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El cazador de mitos

Él mismo es ya un mito de las ventas. Nunca antes libros de historia militar habían gozado del favor de tantos lectores. Beevor es un best seller fenomenal y, claro, tiene uno que otro enemigo.

2010/03/15

Por Santiago Villa Chiappe

Berlín, 1941. El embajador de la Unión Soviética en Alemania, Valentin Berezhkov, insiste en no soltar el teléfono hasta lograr comunicarse con el Ministro del Reich. Ha recibido noticia de extensas preparaciones militares por parte del ejército alemán en la frontera que cruza del Báltico al Mar Negro; desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche le responden lo mismo: el ministro no está y nadie sabe cuándo regresará.

En realidad, Von Ribbentrop se encuentra en su inmenso despacho, recorriéndolo de un lado a otro mientras planea cómo le dirá al embajador de Stalin que Adolf Hitler lo está invadiendo.

A las tres de la madrugada el embajador Berezhkov recibe una llamada del Ministerio: hay un automóvil que lo espera en la puerta y Von Ribbentrop solicita verlo de inmediato. Minutos más tarde el ministro le comunica que los ejércitos alemanes ya tienen la orden de avanzar por el frente oriental. El otro queda mudo. Finalmente balbucea una amenaza de indignación y se prepara para salir. “Dígales en Moscú que estuve en contra de este ataque”, alcanza a decirle el ministro antes de que el embajador abandone el despacho.

Antony Beevor sabe construir una narración sólida y envolvente. Stalingrado, su libro más aclamado, tiene la tensión de un thriller político. Pone al lector en el centro de la acción: sea en las oficinas donde los comandantes diseñaban estrategias o en las botas de la tropa. Presenta la guerra como una poderosa mezcla de burocracia, formalidades, intrigas, humo, fuego, órdenes contradictorias, cinismo y desesperación.

“Cuando hice la investigación sobre la batalla de Stalingrado”, dice Beevor, “para mí fue claro que necesitaba integrar la historia vista ‘desde arriba’ con aquella vista ‘desde abajo’, pues solo de esta manera lograba transmitir los verdaderos efectos que las decisiones tomadas en el Kremlin o en el cuartel general de Hitler tenían sobre la vida de los soldados y de los civiles atrapados en la batalla”.

Sus libros, sin ser novelas, tienen las mejores cualidades de la literatura. Beevor no solo es un investigador que hace trabajo de archivo con la minuciosidad del científico social, sino que también es un excelente escritor.

Tiene escuela. Antes de hacer historia escribió seis novelas. Confiesa que fue su manera de entrenar la pluma, y funcionó. Es una brisa de aire fresco poder llegar a través de los libros de Antony Beevor a un tema que generalmente era el terreno de oficiales retirados, quienes poca misericordia tenían hacia la impericia militar de sus lectores.

Este historiador británico es uno de aquellos curiosos revolucionarios que innovan porque retoman la tradición. En efecto, pareciera que no podría haber una temática más ortodoxa que la Segunda Guerra Mundial, ni una forma más arcaica de tratarla que la historia militar.

En 1995, cuando las obras que conmemoraban los cincuenta años del fin de este conflicto fueron un fracaso comercial, el tema parecía destinado a pudrirse en las bodegas editoriales. Tres años después se publicó Stalingrado, un libro dedicado a una de las batallas más famosas de aquella guerra. Los hechos hablan por sí mismos: Premio Samuel Johnson, Premio Wolfson de Historia, Premio Hawthornden de Literatura, traducido a veinticinco idiomas.

Antony Beevor logró hacer actual lo que antes parecía marchito.

Desde entonces ha publicado en español, a través de Editorial Crítica, Creta: la batalla y la resistencia, París después de la liberación: 1944-1949, Berlín, la caída: 1945, Un escritor en guerra y La guerra civil española. Pronto se internará en la campiña inglesa para escribir otra obra de gran envergadura. Esta última sobre el Día D.

Sus libros, que generalmente dedica a una sola batalla, comienzan a narrarla varios meses antes de que se libre. Presenta la manera como los distintos actores se reúnen en el lugar de combate. Acumula tensión, profundiza en los personajes, dibuja el contexto, nos adentra en los preparativos. Luego suelta la bomba. La estructura es puramente narrativa. El procedimiento, explicativo.

El tema de Antony Beevor es la guerra europea de mediados de siglo XX, que quizás resulta tan ajeno a la sensibilidad contemporánea como la inquisición española. El mismo autor explica por qué. “El contraste entre las actitudes políticamente correctas de hoy y las actitudes de hace solo cincuenta años es dramáticamente evidente. Con frecuencia los valores del tardío siglo XX se aplican a periodos más tempranos, y producen el efecto de distorsionar el pasado. Algunos historiadores se proponen analizar la conducta de los soldados sin hacer el menor esfuerzo de colocarse en su lugar. Los ideales políticamente correctos juegan un papel más que secundario en la violencia primitiva de los campos de batalla. En especial aquellos tan crudos como el Frente Oriental en la Segunda Guerra Mundial”.

Los historiadores resultan particularmente incómodos cuando se comprometen con la verdad. La memoria colectiva, si no cuidamos de verificarla y rectificarla, tiene la costumbre de ser transformada en relatos convenientes. Los héroes también son personajes siniestros y a pocos de sus seguidores les gusta que les mencionen los excesos que cometieron. En especial cuando se presentan como libertadores o víctimas.

Nos gusta pensar que el Ejército Rojo salvó al mundo de los nazis, que Eisenhower siempre colocaba las vidas civiles por encima de sus objetivos militares, y el cine español lleva casi dos décadas intentando convencernos de que el ejército republicano estaba compuesto por unos seres cuya naturaleza ética se encontraba bastante cercana a la de los ángeles.

Por presentar los hechos tal como acontecieron, Antony Beevor se ha ganado el resentimiento de uno que otro lector indignado. Eso suele ocurrirles a los cazadores de mitos. Cuando desmontan preciadas mentiras se oyen voces de protesta. Algunos optan conservar sus fábulas. Para quien prefiera verdades bien contadas, le recomiendo a Beevor.

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