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El adelantado

El escritor mexicano prepara desde hace un par de años una novela sobre el asesinato de Carlos Pizarro, que quizá, como casi todas sus obras, se adelantará a la realidad. Una mirada al territorio Fuentes.

2010/03/15

Por Juan Gabriel Vásquez

Releyendo las cartas de Julio Cortázar, ahora que se cumplen veinticinco años de su muerte, me encontré con una noticia que le da Cortázar a su editor, Francisco Porrúa. “Te anuncio confidencialmente —escribe— que Luis Buñuel quiere hacer un tríptico con Gradiva, de Jensen; Aura, de Carlos Fuentes, y Las ménades, de Julio Cortázar”. Era el 8 de octubre de 1962. La noticia emociona tanto a Cortázar que uno puede encontrar referencias al proyecto en otras cuatro cartas. Una de ellas, por ejemplo, está dirigida a Antón Arrufat, que en junio de 1963 era responsable de los Cuadernos de la Casa de las Américas en La Habana. Arrufat le había anunciado su intención de publicar Aura. “Es una maravilla de relato —dice Cortázar—. ¿Sabes que Luis Buñuel quería hacer una película con ese cuento, uno mío y otro de Jensen? Creo que los productores se aterraron tanto que le negaron el dinero, con lo cual nos quedamos todos colgados”. Por todos se refiere, presumiblemente, al director y los autores; pero también nos quedamos colgados los lectores de esos relatos. A mí, por lo menos, me hubiera parecido un acto de justicia universal que Buñuel, aquel surrealista desbocado, pusiera en pantalla la atrevida fantasmagoría de Fuentes, esas 50 páginas que hoy, 47 años después de publicadas, siguen estando entre los grandes momentos de la literatura latinoamericana.

Carlos Fuentes es autor de varios de esos momentos. No podemos decir que el boom latinoamericano —lo que conocemos como boom latinoamericano— comenzara con La región más transparente, porque esa generación de novelistas es incomprensible sin la Revolución cubana (para la cual faltaba casi un año todavía) y sin la intervención de Carlos Barral (para la cual faltaban cuatro). Pero sí podemos decir que la publicación de esa novela en 1958 fue el anuncio, con altavoces y luces de neón, de una década que iba a transformar para siempre la literatura en lengua española. Esa novela que recogía las influencias de John Dos Passos y de Thomas Wolfe, que se atrevía a pensar en Joyce y en Faulkner pero también en el Hermann Broch de Los sonámbulos, rompió con varias de las lealtades más tontas que la novela latinoamericana había guardado hasta ese momento. Con algunas excepciones gloriosas —Borges, Onetti, Rulfo— la novela latinoamericana era voluntariamente provinciana, tercamente comprometida, aburridamente realista. La primera novela de Fuentes puso sobre la mesa una nueva manera de hablar de nuestros países, y un nuevo escenario para hacerlo: la ciudad. Puso sobre la mesa, también, una idea esencial: la ficción no representa la realidad, sino que inventa una nueva.

En La muerte de Artemio Cruz, en Cambio de piel o en Los años con Laura Díaz, Fuentes ha inventado un México que no existía antes, que no estaba en ninguna parte, y que sin embargo se corresponde tanto con el México real que nos ayuda —de maneras ambiguas, imprecisas, laterales— a entenderlo. O mejor: nos ayuda a entender o a iluminar el punto donde se encuentran los destinos privados de los individuos y los destinos públicos de nuestra historia. Para buena parte de la mejor novela contemporánea, de Don DeLillo a Peter Carey, de Orhan Pamuk a V.S. Naipaul, ese cruce de caminos es una especie de obsesión recurrente; y Fuentes, que no ha sido ajeno a esa obsesión, ha vindicado además el derecho del novelista de ir más allá de ella. Así en Terra Nostra: Fuentes desecha las limitaciones de la historia conocida, de lo que ha ocurrido, y nos cuenta la historia desconocida, lo que hubiera podido ocurrir. Es así que debemos leer esas líneas que ya he citado en otra parte. Hacia el final de la novela fray Julián le dice al Cronista: “Deberían aliarse, en tu libro, lo real y lo virtual, lo que fue con lo que pudo ser, y lo que es con lo que puede ser. ¿Por qué habías de contarnos sólo lo que ya sabemos, sino revelarnos lo que aún ignoramos?”. De la misma novela es aquel “teatro de la memoria”, aparato medieval que proyecta sobre una pared no solo los acontecimientos que han sucedido en la historia de España, sino también todos los que hubieran podido suceder. ¿No es una descripción perfecta del oficio del novelista? ¿No son Emma Bovary o Aureliano Buendía parte de la otra historia?

Cristóbal Nonato, novela publicada en 1987, nos hablaba del México de 1992; en La silla del águila, publicada en 2003, Fuentes construye un México probable en el 2020, y lo hace mediante el recurso anacrónico de la novela epistolar. Después de estas osadías, la noticia de que Fuentes escribe la novela de Carlos Pizarro no debería sorprendernos demasiado. Este nuevo proyecto —Aquiles o el guerrillero y el asesino, se titula— puede decirnos cosas de este país nuestro que nadie más nos ha dicho. La novela, sostiene Fuentes en alguna parte, es la transformación de la experiencia en conocimiento. Sobre el asesinato de Pizarro tenemos mucho de lo primero, pero lo segundo nos falta. Ahora la ficción —la ficción de Fuentes— tiene la palabra.

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