Laura Vita, gran lectora literaria y admiradora de Mendoza.

El club de fans de Mario Mendoza

Mendoza no ha tenido mucha fortuna con los críticos literarios. Sin embargo, su obra es leída con devoción por un buen número de jóvenes. El escritor bogotano se presentará en el Festival de librerías de Arcadia el sábado 20 de septiembre a las 3:00pm.

2011/05/24

Por Francisco Barrios

He conocido a pocos escritores con tanto carácter como Mario Mendoza. Fui alumno suyo antes de que publicara su primer libro, y hoy, veinte años y diez libros después, él sigue hablando con la misma pasión de Paul Gauguin, de Stevenson, de Poe y de Lawrence Durrell, cuyas biografías y obras ha estudiado juiciosamente. Sin embargo, ningún crítico literario parece tomárselo en serio. En el 2002, cuando su novela Satanás obtuvo el Premio Biblioteca Breve Seix Barral, Ignacio Echeverría (Barcelona, 1960), tal vez el crítico literario más prestigioso del mundo hispano —y curador de la obra de Roberto Bolaño­— escribió en Babelia, el suplemento literario del diario madrileño El País: “Con sus interminables diálogos de teleserie y una prosa casi escolar, Satanás provoca perplejidad, primero, y finalmente desazón”. Carlos Guzmán Moncada, (México, 1968) crítico e investigador mexicano ganador del Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2005 y del Joan Fuster de Ensayo en 2007, empezó de esta manera su reseña del mismo libro para la revista Lateral: “Parece difícil que una novela pueda desconcertar para mal­ con tanta rapidez […]. Esta novela difícilmente habría llegado a las manos de un lector y sería objeto incluso de críticas como esta, si no fuese por los votos de autoridad que la han lanzado a la calle y le han hecho ocupar un sitio que no se merece en los estantes de las librerías”. Por su parte, Ricardo Bada (Huelva, 1939), columnista de prensa y traductor de Goethe, Brecht y Hans Magnus Enzensberger, entre otros, escribió en la Revista de Libros: “Confieso sin ambages que la única razón para hacer la reseña de Satanás es el hecho increíble de que le haya sido otorgado el Premio Biblioteca Breve, y por un jurado en el que no faltan, sino que son varios, los nombres de calidad reconocida”. Hacía referencia, entre otros, a Guillermo Cabrera Infante, Almudena Grandes y Jorge Volpi, miembros del jurado.

Tres años después, cuando Mendoza publicó Buda Blues, Luis Fernando Afanador (Ibagué, 1958), crítico literario de la revista Semana, tituló su reseña para la revista El malpensante “Un sancocho literario político y religioso” y, entre otras cosas, anotó: “Hay un momento en que el lector de este libro se plantea el siguiente dilema: si lo tomo en serio, lo abandono; si continúo, lo tengo que leer no en clave realista sino humorística”.

Pero en contraste con la opinión de los críticos, Mario Mendoza pone un anuncio en su muro de Facebook (red social en la que tiene una página de “comunidad” y no un perfil personal) y en cuestión de minutos tiene más de veinte comentarios, principalmente de lectores jóvenes, estudiantes de bachillerato o de universidad. Uno de ellos le pregunta si se trata realmente de él (“no sé si el verdadero tendría una cuenta en estas inútiles redes sociales”); otra de sus lectoras le anuncia que, gracias a sus novelas, ella se ha salvado de ser una consumista más y que ya no va a estudiar Medicina sino Filosofía y Letras. Uno más, que lo llama Maestro, le confiesa que después de leer La ciudad de los umbrales no puede ver a Bogotá de la misma forma. Y otro lo invoca: “Ven a firmar libros a Manizales, o simplemente ven...”. Y lo que resulta tan conmovedor como los mensajes es el hecho de que Mendoza les responda a todos con generosidad: intercambia ideas con ellos, les da consejos, les da importancia. 

Para su última novela, Apocalipsis, publicada por Planeta, y lanzada en la pasada Feria del Libro de Bogotá, el novelista quiso premiar a sus lectores y abrió una convocatoria de textos sobre su obra para que los autores de los tres mejores presentaran el libro. Una bacterióloga, una estudiante de diseño de séptimo semestre y un sociólogo que trabaja como profesor de literatura en un colegio de Sibaté fueron los elegidos. La carátula del libro también fue escogida por concurso y lo ganaron los jóvenes Mauricio Gaitán y Freddy Ospina.

Si uno considera la devoción que sienten estos jóvenes lectores por Mendoza, no puede sino concluir que se trata, en rigor, de un verdadero escritor de culto. Pero, ¿de qué tipo de culto se trata?

 Buena parte de sus novelas y cuentos tiene lugar en Bogotá, y esta ciudad, que el autor conoce como pocos, está poblada en sus relatos por indigentes y prostitutas que tutean, por detectives de mirada felina que fuman Pielroja, por profesores universitarios que manejan un Volkswagen y que depositan en sus clases “sus propias frustraciones, su tristeza, el estruendoso fracaso de su vida” y por secretarias que usan “lentes de carey”. Por lo general, el narrador suele ser un hombre de clase media que lleva una vida relativamente estable, aunque no exenta de curiosidad por el arte y por lo marginal, y que de repente se ve envuelto en una trama que lo lleva a conocer las entrañas de la ciudad, su lado oscuro. ¿Y todo esto qué le dice a un joven? Para responder a esta pregunta entrevisté a Laura Vita, una estudiante de noveno grado del Colegio Leonardo Da Vinci, de Bogotá.

Aunque a esta admiradora de Mendoza le parece que el autor es “un tris surrealista” en sus descripciones, admira de él que da la impresión de “saber de lo que está hablando”. Subraya también su postura radical en contra de la sociedad de consumo y, en cuanto a la uniformidad del habla de sus personajes (una de las críticas más frecuentes que recibe el autor), Vita la destaca como una cualidad: “Todos sus personajes hablan igual”, afirma, “y en ese sentido, no es clasista. ¿O es que todos los pobres tienen que hablar ñero?" Finalmente, elogia el “que no sea una diva”, haciendo referencia a esa familiaridad que Mendoza ha construido con sus lectores.

 El sábado 7 de mayo llegué diez minutos tarde al lanzamiento de Apocalipsis y tuve que apretujarme al fondo del Auditorio Jorge Isaacs, que estaba a reventar, para poder escuchar al autor. Uno de los asistentes le preguntó si, teniendo en cuenta su clara posición antiestablecimiento, no sería predecible que dejara de escribir, a lo que Mendoza respondió: “Al final hay que retirarse y yo vengo preparándome desde hace tres o cuatro años”. Y después de una pausa dramática agregó: “O quedarse y dar la batalla hasta el final”. Un joven que estaba detrás de mí murmuraba, como quien recita una letanía, “Quédate, quédate, quédate”. Pero, ¿de qué batalla hablaba Mendoza? Sin duda se refería al papel revolucionario que siempre le ha atribuido a los libros, y que aparece condensado en su novela Buda Blues: “Quien lee así, con rabia, desde una anarquía secreta, convierte los libros en armas, en fusiles, en granadas, en ametralladoras, y permanece la vida entera con el dedo en el gatillo”. A la pregunta de si en su obra había un mensaje para los lectores, Mendoza fue cauto: “Hay que tener mucho cuidado con el mesianismo. Yo no soy un predicador. Me encantaría ser un buen predicador, pero no tengo el talento”. ¿Pero no hay algo de prédica en su afirmación de que “el sistema”, del que hace buena parte el grupo editorial que publica sus libros, “está hecho para masacrar a los individuos”?

Cuando le pregunté por correo electrónico por esa divergencia de opiniones sobre su obra, la que hay entre los críticos y los jóvenes lectores, Mario Mendoza fue categórico: “Son los lectores, finalmente, la clave de todo esto. No la literatura para unos pocos, para elegidos, para intelectuales, sino la literatura para todos. Eso no significa que cuando usted está escribiendo, esté pensando en ser comercial, en vender mucho. No. Significa que al final del proceso, cuando usted ha construido el mundo que tenía que construir, cuando ha sido fiel a las voces que lo habitan, lo importante no es un puñado de críticos y dos o tres académicos. ¿Por qué privilegiar las opiniones de dos o tres fulanos? Es por eso que a mí la opinión de los críticos o de los académicos, a quienes conozco bien, porque ese es mi origen, me tienen sin cuidado”. Casi a la misma hora en la que recibí su respuesta, una de sus lectoras le pidió por Facebook un consejo para una escritora joven. Mendoza le contestó sin ambages: “Disciplina, terquedad, constancia, rigor. La inteligencia y el talento no son sino una ínfima parte. ?El resto es carácter”. Los críticos difieren.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.