La novela más reciente de Fernando Vallejo es El don de la vida (Alfaguara, 2010).

El arte no es un espejo

Adorado y reverenciado, pero también odiado y criticado. Lo cierto es que Vallejo no deja a nadie indiferente. Aunque ahora, el incendiario se apacigua...

2010/06/22

Por Javier H. Murillo

Fernando Vallejo es un síntoma. Un pedazo de la voz que en Colombia queda atravesada en la garganta. Por eso algunos son sus fieles lectores a pesar de que siempre diga lo mismo y de que en cada uno de sus libros cuente lo mismo que en el anterior. Otros, en cambio, no logran sobreponerse a la tendencia provocadora de su discurso.

Vallejo es homicida, parricida, fratricida y suicida. Asesino, pero limpio. Escribió Logoi (1983) para aprender a escribir literatura, y es uno de los dos amigos que deben de quedarle a Rufino José Cuervo. Su discurso corre como el agua o como el tiempo, cálido y letal, fortuito y deliberado: todos sus textos son una trampa que se cierra al final. Infame con sus editores, Vallejo sabe que sus descripciones son perfectas, que no hay en sus libros ninguna frase coja, que no hay un adverbio fuera de lugar o un adjetivo que sobre, pero en Colombia eso no es importante. De él se conoce, más bien, que es experto en el arte de injuriar, pero la mayoría prefiere olvidar que si lo es —y lo es—, es porque para él la honestidad va primero, y no le cabe duda de que la vida merece que la escupan en la cara. Pero no es placentero escupirse a sí mismo, por ello Vallejo utiliza el espejo. Así, son espejo su autobiografía novelada, su familia, sus historias, sus muertos y sus vivos. Y espejo, fundamentalmente, el viejo que cuenta y que es contado en cada una de sus novelas.

Pocas rebeldías aguardan al que, ya viejo, añoró hasta hace muy poco a su padre y a su abuela, muertos hace años, y a una finca utópica que ya ni siquiera existe. Vallejo nació jugado y solo, y toda su vida ha estado marcada por la disconformidad, por la oposición.

La primera de sus historias, su primer gesto reprobatorio, es aquél en el que golpea con fuerza su cabeza contra la pared cuando la criada, en ausencia de su madre, se niega a darle chocolate con pan de dulce. Y desde entonces no se ha detenido. Tres grandes rebeliones tuvo: la del matricidio, la del placer y la del lenguaje, y de ellas sólo le queda una.

La primera es haber renegado de su madre, irse de Colombia, dejar esta patria carcomida por la religión, la ignorancia, el odio y la violencia para inventarse una vida por fuera. Pero regresó. De hecho, nunca terminó de irse, pues cada uno de sus libros, cada uno de sus cuentos de paisa hablador y mentiroso, fue solamente un capítulo de su regreso: el incesante regreso a Santa Anita, a su abuela, a la familia... Volvió siempre para ver cómo Medellín, el que mata y muere, lo ve morir.

La segunda, es declarar desde las primeras líneas de El fuego secreto (1986), de manera casi inocente y sin misterio, su condición de homosexual. Según refiere, fiestas, bares, calles, cualquier lugar era bueno para conocer muchachos y llevarlos a su casa. Y si bien la mención a su sexualidad nunca tuvo un carácter reivindicativo, sí se convirtió en uno de sus motivos fundamentales. Sin embargo, quien lea su último libro, El don de la vida (2010), se dará cuenta de que en éste el viejo se limita a recordar con nostalgia el apartamento a donde llevaba vergas monumentales, bien pegadas a sus donceles. ¿Dónde quedó el viejo atrevido que en La Virgen de los sicarios (1994) narra cómo se acuesta con Alexis, un sicario que muere asesinado, para hacerlo después con Wílmar, el que le disparó? A este viejo no le daba miedo ser marica, ni traidor. En su último libro le es suficiente con verlos pasear por el parque. Incluso refiere sin ningún pudor los pormenores de la noche en la cual sedujo a la esposa de un panadero, una veracruzana de 25 años con unas enormes tetas que lo hicieron invocar al Señor: “Qué tetas, por Dios, qué tetas”. Y, emocionado con las tetas, se embarca en una descripción minuciosa, detallada y precisa de la aventura... Él, que apenas había insinuado en Los días azules (1985) algún enamoramiento pueril de una monjita misionera. Él, que nos tenía acostumbrados a cerrar decorosamente la puerta cuando entrababa con los muchachos al cuarto. ¿Fue Dios quien lo trajo del lado de las tetas, o las tetas las que lo dejaron parado enfrente de Dios? Más bien lo segundo. Doble pecado, dos veces convertido: tan marica el viejo.

Y la tercera, la que aún lo mantiene en pie, erguido sobre su furia de misántropo ilustrado: la literatura. Fue músico, biólogo y director de cine, pero eso también parece haberlo dejado atrás. Ahora es, en definitiva, un escritor. Se dio a la tarea de inventar mientras reconstruía su recuerdo para ser otro. Estulto. La literatura es inocua, anodina. Pero no.

En El coloquio de los perros, una de las novelas ejemplares de Cervantes, dos perros descubren que por una noche tienen la capacidad de hablar, y hablan hasta que el sol asoma. Como Cipión y Berganza, pero al revés, en El don de la vida, el viejo y su contertulio hablan hasta que el repique de las campanas de la plaza dé las seis de la tarde y ellos deban callar. ¿Por qué lo hacen? Porque no tienen otra opción antes de que llegue la noche, que es la muerte. Porque no pueden hacer nada distinto para evitar dejar de ser. Igual ocurre en sus demás novelas, en las cuales se inventa para escribir y escribe para olvidarse. ?La voz es el recurso a través del cual Vallejo resiste el embate de la nada, que se prolongará hasta que el silencio venga y lo cubra el olvido. La ironía está en que, para contarse, tuvo que travestirse, convertirse en una mentira lúcida, dejar de ser en función del autófago que puso del otro lado.

Vallejo se dio cuenta pronto de que en una mano tenía el espejo y en la otra el martillo.

 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.