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El arte de lo minúsculo

Un buen día esta bogotana decidió enviar un par de cuentos a un concurso literario de una revista. Desde entonces, descubrió en la brevedad de la escritura un desconcertante y revelador camino cuya prueba prueba es este libro editado por ella misma.

2010/03/15

Por Marianne Ponsford

Adriana Cantor vive sola. El día que fui a verla, al final de la tarde, en su precioso apartamento en el sucio corazón de Chapinero, acababa de pasar un día rutinario: había traducido una encuesta de satisfacción de los usuarios de Kentucky Fried Chicken. Es lo que hace todos los días: traducir documentos del inglés al español para una agencia de traducciones de Nueva York. Trabaja en silencio, sola, todo el día en el estudio de su casa, frente a una enorme ventana desde donde ve todos los días los imprevisibles atardeceres de Bogotá.

Unos meses atrás había publicado su primer libro de relatos, La dosis mortal. Nunca pensó en enviarlo a ningún editor. Simplemente se dio cuenta de que tenía quince cuentos breves, muy breves, y decidió hacer un libro. ¿Por qué? Porque si lo enviaba a alguna editorial, tal vez se le pasaba el capricho en la espera. Hizo mil ejemplares y los llevó a unas cuantas librerías. Punto.

Sus brevísimos cuentos, de dos páginas a lo sumo, parecen emparentarse más con la poesía que con la prosa. Y sin embargo, no hay en ellos asomo de eso que suele llamarse despectivamente “prosa poética”. Son de una perfecta economía, de una seductora precisión sintáctica. Pero su efecto en el lector es sin duda cercano a lo poético. No por la brevedad en sí, sino por los recursos literarios que utiliza: una prosa minuciosamente realista, cuyo argumento estalla al final en una imagen de inquietante surrealismo.

Adriana nunca deja de sonreír cuanto habla. Sus respuestas son amables, espontáneas, y minúsculas. Como ella. Habla de su vida como quien cuenta la vida de otro: sin un ápice de dramatismo. Pero tras su cándido desapego, se dibuja en secreto el drama: la tercera de tres hijos de un matrimonio marchito, su madre decidió escapar a Londres cuando ella tenía dos años. Su padre se casó de nuevo, y la casa se fue poblando de seres extraños, venidos del campo, mientras ella crecía olvidada en el último rincón de la casa, leyendo La pequeña Lulú.

A los 18 años conoció a su madre, cuando ésta volvió a Colombia. Pero dos meses después, fue ella misma la que huyó. ¿A dónde? A Londres: al igual que en sus cuentos, un insólito trueque geográfico en donde el papel del azar siempre se pone en duda. Después, la cronología de su vida parece el clásico itinerario del desarraigo: París, Londres, Bogotá, Nueva York, otra vez Bogotá. Maridos, una hija, teatro, y finalmente, aceptando los designios de su temperamento, un oficio encerrado y una diligente soledad.

No escribe desde pequeña. Cosas suyas, quiero decir. Porque desde su adolescencia traducía. Traducía lo que le gustaba. Una vez, un amigo le regaló resignado una copia de La casa del incesto, de Anaïs Nin, mientras le decía: “Ya que usted lee inglés, pues quédeselo y disfrútelo porque yo no he podido encontrar una edición en español”. Ella simplemente leyó el libro, lo tradujo sin decirle nada y le regaló la traducción para su cumpleaños.

Adriana Cantor es así. Otro día, estaba recostada en su cama leyendo la revista El malpensante, cuando vio un pequeño anuncio: la revista convocaba a un concurso de cuento breve. Quinientas palabras como máximo. Ella se levantó de la cama como un resorte, como si una descarga eléctrica acabara de caer sobre su cuerpo, y se sentó a escribir. Nunca antes había escrito un cuento. Era simplemente una lectora apasionada. En un solo día escribió dos. Los reescribió una y otra vez. Los pulió como una concentrada artesana. Los mandó. Pasaron los meses. Supo que habían llegado más de mil cuentos a la revista. Pasó más tiempo. De pronto salieron publicados los doce cuentos finalistas. Y para su total estupefacción, ¡los dos cuentos suyos estaban ahí! ¡Los dos! ¡Entre mil cien! Finalmente, uno de ellos quedó en segundo lugar: “Prueba de vestuario”, un cuento en el cual la idea del desdoblamiento del yo, tan obsesiva para la condición femenina, estalla al final de una muy cortazariana manera.

Pero Julio Cortázar no es su autor favorito. Es Truman Capote. Dice que García Márquez le gustaba hasta que leyó La tejedora de coronas de Germán Espinosa. Ahora Espinosa ha desplazado a García Márquez en sus afectos.

Una desconcertante mezcla de fragilidad y convicción, de alegría y pudor, hacen que Adriana Cantor sea a la vez ancla y veleta. Quizá mañana reciba una llamada de algún editor preguntando por un posible segundo libro. O quizá no. Todo es inesperado. Ella parece saber que cada día es una vida breve. O más bien, una biografía en miniatura. Y no deja de sonreír, contenta como una niña pequeña, como si supiera algo que uno no sabe.

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