Enrique Amorín y Federico García Lorca.

¿El amante de García Lorca robó su cadáver?

La leyenda de García Lorca y su muerte no tiene fin. Todavía no se sabe dónde están sus restos y, ahora, el escritor peruano Santiago Roncagliolo redescubrió a Enrique Amorín, un millonario que fue amante del poeta cuando estuvo en Uruguay, y que pudo haber robado su cadáver.

2012/02/14

Por EFE.

Es una historia apasionante, que Roncagliolo (Lima, 1975) ha plasmado en "El amante uruguayo. Una historia real", libro publicado por editorial Alcalá. La obra es una monumental investigación por el Buenos Aires de los años treinta, la Guerra Civil Española y el París de posguerra, y por la historia de los máximos creadores del siglo XX, como Picasso, Chaplin, Neruda y Borges.

La investigación empezó con el interés de saber si sería verdad que Amorín, un escritor seductor, comunista, homosexual, casado, uruguayo y argentino en partes iguales, había robado el cadáver de García Lorca, como él mismo lo dijo ante una multitud de gente después de hacer un homenaje en 1953 en Salto, a orillas del río que separa Uruguay de Argentina, para enterrar una caja blanca –que se supone que contenía sus huesos– y levantar un monumento al poeta.

"Cuarenta y ocho años después, el monumento y su misterioso contenido siguen ahí, intactos", dijo Roncagliolo, "pero nadie quiere decir ni una palabra sobre si es verdad o no".

Cierta o no, la historia le pareció fascinante al escritor peruano porque, a raíz de la misma, descubrió que detrás existía un personaje de novela total, y se puso en marcha para investigar todo su legado.

"Amorín era un escritor; bueno, más personaje que escritor –dice el autor–. Escribió 40 libros y se sabía todos los secretos de los artistas del siglo XX. Su vida era su mejor obra. Sabía mucho y no lo podía contar, porque en los cincuenta no se podía hablar de la homosexualidad de  García Lorca o de Jacinto Benavente, ni de los dudosos manejos del partido comunista, en el que él mismo militó", argumenta el autor de "Abril rojo".

Y es que Roncagliolo cree que Amorín, al que todos los artistas le pedían dinero, entre ellos Picasso, aunque luego se lo cobraba caro, dejó un vasto material para que alguien escribiese su vida. "Y me tocó a mí –reconoce el escritor–, aunque en realidad su vida está llena de enigmas".

"Si los restos de Lorca están donde dice él que los dejó, es un hecho histórico; pero, si no, es su última burla del mundo intelectual que nunca lo tomó en serio", subraya.

El libro, que se lee de forma trepidante y está plagado de anécdotas y descubrimientos, cuenta que Amorín y Lorca fueron amantes cuando este último estuvo en Argentina y en Uruguay, y un tiempo en Madrid, con cartas que hablan de una relación muy cómplice y muy pícara.

"Es difícil saber cómo fue de íntima esa relación –explica Roncagliolo–. Gibson cuenta que Lorca tenía mucha gente que se enamoraba de él y a la que olvidaba rápidamente, pero yo creo que Amorín llegó a creer que su amor fue mucho más intenso, incluso pensaba que a Lorca lo mataron por su culpa, por haberles pillado una conversación en la calle en la que ellos admitían sus filias y sus fobias políticas".

Los curiosos encontrarán cartas, fotos y documentos  que el autor de "Tan cerca de la vida" ha rescatado, en gran parte, de la biblioteca de Amorín en Uruguay, que su mujer custodió durante años, y del libro de sus memorias.

El libro contiene cartas con momentos memorables, como el que recoge sobre la reunión secreta que tuvieron Chaplin y Picasso.

"Chaplin no quería que se supiera que había habido esa reunión porque le perseguían en Estados Unidos por comunista y Picasso era un reconocido comunista. Se encontraron en secreto y Amorín estaba allí", comenta el autor.

"Pero Chaplin no menciona que Amorín estuviera allí, solo dice que estaban Picasso, él y Jean-Paul Sartre, y la descripción que hace de Sartre es la de Amorín, y es que Amorín se hizo pasar por Sartre. Me encantó. Me dije ¿pero qué personaje es éste?".

El resultado de este libro no es saber si nos podemos fiar o no de Amorín. Para el autor, "en cualquier caso, nos ha dejado un retrato del siglo XX, el de alguien que estuvo en todo y con todos, pero que no estuvo en la foto", concluye Santiago Roncagliolo.

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