Gloria Susana Esquivel nació en Bogotá.

Una poeta en Nueva York

La escritora Gloria Susana Esquivel recién publicó, con una beca del Ministerio de Cultura y la editorial Cardumen, el poemario ‘El lado salvaje: conversaciones con Frank O’Hara’, una pequeña joya en la que la autora, por medio de servilletas, caminatas y almuerzos, afronta la soledad de vivir en Nueva York.

2016/09/05

Por Christopher Tibble

¿Cómo nació El lado salvaje: conversaciones con Frank O’Hara*?
Este libro nació como un intento de emular el operar poético de Frank O’Hara. Su libro Lunch Poems está compuesto por poemas que él escribía a la hora del almuerzo en servilletas, y yo pensé que podría ser interesante intentar copiar ese gesto para escribir un poemario. Después de muchos intentos me di cuenta que  necesitaba de un gran talento y de un carácter menos neurótico para poder emular lo que él hacía, pero me ayudó a encontrar el hilo que iba a atravesar el poemario: el sentimiento de soledad profundo que se tiene cuando se está en una ciudad extranjera y no hay nadie con quien compartir el almuerzo.

¿Por qué Frank O’Hara y no, por ejemplo, John Ashbery o alguien más de la Escuela de Nueva York?
En mi trabajo como periodista cultural he tenido la oportunidad de escribir sobre muchos artistas plásticos y cada vez que me acercaba a su obra pensaba en la envidia que me daba ver cómo ellos podían plasmar lo que querían expresar por medio de una materialidad. Lo que querían decir existía en el mundo como un objeto plástico, mientras que yo tenía que luchar con la naturaleza elusiva del lenguaje para intentar acercarme a algo similar al balbuceo. Frank O´Hara fue un poeta que trabajó durante mucho tiempo en el MoMa y cuyos amigos eran, en la mayoría, artistas plásticos. Es más, una de sus grandes biografías se llama Poet among painters (Poeta entre pintores). Al comenzar a leer su obra me di cuenta de que su poética estaba más emparentada con una tradición pictórica que con una tradición literaria y pensé que exactamente ese sería el tipo de poesía que me gustaría hacer a mí: una poesía que busca acercarse más al objeto plástico que al balbuceo torpe de la palabra. Esa relación entre el arte plástico y poesía que marcó la vida de O´Hara fue la que me hizo estudiar su obra y conversar con ella, y fue la misma que me impulsó a llamar a la artista paisa Catalina Jaramillo para que recreara el universo que estaba intentando construir con el lenguaje.


Dibujo de la artista Catalina Jaramillo Quijano.

Se puede decir que cada ciudad tiene su carga poética. ¿Cómo definiría la de Nueva York?
Está la Nueva York idílica de las postales, del cine y de Friends. Sin embargo, a mí me interesaba la Nueva York de otros poetas hispanoamericanos que, como yo, eran extranjeros en medio de un lugar hostil. Para la elaboración del poemario siempre tuve en mente Poeta en Nueva York de Federico García Lorca y A partir de Manhattan del chileno Enrique Lihn. En el caso de Lorca, entendí que muchas de las imágenes de su poesía que han sido catalogadas como surrealistas hacen parte de la cotidianidad de la ciudad. Hombres vomitando en la orilla del mar de Coney Island después de bajar una montaña rusa, por ejemplo, es una imagen muy poderosa que muestra también la mirada extrañada del extranjero. En el caso de Lihn, sus poemas son infinitamente solitarios y buscan el contacto con otro que siempre es elusivo. Se trata de un poeta que va al cine, ve cómo en la pantalla un hombre y una mujer se besan y Nueva York es el telón de fondo. Luego sale del cine y se da cuenta que debe caminar hasta su casa en medio de la nieve pues se ha gastado todo su dinero.

Cada uno de los poemas de El lado salvaje: conversaciones con Frank O’Hara es una acción cotidiana convertida en verso, en poesía. ¿Cómo fue el proceso de elaboración?
Muchas veces cuando digo que escribo poemas o cuando mis estudiantes de escritura creativa se enteran de que vamos a trabajar poesía se asustan, pues creen que la poesía es algo lejano, que solo disfruta un grupo selecto de iniciados. Ese es el momento en el que traigo a colación el verso de Nicanor Parra que dice: “La poesía morirá si no se la ofende”, pues al pensar que lo poético está supeditado a un ámbito que le pertenece a “lo sublime”, la tratamos como si fuera algo marciano que no tiene nada que ver con la experiencia humana. Por esta razón quise traer elementos que parecieran no hacer parte de lo que se piensa que es “poético”. Estoy convencida de que nuestras vivencias cotidianas están cargadas de imágenes poderosas y que esas imágenes pueden convertirse también en símbolos que aluden a la soledad y a la extranjería. En el momento en el que escribí este poemario estaba intentando entender una ciudad, una geografía y una cultura que me eran ajenas. ¿Qué más solitario que estar rodeado de personas en el metro, sentir la respiración de un extraño en el cuello y darse cuenta que ese es el único contacto físico que se ha tenido en meses?


Dibujp de la artista Catalina Jaramillo Quijano.

¿Cómo se edita un poema?
Creo que lo que más disfruto de la escritura de poemas es la corrección. Al principio aparecen un montón de palabras, versos e imágenes que deben adquirir una cadencia, un ritmo y una consistencia para lograr una unidad. Y eso se logra borrando, editando y experimentando. Es un proceso que busca que el lenguaje sea preciso, que cada palabra cumpla una función sonora y visual dentro del poema y para lograr esto es necesario leer mucha poesía. Analizar cómo otros han construido versos e imágenes y saber que en ciertos casos menos es más.

Resulta interesante la recurrencia de la comida en el poemario. La comida -o el animal- convertido en poesía. ¿A qué se debe?
La idea de la comida parte de la idea de Frank O´hara de componer poemas a la hora del almuerzo. Quería que la unidad del poemario se diera a partir de la comida, y convertir la comida en metáfora pues sentí que la ciudad me estaba comiendo viva. Me gustaba pensar ¿qué plato sería yo para Nueva York?,  ¿quién y cómo me estaba cocinando? Pero también hay en el acto de comer una alusión a nuestra animalidad, a nuestra condición mamífera que a veces queda olvidada. Quería pensar en una voz racional, que realiza actos racionales como estar en una biblioteca o en un museo y que está comiendo, rumiando, masticando. Una voz que debía interrumpir el intelecto y suplir las necesidades del cuerpo, saciar el hambre, seguir el impulso primitivo del cazador recolector.


Dibujo de la artista Catalina Jaramillo Quijano.

Parece haber, en el libro, un deseo de convertirse en alguien -o en algo- más. ¿Cómo definir ese impulso?
Me interesa mucho la idea de devenir. Tal vez porque así como el lenguaje no permite la creación de un objeto plástico material como la obra de arte, sí permite un fluir constante que se teje a lo largo de metáforas que nunca son fijas. Creo que esto habla también del constante cambio que significa la experiencia humana y de lo difícil que es comunicarla por medio de palabras pues cuando se enuncia se convierte en otra cosa, en algo más. Siento que este impulso es el que permite que se abra  un espacio de interpretación entre el poema y el lector, pues una experiencia personal y cotidiana mía ahora está transformada en una ficción que puede ser leída de múltiples maneras.

¿Habrá un futuro poemario dedicado a Bogotá?
No, pero mi primera novela que será publicada el próximo año tiene como telón de fondo la Bogotá de finales de los ochenta. Se trata de una ciudad con poco espacio público, que se vive de puertas para adentro, blindada por rejas y seguridad privada, mientras afuera resuenan las explosiones de la época del narcotráfico.

*Desde mediados de septiembre, el libro se puede conseguir en librerías independientes de Bogotá. También se puede comprar por domicilio desde ya o en la Feria editorial del festejo Radio Pachone, este sábado 10 de septiembre.

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