Kotzwinkle nació en 1943. Crédito: John Mahler / Toronto Star via Getty Images.

'Doctor Rat': una lectura incómoda y necesaria

La novela de William Kotzwinkle sigue a una rata trastornada que realiza macabros experimentos sobre otros animales en el nombre del adelanto científico. Detrás de la insólita premisa se esconde una pregunta: ¿vale la pena torturar a seres que solemos considerar inferiores por cuenta del progreso de la humanidad?

2017/06/23

Por Martín Franco Vélez*

Si lo ponemos en términos boxísticos, El nadador en el mar secreto (1975), la primera novela de William Kotzwinkle que editó en español Navona, en 2014, es una especie de “gancho al hígado”: la historia —su historia— de un hijo que nace muerto resulta poco más que desgarradora: es, también, dolorosa y visceral. Por eso sorprende tanto que Doctor Rat, publicada originalmente en 1976 y recién editada por el mismo sello, resulte algo tan distinto.

La novela, ganadora del World Fantasy Award un año más tarde, cuenta la historia de una rata de laboratorio (Doctor Rat), que luego de ser víctima de numerosos experimentos se pone del lado de los humanos para intentar convencer a sus pares de que las torturas a las que están siendo sometidos no son en vano; por el contrario, asegura Rat, su sufrimiento contribuirá al desarrollo de la humanidad. “No se dan cuenta de que somos amigos del hombre, que estamos aquí para servir a la humanidad desinteresadamente en todo lo que podamos. Porque solo en el hombre se encuentra la chispa divina. El resto de nosotros vivimos en la oscuridad, sin almas” (p. 38). Todo parece ir bien, en principio, hasta el momento en que los demás animales comienzan a rebelarse.

Así las cosas, y más allá de lo extraña que resulte, es preciso advertir que Doctor Rat no es una lectura agradable, o al menos no siempre: las minuciosas descripciones que Kotzwinkle hace sobre los experimentos no solo tocan la fibra animalista —tan en auge por estos días—, sino que nos cuestionan sobre el verdadero sentido que tienen estos ensayos científicos: ¿vale la pena torturar a estos seres que solemos considerar inferiores por cuenta del progreso de la humanidad? Eso será lo primero, aunque no lo único, que nos preguntemos cuando leamos cómo les arrancan los globos oculares, les cortan las cuerdas vocales para que no aúllen de dolor o, peor aún, les inoculen tumores en la masa cerebral.

Quedan, pues, advertidos.

*Editor internacional de SoHo.

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