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El flaco honor de los premios literarios

Adalberto Agudelo, escritor y profesor manizalita, ganador de 32 distinciones literarias. Aquí con su novela "Pelota de trapo", que obtuvo el Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2008.

Reportaje

Tanto como reinados y carnavales, en Colombia abundan los concursos literarios. Desde grandes premios hasta modestos certámenes, estos eventos mueven serias cantidades de dinero. ¿Pero sirven para hacer que sus autores sean más leídos?

Por: Lina Vargas

Publicado el: 2010-09-10

¿De qué sirve ganar un concurso literario en Colombia? Si uno lee la última novela de Miguel Torres, Páginas quemadas, que trata justamente de un funcionario que se dedica a destruir manuscritos no ganadores en concursos públicos, podría suponer que no sirve de mucho: “Aparte de los beneficios económicos que reportan los premios y la efímera notoriedad de sus autores en el rincón de un periódico o en las páginas de un par de revistas especializadas, más, si tienen suerte, la fugaz aparición en un noticiero de televisión, el destino de sus obras no es muy distinto al de aquellas que son rechazadas”. Algo de cierto habrá en las palabras de Torres, pero en casos como este es mejor separar la ficción de la realidad y atenerse a las cifras que indican que, solo en el sector público, cada departamento del país cuenta al menos con un concurso literario.

 

Aun así, el considerable número no es sinónimo de calidad; lo que crea un primer filtro del que salen bien librados casi una decena de certámenes de este tipo. En las grandes ligas está el Premio Nacional de Literatura organizado por el Ministerio de Cultura dentro de su Programa Nacional de Estímulos. Según cifras oficiales, 18.370 personas han participado en las convocatorias del programa y 1.412 han sido beneficiadas con cerca de 21.000 millones de pesos. El Premio Nacional de Literatura —que se gana por concurso— tiene tres categorías que rotan cada año: novela, cuento y poesía para obras terminadas e inéditas. En las últimas ediciones han ganado Miguel Ángel Manrique con la bien recibida novela Disturbio y José Zuleta con el libro de cuentos Todos somos amigos de lo ajeno.

 

Poesía, la modalidad seleccionada este año, es de lejos la que más convoca. Para el 1º de junio, cuando se cerraron las inscripciones, había 249 manuscritos. En 2009 habían participado 164 cuentos y en 2008, 152 novelas. La tendencia se mantiene en casi todos los concursos nacionales y podría haber dos razones para ello. La primera: que Colombia es un país de poetas (es decir, que por alguna razón la gente es dada a expresarse en versos) y, la segunda, mucho más creíble, que hay pocas editoriales que publiquen libros de poesía; lo que deja como única salida los concursos. Cosa distinta ocurre, por ejemplo, en Argentina, donde existe incluso la muy reconocida revista Diario de poesía.

 

El premio —otorgado el pasado 3 de septiembre a la abogada Martha Dávila por su obra Como las catedrales— es de 40 millones de pesos y, en cooperación con la Universidad Nacional, se publicarán mil ejemplares de los que la autora recibirá 50, el Ministerio 500 para distribuir en la Red de Bibliotecas Públicas y los restantes irán a depósito. Esto solo ocurre con poesía, pues en el caso de novela y cuento, la publicación queda en manos del autor. ¿Será cierto, entonces, lo que dice Torres en Páginas quemadas? “Se publican, sí, en tirajes que casi nunca exceden los mil ejemplares, pero de esa cantidad, descontando los 50 que son entregados al autor como parte del premio y los trescientos en promedio enviados a periodistas, críticos y bibliotecas, el resto es destinado al ostracismo de la bodega, espacio que alberga en su interior las numerosas ediciones de más de quince años de convocatorias”.

 

Los datos del Ministerio de Cultura señalan que, en los once años que ha funcionado el Programa de Estímulos, la mayoría de los ganadores son de Bogotá, Antioquia y Valle del Cauca. Departamentos como Vichada y Guaviare no han tenido ninguno. La escala de los grandes concursos continúa con el Premio de Literatura Ciudad de Bogotá, los Premios Nacionales de Cultura de la Universidad de Antioquia, las Becas a la Creación de la Alcaldía de Medellín y el Concurso de Autores Vallecaucanos.

 

Organizado por la Secretaría de Cultura del Distrito y coordinado desde la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, el Premio de Literatura Ciudad de Bogotá, de carácter nacional, entrega 25 millones de pesos a tres modalidades que cambian cada año y que incluyen novela, cuento, poesía, investigación, ensayo y géneros periodísticos. Con más de diez años de existencia, en esta edición, concursaron 89 novelas, 20 libros de crónicas y 13 proyectos de ensayo. Las obras premiadas tienen un tiraje de mil ejemplares que corre por cuenta de la Fundación. El autor se queda con treinta y el resto es distribuido a BiblioRed. En la reciente Feria del Libro de Bogotá fueron lanzados los ganadores del año pasado: Cuentos cruzados, de Miguel Mendoza, La noche en el espejo, poemario de Lucía Estrada, y la investigación de Miguel Rocha Palabras mayores, palabras vivas.

 

Medellín tiene una estructura sólida en cuanto a concursos literarios (no obstante durante la gobernación de Álvaro Uribe se cerraron los cargos de fomento editorial y el área de literatura). Desde 1968 la Universidad de Antioquia lleva 42 versiones de los Premios Nacionales de Cultura para poesía, cuento, novela, dramaturgia y ensayo. En promedio este año participaron 250 manuscritos. Los ganadores reciben el equivalente a 22 salarios mínimos mensuales vigentes, la publicación de 300 a 500 ejemplares y un ciclo de promoción de su obra. Algo similar ocurre con las Becas a la Creación, de la Alcaldía de Medellín, que premia con 16 millones de pesos diez categorías en las que participan 180 personas. Lo novedoso de las Becas es su sistema de publicación. La Alcaldía organiza una rueda de negocios con pequeñas editoriales como Hombre Nuevo, Tragaluz y Sílaba, y aporta la mitad para un tiraje de 500 ejemplares de los cuales 200 van a librerías.

 

La Secretaría de Cultura de Cali realiza el Concurso de Autores Vallecaucanos, que ha contado con once convocatorias. En la última edición participaron cerca de 50 composiciones musicales, 150 poemas y 60 novelas. El número de modalidades varía según el presupuesto —que también sirve para la publicación de la revista Democracia vallecaucana, de la Asamblea Departamental. Para esta versión, la Secretaría gastará 80 millones de pesos: 10 millones para cada autor más 50 ejemplares de los 500 que se imprimen.

 

En total los cinco concursos anteriores invierten solo en premios —sin contar publicación, jurados (cada jurado recibe un estimado 2,5 millones de pesos) y otros gastos— unos 332 millones de pesos. Según las cifras de participación de este año, alrededor de 20 manuscritos son premiados y más de mil destruidos. “Hace dos semanas se venció el plazo para reclamar los trabajos que no resultaron favorecidos en la última convocatoria y, como siempre, fueron pocos los concursantes derrotados que se asomaron por allí a exhibir la cara con el propósito de recuperarlos”, se lee en la novela de Torres.

 

En el resto del país

 

Pero como en Colombia las sorpresas nunca faltan no es raro que ciudades como Neiva o Pereira tengan sus propios y ya tradicionales concursos literarios. En Neiva se celebra la Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera, que con 24 años es uno de los certámenes más antiguos del país. Con la organización de la Fundación Tierra de Promisión y el apoyo financiero del municipio de Neiva, el premio es de 40 millones de pesos. Los 45 manuscritos inscritos este año concursan, además, por la publicación de mil ejemplares. Pereira, a su vez, tiene un Concurso Nacional de Novela con una bolsa de 6 millones de pesos. En la misma ciudad se realiza el Concurso de Escritores Pereiranos que en esta edición entregó 3 millones de pesos en la categoría de poesía.

 

En Cúcuta están el Concurso Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán y el Concurso Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, y en Cartagena, el concurso Historia local de los pueblos de Bolívar, que cada dos años premia la mejor narración sobre un tema regional. La lista continúa: el Concurso Nacional de Poesía Carlos Héctor Trejos Reyes, de Riosucio, el Concurso de Cuento Breve de Samaná, el Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja y la Bienal Nacional de Poesía Julio Flórez en Usiacurí, Atlántico.

 

Al tiempo, existe otra modalidad, heredera del gigantesco Concurso Nacional de Cuento de RCN y el Ministerio de Educación que, con un promedio de 30.000 participantes por versión, fue concebido como una estrategia pedagógica para promover la creación literaria entre los estudiantes de colegios y universidades. De esta hacen parte el concurso Vive tu Cuento, Escríbelo, de la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero de Cali; el Concurso de Cuento de la Biblioteca Meira Delmar de Barranquilla y el Intercolegiado de la Cultura en Leticia. Este año ninguno de los tres se ha podido hacer por falta de presupuesto.

 

Los grandes ganadores 

 

“Una noche te seguí, perra, hasta la guarida de uno de tus tantos amantes”, cita en tono de burla Torres en Páginas quemadas de un manuscrito perdedor. ¿Sobre qué escribe la gente que participa en estos concursos? Al parecer es común encontrar frases como la anterior. “Se centran en la primera persona —dice Melba Escobar, ex coordinadora del área de Literatura del Ministerio de Cultura—. La mayoría de las narraciones son intimistas y muy urbanas. Hay violencia, pero de tipo familiar o de barrio”. Camilo Jiménez, jurado de varios concursos en Bogotá y Medellín, señala que la escritura a lo Bukowski —desde las vísceras y la vulgaridad— le ha hecho daño a los escritores jóvenes. Hay lecturas parciales y epidérmicas o palabras campanudas y pomposas. “De 60 cuentos, 45 hablan de un levante en un bus”, dice Jiménez.

 

El otro asunto es el de los ganadores. ¿Qué tanto ayuda un concurso a la carrera literaria de un escritor? Se habla de casos exitosos como el de Jorge Franco, Evelio José Rosero, Nahum Montt, Efraím Medina, Alberto Duque y Alonso Sánchez Baute (casi no hay mujeres). Todos han recibido premios del sector público. Rosario Tijeras fue escrita gracias a la Beca Nacional de Novela del Ministerio de Cultura de 1997 y Al diablo la maldita primavera, Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá en 2002, ha vendido 4.600 copias en dos ediciones con Santillana. Alfaguara publicó El esquimal y la mariposa de Nahum Montt; Ediciones B, Gringadas de José Fernando Hincapié, y Planeta, El jardín de las delicias de Guillermo Cardona.

 

Sin embargo, el porcentaje de manuscritos premiados que logra el éxito comercial, incluso el de aquellos que obtienen un buen contrato editorial, es mínimo. Claro, no hay que olvidar que en Colombia las ventas de libros no alcanzan los 5.000 ejemplares. Son más comunes, en cambio, historias como la de Adalberto Agudelo, un profesor manizalita que ha ganado decenas de concursos, entre otros, el Premio Nacional de Cultura en 1994 con el libro de cuentos Variaciones, la Bienal de Novela Fundación Tierra de Promisión en 1998 con la novela De rumba corrida, el Premio de Novela Ciudad Bogotá en 2008 y el Premio Nacional de Pereira en 2007 con Abajo, en la 31. Pero su nombre sigue siendo desconocido para la mayoría de los lectores.

 

Problemas y aciertos

 

Un concurso literario debería tener dos fines: dar a conocer nuevos talentos y llevar los libros ganadores a las librerías. Lo primero se logra ocasionalmente; lo segundo es todavía una ilusión. Las culpas, entonces, empiezan a correr como un balón. Los escritores critican la falta de divulgación, los organizadores de concursos al mercado editorial y los editores a los bajos índices de lectura. Como sea, lo cierto es que estos certámenes todavía tienen baches por superar.

 

Isaías Peña, director del Taller de Escritores de la Universidad Central, advierte algunos. La precariedad en la difusión de las convocatorias de los concursos regionales, lo engorroso de las bases para participar, la falta de retroalimentación para los manuscritos no ganadores (los comentarios de los jurados por lo general no llegan a los escritores), la poca continuidad de algunos concursos. “En España, uno sabe en qué mes se cierra tal concurso y eso sirve para que los escritores se preparen”, señala Peña. Y está el problema de la distribución, antecedido por la regular edición de los libros publicados y la promoción incipiente para los autores.

 

La solución podría estar en las alianzas con las editoriales. Un poco al estilo de lo que sucede entre la Alcaldía de Medellín y las pequeñas firmas. La duda está rondando y existen nuevos proyectos públicos como los Estímulos para la Producción Editorial Nacional, que desde hace tres años entrega el Ministerio de Cultura. Este año 1 4 proyectos se beneficiarán con 280 millones de pesos. Está bien pensar que los concursos literarios hacen parte de una cadena más amplia. Y no está de más creer que la gracia, en últimas, es que los libros sean leídos.