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El escritor desaparecido

Acaba de salir al mercado en Estados Unidos la esperada séptima novela del misterioso escritor norteamericano Thomas Pynchon, considerado con Roth, DeLillo y Oates uno de los mejores escritores anglosajones contemporáneos. Fiel a su naturaleza esquiva, el autor no concederá ninguna entrevista y se ha limitado a poner su voz en un esotérico video de dos minutos colgado en YouTube.

2010/03/15

Por Gabriela Bustelo

“Estoy convencido de que Thomas Pynchon no existe”, es el lacónico comentario de un internauta a propósito de la aparición de la última novela del autor neoyorquino. Y no es raro, porque estamos hablando de un escritor que lleva 40 años sin conceder una entrevista y cuyas únicas fotos conocidas son de sus tiempos universitarios. Tal es el grado de especulación en torno a él, que se ha llegado a publicar que Pynchon es en realidad J. D. Salinger, el otro gran excéntrico de las letras estadounidenses.

Sin embargo, entre ambos hay diferencias notables. En primer lugar, Pynchon continúa en activo; como prueba, la aparición de esta última obra de casi cuatrocientas páginas. En segundo lugar, entre otros premios ha recibido el National Book Award y el prestigioso MacArthur Fellowship, además de ser un sempiterno candidato al Nobel de Literatura.

Dicho todo lo cual, ¿quién es este escritor que siempre causa un revuelo en el mundo literario con la publicación de sus novelas? Nacido en 1937 en Glen Cove, Long Island, en una familia de lejana procedencia británica, ganó una beca para estudiar en la Universidad de Cornell, donde abandonó la Física por la Literatura. Hay quienes dicen que pudo influirlo Vladimir Nabokov, entonces profesor en la prestigiosa institución neoyorquina. En todo caso, Pynchon asistió a los célebres seminarios del autor ruso que en 1958 publicaba Lolita (llevada al cine poco después por su admirado Stanley Kubrick). Licenciado al año siguiente “con mención especial”, Pynchon se trasladó al chic Greenwich Village de Nueva York. Y esto es casi lo último que sabemos de su paradero, pues tras obtener en 1963 el Premio William Faulkner al mejor debut del año por su novela V., Thomas Pynchon prácticamente desapareció de la faz de la Tierra.

Así de escueta es la biografía oficial del padre de la narrativa posmoderna, digno sucesor de Joyce, Kafka y Conrad. Como suele suceder en el caso de los grandes, él se concede una importancia menor. En el prólogo de su volumen de cuentos Un lento aprendizaje (1984), Pynchon describe abiertamente el sonrojo que le produce releer sus primeros relatos, publicados en revistas literarias a principios de los sesenta. Incluso celebra que puedan servir a los principiantes como ejemplo de los errores que hay que evitar. “Casi todo lo que no me gusta de mi escritura está presente aquí ?—afirma—, tanto en formato embrionario como en modalidades más avanzadas”.

Pese al desdén que le producía su estilo primerizo, una década antes, en 1973, ya había escrito su gran novela, El arco iris de la gravedad, considerada el epítome pynchoniano donde cristalizan todas sus propensiones iniciales: la injusticia divina, la paranoia, el racismo, el colonialismo, la sincronía y la entropía. Situada entre Londres y otras localidades europeas a finales de la Segunda Guerra Mundial, fue recomendada por tres miembros del jurado como ganadora del Premio Pulitzer de ese año, pero los once restantes la rechazaron por ilegible, rimbombante y obscena. Uno de estos últimos admitió no haber sido capaz de llegar a la mitad de las 760 páginas, perdiéndose por tanto el terrorífico final situado en un cine a punto de ser destruido por un misil supersónico. No en vano el título hace referencia al arco de vapor que dejaban tras de sí los misiles V2 nazis, tema al que Pynchon da su característico giro entre dramático y burlón, pues cada vez que el protagonista tiene una erección oye silbar un cohete por los cielos. Sin embargo, en torno a lo que podría parecer una bufonada al estilo de Joseph Heller en Trampa-22, Pynchon construye una trama poblada por 150 personajes con un prolífico trasfondo histórico, científico, religioso, cinematográfico y psicológico.

Muchas de las novelas de Pynchon comparten una estructura consistente en una espina dorsal surrealista en torno a la que se vertebra una trama realista. El título de su primera novela, V. (1963), alude a un enigma que contiene la letra ve y nos lleva desde Egipto hasta Sudáfrica, pasando por Malta y París, a lo largo de 60 años. La reseña de la revista Time aludía a la cualidad onírica de la novela: “En este libro, nada tiene un sentido consciente. Pero el conjunto tiene un poderoso influjo inconsciente. Pynchon parece estar disfrutando del placer prefreudiano de soñar por el puro placer de soñar”. Su segunda novela, La subasta del lote 49, narra la búsqueda de una sociedad secreta medieval llamada Trystero, que funciona como una empresa postal con buzones camuflados en los lugares más improbables. Este relato de poco más de cien páginas es, en palabras del propio Pynchon, “un cuento que se vendió como una novela en la que parecí olvidar casi todo lo que creía haber aprendido hasta entonces”.

Tras la incomprendida Vineland (1990), que defraudó a la mayoría de los lectores y críticos, vendría Mason y Dixon (1997), a la que el autor confesó haber dedicado dos décadas de trabajo. Meticulosamente documentada, trata sobre las vidas del astrónomo inglés Charles Mason y su compañero profesional, el topógrafo Jeremiah Dixon, encargados de trazar la línea divisoria entre el territorio del primer ministro británico Penn (el estado de Pennsylvania) y el de la reina Mary (el estado de Maryland), uno de los orígenes de la Guerra de Secesión estadounidense. El recientemente fallecido escritor español Eduardo Chamorro catalogó Mason y Dixon como la última mejor novela del siglo XX y “una proeza literaria de primerísimo orden”. En cuanto a su sexta novela, Against the Day (2006), no traducida al español, su millar de páginas apenas recibió promoción alguna por parte de Penguin —su editorial actual— y la crítica la catalogó como la culminación de su carrera, término que suele emplearse con las obras densas y más bien abstrusas.

En cuanto a la séptima y última entrega de Thomas Pynchon, publicada este 6 de agosto, los rumores sobre ella llevaban casi un año en circulación. Aunque ha llegado envuelta en el misterio habitual, se sabía desde hace un año que Inherent Vice es su primera novela negra y también que es relativamente corta ­—369 páginas—, dada la tendencia prolífica de su autor. Protagonizada por el detective californiano Doc Sportello, comienza con un estilo típicamente noir al estilo de Raymond Chandler: “Entró por las escaleras de atrás, como siempre tuvo por costumbre. Doc llevaba más de un año sin verla. Nadie sabía nada de ella”. Dado que Pynchon no hace promoción de sus libros, sus editores han tenido que aguzar el ingenio. Si cuando recibió el National Book Award fue el cómico Irwin Corey quien recibió el premio con un tronchante discurso amenizado por un nudista supuestamente espontáneo, en la era de internet la editorial Penguin ha recurrido a la web de YouTube para ofrecer un brevísimo video de dos minutos y medio con voz del propio autor.

En cuanto al argumento, es sencillo. A finales de los años sesenta en Los Ángeles, un detective melenudo y fumador de marihuana emprende la búsqueda de su ex novia Shasta Fey, que ha desaparecido con un promotor inmobiliario de dudosa fama. Por las páginas de Inherent Vice desfila una plétora de personajes sesenteros —estripers, surferos, videntes, psiquiatras y jugadores—, pero al final resulta que la desaparición de la chica está relacionada con un misterioso Colmillo Dorado (¿en homenaje al Halcón Maltés de Hammett?). Si el cambio de registro es evidente, el sentido del humor de Pynchon se mantiene intacto. Y si la tendencia hiperbólica resulta a veces agotadora, el trasfondo de la novela es la nostalgia de un tiempo pasado que, ay, siempre nos parece mejor. Aplaudida por sus incondicionales, denostada por quienes esperaban un mayor esfuerzo intelectual, quizá sea el crítico de The Times quien mejor resume la evolución de Pynchon: “En esta etapa de su carrera, Pynchon se parece a Stanley Kubrick más que a cualquier novelista vivo. Al igual que Kubrick, es un visionario inconformista, creador de obras icónicas y a menudo impenetrables; famoso por su actitud huidiza, también es considerado un autor de culto; y si Kubrick experimentó con una multitud de géneros, en los últimos años Pynchon ha desarrollado una marcada tendencia transformista”.

Lejos quedan ya los tiempos en que Pynchon dedicaba un entusiasta artículo llamado “El eterno juramento del corazón” a la novela El amor en los tiempos del cólera, de su admiradísimo Gabriel García Márquez. ¿Podemos decir de él, como decía él en 1988 del Nobel colombiano, que escribe con un control apasionado y una serenidad maníaca? Para averiguarlo, los invito cordialmente a pulir su inglés y leer su última novela.

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