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El imperio de los sentidos

Este palmireño, ganador del concurso de cuento Juan Rulfo de Radio Francia Internacional en 1988, acaba de publicar su primera y última novela. Quienes la han leído quisieran lo contrario, pero él insiste en retirarse a los cuarteles de invierno de la crítica literaria.

2010/06/30

Por Julio Caicedo

Julio César Londoño es un palmireño que llegó a la literatura por una inclinación a robar libros. En 1973, con 20 años y cuando adelantaba quinto semestre de Ingeniería Eléctrica en la Universidad del Valle, planeó junto con un amigo entrar a una oficina de la biblioteca de la universidad, seducir a una mujer, y sustraer una monografía del Instituto Lingüístico de Verano, “unas misiones gringas en apariencia muy filantrópicas, que en realidad estaban inoculándoles virus cancerígenos a los indígenas del Valle para ver cómo evolucionaban”.

El plan era simple. Londoño hacía de seductor y el otro cogía el libro, pero la ley de la atracción, que no puede ser forzada, hizo que la señora le parara bolas al otro y que Londoño quedara de ladrón. El otro hizo lo que tenía que hacer. Londoño se guardó el libro bajo la camisa y fue atrapado por un celador a la salida de la biblioteca. Primero lo acusaron de ladrón de libros, luego, cuando las directivas de la universidad sopesaron el contenido del volumen robado, fue juzgado como delincuente político y suspendido de la institución.

Para ese entonces, Londoño ya estaba muy inclinado a la literatura, muy aburrido de la Ingeniería Eléctrica, y nunca más volvió a la universidad. Se dedicó a leer, a hacer ingeniería desde su casa, pero esta vez con palabras. En su familia, aunque no había grandes lectores, ni una gran tradición intelectual, siempre había gente leyendo y libros circulando que se convirtieron en un modelo a seguir. Cuenta que comenzó leyendo crítica literaria —su género favorito y tema de su siguiente publicación—, y que leyendo aprendió un mundo de cosas.

Hoy en día tiene tres libros publicados con Seix Barral, según su blog en elpais.com.co goza de cierto prestigio en su cuadra desde que se ganó el Premio Juan Rulfo de Cuento con Pesadilla en el hipotálamo (París, 1998), y escribe en todos los medios nacionales en los que le “pagan una miseria”. “Por fortuna no saben que me divierto tanto escribiendo que estaría dispuesto a pagarles porque me dejaran hacerlo”. Y en todo caso con eso no le alcanza para vivir, de manera que también ofrece talleres de redacción, escribe libros institucionales y dicta conferencias, y así, entre un trabajo y otro cuya materia prima sean las palabras, sigue leyendo y haciendo literatura, “el oficio peor pagado de todos”.

Londoño escribe desde Palmira en un estudio construido en el patio de su casa junto a un palo de chirimoyas, y dice que prefiere hacerlo durante las mañanas, porque cuando lo hace por las noches fuma más. Cuando escribe artículos periodísticos, lo hace directamente en el computador para ahorrar tiempo, pero cuando escribe literatura, prefiere escribir a mano y con esfero, sobre cuadernos grandes y cosidos, para evitar que las hojas se desordenen o se le vayan a perder.

Así comenzó a escribir Proyecto piel, su “primera y última novela”, una idea que nació siendo cuento pero que se le creció entre las manos hasta alcanzar las 224 páginas. Para Londoño “el cuento es un género portátil que puede uno cargar en la cabeza; la novela en cambio es un género ripioso, que necesita de mucho aire, que pone a los autores a rellenar, a hacer hojarasca, y exige un cuidado tremendo porque hay que atar muchos hilos que no pueden quedar sueltos, y entre tanta página, corre uno el riesgo de repetirse o de perderse”.

Un día a Londoño, apasionado por la ciencia y tocado por la ficción literaria, se le ocurrió pensar que si alguien tuviera en una banda sonora un pedo de Marilyn Monroe, esa banda valdría una fortuna. Y entonces se imaginó un museo de las sensaciones, un santuario de las musas en el que todos los sentidos pudieran excitarse, y como contrapunto, se imaginó a Francisco, un niño autista que representa en la novela el mundo de las antisensaciones. Entre esos dos extremos, Londoño concibió a tres intelectuales y a unos inversionistas que haciendo cálculos que involucran variables artísticas, arquitectónicas,?informáticas y neurológicas de un agradable nivel literario, llegan a resultados sorprendentes entre los que se cuentan una grabación del big bang, y las voces originales, recopiladas por expertos, de Jesucristo, Napoleón y Cleopatra.

Sobre Proyecto piel, Eduardo Escobar dice atinadamente que “si tiene que madrugar mañana, no la abra esta noche”, y efectivamente es una novela que quiere uno leerse de un tirón a pesar de la portada: el zoom de un cuello y un maxilar que exigen, para verlos, acostar el libro con el lomo mirando para el cielo raso.

La novela, compuesta por siete capítulos, se cierra con un epílogo en el que se proponen posibles hipótesis para el museo de los sentidos. Una de ellas es que servirá para mejorar la evolución; otra, que se trasladará de la ficción a la realidad y se convertirá en un negocio redondo; otra, que el proyecto tiene por objeto despertar a Francisco; y por último, que despertar a Francisco pretende que el niño abrace a su mamá. El creador del museo, Manuel, hace todos los esfuerzos para sacar a su hijo del encierro del autismo, pretendiendo, al final de cuentas, cautivar el amor de Lina, su esposa, quien solo anhela un abrazo del hijo encerrado en el autismo.

Francisco es un hombre enamorado; Lina —según Londoño— “es la mejor mujer de todas, una puta inteligente; y Proyecto piel es una historia de amor en la que se expone, entre otras verdades científicas y de perogrullo, que los hombres desean a su lado una virgen que nunca les vaya a poner los cuernos, pero que también quieren una puta que los pueda llevar al paraíso”.

Londoño, a quien no se le ha quitado la costumbre de andar robando libros —hace poco se robó un diccionario etimológico de una biblioteca descuidada en la que se lo estaban comiendo las polillas, con la excusa de que él lo iba a cuidar mejor—, dice entre risas que espera que Proyecto piel le guste a la gente, que la lean, y que se venda como pan caliente porque necesita jubilarse este año para dedicarse a escribir, y que cuando sea rico, va a leer mucho y a escribir tres páginas al año, o alguna cosa así.

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