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El paisajista de la guerra

Es considerado uno de los grandes reporteros de nuestro tiempo. Sus crónicas en The New Yorker y sus libros sobre la guerra y personajes como el Che Guevara han dado muestra de su maestría.

2010/03/15

Por Santiago Torrado

Jon Lee Anderson bien podría haber muerto en el Hotel Palestina de Bagdad el 8 de abril de 2003. Aquel día, en un incidente inexplicable, un proyectil estadounidense alcanzó ese edificio donde se concentraba la prensa internacional que permanecía en la capital iraquí después del estallido de la guerra y mató a un camarógrafo español de la cadena Telecinco y a otro ucraniano de la agencia Reuters. En busca de seguridad y ciertas comodidades operativas en medio de aquella ciudad bajo fuego, Anderson había peregrinado por distintos hoteles y hacía apenas algunos días se había cambiado del Palestina al Sheraton, que se alza en la acera de enfrente. Por supuesto, no fueron ni los únicos periodistas que murieron en Irak ni la única vez que el corresponsal estadounidense arriesgó el pellejo.

Gajes del oficio, pensará Anderson, autor de La caída de Bagdad, el extraordinario reportaje literario sobre la experiencia de los iraquíes durante el régimen de Saddam Hussein y la invasión norteamericana que lo depuso. Su nombre casi siempre viene acompañado por la frase “cronista estrella de The New Yorker”. Gracias a sus despachos –y a los reportajes investigativos de Seymour Hersh, el periodista que destapó las torturas de Abu Ghraib– esta publicación ya no solo es un referente literario sino una fuente obligada para entender las consecuencias de las políticas de la administración Bush, que ha lanzado dos guerras de las que Anderson ha sido testigo privilegiado. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 fue uno de los primeros corresponsales extranjeros en llegar a Afganistán. Su paisaje montañoso le era familiar, pues conocía el país desde la ocupación soviética. De esos despachos nació otro de sus libros, La tumba del león.

Anderson tiene cierta facha de aventurero que se corresponde con el desdén por los riesgos necesario para ser corresponsal de guerra. El inventario de conflictos y revoluciones que ha cubierto no tiene mucho que envidiarle a otro reportero legendario, el fallecido Ryszard Kapuscinski. Y si las memorias de infancia del polaco están marcadas por la Segunda Guerra Mundial, las de Anderson lo están por la Guerra Fría.

Hijo de un diplomático estadounidense, se crió en distintos países. Cuando tenía apenas dos años, en 1959, su familia se mudó de California a Corea del Sur y uno de sus primeros recuerdos es la mirada fija de los soldados a lado y lado de la frontera cuando su padre lo llevó a la DZM, la franja divisoria entre las dos Coreas. Los Anderson pasaron brevemente por Bogotá para después instalarse en Taiwán –donde conoció a dos soldados estadounidenses que estaban de permiso después de pelear en Vietnam– y después en Indonesia, solo tres años después del golpe militar de Suharto.

Su escuela como reportero la hizo en la Centroamérica de los ochenta, una región plagada por conflictos armados que cubrió para la revista Time.

A finales de esa década comenzó a investigar sobre movimientos insurgentes en distintos rincones del mundo para escribir Guerrillas: journeys in the insurgent world. Descubrió que los guerrilleros de Birmania, El Salvador, El Sahara ocidental y hasta Afganistán veneraban a Ernesto Che Guevara y en ese momento comenzó a interesarle su dimensión mítica. No encontró ninguna biografía “que se pudiera llamar perdurable”, así que le tomó cinco años escribir la suya Che Guevara, una vida revolucionaria, que sin duda lo es. Para encontrar respuestas se instaló en 1993 en La Habana. Su mayor acierto, quizás, fue conseguir la confianza de la viuda del Che, Aleida March, quién “se atrevió a despertar de tres décadas de hibernación para atender a un ‘yanqui’ insolente y fisgón”.

No fue fácil seguirle los pasos al Che (como no sería fácil seguírselos a Anderson) y la larga lista de agradecimientos de la voluminosa biografía que lo posicionó como uno de los grandes corresponsales extranjeros incluye a fuentes en Argentina, Bolivia, Paraguay, México, el Reino Unido, Moscú, Alemania y Washington. Sus pesquisas ayudaron a resolver uno de los grandes misterios de América Latina. Cuando el general retirado Mario Vargas Salinas le contó su papel en el entierro del Che, su confesión ayudó a ubicar en las montañas bolivianas, tres décadas después de la ejecución, el esqueleto de un hombre sin manos.

El prestigio de Anderson no se debe solo a sus despachos de guerra sino también a sus perfiles de largo aliento, que han incluido a Hugo Chávez y a dictadores como Charles Taylor, Saddam Hussein, Fidel Castro o Augusto Pinochet. Siempre están acompañados de una investigación exhaustiva que le permite descubrir detalles inéditos. En el 2000, por ejemplo, cuando visitó la prisión de Yare, en Venezuela, donde Chávez estuvo preso después del golpe de 1992, la secretaria del psicólogo de la cárcel le contó cómo el autoproclamado socialista del siglo XXI hablaba con un busto de Simón Bolívar durante sus días de reclusión.

Su estilo sobrio, pero rico en detalles, se enmarca en la tradición del reportaje de guerra norteamericano. Anderson no tiene afán y eso se nota en su prosa. Tiene sensibilidad para enmarcar el contexto histórico y una mirada compasiva con los personajes de carne y hueso que habitan los escenarios de los conflictos modernos. “La guerra es un paisaje humano alterado”, dijo alguna vez.

Es una celebridad, y si a alguien le queda alguna duda, ya tuvo una brevísima participación en Hollywood. En Syriana, aquella historia sobre los intereses ocultos de la política estadounidense en Oriente Medio, le pregunta al analista del mercado energético Brian Woodman, el personaje de Matt Damon, si está ahí, en la sala de una lujosa mansión en Marbella, como él, para ver al Emir. Su presencia es uno de los detalles más verosímiles de la película. Esas preguntas pausadas y atentas bastan para adivinar que se interpreta a sí mismo.

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