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El emigrado

Hace poco se publicó en Alemania un libro con la correspondencia entre W.G. Sebald y Theodor Adorno. Aunque inédito en español, las cartas dan cuenta de la vida de un escritor capital del siglo XX, que conoció la fama tardíamente y murió de manera inesperada. Un homenaje a seis años de su muerte.

2010/03/15

Por Esther Andradi

En tiempos de velocidad extrema, el escritor W.G. Sebald hizo un culto del caminante. Malogrado tempranamente, en lo mejor de su carrera literaria, aclamado por la crítica en francés, en español y en inglés, cuando Susan Sontag lo catalogaba ya como el futuro Nobel alemán y su novela Austerlitz era best seller en Londres, Sebald se moría. Fue el 14 de diciembre de 2001, muy cerca de su casa en Norwich, en la costa este de Inglaterra donde residía desde hacía casi treinta años. Mientras conducía junto a su hija, el escritor tuvo un infarto, perdió el control del vehículo y se estrelló contra un camión. Terminaba así, abruptamente la vida de Sebald, para quien la escritura era una forma de recordar. “Los muertos siempre me han interesado más que los vivos, escribió. Los cementerios me han atraído desde niño, y no creo que sea morbosidad. Lo que a mí me interesa es de qué personas se trataba, y en ello también tienen que ver las ideas. Recordar a los muertos nos distingue de los animales”. A seis años de su pérdida, vaya pues este esbozo de las huellas de su vida.

La Algovia

Wertach es un pequeño pueblito de unos dos mil quinientos habitantes en la Algovia alemana, rodeado de prados y ondulantes colinas que se estiran a los pies de los Alpes. En este paraíso para caminantes y esquiadores, que bien podría ilustrar una postal para Heimat, esa intraducible palabra alemana que sintetiza hogar, terruño, pago chico y hasta país, según se la utilice, nació en mayo de 1944 el escritor W.G. Sebald. “Soy un resultado del nazismo”, decía refiriéndose amargamente a ese nombre –Winfried George– que detestaba y por eso prefería llamarse con su tercer apelativo, Maximiliano, y ni siquiera completo, apenas Max. Su padre era oficial de la Wehrmacht y por eso la familia abandonó pronto el pequeño pueblo para instalarse en Sonthofen, donde había una importante guarnición militar construida por los nazis –y que aún existe, ahora de la Bundeswehr–, fue una lástima mudarse, iba a separarse del abuelo, “la persona que más amaba por sobre todas las cosas”, según confiesa en sus escritos, porque con él aprendió a descubrir la naturaleza en infinitas caminatas siendo niño.

Tras la capitulación alemana en 1945, el padre fue prisionero de guerra de los franceses y liberado recién en 1947, para continuar poco más tarde la carrera militar en la Bundeswehr, las Fuerzas Armadas de Alemania Occidental. Ese padre era poco o nada conocido por sus hijos, W.G. y sus dos hermanas. El escritor recuerda esa presencia extraña, la forma de rasurarle el pelo, la navaja tan cerca de la nuca, y después ya siendo mayor, cuando vio por primera vez las pinturas de Judith y Holofernes comprendió su pánico de niño. A sus cinco años, escribe W.G., seguía sin acostumbrarse a ese personaje “empleado” en Sonthofen, a quien veía solo los fines de semana. Nunca llegó a entenderse bien con él, y nadie más lejos de aquel hombre de carrera castrense, que este hijo cuyo primer entusiasmo era la lectura. Siendo niño Sebald se impresionó tanto al ver las ruinas de Munich durante un viaje, que la visión de esa ciudad bombardeada cubrió de sombras el idílico paisaje natal y marcó el fin de la infancia. La naturaleza de la destrucción, las ruinas como tatuajes de la depredación humana y la reconstrucción de las ciudades como forma del olvido no van a abandonarlo en el futuro.

Norwich

A finales de los años cincuenta, cuando Alemania estaba en pleno milagro económico, los escombros habían sido sustituidos por ciudades renovadas y luminosas, y la educación de historia terminaba con la primera guerra mundial. En ese entonces Sebald comenzaba sus estudios de germanística en Friburgo, en la Selva Negra. Así estableció contacto con el filósofo Theodor Adorno –acaban de publicarse un intercambio de correspondencia de ese período–, con las ideas de Marcuse y el Juicio de Fráncfort contra criminales del campo de concentración de Auschwitz, el proceso más importante de la posguerra alemana, llevado a cabo casi veinte años después de la capitulación. Desde entonces la crítica a su país, a esa Alemania próspera y parcialmente amnésica, fue una constante en su vida. Tal vez por eso decidió partir. Prosiguió sus estudios en Suiza y a los veintiún años le llegó una propuesta de docencia en Manchester, Inglaterra. Por primera vez conoció emigrados judío-alemanes, obligados a exiliarse para no morir y aquellos a quienes el milagro alemán había excluido de la mesa de invitados. Leyó entonces a Peter Weiss, judío-alemán refugiado en Suecia, y a Jean Amery, sobreviviente de Auschwitz, y se identificó definitivamente con las víctimas. Poco después obtuvo la cátedra de Literaturas Europeas en la Universidad de Norwich, en la costa este de Inglaterra. Y se quedó.

Casi veinte años más tarde inició una intensa carrera literaria, siempre en su lengua materna, y expresó la memoria de un siglo en relatos que no pretendían encerrar la audacia de un experimentador sino expresar el tono de la lengua hablada. Sus libros registraban una sorprendente erudición, en ellos reunió ensayo, documentación, ficción, hallazgos de la ciencia, la historia, la filosofía. Nunca se sabe si sus personajes son verdaderos o ficticios y ni siquiera si ese narrador llamado W.G. Sebald es el escritor o un homónimo, todo está en cuestión, al borde de la realidad, pero siempre verosímil. Su idioma, que puede enloquecer a sus traductores por la diversidad de temas y detalles que suele contener un mismo fragmento, lleva la marca del escritor que vive en otra lengua: ninguna palabra es inocente. El poeta alemán Hans Magnus Enzensberger, el primero en editar al compatriota emigrado, relata así su encuentro con esta escritura: “Cuando tuve en mis manos por primera vez el manuscrito de Vértigo no podía creer lo que leía. Era una maravilla que alguien pudiese escribir así, era alemán, sin duda, pero un alemán diferente, fuera del tiempo...y quise más. Y lo publiqué en la colección La otra biblioteca y así lo di a conocer en Alemania”. Pero fue en inglés, traducido bajo su supervisión, la lengua en que la obra de Sebald se consagró definitivamente. En el año 2000, la escritora Susan Sontag escribió en The Times. “Vértigo, la tercera novela de Sebald traducida al inglés, fue el punto de partida. Apareció en alemán en 1990, cuando su autor tenía 46 años; tres años después vino Los emigrados; dos años más tarde Los anillos de Saturno. Cuando Los emigrados se tradujo al inglés en 1996, la aclamación lindó con la reverencia. Ahí estaba un escritor magistral, maduro...”.

En 2001, su novela Austerlitz, la historia de ese hombre que deambula por Europa en busca de sus raíces arrancadas, desaparecidas y exterminadas en un campo de concentración, batió récords de venta en inglés, francés y español. Solo Alemania le seguía siendo esquiva.

Il ritorno in patria

En Vértigo, las historias de caminantes se cruzan. El escritor Stendhal atraviesa los Alpes con el ejército napoleónico, Kafka rehúye su compromiso matrimonial trepándose a un autobús y el mismo Sebald, de regreso de un viaje a Italia, decide retornar al lugar de su infancia y del pasado nazi y de donde provienen sus personajes de Los emigrados. Se trata del capítulo “Il ritorno in patria”.

Era una tarde de noviembre cuando un ómnibus lo depositó en Oberjoch, el puesto fronterizo con Austria, y desde ahí comenzó el descenso a pie, unos doscientos metros pasando por paisajes diferentes: el Tolbe, con su belleza salvaje; la capilla de Grumbach al pie de la montaña inauguraba la planicie entonces cubierta de nieve, y más tarde el río Wertach irrumpiendo con toda su velocidad en la bajada.A medida que iba caminando lo azotaban el frío y la niebla en el descenso a la cueva oscura del origen, y el paisaje idílico se rasgaba desde el horror de las víctimas y la indiferencia de los que todo lo ignoran.

En noviembre de 2004, poco antes de cumplirse el tercer aniversario de su muerte, la comuna de Wertach inauguró el sendero que lleva su nombre, un recorrido de unos doce kilómetros que atraviesa montañas, valles, pastos de un verde insuperable y un río encañonado. En julio pasado decidí emprender ese camino con el poema de Sebald Del natural en la mochila y una cámara de fotos descartable hecha en México, que compré por siete euros en el pueblo con la ilusión de registrar imágenes que fueran a su vez pausas en este recorrido, de la misma manera que el escritor propone en sus libros. El taxista que me llevó a la frontera con Austria, donde comienza el sendero, se llamaba Seenfelder y nació en 1934.

—Ah, sí, claro que lo conocí –me cuenta–, la familia Sebald vivió en la planta alta de nuestra casa hasta que se mudaron a Sonthofen. Pero él era mucho menor que yo, así que no tengo muchos recuerdos…

–¿Lo ha leído? –pregunto.

–Sí –afirma con orgullo, y el dialecto de la Algovia pone un sonido especial a sus palabras–, aunque hay que leer varias veces la misma frase para entenderlo, ¿no?, leer y pensar, y dejarse llevar por ese pensamiento, se necesitan muchos días, ¿no es cierto?, para saber qué significa cada párrafo. Y así da gusto leer.

Es julio y soleado, la capillita de Grumbach huele a nardos, es pequeña, aquí (según cuenta Sebald) se refugió de la nevada, y aquí vio las crueldades que un pintor poco talentoso dejó estampadas en el vía crucis; ahora un grupo de chicos juega en las cercanías y la capilla está recientemente renovada, tan blanca que encandila. ¿Cuántas veces necesita volver el viajero para retornar de veras? Frente a la belleza zumbante del entorno, a lo largo del recorrido, parece emerger con luz irresistible, la huella de los personajes de esa región que no pudieron volver y que Sebald registró en ese idioma donde la palabra migrar tiene la misma raíz que caminar: Wandern.

Buscando sus huellas, creí encontrar a Sebald en diferentes momentos de su vida. En la criatura que observaba las lápidas del cementerio de Wertach frente a la gigantesca estatua de un soldado en memoria “a los muertos por la patria” durante la Primera Guerra Mundial, en el joven viajero en la estación de tren con un libro en las manos y ese bigote indagador, en el hombre que ascendía por la montaña junto a esa niña, su hija, con un bastón para afirmarse, el sombrero en la mano y esa digna actitud del que no es de ninguna parte, de quien no sabe dónde estará mañana.

“Al final /solo quedarán / los que quepan sentados/ alrededor de un tambor/”, predijo Sebald en Sin contar, su libro póstumo. Sin drama y sin grito, con una serenidad cercana a la meditación, mientras revela las ruinas del siglo, el dolor de los árboles quemados y la amnesia de las ciudades, su literatura traspasa los estragos del tiempo. Haciendo memoria.

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