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El padre de Sándor Márai

La literatura centroeuropea vivió asfixiada durante años bajo el yugo del comunismo. Pero tras la caída del muro de Berlín, los lectores han podido acceder a escritores que ya son clásicos como Sándor Márai o Magda Szabo. Sin embargo, poco se sabía de Deszö Kosztolányi, que ahora llega a las librerías del país.

2010/03/15

Por Conrado Zuluaga

La desaparición de la Unión Soviética y del muro de Berlín no solo significó el fin de una era sino también el resurgimiento de una literatura que estuvo, en términos de Milán Kundera, “raptada” o silenciada por muchos años. Hoy en día varias editoriales prestan especial atención a esa rica cantera de escritores que hacen parte de la Europa central, ese espacio indefinido y heterogéneo que se conoce como Mitteleuropa. Y el interés se extiende tanto a las nuevas voces, como al rescate de aquellas que en la primera mitad del siglo XX eran reconocidas y celebradas, pero que la catástrofe europea condenó al olvido o al ostracismo.

Tal es el caso de Sándor Márai (1900-1989), el célebre escritor húngaro cuya fama se extendía por toda Europa hacia 1940 y que pasó los últimos cuarenta años de su vida aislado en una casa en San Diego, California, con su mujer y su hijo, y cuyo único aliciente para seguir viviendo fue continuar escribiendo en su lengua natal sobre el mundo europeo de entreguerras, con esa curiosa mezcla de cosmopolitismo y decadencia burguesa. O el de Magda Szabó (1917), también húngara y autora de una honda y profunda novela publicada por Mondadori, La puerta, y a quien las fuerzas de ocupación soviéticas silenciaron durante más de treinta años. La puerta apareció en húngaro en 1987, en el 2003 se le concedió en Francia el premio Femina a la mejor novela extranjera y dos años más tarde apareció en español. Estas historias se repiten en casi todos los países centroeuropeos, desde Polonia hasta la antigua Yugoslavia, desde Austria hasta Moldavia y Ucrania.

Algunos de esos escritores murieron antes del gran desastre de la Segunda Guerra, pero los acontecimientos que se sucedieron casi sin tregua entre 1914 y 1939 –los cuatro años de la Primera Guerra Mundial, las revoluciones, los movimientos contrarrevolucionarios, el desmoronamiento de la monarquía austro-húngara, el tratado de Versalles que despojó a Hungría de las dos terceras partes de su territorio, el ascenso de Hitler al poder, los gobiernos antisemitas que se extendieron por toda la región, la invasión a los sudetes por parte de las tropas alemanas y luego a Polonia– les permitieron comprender que las teorías decimonónicas del progreso se iban al traste, que el mundo se vaciaba de contenido y que lo único que les quedaba era la soledad del individuo.

Dezsö Kosztolányi (1885-1936) uno de los autores húngaros más célebres de su tiempo y del cual se han recuperado en los últimos ocho años cinco de sus títulos, fue uno de esos escritores que tuvieron la lucidez suficiente para percibir la naturaleza de esos cambios y dejar plasmados en sus personajes el desasosiego y la incertidumbre que los envolvía.

Perteneciente a una familia de intelectuales de provincia, estudió Filosofía en Viena, y luego, Lengua y Literatura húngara y alemana en Budapest, pero abandonó la universidad a los veintiún años y se dedicó al periodismo. Kosztolányi fue uno de los fundadores de la famosa revista Nyugat [Occidente], que pretendía la renovación de la cultura húngara y su inscripción en un contexto europeo mucho más amplio. Su primer libro de poemas, Los lamentos del niño pobre (1910), también fue su primer éxito, pero es en su madurez cuando aparecen sus temas predominantes: el sentimiento de soledad, una ironía –a veces grotesca– que provoca en el lector una sonrisa amarga, un temor creciente frente a la muerte, un singular afecto por el mundo exterior, y el convencimiento de la insalvable incomunicación que rodea a todos y cada uno de los hombres. Uno de sus últimos libros de poesía refleja desde el título su profundo desengaño, Los lamentos del hombre triste (1924).

Políglota, traductor de Shakespeare, Wilde, Calderón, Molière, Goethe, Rilke, Baudelaire, Verlaine y Maupassant, entre otros, el periodista y poeta húngaro también fue un excelente narrador. Su evolución interior lo condujo al desarrollo de una aguda penetración psicológica de la gente común y al manejo de una prosa flexible, animada y limpia, coloquial en muchos momentos. Su modernidad se proyectó hasta tal punto que hizo escuela y ejerció una gran influencia sobre los escritores húngaros contemporáneos. Su obra le valió la admiración de Sándor Márai, quien en alguna ocasión afirmó: “Todo lo que Kosztolányi escribía era invariablemente perfecto”. A propósito de Márai, ante el comentario de que los lectores en español estaban muy complacidos con la recuperación de su obra, la traductora oficial de García Márquez al húngaro, Vera Székács, comentó: “Si les gusta Márai, tienen que leer a Kosztolányi, es mejor”. Mejor o no, poco importa. La verdad es que se trata de otro maravilloso rescate de un gran exponente de la literatura húngara.

En 1999 Norma publicó La visita y otros cuentos, la mayoría de ellos provenientes de su última etapa. Ediciones B en España ha publicado cuatro novelas: Alondra (2002), Anna la dulce (2003), La cometa dorada (2005) y, recientemente, Kornél Esti. Un héroe de su tiempo (2007). Esta última narra el encuentro de dos escritores que fueron amigos desde niños, pero a quienes las circunstancias particulares de sus vidas, durante los últimos diez años, los habían separado. Kornél Esti y su amigo (el narrador inicial) son como las dos caras de una misma moneda: mientras el narrador ha alcanzado una posición estable y acomodada, Kornél sigue siendo un iconoclasta y un rebelde. A lo largo del texto el lector puede abrigar la inquietante sospecha de que el personaje es apenas la réplica burlona de la personalidad sentimental y burguesa del autor, capaz de decir todo lo que él no se atreve y de vivir la vida sin las limitaciones que se ha impuesto, capaz de sacrificar la escritura, la seguridad, el bienestar y la fama, a cambio de la precariedad de cada día y de la incertidumbre de cada noche, en una palabra, a cambio de la vida misma. De ahí su firme convicción: “Un escritor rico es una ordinariez”.

Pero no se puede creer, a la luz de la conclusión del personaje, que la novela es una reflexión o exaltación de la condición marginal del artista. Este texto es una crítica despiadada a las apariencias, a la burguesía superficial hasta la vulgaridad, a la sustancia irracional de que están hechos los hombres, porque como dice uno de sus personajes en Anna la dulce, “No amo a la humanidad porque ni la he visto ni la conozco. La humanidad es un concepto abstracto... Jamás se ha presentado nadie ante mí diciendo que se llama ‘humanidad’. La humanidad no pide pan, ni ropa, sino que se mantiene a una distancia prudencial... Solo existen los seres humanos”.

Otro aspecto igual de inquietante radica en la estructura formal. Para Kornél, como para Kosztolányi, estilista consumado al fin y al cabo, “solo está dotado de interés y contenido lo que también posee forma”. Y esta novela posee una muy peculiar, pues la narración está compuesta por dieciocho fragmentos –capítulos que podrían ser considerados relatos aislados– en los cuales el único hilo conductor es el personaje y su voz relatora, que a poco de empezar la narración suplanta por completo a la de su amigo. No hay secuencia narrativa ni sucesión temporal: “¿Acaso no se puede ir de un día a otro guiado por lo que sientes?”. De ahí que algunos hayan calificado este libro como volumen de cuentos, sin embargo, se trata de una novela que busca en la negación su propia forma —como ocurre con la célebre novela de Italo Calvino Si una noche de invierno un viajero, escrita cuarenta y seis años más tarde.

Biografía imaginada, transposición literaria de una confesión convertida en un juego, Kornél Esti. Un héroe de su tiempo es una estupenda novela que vale la pena leer y recordar. Mientras Márai es un exquisito escritor decimonónico en los años cincuenta del siglo XX, Kosztolányi, quien lo antecedió, ya era en los treinta un autor de este nuevo milenio.

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