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El maestro del masoquismo literario

Cioran, quién lo creyera, se niega a caer en el olvido. A una década de su fallecimiento, es ya todo un clásico del pensamiento pesimista. El año pasado apareció en Alemania su más reciente y exhaustiva biografía. Un retrato de un hombre sumido en contradicciones.

2010/03/15

Por Hernán D. Caro A

Otra vez Cioran. Otra vez la quejadera cósmica; el rostro atormentado y tierno de las fotos en blanco y negro; el desgarre metafísico y las letanías contra Dios, contra el ser humano, la tecnología, la razón, la historia y, ante todo, contra Cioran. Otra vez la obsesión por el suicidio y la escritura como terapia contra el suicidio y contra la furia. Todo el Cioran ya conocido y exprimido, y otro tanto, se halla en el recién publicado Cioran, Porträt eines radikalen Skeptikers, de Bernd Mattheus (2007). El libro parece destinado a convertirse en la biografía oficial, y junto con las populares Conversaciones (1996), los diarios personales (2004) y la anterior biografía, Cioran, l’hérétique [Cioran, el herético] de Patrice Bollon (1997), compone un cuadro relativamente terminado de la personalidad paradójica de este maestro del masoquismo literario.

Poco más de diez años después de su muerte, ocurrida en 1995 en París, Cioran aparenta estar más rabiosamente vivo que nunca, o al menos así lo indican las reediciones de su obra y la atención de los críticos. Y dado que el planeta y sus aborígenes tendemos a cada instante a ser más ruines, más atroces y más ridículos (los atributos de la existencia preferidos por Cioran), el futuro comercial del pesimista rumano está claramente asegurado.

Émile Michel Cioran nació en 1911 en un pequeño pueblo en Rumania. Tras una infancia “extraordinariamente feliz” en medio de ovejas y campesinos analfabetos, se trasladó a Sibiu, y luego a Bucarest, en donde estudió filosofía y descubrió muy pronto su vocación de insomne, de mártir de la existencia y de suicida (en potencia), lo cual desembocó en 1934 en la escritura de En las cimas de la desesperación. En este librito aparentemente inofensivo, del cual los siguientes serán más o menos una traducción o un comentario (“podría haberles dado a todos el mismo título y añadir solamente I, II, III, etc.”), ya está todo el disgusto vital de Cioran y sus obsesiones permanentes: la pasión de lo absurdo, la desesperación de estar vivo, el presentimiento de la locura, la melancolía, el sinsentido de la historia, la insatisfacción total, el misticismo, la soledad cósmica… Sus posteriores libros de aforismos y ensayos breves harán siempre eco de aquel primer cuaderno tormentoso.?Hasta hace algún tiempo, los detalles de la vida intelectual de Cioran antes de la Segunda Guerra Mundial eran más o menos nebulosos. A través de las nuevas biografías sabemos que su apoyo a la causa ultranacionalista (derechista, antisemita) en Rumania —tema que Cioran eludía en las entrevistas— fue intenso y prolongado, así como su fervor por el régimen nacionalsocialista en Alemania (que Cioran conoció de cerca durante su estadía como estudiante en Berlín entre 1933 y 1936).

Mattheus documenta muy bien el entusiasmo fascista de Cioran anterior a su exilio en Francia a partir de 1936. También sabe indicar que Cioran, tras el exilio, parece haber hecho todo lo posible por reparar, cuando no por ocultar, su pasado rumano. El biógrafo, en todo caso, no hace ningún esfuerzo particular por disculpar a Cioran, lo cual le sienta bien a su libro, pues nos recuerda que estamos tratando con un hombre esencialmente contradictorio y sacrílego.

El exilio en París marcó para Cioran una ruptura: jamás regresó a Rumania y en los años cuarenta decidió escribir solamente en francés. Su primer libro en Francia, Breviario de podredumbre (1949), le valió el Premio Rivarol, que aceptó por razones económicas (vendrán muchos premios más —nunca jamás aceptará alguno—). En sucesivos volúmenes con títulos que escandalizan muchísimo a las mamás (Del inconveniente de haber nacido, Ese maldito yo, etc.), se dedica a construir lenta pero rigurosamente su fama de pensador heterodoxo y gurú nihilista (al final de su vida se habrá convertido en un éxito editorial constante; entre sus traductores se cuentan Susan Sontag, Fernando Savater y Roberto Calasso). También la imagen mediática de personaje ora enervado, ora dolorido (Mattheus: “Se cuida de que solo aparezcan fotos suyas con rostro grave: ¡él, que tanto reía!”), marginal, aborrecedor de entrevistas (pero concedió muchas, que son de lo más simpático que hay) y desdeñoso del éxito de su propia obra.

Sus cartas privadas lo muestran, por un lado como un tipo profundamente sensible, dolido; por otro, como un criticón y un inconforme dramatizados. A menudo, en la narración del biógrafo, su antipatía empalagosa (e inverosímil), su show de víctima y sus desplantes xenófobos son casi grotescos. En muchas ocasiones es imposible no estar de acuerdo con él. Pero en otras cuesta mucho no pensar simplemente: qué tarado. Otro punto para Mattheus, que con Cioran sabía muy bien que “los homenajes que no matan son indignos”.

Y no obstante, a pesar de sus necedades, a pesar de la pose patética, a pesar del teatro que fue la vida de Cioran, algo de nuestra simpatía quiere estar con él. Es que en cierto modo, Cioran es un incorruptible. Su ira contra todo podrá ser insufrible, pero (por eso mismo) es digna. No se dejó meter los dedos en la boca por la falacia de ver en la tecnología una prueba de progreso, ni sucumbió a la diplomacia de pensar que la existencia, por estar ahí sin más, es buena. En un medio en que la autocomplacencia es la regla, vivió siempre en guerra contra sí mismo. Con todo y lo rabioso, su biógrafo nos dice que conoció y cuidó el amor, y como buen pesimista, en sus obras y sus charlas da muestra de un humor muy saludable. Por todo eso, por no haber querido aprender a vivir de cualquier manera, Cioran merece no morir del todo.

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