Dylan Thomas, poeta, escritor y dramaturgo británico.

Tras los pasos de Dylan Thomas

Hace cien años nació uno de los poetas más emblemáticos del siglo XX, famoso tanto por sus borracheras como por sus versos. Crónica sobre un peregrinaje al pueblo donde pasó sus últimos años.

2014/10/27

Por Christopher Tibble

 

Cada tanto aparece un poeta que trasciende su obra. Sus acciones y desmesura lo elevan por encima de sus escritos y lo convierten en una figura folclórica. Se trata de los enfants terribles: poetas cuya vitalidad no solo se transmite en sus versos, sino en su caótica existencia. Así logran, por momentos, sacudir una práctica que para muchos está asociada con algo antiguo, ajeno, arcaico.

Hombres como Lord Byron: que atravesó nadando en 1810 el estrecho de los Dardanelos, en Turquía, para pasar de Europa a Asia; que tuvo como mascota a un oso durante sus años de estudiante en Trinity Collage, Cambridge; que murió cuando se preparaba para invadir, junto a un ejército griego, la fortaleza de Lepanto, entonces ocupada por los turcos.

También está Arthur Rimbaud, el enfant terrible por excelencia. Su precocidad literaria –escribió casi toda su obra de adolescente– eclipsa algunos de sus mejores versos. Sobre todo, si se toma en cuenta que a los 19 años renunció a los versos y abandonó Francia para viajar alrededor del mundo, dejando una colección de poemas y varias anécdotas, como cuando su amante y también poeta Paul Verlaine le pegó un tiro en la muñeca tras un altercado.

Uno de estos hombres nació en Swansea el 27 de octubre de 1914, hace 100 años: el galés Dylan Thomas.

El peregrinaje

A los 20 años yo nunca había viajado solo. Mi familia había regresado a Bogotá y a mí me quedaba una semana más. El tiquete en mi mano leía Cardiff, la capital de Gales, país que no conocía. En mi otra mano cargaba un libro de los poemas completos de Dylan Thomas. El tren salía de la estación Paddington, en el centro de Londres. El viaje tenía como objetivo acercarse a un hombre que escribió una obra a su vez sencilla y compleja, vital y turbada: “Desnudos los muertos se habrán confundido/ con el hombre del viento y la luna poniente/ cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios/ tendrán estrellas a sus codos y a sus pies”.



Thomas vivió sus últimos años en Laugharne (pronunciado 'Lorne'), un diminuto pueblo de 400 habitantes anclado en la costa del sur-oeste galés. Allí, detrás de un castillo raído, en una casa sobre un vasto estuario de veleros y barcos que a mediodía parece un desierto mojado y que por la tarde se llena con la marea. Su vida, regida por esporádicos cambios de ánimo, amantes, enfermedades, alcohol, se acabó en 1953, a los 39 años, durante una gira literaria en Nueva York, cuando se tomó 18 whiskies seguidos. A los pocos días su cuerpo fue devuelto a Laugharne, al cementerio de St. Martin, y fue una imagen de su tumba, la única lápida de madera del camposanto, la que me convenció de ir.

Cuando llegué a Cardiff me hospedé en un hostal sobre el rio Taff. Esa noche, en un restaurante de comida rápida, vi la final del Mundial de Sudáfrica entre España y Holanda. Al día siguiente cogí un bus hacía Carmarthen, el pueblo más viejo de Gales, donde descubrí por primera vez la importancia de Thomas en el folclor de su país. Tras visitar las ruinas del castillo, me senté en un café en la plaza central, a la espera del bus. Un señor mayor, desgarbado, notó mi libro y empezó a declamar emocionado el segundo verso de In my Craft or Sullen Art, quizá el poema más famoso de Thomas: “No para los soberbios aparte/ de la rabiosa luna escribo/ en estas páginas de espuma de mar/ ni para los encumbrados muertos/ con sus ruiseñores y salmos/ sino para los amantes, sus brazos/ abarcando las penas de los siglos/ que no elogian ni pagan ni/hacen caso de mi oficio o arte”.

Thomas alguna vez describió su estilo como “el color de decir” y en otra ocasión dijo que era “pesado como el alquitrán, pero ágil”’. Su fuerza poética surge de la fricción entre dos mundos. Cuando era niño se hablaba galés en su casa, pero su padre, un respetado profesor de gramática, se aseguró de enseñarle inglés e incluso le leía Shakespeare antes de dormir. La mezcla entre el inglés y la herencia de su país, donde la poesía se caracteriza por versos complejos, saturados de imágenes, juegos de palabras y rimas internas, decantó en un estilo único, que sacudió a Londres en 1933, cuando publicó The Force that through the Green Fuse drives the Flower. Thomas tenía 19 años. William Empson, el crítico más importante de la época, escribió en 1954: “La primera impresión, los poemas con los que ese joven poeta llegó a la ciudad (extremadamente buenos, pero a los que uno se resistía porque no entendía por qué eran tan buenos) son la tarea permanente del crítico y en gran medida la parte decisiva de su trabajo”.

El bus frenó frente a un hotel al mediodía y el conductor gritó, en un curioso inglés: “¡Laugharne!”. Me bajé, perplejo: no sabía que el pueblo, de calles adoquinadas y carreteras curvas, fuera tan pequeño. Reclinado sobre el estuario, comenzaba en una colina y descendía hasta la orilla del pantano vacío, donde quedaba la plaza y también mi hotel, The Boat House Bed and Breakfast. El nombre del hostal era el mismo de la casa de Thomas, que quedaba a 200 metros. Anne Wardle, la dueña del establecimiento, me mostró mi cuarto y me entregó un libro que marcaría mi viaje, sobre 20 caminatas literarias en el Reino Unido. Las últimas dos, cada una de 20 kilómetros, tenían como protagonista a Thomas y se realizaban en las montañas alrededor de Laugharne.

Poco después, tras conocer la casa de Thomas, me senté en el pub del pueblo a ojear el libro. El mesero me trajo una cerveza y adivinó el propósito de mi viaje. Me contó que su padre había sido amigo de Thomas, que allí todos odiaban a los ingleses y, tras apuntar a la esquina más oscura del bar, me aseguró que era ahí donde hacia finales de los años cuarenta el poeta se sentaba por horas en silencio a escribir Under Milk Wood, su obra cumbre. Traducida como Bajo el bosque lácteo, la pieza de voces, considerada como uno de los mejores guiones jamás escrito para radio, retrata la vida de los habitantes de Laugharne. El mesero también me dijo que aunque los galeses superaban a todos los pueblos a la hora de emborracharse, Thomas los superaba a todos ellos.

El libro me reveló algo hermoso: toda la aldea, el estuario, los montes, sus animales, las calles y los habitantes habían quedado para siempre inmortalizados en los poemas de Thomas. Me enteré, además, que el poeta prefería escribir en una caseta de jardín, a unos metros de su casa. El espacio, hermético, cumpliría el sueño de cualquier autor. Su escritorio, junto a una ventana, daba al mar y hacía la derecha se veía St. John’s Hill, un pequeño monte que recorrería en una de mis caminatas y al que Thomas le dedicó el poema Over St. John’s Hill. También fue ahí donde Thomas creó, durante una visita de su moribundo padre, Do not go gente into that good night, un poema leído universalmente en funerales.

Dos etapas dividen la obra de Thomas. Sus primeros poemas tienen trazos surrealistas, etéreos, preocupados por el ciclo de la vida y la muerte, el origen de las cosas. Más adelante su voz explora lugares particulares y personas, cosas mundanas, y se adapta a un contexto difícil. Principalmente, la Segunda Guerra Mundial y la muerte de algunos familiares y amigos. “De todas formas, sus cuadernos nunca abandonaron un principio crucial de la poesía, modernista o tradicional: que el poder de las frases se encuentra en las imágenes y no en las abstracciones”, dijo el crítico Walford Davies. Su capacidad de plasmar imágenes hizo que aun en sus veinte, Thomas ya estuviera, en los ojos de muchos, por encima de maestros como W. B. Yeats.

Poco después de ganar reconocimiento, Thomas se mudó a Londres, donde desarrolló una tormentosa relación con el alcohol. Por ese entonces conoció a Caitlin Macnamara, una bailarina irlandesa, a quien le pidió la mano durante una borrachera, recostado sobre sus piernas. Hacía el final de los años treinta es aclamado como el heraldo del grupo de poetas New Apocalyptics. Él nunca se afilió a ese movimiento. Durante la guerra, Thomas empezó a trabajar en la radio de la BBC, un medio que inmortalizaría su peculiar voz, resultado de las clases de elocución que tomó de niño.


Al tercer día en Laugharne todavía no había visitado la tumba del poeta. Quedaba cerca del hotel, pero me di cuenta de que una de las caminatas del libro terminaba en el cementerio. Así que emprendí el extenso recorrido, que pasaba por un inmenso bosque, varios riachuelos y algunas casas abandonadas. En medio del camino llovió. Me perdí y fue solo tras varias horas que encontré el camposanto. Empapado, distinguí con facilidad la lápida de Thomas, pues el resto eran de piedra. La suya, una simple cruz de madera pintada de blanco, con su nombre escrito horizontalmente en cursiva. Pensé: la tumba más frágil es la del único habitante de Laugharne que jamás será olvidado. Con eso en mente, saqué mi cámara desechable, prendí un cigarrillo y me tomé una foto. Poco después me fui.

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