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El lado vulgar de la vida

No es justo que Jean Rhys sea tan desconocida para el gran público lector. Pero a veces dura demasiado tiempo el castigo para las adelantadas. Rhys, una de las grandes escritoras del siglo XX, es un clásico ejemplo.

2010/03/15

Por Marianne Ponsford

Cuando la llamaron a su humildísima casa en un pueblo perdido del sur occidente de Inglaterra para contarle que se había ganado el Whitbread Award, en ese entonces el premio más prestigioso de Gran Bretaña, lo único que atinó a musitar Jean Rhys fue un escueto “It has come too late”: Ha llegado demasiado tarde.

Jean Rhys ha sido lo que los lectores consumados llaman una escritora de culto. De esas que no conoce mucha gente. Jamás vendió muchos ejemplares de su obra, si exceptuamos ese breve período del premio, cuando ella tenía ya 77 años. Ese año, 1967, Rhys ganó el Whitbread con su novela más conocida, Ancho mar de los Sargazos. Ya era una mujer vieja y cansada, con una vida a cuestas que se extendía como un desvencijado abanico por todo el siglo XX, con todo su rosario de heridas de guerra y su dureza; una vida que mezclaba el vértigo, la desesperación paralela por tener un hombre a su lado y por la supervivencia económica, el alcoholismo, tres matrimonios y posteriormente, el aislamiento más absoluto.

El premio se anunció en la prensa con bombos y platillos, y algunos, gente mayor, exclamaron estupefactos: “¿Jean Rhys? No puede ser… ¿Acaso será la misma escritora que…? ¡Pero si Rhys murió durante la guerra!”.

Y es que después de la Segunda Guerra Mundial, ella decidió desaparecer.

Rhys había nacido en 1890 en Rouseau, la capital de la diminuta Dominica, una de las Antillas menores, esa salpicadura de islitas que quedan justo arriba, hacia la derecha de Venezuela. Su padre fue un médico galés, y su madre, una creole de ascendencia escocesa. De niña adoraba leer, como sucede a veces en las infancias solitarias. Rhys se sentía escindida y sola en medio de una cultura negra, africana, que arrastraba las tensiones de un reciente pasado esclavista y colonial. Cuando Rhys cumplió 17 años, fue enviada a Inglaterra a estudiar, y se alojó donde unas parientes lejanas poco generosas y nada contentas con la idea de tener en casa a esa niña de tan exótica educación.

Su angustia por el dinero comenzó muy poco después, cuando murió su padre. Tuvo que abandonar sus estudios de arte dramático en Londres, pero a pesar de las súplicas de su madre, no quiso volver a la isla y comenzó entonces una vida de animal errabundo, marcada por la necesidad de dinero. Logró conseguir trabajo como corus girl, una más de un coro de cabareteras en un espectáculo musical pobre y ambulante. Posó desnuda para artistas, y logró sobrevivir en parte gracias una pequeña suma de dinero mensual que le pasaba un ex amante.

Después de la Primera Guerra Mundial, durante la cual trabajó en una cantina para soldados en Londres, Rhys se fue a Holanda y se casó con Jean Lenglet, un periodista y letrista de canciones. Con él vivió en Viena y en Budapest, tuvo un hijo que murió a las pocas semanas de nacido y después una hija. En París tuvo un encuentro que marcaría su vida: conoció a Ford Madox Ford, el famoso escritor inglés y editor de revistas literarias que publicó a todos los grandes nombres de la literatura anglosajona en la primera mitad del siglo: Hemingway, Joyce, Gertrude Stein, Conrad y Ezra Pound. Eran los alegres años veinte, esos en los que París era una fiesta, y Rhys estaba sola con su hija y sin dinero, pues su marido había ido a parar a la cárcel por hacer transacciones financieras ilegales. Y escribía. Ford leyó sus cuentos y quedó maravillado. Logró que Rhys fuera publicada, pero también logró meterla en su cama, y el affaire –él estaba casado– acabó sonora y amargamente.

Las grandes escritoras inglesas de la época, desde Virginia Woolf hasta Gertrude Stein, eran lánguidas aristócratas que se deslizaban cómodas entre la vanguardia de la época y el empolvado glamour del espíritu victoriano. Tomaban el té a las cinco de la tarde, firmaban manifiestos y eran sofisticadas e impecables anfitrionas. Claro que se debatían y cuestionaban la condición femenina, pero el dinero las protegía (hay que ver las tribulaciones que le producía a Virginia Woolf el problema del servicio doméstico) y les daba la licencia necesaria para dedicarse al rito intelectual. A Rhys no. Ella era la muchacha que mira las vitrinas de las tiendas y sueña con ese vestido color malva que nunca podrá comprar. Ella era una mujer sentimental, y precisamente ese sentimentalismo era lo que con más airoso desdén rechazaban las escritoras de vanguardia.

Sin duda alguna, se puede decir que Rhys era una escritora profundamente autobiográfica. Y es por eso que su vida ilumina sus novelas y sus cuentos con una fuerza tan llena de un pasmoso talento, que enamora, como de angustia y desesperación.

Durante esos años, Rhys publicó cuatro novelas: Posturas, Después de dejar al Señor Mackenzie, Viaje en la oscuridad y Buenos días, medianoche. Ninguna vendió bien.

Y es que las heroínas de Rhys casi siempre son víctimas inocentes que no tienen control sobre su vida y caen en el viscoso abismo de la autocompasión. Suena fatal: uno imaginaría argumentos perfectos para las novelas románticas populares, que se vendían como pan caliente en aquella época, pero no. En absoluto. Las novelas de Rhys son tan descarnadas, que produjeron un estupefacción moral en los lectores de su tiempo, ansiosos de tramas romantinconas más tradicionales. Las mujeres proletarias de Rhys jamás se portan bien. No son buenas muchachas. Se prostituyen con poco disimulo (¿cómo ganar algo de dinero si no?), se humillan sin un ápice de amor propio ante sus amantes, y viven del otro lado del límite de la respetabilidad. No son dignas. De hecho, si uno lee las críticas a su obra de entonces, todas están marcadas por ese espanto moral: sus historias son demasiado “sórdidas”; o “podemos vivir sin el lado vulgar de la vida”, o “a menos que uno quiera saber qué tipo de vida llevan esas mujeres como Julia (la protagonista de Después de dejar al Señor Mackenzie), uno tiene que preguntarse dónde está la brillantez de esta obra…”. Claro que Hemingway estaba escribiendo también sobre asuntos “sórdidos”, pero era hombre, y la dimensión sórdida de la vida de las mujeres todavía no podía ser aceptada. La crítica admitía la feroz inteligencia de la escritura de Rhys, su audacia narrativa, la sofisticación y la innovación de sus estructuras novelescas. Pero no soportó su contenido.

A Rhys le fascinaban las canciones populares de amor. Las cita en muchos cuentos. Pero era todavía demasiado pronto: nadie entendió el valor de toda esa cultura popular que ella supo incorporar en su obra. Rhys fue capaz de explorar la vida privada, la vida secreta de las mujeres. Y si no fue leída en su tiempo fue porque recreó la vida de las mujeres pobres, rechazadas socialmente, de mujeres jóvenes que vivían en los márgenes de la sociedad y dependían del sexo pagado, y de mujeres viejas que exhibían las ásperas cicatrices de esa vida.

Pero el genio de Rhys no está sólo en su talento para recrear esa vocación sadomasoquista tan femenina en las relaciones amorosas, sino sobre todo en la insólita capacidad de sus protagonistas para burlarse despiadadamente de sí mismas. Mujeres con una voz doble que a la vez sufría y ridiculizaba sin piedad sus propias aspiraciones. Mujeres que se sabían incómodas cómplices de su propia victimización sexual.

Nadie ha explorado como Rhys la esencia de la tragedia femenina, que oscila entre el sometimiento y la furia ante el todopoderoso deseo salvador de los hombres. Nadie ha descendido a la oscuridad tan poco glamourosa de las contradicciones femeninas. Y nadie ha elevado con tanta ironía literaria el sufrimiento de la mujer fracturada, que no logra encontrarse a sí misma, porque sabe lo que no quiere, pero no puede saber lo que sí. Esa es la médula de la melancolía de las mujeres. De algunas mujeres…

Desde el inicio de la guerra, Rhys desapareció por completo de la escena literaria. Se había divorciado de Lenglet en 1933, y al año siguiente se había casado con un editor que murió una década más tarde. En 1947, se casó con Max Hammer, un abogado que pasó buena parte de su matrimonio en la cárcel y murió en 1966. Rhys llevaba casi 30 años viviendo en Devonshire, en medio de una difícil pobreza y de las burlas de los habitantes del pueblo, supuestamente por querer impostar a Jean Rhys, una escritora de relativa fama, muerta durante la guerra. Se sabe que fue arrestada en 1949 por agredir a unos vecinos y a la Policía.

Hacia finales de los 50, la emisora de la BBC se interesó por su trabajo, y su novela Buenos días, medianoche fue adaptada para la radio. Y Rhys decidió volver a escribir. Aun después del premio por su extraordinaria novela Ancho mar de los Sargazos, Rhys siguió viviendo sola en su casita rural en Cheriton Fitzpaine. Y a pesar de los múltiples honores y homenajes que le concedieron después, siguió bebiendo muchísimo y siguió escribiendo hasta su muerte, en 1979, hace exactamente 30 años.

Su obra fue traducida al español por varias editoriales españolas en los años 90, pero desafortunadamente, hoy es casi imposible conseguir sus maravillosas novelas tempranas, a pesar de la profunda pasión que despierta en muchas mujeres dedicadas a la academia: se han escrito cientos de tesis y libros en todo el mundo sobre Rhys. Todas por mujeres. Con dificultad, se puede encontrar en librerías en Colombia la edición de editorial Anagrama de Ancho mar de los Sargazos. Solo esa. El destino sigue siendo implacable con las adelantadas.

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