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“Yo diría que no tengo imaginación”

El escritor antioqueño Eduardo Peláez Vallejo desafía la división entre la realidad y la ficción. Hablamos con él sobre la literatura, los animales y la memoria a propósito de su nuevo libro ‘Aves de paso’.

2017/08/23

Por Ana Gutiérrez

“Esta es la historia de mis hermanos Ricardo y Marta Luz. De Ricardo refiere su vida y su muerte; de Marta Luz, su vida y su muerte, y la aparición póstuma de su hija francesa, Marie Sophie Clémence”, dicen las primeras líneas de Aves de paso, el libro más reciente de Eduardo Peláez Vallejo. Los hermanos eran, además, los padrinos del escritor, y sus memorias se fundieron en una sola historia que él cuenta a partir de episodios que van retratando generaciones de la familia Peláez, la Antioquia en la que crecieron y la conexión que forjaron en Francia.

Vallejo, autor de Desarraigo y Este caballero a caballo, se ha dedicado a narrar su vida en obras que desafían la división entre la realidad y la ficción. Él une sus recuerdos y la historia de su familia con una narrativa que se asemeja a la poesía.

Alto, de casi 70 años, con un acento paisa agradable que complementa con las manos, Vallejo es a la vez modesto y orgulloso de su trabajo. Poco después de que dice que los libros "me van saliendo, las frases se me escriben. Es una delicia, porque yo soy muy perezoso", explica que ha indagado en periódicos, registros y las memorias de sus familiares para poder describir las cosas que no pudo vivir. "Se me produce algo que es curioso, es una sensación como casi de recuerdo personal. Hay frases que cito que a mí no me tocó vivir pero es como si sí las hubiera vivido, porque las recuerdo. La memoria parecería que se hereda. Es un fenómeno muy raro, inasible".

Es reacio a clasificar sus libros. "Todo lo que he escrito es así. En 2011 publiqué Desarraigo, que es una historia muy fuerte que termina con el asesinato de mi papá. A él lo mató la guerrilla en 1970. Después siguió otro en 2013, Este caballero a caballo, que es la historia de este caballero a caballo -dice con una sonrisa-. Fui criador de caballos de paso fino colombiano, y es la historia de un caballo muy hermoso mío que fue campeón mundial. Ese libro obviamente no es una novela. Desarraigo podría tener algo de ficción pero no mucho. Y en Aves de Paso no es mucha la ficción, pero si hay ficción, digamos que es utilizada solo técnicamente”.

Para él lo clave es entender que son libros que reúnen recuerdos. "Yo diría que yo no tengo imaginación. Tengo memoria, pero la memoria a secas no existe, eso es paja. Es una mezcla de, como dice la primera frase de Este caballero a caballo, ‘mi memoria linda con la imaginación, los sueños, la realidad y el olvido‘. En Aves de paso se me ocurrió otra cosa, y es que hay otro elemento: los deseos. Uno desea hacia el pasado muchísimas cosas". Esas son historias más agradables para sus muy amados hermanos.

Peláez Vallejo describe la escritura como un acto instintivo que se nutre de historias que ya existen. Para él la ficción es más bien una herramienta para refinar la narración de la realidad. Lo describe así: "Voy contando tal como me van saliendo las historias. Y muchas veces en las frases o en las historias mismas voy notando que la historia me dice ‘no, tenés que decir algo más en este sentido, hay que redondearla, que ajustar esto o lo otro‘. Por eso digo que es una cosa técnica. Ahí le doy campo, libertad, a eso que podríamos llamar imaginación. Es decir invento cosas, no demasiadas, más bien son para completar. Participa de hechos que también están en la memoria o están próximos a la memoria”.

En Aves de paso, por ejemplo, mitad del libro ocurre en Francia y narrar hechos que salieron a relucir en su familia en 2012, aunque iniciaran en 1969. Al describir París, escenario sustancial del retrato de su hermana Marta Luz "se me agregaron al recuerdo de ella mis recuerdos personales de cuando me fui a París a estudiar Filosofía", dice con una sonrisa Peláez. Es un gesto algo triste, la alegría del viaje matizada por la muerte de su hermana en 1975.

El detalle cuidadoso, amoroso, con el que describe a sus familiares, desde sus virtudes hasta sus falencias, es íntimo. Ese es quizás el rasgo característico de sus obras, una entrada a los corredores privados de su familia y su vida, incluso durante los episodios más desgarradores. Es una decisión completamente deliberada. Simplemente, dice Peláez, "a mí me gusta la literatura con intimidad. Por ahí he citado una frase que ya en este momento no la tengo, pues, de memoria, de Mauricio Wiesenthal, que dice que después de muchos años de ser escritor está convencido de que no le interesa la sino literatura en la cual va incluida el corazón del escritor". Aún más: Peláez afirma con vehemencia que no no piensa las frases y después las escribe, sino que las va haciendo a medida que las va sintiendo, simplemente. "Salen sin pasar por el cedazo de la racionalidad, yo detesto la racionalidad en la literatura, se me hace que es la más cansona, más aburridora, más maluca manera de leer, y la que menos aporta a la experiencia literaria”. Pero luego sonríe y dice que no le molesta que otros la escriban y la disfruten, simplemente nunca va a ser para él.

Es un hombre de carácter resoluto. A pesar de lo complicado que puede resultar narrar episodios tan personales, se muestra firme en su convicción: "Yo no tengo inconveniente en contar sucesos familiares que probablemente a otras personas, inclusive a mis propios parientes, les pueden molestar. Para mí la literatura y mi escritura me sacan de las entrañas lo que yo soy, lo que tengo adentro. Si algunas intimidades mías pueden molestar a un hermano, por ejemplo, eso no me preocupa ni me interesa, entre otras cosas porque eso es pasajeras. No solamente en el ofendido, sino en la vida del libro. A los otros lectores el que se ofende les importa un tamarindo. Lo siento, pero cuento la historia como la siento".

Esa última frase podría servir como paradigma de la manera en que Peláez Vallejo ha vivido su vida: “Me tocó renunciar al matrimonio, a la familia y a la abogacía para poder dedicarme a la literatura, que era lo que me interesaba”. Durante casi diez años fue abogado, esposo, padre de dos hijas. Hasta tenía una oficina con su exesposa. Pero "me aburrí mucho, mucho siendo abogado. Lo que me gustaba era la literatura. Muy rápido en la vida me gustó fue eso. La cosa era compleja, pero yo ya no pude seguir casado ni viviendo con las hijas porque yo no quería dedicar mi vida a ser abogado, qué jartera. Empecé a estudiar Filosofía y rápidamente me fue imposible quedarme en el Derecho”.

Para desprenderse viajó a París en 1979, diez años después de que su hermana hiciera lo mismo. Cuando llegó, buscando estudiar Filosofía, le dijeron que no podía estudiar Filosofía, a menos de que estudiara Filosofía del Derecho por ser abogado. "De eso era lo que venía huyendo. Entonces me quedé seis meses leyendo literatura, me acuerdo de que leí a García Márquez, a Foucault. Caminaba todo el día por París, comía manzanas y peras y tomaba calvados y leía mis libros. Cuando se me acabó la plata, regresé a Medellín y me fui para la finca familiar. Yo había construido una casita chiquita, mínima, y estuve viviendo solo".

Fue en ese momento que empezó a criar caballos de paso fino, un “vicio” que heredó de su padre y su abuelo, con dos de sus hermanos. Habla de la época con gran nostalgia, hace unos años sufrió un atraco en la finca y tuvo que irse a vivir a Medellín. Pero el periodo que vivió en el campo marcó indeleblemente su obra. No solo proveyó la historia que comprende Este caballero a caballo: fue el momento y el lugar donde empezó a escribir.

“Yo montaba a caballo todos los días. Era una finca muy grande con caminos privados, de los descendientes de mi abuelo, pues, y yo los recorría todos. Me iba solo, feliz, a sentir. Mi vida ha sido de eso. Esa frasesita, ‘Mi vida consiste en sentir‘, me la inventé cuando estaba escribiendo un libro que no se publicó pero que fue absorbido por los demás". Se llama Leer, escribir, paso fino, un título que resume su vida en la finca. Fue el germen de los libros que le siguieron.

La rutina que asentó viviendo solo, rodeado de la naturaleza, descubriéndose a sí mismo, sigue nutriendo su vida y obra. Peláez Vallejo todavía vive solo, sin leer ningún medio de comunicación y sin televisión, aunque admite que va a donde su novia a ver partidos del Nacional. Se dedica a leer y a escribir, un acto introspectivo que describe como un “vicio solitario” por medio del cual, precisamente, se va descubriendo a sí mismo. “Mi vida consiste en sentirse, y no es paja. Creo que la vida de casi todo el mundo es eso. Y como vivo solo es más fácil. Entonces las frases siempre son nuevas, porque cada sensación de sí mismo es diferente. Es como cada cosecha de vino, diferente cada año, así sea el mismo vino. Cada frase me sorprendente deliciosamente".

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