El autor colombiano Jaime Manrique. Foto: cortesía del escritor.

Devolviendo el insulto

El barranquillero Jaime Manrique, considerado por The Washington Post el escritor gay latino más consumado de su generación, habló con Arcadia sobre homofobia y escritura.

2011/06/23

Por Giuseppe Caputo

"Maricón es un término utilizado para denotar algo peyorativo. Implícitamente un maricón es una persona que no debe ser tomada en serio, un objeto de escarnio”, consigna en Maricones eminentes Jaime Manrique Ardila. “Sin excepción, la palabra maricón se usa como forma de desestimar a un hombre homosexual por ser una persona incompleta y despreciable”.

 

Autor de más de una decena de libros, entre los que también sobresalen las novelas Luna latina en Manhattan y Nuestras vidas son los ríos, los poemarios Mi cuerpo y Los adoradores de la luna, y el libro de cuentos El cadáver de papá, Manrique asegura que las vidas de Federico García Lorca (“un cometa brillante y hermoso”), Manuel Puig (“mi madre literaria”) y Reinaldo Arenas (“amigo y vecino”) constituyen la historia de la evolución de la condición homosexual en el siglo XX: “Los tres me parecen justamente lo opuesto a lo que se supone que es y hace un maricón. Puig, Arenas y Lorca escogieron vivir vidas homosexuales y escribir obras homosexuales cuando eso era una increíble trasgresión. Al hacer lo que hicieron, al ser fieles a lo que eran, les abrieron el camino a todos los homosexuales latinos que han seguido sus pasos”.

 

“Desde mi primera infancia hasta hoy, mi vida ha sido una lucha para encontrar dignidad en el hecho de ser un maricón”, dice. ¿Se apropia de la palabra maricón? Mejor dicho: ¿se considera maricón?

Sí, soy maricón. Podría decirse que la lucha ha sido ganada en cierto sentido: no hay discriminación aparente, uno puede hablar tranquilamente del amante, por ejemplo, y nadie dice nada. La gente se cuida de discriminar a una minoría. Y en ese sentido, creo que la homofobia es mucho más peligrosa porque no se ve. Es casi improbable que alguien diga: “soy homofóbico”, es un sentir que a veces ni siquiera se puede articular.

 

En Estados Unidos hay todo un proceso educativo para evitar el uso de la palabra nigger por su tremendo racismo. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con la palabra faggot (‘maricón’)…

 

Ambas son palabras destructivas. Decir nigger es quitarle la humanidad a una persona, es decir: “aún eres un esclavo”. Es la palabra que utilizaban los sureños cuando linchaban a los negros y los colgaban de los árboles en la época de la esclavitud. Ahora, faggot es una palabra insultante, denigrante y también es un intento de robarle la humanidad, la dignidad, al hombre.

 

En ese sentido, ¿cree que hoy día los términos marica, maricón, loca, siguen siendo igual de homofóbicos que en 1999, cuando publicó Maricones eminentes? ¿Ha habido una reapropiación de esas palabras por parte de los gays?

En cierta forma, toda homofobia es una homosexualidad reprimida. Si yo me tildo a mí mismo de maricón estoy desmitificando el contenido de la palabra, su significado original. Si yo me insulto llamándome maricón ya no será un insulto cuando otra persona lo haga. Yo admito la palabra sin problema, para mí no es un insulto.

 

¿El boom latinoamericano fue homofóbico?

 

Creo que el boom fue producto de una época en la cual ser escritor homosexual abiertamente en Latinoamérica y en España era una trasgresión radical. Algunos de los grandes escritores de esos años —Puig, Arenas, Sarduy— sufrieron (específicamente en el caso de Arenas) la persecución y la discriminación por parte de gobiernos totalitarios y del establecimiento heterosexual literario. La bisexualidad de Donoso fue más aceptable, la asexualidad de Borges y el “enclosetamiento” de Cortázar fueron la norma. Y por supuesto, partes de la obra de García Márquez y, más aún, de Vargas Llosa, están preñadas de homoerotismo. Con muy pocas excepciones, antes de Puig, Arenas, Sarduy y Donoso, la sexualidad era un tema casi tabú en la literatura latinoamericana.

 

“De cierto modo, podría decir que gracias al sida finalmente aprendí a amar a los hombres homosexuales como almas gemelas”, escribe. ¿Por qué?

Dejaron de ser, para mí, objetos sexuales, y se convirtieron en seres humanos. Por primera vez sentí compasión por los otros homosexuales.

 

¿Cree que es posible hablar de literatura gay o literatura homosexual sin reducir una obra o a un autor?

 

No creo que exista realmente una literatura gay. Lo que sí existe es una sensibilidad gay. Los homosexuales tenemos nuestra propia sensibilidad. Si yo leyera El retrato de Dorian Gray sin saber que lo escribió Oscar Wilde igual pensaría que esa novela fue escrita por un gay. Esa obra tiene la sensibilidad homosexual.

 

¿De qué manera ser gay (no reconocerse como gay ni su proceso de aceptación sino ser gay) afecta lo que escribe y como escribe?

 

Toda mi obra tiene un subtexto gay. Aun cuando los libros no tengan personajes gays siempre está en el fondo la lucha que hemos tenido (y seguimos teniendo) los gays en todo el mundo.

 

¿Haber crecido en Colombia (y sufrir lo que llama “el machismo y la homofobia católica”) qué tanto afectó que concibiera durante años su homosexualidad como algo vergonzante?

En el colegio los muchachos me martirizaban. Eso fue horrendo para mí: te rechazan, se burlan de ti, te persiguen. Todo depende de cuán fuerte seas como ser humano. Hay locas, loquitas como Puig, que tienen una fuerza extraordinaria. Puig era un Sansón en el sentido de saber lo que era: la palabra loca no lo iba a destruir. Hay personas que no tienen la fortaleza para salir del clóset, no pueden. Muchos somos frágiles y a veces la única forma de sobrevivir es con máscaras, en el armario. Yo no juzgo a quienes no han salido del clóset: es culpa de la sociedad, no de ellos.

 

¿El Carnaval de Barranquilla lo acercó de alguna manera a su homosexualidad?

Claro, es la única época del año cuando todo el mundo se destapa y cuando los hombres reprimidos se atreven a llevar a cabo actos homosexuales. En el Carnaval, cuando tú te pones una máscara, realmente puedes revelar quién eres porque nadie te puede ver. Haces lo que se te da la gana. Es una forma de usar la máscara: no para ocultarte sino para revelar quién eres.

 

¿Considera que vencer la homofobia mejoró su escritura?

No sé si la mejoró pero al menos empecé a escribir honestamente. Ahora bien, uno puede ser honesto y ser pésimo escritor.

 

Y ya para terminar: ¿cree que aún hoy, diez años después de publicada su obra, la expresión maricón eminente es un oxímoron?

Creo que hay más maricones inminentes que eminentes.

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