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Dios y cocaína

Giacinto Franzoi, quien vivió durante casi tres décadas en el Caguán, acaba de publicar en Colombia una conmovedora autobiografía, que termina por ser una nítida radiografía de los problemas más acuciantes del país real, el del oro blanco...

2010/03/15

Por Alexander Cuadros

Al Caguán, esa zona de Colombia que antes era tierra de nadie, llegaron en los años setenta oleadas de colonos en búsqueda de fortuna detrás del oro blanco. Como parte de esa extraña migración, en 1978, llegó a Remolinos del Caguán Giacinto Franzoi, un sacerdote italiano que publicó en Italia el libro Dios y cocaína, recientemente editado en Colombia por Intermedio Editores.

En ese entonces, la presencia del Estado era casi nula; las reglas las imponía el que tenía más balas. Uno de los primeros colonos de la región le dijo a Franzoi alguna vez: “No tengo vergüenza en declarar que en mi vida existen dos cosas: Dios y la coca.”

Franzoi, ganador del Premio Nacional de Paz en el 2004, duró 30 años como misionero en el Caguán. En Dios y cocaína, el padre cuenta su incómoda convivencia con los narcotraficantes, la guerrilla y el ejército. Revela sus intentos de rescatar una población atrapada entre estos tres antagonistas en una brutal selva —un alboroto de “descarriados, expulsados por las ciudades” del país—. Primero, en el corregimiento de Cartagena del Chairá y, después, en Remolinos del Caguán, Franzoi vio desde cerca cómo floreció una cultura en la que reinaba una “aceptación de la muerte como si se tratara de la experiencia más obvia”. El único escape, para él, eran las charlas, los atardeceres y las raras veces que la tragedia se esquivaba, traduciéndose en risa.

Hace poco menos de un año, Franzoi volvió a Italia definitivamente. (Según me contó, descubrió un complot en su contra en Remolinos.) Sin embargo, logró dejar un legado: Chocaguán, una pequeña productora de chocolate formada por campesinos que decidieron, con su ayuda, dejar el cultivo de la coca e integrarse en la economía legal. Franzoi también ayudó a cofinanciar un proyecto con Acción Social para construir un acueducto en Remolinos, que nunca había tenido agua potable. Sin embargo, los “caminos distintos” que ha querido abrir a veces se estancan. Sus denuncias sobre los abusos del ejército le merecieron, en mayo del año pasado, una acusación de la Fiscalía no solo de corrupción en el manejo de los recursos de Acción Social, sino también de nexos con la guerrilla. (En los dos casos, su nombre quedó limpio.)

Por teléfono y desde Roma, el padre me habló con amargura. Ve la acusación como una forma de deslegitimarlo: “Escuché muchas veces de parte de los altos mandos militares que querían acabar con el Caguán. Borrarlo del mapa: ¡que salgan todos! ?—gritó—. Si al sacerdote le quitan el derecho de hablar, de representar una comunidad, de decir las cosas como son, ¿entonces quién puede hablar en el Caguán, solo ‘mi coronel’?”.

Aunque no duda en criticar, el diálogo es un tema esencial para el padre: “Todos necesitan un interlocutor, hasta la guerrilla —me dijo­—. Convivir no es un pecado”. Me contó que conoció a Iván Márquez cuando era representante de la Unión Patriótica en Florencia. Sin embargo, aunque para Franzoi las Farc sí tenían una “mística de revolución” casi convincente en esa época, dice que perdieron toda credibilidad cuando entraron en el narcotráfico. (En su libro, compara el manejo de los campesinos que las Farc mantuvieron en el Caguán con el de un gulag soviético.) Pero Franzoi también ve la actual presencia del ejército como un obstáculo para el progreso. La pequeña empresa de Chocaguán, por ejemplo, aunque un apéndice del libro asegure que se “vende con una gran distribución”, ha tenido muchas dificultades. “No hay transporte libre entre fincas, ni entre veredas —me dijo Franzoi—. Con tantos retenes, tantos controles, muchos campesinos se resignan”. Lamenta los abusos y el desprecio de los militares hacia la población: “Cuando hay la sospecha generalizada de que el habitante del Caguán es un delincuente, imagínese qué ambiente se va a crear. No hay solamente mafia o guerrilla o bandidos. Hay muchos campesinos que quieren cambiar de vida. Hay miles y miles de soldados allí. No se puede transformar un pueblo en una base militar”, me dijo.

En las palabras de Franzoi, emerge una filosofía de perdón: ¿cómo criminalizar a esta gente que no tuvo otra opción que la coca? Pero se destaca aún más un abrumador sentido de impotencia. En las tres décadas que el padre pasó en este laboratorio de la supervivencia, la autoridad fue casi siempre improvisada. (Fue a pocos kilómetros que el presidente Andrés Pastrana entregó a las Farc su Farclandia). Muchas veces fue el padre quien llenó el vacío; un artículo en El Tiempo sobre él se tituló: “En el Caguán, un cura es como un alcalde”.

Cada vez que se iba, sin embargo, las cosas parecían desintegrarse. Le pregunté si era posible para esta gente definir su propio destino sin la ayuda de un misionero, de alguien que pueda custodiar el tejido social de una cultura tan recién nacida. En Dios y cocaína, escribió que sí era posible devolverle “confianza y esperanza” a la gente. Seis años más tarde es menos optimista. Sin la Iglesia —“una autoridad moral y ética por encima de todo el reino político”— la situación, según él, es insuperable.

En su libro, Franzoi propone como posible solución una reforma agraria a gran escala. Pero en vivo parece tener poca esperanza. Hablando de los proyectos que realizó, me dijo: “El parque, la escuela, el acueducto son pequeños caramelos que no hacen la diferencia”. Aun así, reconoce que “peor sería no hacer nada”. Desde Italia seguirá trabajando para Remolinos del Caguán como puede. Su pueblo natal, Sporminore, se ha declarado ciudad hermana; hay planes de patrocinar becas para que jóvenes caguaneros estudien en Italia. En su libro Franzoi se lamenta, dirigiéndose a esa imposible tierra: “¡Cuánto te amo, cuánto te odio!”.

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