termina cuando termina la escritura. A veces hay personajes que siguen desarrollándose en mi mente. Ahora, lo que creo es que mi trabajo como autora es presentar una pregunta y no ofrecer una solución. Chejov lo dijo de manera muy bella: “hay dos cosas muy distintas, una es la presentación precisa del problema y la otra es la solución”. La responsabilidad de un escritor es presentar el problema de manera precisa, certera, sin ofrecer la solución necesariamente. Lo que yo quiero con mi trabajo es dejar la pregunta al lector.

 

Todos los personajes de Great House tienen en común el hecho de haber heredado el mismo escritorio. ¿De dónde sale esta idea?

Tengo un escritorio en casa que me estimula y, como varios de los personajes de Great House, lo heredé. El mueble es, en cierto modo, una bendición y una maldición: el escritorio es gigante, muy masculino, e incluso diría que ?feo. Mi casa está ligeramente inclinada, entonces tengo que poner papelitos para asegurar que los cajones no se caigan. Como es tan grande tendría que destruirlo para sacarlo de la casa, entonces me enfrenté al dilema de destruirlo o escribir en él. Y escribí una novela. Se hace entonces muy difícil tirarlo. Ese escritorio es un buen ejemplo de la carga emocional de lo que heredamos.

 

Le hago la misma pregunta que alguien le hace a la escritora de Great House: “¿Los libros pueden cambiar la vida?"

Tal vez la pregunta debería ser: ¿qué queremos decir con eso de “cambiar la vida”? Creo que uno cambia cuando conoce los pensamientos de los otros, la vida individual de otros desde adentro. Ninguna forma de arte permite eso verdaderamente, so-lo la literatura. La literatura es la única oportunidad que tenemos para estar realmente dentro de otra persona. Eso nos enseña la empatía y la empatía conduce a la compasión.

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