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El mercenario de la pluma

Criticado por unos, seguido por miles, el escritor español más vendedor del mundo continúa la saga de Las aventuras del capitán Alatriste en Corsarios de Levante, su última novela, de la que dice es una manera de revisar la historia de deshonor de la soldadesca española.

2010/03/15

Por Catalina Holguín Jaramillo

Oriundo de Cartagena, no la nuestra sino la de España, Arturo Pérez-Reverte es el fenómeno literario español responsable de la famosísima –cuatro millones de ejemplares vendidos– serie de novelas históricas titulada Las aventuras del capitán Alatriste. Desde que abandonó el oficio de corresponsal de guerra que lo llevó desde Eritrea hasta Angola, Pérez-Reverte ha escrito dieciocho novelas (ocho de las cuales se han adaptado al cine) entre las que figura la renombrada serie protagonizada por Diego Alatriste y Tenorio y su joven amigo y aprendiz de soldado Iñigo Balboa. No obstante las estruendosas ventas de éstas y otras famosas novelas suyas como La tabla de Flandes, el autor de tantos best sellers fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y Letras de Francia en 1998. Además, se le concedió la silla “T” de la Real Academia de la Lengua Española. En el discurso de aceptación a tan alto cargo, Pérez-Reverte manifestó que la colección iniciada en 1996 con el título El capitán Alatriste nació con la intención de explicar “la España en la que hoy vivimos. Somos lo que somos porque, para bien o para mal (a menudo más para mal que para bien), fuimos lo que fuimos. En ese intento por recuperar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada”. Como Philip Marlowe, el detective privado protagonista de varias novelas de Raymond Chandler, Diego Alatriste goza de “un humor áspero, inmutable y desesperado” (así lo describe Iñigo Balboa) y una visión cínica del poder que, conjugado con un estricto código ético basado en el honor, le dan a este mercenario del Siglo de Oro una voz tan o más crítica que la del mismo Pérez-Reverte.

Pérez-Reverte habla de sí en palabras que bien podrían salir de la boca de Alatriste: “De pequeño, me fascinaron esos cuadros en los que, en la batalla de Waterloo, los soldados iban combatiendo en el valle hasta desaparecer poco a poco. Así nos pasa a nosotros. Sabemos que vamos a perder y que van a ganar los hijos de puta, pero tenemos que pelear hasta el final. Pelear ya es una justificación.” Quizá no es fortuito que la página web oficial del escritor se llame www.capitanalatriste.com. Aparte de ser un sablazo publicitario, el nombre de aquel sitio virtual, poblado de ilustraciones del Capitán de otros tantos documentos referentes a la obra del autor, también es un recorderis de que mucho de Alatriste es Pérez-Reverte.

Si Alatriste, de pocas palabras, es diestro con el acero, su creador asesta tantas estocadas como puede a la sociedad y al gobierno español desde su columna en la revista El Semanal. Las polémicas columnas se encuentran reunidas bajo tres títulos publicados por Alfaguara que bien dan cuenta del tenor de los escritos: Patente de corso, No me cogeréis vivo y Con ánimo de ofender. Pérez-Reverte denuncia, semana tras semana, la desfachatez de los políticos y su profunda ignorancia, la desmemoria histórica y la estupidez de sus compatriotas. En estos escritos colmados de puñetas, hideputazos, gilipollas y la madre que lo parió, el autor se muestra siempre escéptico frente al futuro de España. Esa misma aprensión por la patria se la da a Iñigo Balboa, narrador de la serie de Alatriste. En Corsarios de Levante, última entrega de la colección, se revela una problemática relación con la nación española, que así como forja la identidad y el carácter –en varias ocasiones los soldados a bordo de la Mulata se jactan de su españolísima elección de morir ahogados antes que remando como galeotes– también los destruye. Y así como en algunas columnas, Pérez-Reverte acusa al gobierno de olvidar a unas maltrechas fuerzas armadas en Ceuta y Melilla, Iñigo Balboa se lamenta por los guerreros olvidados por una nación que paga con mala moneda, o ninguna moneda, la sangre entregada por sus hijos.

En Corsarios de Levante, Iñigo narra sus aventuras marítimas junto a Alatriste a bordo de La Mulata, una galera española encargada de librar las aguas del Mediterráneo del azote corsario de Berbería y uno que otro pirata inglés. Usando la lengua franca mediterránea, vocablos italianos, así como palabras provenientes del árabe, Pérez-Reverte acentúa la cercanía histórica y cultural de los distintos pueblos mediterráneos. Recuperar esa historia compartida que ha sido borrada progresivamente por oscuros intereses políticos hace parte del proyecto político e intelectual de Pérez-Reverte, quien afirma: “España no es comprensible sino como plaza pública, escenario geográfico, encrucijada con la natural acumulación mestiza de lenguas, razas y culturas diferentes, donde se relacionan, de forma documentada hace tres mil años, pueblos que a veces se mataron y a veces se ayudaron entre sí. Pueblos a los que, si negáramos ese ámbito geográfico-histórico de hazañas y sufrimientos compartidos, sólo quedaría la memoria peligrosa de los agravios.”

Pérez-Reverte conjuga esa sana obsesión por la historia con una pasión por el mar y todo lo marítimo. Frecuentemente, navega solo durante días en su velero, el único lugar donde no siente la necesidad de leer. Esa familiaridad con la vida marina se traduce tanto en el uso del lenguaje en Corsarios de Levante como en las referencias a la literatura marítima. Como en las novelas de Daniel Defoe y Robert Louis Stevenson, en ésta también el botín se convierte en símbolo de las fortunas cambiantes de los mercenarios marítimos; en ésta, el mar también hace de los chicos hombres recios y solitarios. Ya sea leída independientemente como otra novela de piratas y corsarios, ya como parte de las aventuras de Alatriste, la última novela del célebre autor español es lectura obligada para todo amante de un buen libro de espada, jubón y honor.

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