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El contradictor impenitente

Viene al Hay Festival de Literatura, donde tendrá una charla con la excepcional periodista inglesa Rosie Boycott. ¿Quién es el hombre que ha juzgado con mayor severidad a Henry Kissinger? Perfil.

2010/03/15

Por Marianne Ponsford

Uno de los objetos de arte más bellos de la colección de armas del Metropolitan Museum de Nueva York es un cuerno para pólvora de unos cuarenta centímetros de longitud, grabado por el artesano Jacob Gray, en 1759, con un mapa del Valle del Hudson en el que se señalan los fuertes desde Albany hasta los Grandes Lagos y rematado en una esquina por un escudo de armas británico. Este objeto, con su poderoso simbolismo histórico y su amenazante y alevosa belleza –pólvora incluida, por supuesto–, podría alzarse como una justa metáfora de la inteligencia de Christopher Hitchens. Ésa es su mente: una portentosa y elegante herramienta de guerra.

Periodista, columnista, editor, lector impenitente, biógrafo y crítico literario, Hitchens es un prosista de exquisito maquiavelismo. Pero, sin lugar a dudas, su enorme fama tiene que ver con la esencia de su espíritu disidente. Hitchens, el contradictor, es un sistemático destructor de los clichés del bienpensantismo liberal. La larga lista de las víctimas de sus dardos va desde Bill Clinton (Hillary incluida) hasta la princesa Diana, pasando por la madre Teresa de Calcuta y Henry Kissinger. Cuando le han preguntado por las razones de sus duros ataques a los grandes símbolos de la cultura o del poder político, Hitchens ha asegurado que con el tiempo ha caído en la cuenta de que todos sus ataques han sido en realidad peleas entre él y el populismo. Que lo suyo ha sido siempre un ajuste de cuentas con las ilusiones liberales y un desenmascaramiento de las verdades aceptadas por las mayorías. “Pregúntele a un liberal si está en contra del fundamentalismo y le dirá que sí. Pero luego escuche su opinión sobre la madre Teresa –la más grande fundamentalista de la Iglesia Católica– y le dirá que es una santa”.

El tamaño de su erudición es francamente asombroso, y quienes lo conocen aseguran que ha logrado amasar en una sola vida la capacidad de conocimiento de una docena de hombres. E igual de deslumbrante es la minuciosa intensidad de sus pasiones. De George Orwell (sobre quien ha escrito una biografía intelectual imprescindible: Why Orwell Matters) a Marcel Proust, de Émile Zola a Payne y a Jefferson, Hitchens ha logrado consolidar una reputación intelectual tan sólida como temible.

Hitchens nació en Portsmouth, Inglaterra, en 1949, y estudió en Cambridge, en un colegio metodista pero de espíritu liberal, el Lyes School, que ha tenido en su nómina de estudiantes a personajes tan sobresalientes como Malcolm Lowry (Bajo el volcán), J.G. Ballard (El imperio del sol) y a sir Andrew Wiles, el matemático que logró resolver el último teorema de Fermat. Después fue recibido en el Balliol College de la Universidad de Oxford, tal vez el colegio universitario más prestigioso y sin duda el más apetecido por los estudiantes con inclinaciones políticas (para darles una idea, la tortuga mascota del colegio se llama Rosa, en honor a la gran pensadora marxista alemana Rosa Luxemburgo). Allí se graduó en Economía, Política y Filosofía, con calificaciones aceptables pero nada deslumbrantes. Y eso –sé que me entienden– habla bien de él.

Desde aquel entonces Hitchens ya escribía con el brío pendenciero que se convertiría en su marca de agua. Lo hizo primero en la revista de la Internacional Socialista (organización de la que era miembro) y luego en el New Statesman, la revista icónica de la izquierda radical británica, fundada con el apoyo de sir George Bernard Shaw. Se involucró de lleno en la militancia de izquierda radical de los años sesenta, organizando protestas contra la invasión de Checoslovaquia, apasionados debates sobre la Unión Soviética y reuniones con los admirables disidentes de las feroces dictaduras africanas de la época. No había cumplido veinte años y ya eran famosos sus bluejeans raídos y su aspecto descuidado.

En su libro Experiencia, su gran amigo Martin Amis relata una anécdota que ilustra bien el soberbio talante contradictor de Hitchens. El año es 1989. Amis había invitado a Hitchens a conocer a su mentor literario, nadie menos que el premio Nobel Saul Bellow, y durante el largo trayecto desde Cape Cod hasta Vermont, donde los Bellow los esperaban para cenar, Amis –conociendo de sobra la dura posición de Hitchens con respecto a la creación del Estado judío– le suplicó a Hitchens que evitaran el tema del Estado de Israel, tan caro y delicado para el viejo Bellow. Pero Hitchens no conoció la piedad esa noche. A pesar de las desesperadas patadas que le daba Amis debajo de la mesa, la implacable inteligencia de Hitchens destruyó minuciosamente, uno por uno, todos los argumentos de Bellow con una cascada de datos históricos apabullante. Hacia el final de la noche, un silencio gélido y un Bellow encogido y hermético cerraban el desastroso final de la velada. Sólo una concesión tuvo esa noche Hitchens: “Me disculpo si he hablado demasiado, pero no podía dejar que hablara así de Edward Said. Es mi gran amigo y me hubiera sentido muy mal si no lo hubiese defendido”, dijo. “¿Ah, sí? ¿Y cómo se siente ahora?”, le musitó Bellow de vuelta.

Esa anécdota adquiere su verdadera dimensión a partir de un hecho estremecedor. La madre de Hitchens, quien se suicidó en 1973, ocultó durante toda su vida a su familia que era judía. Hitchens se enteró muchos años después, gracias a la confesión de su abuela. Pero aun así, Hitchens nunca le ha mezclado asuntos de sangre a su compleja inteligencia.

Cartas a un joven disidente es un libro perfecto para comenzar a leer su obra. Profundamente inspirador –es uno de esos libros que lo invita a uno a hacer de la rabia una fuerza creadora– e inspirado parcialmente a su vez en las Cartas a un joven poeta, de Rilke, en él Hitchens dibuja un brillante retrato no sólo de la esencia del espíritu radical, y de lo que significa una vida dedicada a la disidencia, sino de la inmensa influencia que un solo individuo auténticamente rebelde (término que salva del desdén condescendiente que le ha endilgado la sociedad) puede tener sobre su tiempo. “Si bien el coraje no es en sí una de las virtudes primarias, es la cualidad que hace posible el ejercicio de esas virtudes”, dice Hitchens en este libro, citando a los antiguos. Buena frase para sacudir el espíritu entre timorato y amargo (la amargura es una forma postrera de la cobardía) que se ha apropiado de muchos intelectuales en Colombia.

Hitchens continuó con una brillante carrera como editor del Times Educational Supplement, en Londres, y hace ya algo más de veinte años decidió irse a vivir a los Estados Unidos. Una vez allí, se instaló en Washington, donde comenzó a escribir para muchas publicaciones norteamericanas como The Nation y el Altantic Monthly. Hoy, la mayoría de sus columnas pueden leerse en internet. Tiene una mensual, en ocasiones muy divertida, en Vanity Fair, y otra semanal, política, en la magnífica revista para internautas Slate. Es en esa última columna donde ha sentado con contundencia su posición sobre la guerra de Irak, país que ha visitado innumerables veces desde hace décadas. (De hecho, este artículo quiso ser inicialmente una entrevista, pero cuando ya creíamos haberlo localizado en Basra, el hombre estaba en un avión rumbo a Bagdad, y cuando ya jurábamos tenerlo ubicado en un hotel en el centro de la ciudad, el hombre andaba cenando en casa de Jalal Talabani, el presidente iraquí. No hubo caso.)

Los libros que le han merecido a Hitchens el epíteto de disidente han sido, fundamentalmente, tres. Su brutal libro contra Bill Clinton y su esposa Hillary, su juicio a Henry Kissinger y su breve y estupenda diatriba contra la madre Teresa de Calcuta. Pero no vayan a creer que aquí acaba la lista. No tienen pierde sus mortales ataques a Ronald Reagan y a Kofi Annan, o su insólita pelea pública con su propio hermano Peter. O su genial y despiadado ataque a Michael Moore, sobre quien no sólo escribió un famosísimo artículo sino también una biografía crítica a cuatro manos con Palash Dave.

El juicio a Henry Kissinger es uno de los alegatos más brutales, más devastadores y mejor sustentados que he leído contra un político. No en vano la revista Literary Review dijo de él que si Henry Kissinger valoraba su reputación, debería demandarlo. (Lo curioso es que Hitchens acabó demandándolo a él después.) En ese libro, con un rigor que mezcla el espíritu de ratón de biblioteca con el de hábil espía de la guerra fría y el de investigador justiciero, Hitchens desmenuza cinco casos (Indochina, Bangladesh, Chile, Timor del Este y el affaire Demetracopoulos) de manera tan metódica y rigurosamente documentada, que clama por un tribunal de guerra para el ex secretario de Estado norteamericano, reputado estadista y astuto hombre de negocios. Tras su lectura, uno sólo quisiera ver a Kissinger en un avión rumbo a la corte de la Haya. Hitchens lo responsabiliza directamente de la muerte de más de medio millón de camboyanos; del golpe de Estado de Pinochet y del asesinato, entre otros, del general René Schneider (defensor de la Constitución y, por tanto, de Allende); de ser cómplice –con Gerald Ford, tan alabado en su muerte por nuestros torpes medios locales– de la invasión de Timor del Este (murieron 250.000 timorenses) por parte de la dictadura de Suharto en Indonesia; y del tenebroso hostigamiento al periodista disidente griego Elias Demetracopoulos, refugiado en Washington, que tenía como objetivo enviarlo de vuelta a Grecia para ser asesinado por la junta militar en una prisión de Atenas.

Seis años antes, en 1997, había publicado La posición del misionero –un título para doblarse de risa–, su alegato contra una supuesta santa viviente. Con un estilo curiosamente casi opuesto al del libro contra Kissinger, mucho más narrativo y suelto, de tono más discursivo que investigativo (por obvias razones), Hitchens pulveriza el aura dorada de la beatificada monja, que no sólo jamás tuvo reparos en elogiar a dictadores como el criminal Jean-Claude Duvalier de Haití con tal de obtener dinero y espacios mediáticos para su militancia antiabortista, sino que revela la manera infame e impía como la monja practicó, en la vida real, la caridad. El librito es un fabuloso ejemplo de audacia argumentativa.

Pero Hitchens, como era de esperarse, también está lleno de contradictores y a lo largo de su carrera ha acumulado una masiva lista de odios apasionados. La lista aumentó dramáticamente hace unos diez años, cuando Hitchens comenzó a atacar los presupuestos de la izquierda angloamericana. Perdió más de la mitad de sus reverentes seguidores, pero no cabe duda de que se ha convertido en el reto más desestabilizador e incómodo de la izquierda contemporánea. Sus antiguos colegas no le perdonan su adhesión al gobierno de Bush en la guerra de Irak, y lo han llamado traidor una y otra vez con sanguinaria alevosía. Lo han acusado de haberse convertido en el tonto útil de la derecha más recalcitrante, pero Hitchens se ha defendido como un león, y su desbordante elocuencia verbal, unida a la vanidad de su espíritu competitivo –perversa y deliciosamente masculino-, ha logrado que jamás pierda una discusión.

En sus columnas, uno intuye una personalidad inclinada a algo así como una educada desmesura. Los chismes dicen que es muy buen amigo de Johnny Walker (si han leído La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe, les cuento que el odioso personaje del escriba borracho está basado en él), y fuma los largos cigarrillos Rothmans como un condenado. De hecho, tiene expreso permiso del Hay Festival para fumar en el escenario. Pero como corresponde a los espíritus de inteligencia demoníaca, es un extraordinario amigo de sus amigos y un hombre de una generosidad infinita. Uno de sus amigos asegura que tiene la rara cualidad de estar siempre ahí, como una aparición, en el momento en el cual más se lo necesita. (Es curioso, pero en esto recuerda inevitablemente a dos maravillosos contradictores colombianos: Alberto Aguirre y Antonio Caballero.) Su sencilla declaración de amor fraterno a Martin Amis, en una dura pelea tras la publicación por parte de este último de Koba, el temible, es de una valentía conmovedora.

Pero si tuviéramos que destilar un rasgo esencial, Hitchens es un hombre apasionado por la idea de la verdad. Si estamos de acuerdo en que la moral sin inteligencia produce seres humanos insípidos y la inteligencia sin moral produce seres humanos despreciables, Hitchens es un raro ejemplo de moral e inteligencia ensambladas con clarividente terquedad. Alguien que sabe detectar las mentiras heredadas o construidas por los medios, un desafío insolente a nuestra cómoda aceptación de los clichés en los que navegamos en la vida diaria. Y un hombre que si tiene que atravesar el mundo para desenmascarar a un tirano o echar abajo un pedestal y la estatua que sostiene, va y hace un caminito de pólvora, prende la mecha de su rutilante cerebro, y todo aquello estalla en mil pedazos. Después, que otro venga a recoger.

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