Donald Trump nació en Nueva York en 1946. Foto: Gage Skidmore.

Donald Trump, vendedor de humo

La nominación del constructor neoyorquino a la candidatura republicana para la presidencia de Estados Unidos ha dejado atónito a más de uno. Entre ellos, a la sala de redacción de 'The New Yorker', que decidió publicar en un libro la famosa crónica sobre el inestable magnate que apareció en sus páginas en 1997.

2016/08/02

Por Christopher Tibble

“La mayor parte de los escritores quiere tener éxito. Algunos incluso quieren ser buenos escritores. He leído a John Updike, a Orhan Pamuk, a Philip Roth. Cuando Mark Singer ingrese a esas ligas, tal vez lea alguno de sus libros. Pero pasará mucho tiempo, no nació con un gran talento para la escritura… Quizá debería de… intentar convertirse en un escritor de clase mundial, aunque fuera un esfuerzo inútil, en lugar de verse obligado a escribir acerca de gene extraordinaria que a todas luces está fuera de su alcance”.

A Donald Trump no le sentó bien el perfil que escribió Mark Singer sobre él en The New Yorker, en 1997. Poco después, como acostumbra hacer cuando alguien lo ataca, el millonario se desfogó en los medios y con una serie de cartas abiertas. Recalcó la mediocridad del periodista, resaltó las ventas de sus libros, su propia capacidad literaria (a pesar de que todos “sus” libros han sido escritos por terceros), y finalmente atacó la personalidad del redactor de The New Yorker: “sus cicatrices emocionales se notaban a leguas”.

Varios críticos y autores, sin embargo, consideran al perfil en cuestión el mejor retrato jamás escrito sobre ‘The Donald’: cargado de ironía y cierto desprecio hacia la ostentosa y superficial vida del magnate, el artículo desmonta con cifras y fuentes el presunto imperio de Trump, y en el camino esboza la silueta de un hombre de poca inteligencia, mañoso, patológicamente mentiroso y mezquino. Reitera, en el proceso, la fascinación del constructor con las hipérboles, quizá su mejor táctica como vendedor y autopromotor. En un fragmento, el millonario le dice: “No creo que la gente esté consciente de qué tan grande es mi empresa… Por alguna razón, conocen a Trump, la celebridad. Pero soy el constructor más grande de Nueva York. Y el más grande del negocio de los casinos (ambas mentiras). No está mal ser el más grande en ambos campos”.

Editado ahora en Colombia por Penguin Random House, El show de Trump es una breve introducción a las maquinaciones internas de quien en tres meses podría ser el próximo presidente de los Estados Unidos. Es, también, una advertencia urgente, que pretende exponer las falencias de un timador vacuo y narciso. Como escribe el periodista ganador de Pultizer David Remnick en el prólogo, “vale mucho la pena releer el perfil de Mark Singer para saber qué se observaba y pensaba de este hombre cuando había mucho menos en juego, cuando solo era el bufón, más o menos inocuo, de mi amada ciudad”.

En el artículo Singer deja entrever varios momentos divertidos y reveladores en la vida del magnate: su encuentro con un general y exboxeador ruso que aspira a la presidencia de su país (“Este es un zapato que me regaló Shaquille O’Neal -explicó [Trump a Aleksandr Lebed]-. Basquetbol. Shaquille O’Neal. Mide dos metros veinte, creo. Este es su tenis, su verdadero tenis. De hecho, me lo dio después de un partido”); las artimañas a las que recurrió para promocionar su club campestre en la Florida, Mar-a-Lago (…a nadie sorprendiera que Trump anunciara que la princesa y el príncipe de Gales se habían inscrito al club, a pesar de su mutua antipatía. ¿Existía algún documento? Bueno, eh… Chuck y Di son miembros honorarios”); o la casi que inexistente capacidad de atención del neoyorquino (“Traía [la película] Michael, de reciente estreno, pero a los 20 minutos de haber introducido la cinta a la videocasetera se aburrió y la cambió por una de sus favoritas, un festival de golpes de Jean Claude Van Damme llamado Bloodsport”).

Singer desenmascara a Trump como un fracasado operador de casinos que en ese entonces se vio obligado a declarar bancarrota. También revela a una figura que poco descansa (duerme cuatro horas al día), que está obsesionado consigo mismo y cuya capacidad de autoengrandecimiento no tiene límites. En la introducción escribe: “…entendí que independientemente de lo que [él] me haya parecido hasta el momento, ante todo y sobre todo es un artista del performance”. Pero su mejor descripción, la que hoy cala más hondo, y sin duda la más famosa, la redacta el periodista hacia el final, mientras describe uno de los enormes y dorados apartamentos del constructor: “Y lo más importante: cada centímetro cuadrado le pertenecía a Trump, que había aspirado a alcanzar y logrado el lujo máximo: una existencia sin el perturbador rumor de un alma”. 

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