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El olor del plátano verde

Crónica de un recorrido por la Ciénaga de La casa grande, de Álvaro Cepeda

2010/03/15

Por Alberto Salcedo Ramos

Escondido tras la cortina, Jorge Leal entrecierra el ojo izquierdo y afina por última vez la puntería, antes de hacer fuego. La pistola con la cual apunta al objetivo es su propio dedo índice, rematado por una uña mugrosa.

“En esta ventana”, dice, sin quitar la vista de su dedo, “estaba un gringo de apellido McDonald la noche de la Masacre de las Bananeras. El tipo disparaba hacia afuera con una pistola Colt modelo 1911, y tenía un tabaco de Virginia prensado entre los dientes”.

La quinta donde nos encontramos está ubicada en Sevilla, municipio del Magdalena, a 87 kilómetros de Santa Marta. El 6 de diciembre de 1928 era la única construcción de cemento que existía en la ciudadela alambrada de la United Fruit Company. Las otras viviendas eran de madera. Los mandamases de la organización se refugiaron en esta casa porque se les antojaba más segura frente a las amenazas incendiarias de los trabajadores.

Mientras la plana mayor de la compañía permanecía atrincherada en el amplio caserón principal, Urbano Leal, el abuelo del personaje histriónico que me está contando la historia, era obligado por el Ejército a encender las máquinas de carbón del ferrocarril, para sofocar a la brava la huelga de los obreros. En este punto, Jorge aclara que aunque nació apenas en 1949, se ha pasado la vida oyéndoles el relato a los mayores. Por eso puede afirmar que las ventanas de cada vagón habían sido habilitadas como nidos de ametralladoras, de modo que cuando el tren avanzaba por la Zona Bananera iba dejando un reguero de muertos a ambos lados de la carrilera.

Los líderes del sindicato, más un montón de jornaleros y de ciudadanos ajenos al conflicto, fueron ejecutados frente a la estación del ferrocarril en Ciénaga, mientras esperaban la supuesta llegada del gobernador para plantearle los nueve puntos de su pliego de peticiones. La noticia de la masacre se extendió rápidamente por toda la región. Y ésa era la razón por la cual una última camarilla de sediciosos había llegado enardecida hasta la sede de la multinacional en Sevilla.

Los obreros, provistos de machetes rudimentarios, fueron un blanco fácil para los soldados que custodiaban las instalaciones, quienes portaban fusiles Mauser. Varios de los revoltosos –insiste Jorge Leal, parapetado todavía tras la cortina– cayeron abatidos por las balas de McDonald, que disparaba su Colt desde la ventana sin dejar de morder el puro de Virginia.

“Tenía una puntería bárbara”, dice. “Mi papá, que en esa época andaba por los quince años, lo vio pegarle un balazo a una moneda de diez centavos de dólar que había tirado al aire”.

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Aniceto Bayuelo es otro habitante de Sevilla. Como Leal, heredó de sus padres una de las casonas de la United Fruit Company. Y como Leal, asegura haber tenido un abuelo maquinista del ferrocarril que fue obligado a trabajar el 6 de diciembre de 1928.

Bayuelo también creció con el fantasma del francotirador apostado en la ventana. El de su relato es panzón, la piel escarlata salpicada de pecas, las patillas rojizas en forma de cachas de machete. En esencia, su historia es la misma de Leal, aunque algunos detalles estén trastocados: en vez del tabaco de Virginia, una hojita de limón entre los dientes. En vez de una Colt modelo 1911, una pistola Remington calibre 45. El gringo de Bayuelo se apellidaba Campbell y no le pegaba balazos a monedas de diez centavos de dólar sino a cuerdas de nailon suspendidas entre dos postes. La noche del desastre se habría dedicado a liquidar, oculto tras un helecho del balcón, a los obreros sublevados que pretendían destruir la infraestructura de la compañía frutera.

“Los derribaba”, explica, sin el menor titubeo, “con un solo tiro de gracia en la mitad de la frente”.

En este territorio son muchas las personas mayores de cincuenta años que hablan de la masacre como si acabaran de presenciarla. Le oyeron el cuento –advierten sin ruborizarse– a un testigo de excepción: una tía que le lavaba la ropa al presidente de la empresa, un abuelo que ayudó a emplazar los fusiles en las ventanas del tren, o un padre que participó en los operativos de rescate de los cadáveres, recogiéndolos del suelo por manotadas, como si fueran gajos de plátano. Desde el principio el hecho se divulgó más como comadreo que como noticia, debido a la censura oficial y al desafuero narrativo de los habitantes de la región. Sin perspectiva, sin rigor, cada quien propagaba su propia versión de la matanza. Muy pronto fue imposible distinguir entre la realidad y la imaginación, y al final nadie supo –nadie sabe– cuánta sangre corrió de verdad ni cuánta corrió de mentira. Pifiados los historiadores, fueron los novelistas los encargados de construir la memoria. García Márquez, por ejemplo, exageró el número de muertos en Cien años de soledad: dijo que habían sido tres mil. Lo insólito es que un senador de la República se tragó sin dolor el anzuelo de la ficción y, en una de las sesiones del Congreso, propuso un minuto de silencio en honor a las tres mil víctimas de las bananeras.

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El escritor Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926) también se obsesionó con el acontecimiento. En su novela La casa grande lo cuenta a través de una sucesión de monólogos fragmentarios. La abundancia de voces le permite contrastar la realidad y conformar un calidoscopio que varía según el punto de vista. El tono es escueto cuando dialogan los soldados encargados de acabar la huelga; altanero cuando habla el padre, un gamonal que le colabora al Ejército; rencoroso cuando conversa la gente del pueblo que planea el crimen del padre; inocentón cuando intervienen los hijos para contar cómo la crueldad les arrebató la infancia.

Cepeda utiliza una saga familiar como epicentro de su narración, pero va más allá para mostrarnos el hecho en su contexto global: los hacendados que viven como reyes al lado de la iglesia, los pobres que habitan en los extramuros, en “casas de madera con techos oxidados y rotos por donde se mete la lluvia”; los soldados arreados como borregos para defender los intereses de los poderosos; “los hombres que trabajan en las fincas toda la semana y vienen al pueblo a emborracharse y a darles parte de su jornal a las mujeres y a las otras mujeres”. En este panorama desolador, expresado con una prosa austera, hay una tensión permanente en la que se adivina el desenlace brutal. Cepeda no precisa el número de víctimas, como García Márquez, pero es desmesurado como él cuando habla de “cadáveres tirados a lo largo de los rieles y amontonados en las estaciones de los pueblos”.

Llevo tres días buscando los vasos comunicantes entre la novela de Cepeda Samudio y los lugares donde está ambientada. He recorrido la zona bananera, desde Riofrío hasta Sevilla, pasando por Orihueca, Guacamayal y Tucurinca, y no he visto ni un solo indicio del esplendor antiguo, el de los terratenientes endomingados que bailaban cumbiamba con mazos de dólares encendidos entre las manos. Lo que hay son niños famélicos a lado y lado de la carretera, cerdos de nadie que hociquean las cercas ajenas, hombres grises que se envejecen minuto a minuto bajo el sol, matronas descalzas de talones cuarteados, ventorrillos tristes, toldos desteñidos. Nada en estos parajes arruinados sugiere que existiera alguna vez la bonanza idealizada de las leyendas. De las diez mil hectáreas de banano que hubo durante la época de la United Fruit Company, cuando se hablaba de “la fiebre del oro verde”, apenas quedan novecientas, según me informó el historiador Ismael Correa Diazgranados. Muchos de los ricos que aún no han huido de la extorsión de guerrilleros y paramilitares prefieren sembrar palma de aceite. Sin embargo, en las orillas de la calzada se ven racimos de plátano, colgados como banderas melancólicas en cobertizos desguarnecidos.

Hay, además, abundantes fritangas a la vera del camino. La atmósfera huele a tajadas sofreídas en aceite con ajo. Uno recuerda entonces la sentencia ingeniosa de Héctor Rojas Herazo: “El patacón es la forma más noble de la madera”. Y lanza –barriga llena y corazón contento– su propia conclusión tremendista: tanto la novela de Cepeda como las más delirantes invenciones callejeras tienen un mérito primordial: ayudarnos a recordar que en nuestra larga historia de barbarie, hasta el olor del plátano verde nos ha costado sangre.

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Todavía se podría describir a Ciénaga con una frase tomada de La casa grande: “Un pueblo ancho, escueto y caluroso”. En todo caso, son pocos los elementos de la novela que sobreviven en la realidad. Para empezar, la casa donde se desarrolla el grueso de la trama es hoy sede de una universidad, y no tiene árboles, ni memoria, sino un patio pavimentado que resulta poco acogedor. Algunos de los objetos mencionados por Cepeda son antiguallas desconocidas para los jóvenes, como las camas de lienzo y el aguamanil de hierro con palangana de peltre. La célebre estación del ferrocarril, la de la matanza manipulada por la historia y sublimada por la literatura, está convertida en un bazar de espanto, lleno de zapateros remendones, quioscos de comida, depósitos de mercancía y graneros donde suenan a toda hora canciones despechadas. Ya nadie les llama “academias” a los prostíbulos ni “académicas” a las prostitutas, como en la época de la masacre. Estas putas de ahora, por cierto, son muchachas desangeladas que no encargan su ropa a los marineros mercantes que viajan a Lisboa, sino que la compran al menudeo en tenderetes de mala muerte. Y no llevan rimbombantes apellidos extranjeros sino apodos criollos, como “La Madre Superiora”, “La Yoryi” y “La Caraepiedra”.

Sólo una de las personas con las que conversé durante mi peregrinaje por Ciénaga ha leído La casa grande: el profesor José Manuel Elías. Los demás –el pintor Tico Correa, el poeta Rafael Mateus, el investigador Edgar Caballero, el historiador Ismael Correa y el asesor de cultura del municipio, David Bermúdez– la desconocen. Todos ellos, eso sí, levantan el pecho para comentar que se sienten orgullosos de que se haya escrito una novela notable sobre su pueblo. Y algunos hasta afirman sin ruborizarse que Cepeda Samudio es el verdadero creador del Realismo Mágico, “el mejor escritor de habla hispana dicho por todas las enciclopedias”.

Nada nuevo, pienso: en este país la literatura siempre ha sido más citada que leída, más motivo de consejas parroquiales que de debates serios. Discutimos sobre la fama del escritor, sobre su relación con el poder, y nos desentendemos de lo que escribe, que es lo único importante. Por eso la historia nos atropella sin dejarnos ni una sola lección. Por eso la riqueza se nos esfuma y sólo nos quedan el olor y la leyenda.

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