El escritor español Enrique Vila-Matas estuvo en Bogotá participando en el Festival Malpensante.

El día que Gombrowicz no fue más Vila-Matas

Stanislaus Bhor* hace una crónica sobre la visita de Enrique Vila-Matas a Bogotá, dentro del marco del Festival Malpensante.

2010/07/16

Por Stanislaus Bhor

I. Llueve, en el norte de Bogotá, como en las mejores páginas de literatura irlandesa. Las casas lujosas están cubiertas por neblina. Al occidente desciende un sol pálido, vampírico. El ambiente es puro Vila-Matas. Para entrar y oírlo en el colegio Anglo-colombiano hay que pagar una boleta tan costosa como la que hay que pagar para ver a una estrella de rock. No hay problema. La recibí de cumpleaños. Pero eso no quita el regusto amargo de la boca: los escritores no son estrellas de rock. Por el mismo valor podría comprar Dietario Voluble en las librerías del centro.  Sólo en ese libro pueden leerse diez conferencias elaboradas con ideas similares a las que vendrán ahora en formato entrevista. Los libros de Vila-Matas están plagados de ideas, de conferencias imaginadas. Doy una vuelta por el colegio donde estudian los ricos. Esnobismo puro. Afectación en los rostros. Todos tienen el ceño fruncido y parecen hablar sobre cosas muy serias. Me tomo un café sin ideas. En la mesa de al lado el coctel está servido en las sillas: la mezcla explosiva de un crítico argentino con una crítica colombiana. En la de más allá, César Aira, o alguien que se le parece demasiado. La literatura desvalida frente al espectáculo. Algo se opone a su naturaleza: si nace del silencio y la soledad, ¿cómo puede convertirse en un show de imposturas? Hace unos años, el escritor Mario Bellatin fabricó un simposio de escritores latinoamericanos en París. Críticos y académicos entusiastas viajaron de varios rincones de Europa para estar frente a frente con autores que eran las víctimas de sus tesis doctorales. Al final del viaje se encontraron con un falso simposio y una caterva de actores adiestrados para interpretar las ideas, gestos, posturas y textos, y no a los autores en persona. Por poco lo linchan, a Bellatin. Pero no aprendimos la lección, y aquí estamos de nuevo, dispuestos para otra puesta en escena.

Salgo a buscar el auditorio donde lo entrevistarán. Falta aun media hora para el acto. ¿Soy el primero en llegar? No. el grupo empieza a configurarse. Rostros jóvenes, con la avidez del que acude a un escritor consagrado como quien visita a su gurú espiritual. Quieren oír el secreto. Me aíslo en un pilar del edificio y reviso sus trajes. Buenas ropas. Buen zapato. Yo he traído la misma camisa con que vi a Gay Talese hace cinco años (Mismo evento. Distinto auditorio) Sé que mi ropa es vieja y ajada, y eso me marca. Por suerte, mi dama dijo de camino algo aleccionador: el que se viste de clásico no pasa de moda. El mismo aforismo podría usarse para la literatura de Vila-Matas. Reviso ahora las manos de los asistentes. La mayoría esgrime un libro gris con la misma portada. Trato de leer los títulos. No hay duda: Dublinesca, recién salida del horno. Editorial Anagrama. Leí en el periódico que trata de un editor que asiste a la muerte del libro (como formato), es decir a la “era Gutenberg”. Vila-Matas hace alta literatura hasta con el fin de la literatura. ¿Pero por qué no tituló Dublinesa? Dublinesca suena a mamarracho. Como chinesco. Dublinesa a gran dama, pero sin la oclusión afónica. Leí también que hace tres meses, en el lanzamiento del libro, en Buenos Aires, una muchedumbre enardecida se arrojó contra Vila-Matas para obtener su rúbrica. Difícil que pase aquí, porque el fanatismo literario y futbolístico en Colombia no supera el de los argentinos. En cualquier momento, si permanezco a la puerta del hall, lo veré pasar convertido en humano. Él está en la cumbre de su carrera como escritor. Yo no he publicado nada, y ser escritor no es tener dos libros inéditos, sino publicados. La semana pasada, en Medellín, hallé por casualidad un libro mínimo que llamó mi atención por el título: Tratado de las cosas humildes. Es un diario. Un diario heterodoxo, compuesto por biografías de objetos, tragedias inéditas, semblanzas anónimas y crónicas poetizadas de un gran escritor olvidado (como debe haber uno por cada país). Sé que Vila-Matas es un coleccionista de autores raros. Traigo ese libro conmigo porque se me ocurrió obsequiárselo, si encuentro la oportunidad. Me acerco a la puerta del hall. Ha llegado el escritor que lo entrevistará: Óscar Collazos. Coñazos, lo llamaron a mediados de los 70s del siglo pasado cuando se enfrentó a Cortázar en una correspondencia polémica donde arrostraba al argentino por seguir fiel a la revolución cubana. Está plantado junto a la puerta. Responde a un llamado del móvil y pregunta si ya viene. Supongo que pregunta por Vila-Matas. Deben decirle que sí, al otro lado, porque anuncia que lo esperará dentro del edificio. Ya viene, registro mentalmente. Saco el libro con rapidez y escribo en la primera hoja lo único que se me viene a la cabeza “para E.V.M, un Robert Walser en Colombia”. Walser es uno de los escritores preferidos por Vila-Matas. Supongo que si no tira el libro en el primer tarro de basura que encuentre, y lee la nota, le entrará alguna curiosidad (“¿Robert Walser en Colombia?”) y leerá algo. De ahí en adelante, el libro se defenderá solo. Un autor que haya escrito “¿Para qué saber qué hora es, si todas tienen los mismos minutos? ¿Para qué consultar el minutero, si el tranvía siempre llegará, si siempre subirá el sol al cenit, si siempre nos ha de sorprender el agua, si siempre nos cobrarán las cuentas pendientes, si siempre hemos de arribar a la casa, y siempre, queramos que no, hemos de morir en cualquier momento que el reloj no puede dejar de medir y señalar con su índice irónico? ¿Para qué esperar lo que ha de venir?, ¿lo que vendrá aunque no existiesen los relojes?”, un desconocido que escriba algo como eso no será más un desconocido.

Cuando levanto la mirada del libro tengo a Vila-Matas justo enfrente de mí. Nadie, ni siquiera el que lo entrevistará, advierte la llegada del escritor. Por unos segundos está tímido, a pesar de ser un hombre macizo, imponente. Tiene cejas espesas, muy marcadas como las de aquellos que fueron amamantados por nodriza mora, y los ojos demasiado separados, casi un palmo, ojos inteligentes, excitados, de toro, de lidia. Me sudan las manos. Estoy tan cerca que percibo un perfume vago de mujer. Tal vez se encontró un harén por el camino. No seré capaz de darle el libro, aunque en teoría sólo tendría que estirar el brazo para ofrecérselo. Cuando lo vean en el hall, vendrán por él a rogar su firma. Hago un esfuerzo por derrotar la perplejidad de encontrármelo al fin de frente, y estiro el brazo. “Vila-Matas, que aquí le mandaron”. No sé si hay sorpresa o fastidio en su gesto. Tampoco me quedo a averiguarlo. La gente empieza a alborotarse. Hablan más duro y lo señalan. Algunos empiezan a rodearlo. El toro espera, desafiante, firme, sin echarse atrás. Antes de que lo acribillen con sus propios libros, el maestro de ceremonias lo rescata y le lleva por un pasillo adyacente, restringido al público.

 

II. Me ubico en la segunda hilera del teatro. Cuando empieza la entrevista, parece tímido. Posee una voz paciente que espera al pensamiento mientras acaba de configurarse la idea. Los hombros enjutos, las manos empalmadas y aferradas al micrófono como si fuera un revólver y estuviese a punto de darse un tiro. A mi lado pasa un señor de bigote oscuro y pelo encanecido cuyo perfil me parece familiar. Vila-Matas saluda a Álvaro Mutis que está dentro del público. El anuncio cae como una bomba (pero de confeti). La gente busca a Mutis. Yo busco la mirada de Vila-Matas y veo que apunta al viejito que se ha sentado a mi lado. El moderador desmiente que sea Álvaro Mutis y sugiere que es otra distorsión de la realidad muy al estilo de Vila-Matas. La tensión perturba el rostro del escritor. Ahora menos que nunca parece una estrella de rock, o de cualquier constelación. Se requeriría de un punto de giro brutal (como los que cambian los argumentos de sus novelas a mitad del libro) para limpiar el ambiente. En El mal de Montano hay un momento en que el narrador, Rosario Girondo, le dice al lector que todo lo narrado es mentira, que el viaje a Chile nunca ocurrió, que uno de los mejores personajes del libro no existe y otras cosas así que causan un cortocircuito en la memoria del lector. El momento exige algo como eso para echar a andar la entrevista. Vila-Matas está abochornado, incómodo en una silla demasiado estrecha para su volumen y en un escenario tan grande y desnudo y con un reflector tan ofensivo haciéndole ver a Mutis donde sólo hay canas. Entonces pasa: Oscar Collazos sufre un lapsus, un desliz del habla, una traición de la memoria, y confunde el nombre del entrevistado con el de otro escritor doméstico al que quizá le entusiasmaría aun más entrevistar. Lo llama “García Márquez” a Vila-Matas. Una vieja adoración del entrevistador, que también es periodista, además de columnista en un periódico. La gente ríe. Vila-Matas ríe. Su risa es convulsiva, refrescante. Es un sinsentido revitalizador, un momento ferdydurke, como los que amaba Gombrowicz, tan caro a Vila-Matas. Es el gesto que exigía la mente de Vila-Matas para movilizar su infantería. Ahora fluyen las ideas. Los temas afines y esenciales en él: vidas falsificadas, escritores que dejan de escribir, vanguardias estéticas (y estáticas), literatura y realidad, literatura y enfermedad, comienzo del fin de los libros, coincidencias librescas, Joyce, Beckett, Walser, citas falsas… Cualquiera que se haya apasionado por sus libros sabe que está repitiendo lo que ya ha escrito muchas veces. ¿A qué vino la mayoría de gente que está en este auditorio? No lo sé. ¿A qué viniste tú?, me pregunto. A oír tal vez esta historia que narra ahora con magnífico cinismo:

“Yo empecé queriendo ser un escritor raro al estilo –me dije- al estilo de Gombrowicz. Me había hecho a una fotografía de Gombrowicz en Polonia, y me gustaba como vestía, su actitud; y me empecé a imaginar qué era lo que escribía, la naturaleza de ese escritor. Durante años estuve imitando a Gombrowicz sin haberlo leído. Un día, cuando ya había publicado bastantes libros, me encontré con un libro de Gombrowicz y quedé sorprendido porque no tenía nada que ver con lo que tenía en mente. Pero entonces, una vez maestro, había adquirido un discurso propio, tratando de copiar al otro”.

Sí, Gombrowicz no es más Vila-Matas.

 

*Blogger. Sus cuentos, críticas y reportajes han aparecido en Arquitrave, Hermano Cerdo y Casa de las Américas. Publica una crítica ácida cada semana en http://www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com/

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