El novelista Gary Shteyngat ha logrado gran reconocimiento por su novela Absurdistán, nombrado libro notable del año por The New York Times.

El emisario de Absurdistán

En el 2006, cuando Absurdistán se publicó en Estados Unidos, los principales medios lo declararon al unísono libro notable del año. Gary Shteyngart (nacido Igor, en San Petersburgo) tiene el don de la caricatura.

2011/01/25

Por Manuel Kalmanovitz G.

El oficio de la sátira es ideal para el mundo del presente. En momentos donde no se sabe bien cómo son las cosas y la realidad a veces parece chiste y a veces tragedia y a veces las dos a la vez, cuando el orden del mundo no está nada claro y las buenas intenciones parecen invenciones míticas o producto de la superstición, ahí entra la sátira y fustiga todo, ridiculizando, condenando, señalando el caos que la rodea.

 

En un mundo ordenado y lleno de gente buena, la sátira no tiene tanto sentido. Pero en un mundo de gente fallida, mezquina, mañosa, la sátira es una de las pocas respuestas posibles para no perder la cordura.

 

Para escribir sátiras hay que tener una suerte especial (si es que a eso puede llamarse suerte): nacer en épocas desordenadas, idealmente en medio de imperios que se derrumban, y Gary Shteyngart, invitado al Festival Hay, tuvo esa suerte por partida doble.

 

“Tuve la fortuna de nacer en la URSS y luego emigrar a los Estados Unidos, así que he vivido en dos imperios fallidos o a punto del colapso. Eso crea una maravillosa tensión dramática y una visión inusual del mundo”, explicó Shteyngart por email. “Como la mayoría de escritores, no es tanto que yo haya escogido mi tema, sino que él me escogió a mí”.

 

En Absurdistán, publicada por Alfaguara, puede verse el extraño baile que se da entre esas dos culturas fuertes, la rusa y la estadounidense, mirándose mutuamente sin terminar de entenderse.

 

El personaje principal es Misha Vainberg, el hijo de un inescrupuloso millonario ruso, un gordo de 150 kilos, víctima de una circuncisión tardía y catastrófica, que ama desmedidamente a los Estados Unidos (particularmente a Nueva York), país donde estudió la universidad y que añora con todo su corazón y su estómago, pero a donde no puede regresar. Sucede que su padre asesinó a un hombre de negocios de Oklahoma y por eso no más, qué injusta es la vida, le niegan una y otra vez su visa de entrada.

 

Entonces Misha vive en Rusia pero piensa en Manhattan. Tiene una novia del Bronx (que en el transcurso de la novela es seducida por un profesor ruso de escritura del Hunter College llamado Jerry Shteynfarb) y su forma de hablar y de pensar le debe más a los raperos de la costa oeste de Estados Unidos que al panteón literario ruso, es más Dr. Dre que Tolstoi, más Ice-T que Dostoievski.

 

“El mundo que describo está lleno de gente que rebota entre lugares, ideas, amantes sin encontrarse nunca plenamente satisfechos con el planeta”, dice. Igual, la gente busca esa satisfacción. No pueden evitarlo. Así, Misha, tratando de encontrar la manera de volver a Estados Unidos (lo que implica transacciones de nacionalidad poco claras con un cónsul belga) termina en la nación imaginaria de Absurdistán, antigua república de la URSS a orillas del Mar Caspio, rica en minerales y odios étnicos, donde resulta involucrado en una guerra civil hecha sólo para que ambos bandos se lucren de la intervención internacional.

 

Los valores tradicionales aparecen en la novela exagerados, convertidos en caricaturas y cayéndose a pedazos. Los odios étnicos, el amor filial y de pareja, la pobreza, las circuncisiones mal hechas, el judaísmo tradicional, la madurez constantemente aplazada to-?do hace parte del coctel de Shteyngart que termina justamente el 10 de septiembre del 2001, el día previo al atentado contra las torres gemelas.

 

Y no es que Shteyngart fuera adivino (terminó de escribir Absurdistán en el 2006), pero es como si lo sucedido en esa fecha hubiera cambiado el orden del mundo y el resultado de ese cambio no fuera suficientemente claro aún como para poder acceder a él, escribir de él, como para fijarlo en novelas, personajes y metáforas ingeniosas.

 

De hecho, su siguiente novela, Super Sad True Love Story, que fue un éxito editorial el año pasado en Estados Unidos, está situada en un futuro cercano, como si el presente mismo, ese mundo en proceso de reorganización, siguiera siendo imposible de capturar.

 

“Creo que ya no queda más presente —dice Shteyngart—.Todos estamos viviendo en el futuro y la mejor manera de retratar el presente es pensar en lo que sucederá a continuación, y luego, en cuestión de meses, a veces de días o horas, con seguridad sucederá”.

 

Pero pensar que se vive en el futuro también tiene un componente espacial. La ciudad de Nueva York, donde vive Shteyngart, está mentalmente más en el futuro que, digamos, un pueblito del Chocó o de Nebraska.

 

Pensándolo así, quizás la característica principal de ese futuro sea la globalización. Es decir, una peculiar forma de vivir en abstracto, flotando entre varios contextos sin pertenecer a ninguno plenamente. Que es, justamente, donde Shteyngart tuvo la suerte de caer.

 

“A donde vaya, la gente me pone toda clase de rótulos: ‘ruso’, ‘estadounidense’, ‘escritor satírico’. Lo que más me gusta, teniendo 38 años y acercándome a la edad madura, es que me llamen ‘escritor joven’. Por lo demás, no importa. Quizás el rótulo más aproximado sea ‘global’.

 

Es desde ese limbo entre mundos desde donde escribe. Y lo que ve, básicamente, son todos esos mundos que conoce cayéndose a pedazos en un espectáculo al mismo tiempo cómico y horripilante.

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