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El pasado no perdona

Con la publicación de Tanta sangre vista, del escritor Rafael Baena, Arcadia se pregunta si estamos asistiendo, como asistió España en los años noventa, a un boom de novela histórica. En este reportaje hablan los protagonistas.

2010/03/15

Por Santiago Villa Chiappe

Una mirada a la sección de novedades de las librerías colombianas parece confirmar el ocaso de la novela negra y el comienzo de un nuevo fenómeno literario protagonizado por la historia. Rafael Baena, periodista, escritor y autor de la novela Tanta sangre vista, de próxima aparición, es el último de esta tendencia: “Hay muy buenas novelas negras –dice–, por citar un ejemplo está la de Nahum Montt, El eskimal y la mariposa. Sin embargo, con la mayoría se tiene la sensación de que falta algo. Además lo que se narra es lo que vivimos todos los días. ¡Yo no quiero llegar a la casa a leer lo que tengo que padecer en la calle! Llámenme escapista, pero a mí me gusta que la literatura haga perder la conciencia”. La novela histórica contemporánea, sin embargo, está muy lejos del escapismo. Incluso la de Rafael Baena, pues, a pesar de las intenciones del autor, al tiempo que nos lleva de las guerras civiles del siglo XIX a las haciendas de clima templado y los salones de baile de la capital, presenta como trasfondo una perpetua violencia agraria que asume varios rostros de acuerdo con los señores de la guerra de turno. Baena utiliza como recurso al pasado para dibujar la misma espiral que se vive en la agro colombiano desde hace más de cuarenta años. Ya lo dijo el historiador Benedetto Croce: “Toda historia es historia contemporánea”.

Los años noventa vieron el auge de la novela urbana. Aquella nueva generación de novelistas, entre los que se encuentran Santiago Gamboa, Mario Mendoza, Jorge Franco y Nahum Montt (quien llegó tarde pero con pasos fuertes), sacudió de sus espaldas el peso del pasado y enfocó su mirada hacia espacios y temáticas poco explorados hasta entonces. Asesinatos, detectives, narcotráfico, sicarios y barrios de mala muerte (literalmente) invadieron la narrativa colombiana. Lumpen, balas y cemento parecían ser la regla, incluso el prerrequisito para llegar a las librerías. Con el cambio de milenio, sin embargo, se produjo también una transformación literaria. En el 2000, Andrés Hoyos publicó La tumba del faraón, ambientada en el primer virreinato de la Nueva Granada y que explora la vida del fraile pintor Íñigo de Vistahermosa y Santos. Desde entonces la lista de novelas históricas no ha hecho sino ampliarse. Podría decirse que esta tendencia llegó a un clímax en el 2005 con la publicación de Ursúa, de William Ospina, una novela ambientada en la época de la conquista americana, que relata las gestas de Pedro de Ursúa, quien fue compañero de armas del nefasto Lope de Aguirre y que eventualmente murió a manos del mismo. Esta ha sido una de las novelas más vendidas en los últimos dos años y la recién publicada Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez, tiene todas las intenciones y unas buenas probabilidades de repetir el fenómeno de ventas que fue Ursúa. La novela de Vásquez parte de una idea que sin duda es una de las mejores de la literatura colombiana en los últimos años. De acuerdo con la ficción de Vásquez, Nostromo, la única novela de Joseph Conrad ambientada en América Latina, partió del relato hecho al escritor por un ciudadano nativo. Conrad lo tergiversó al escribir su libro: Historia secreta de Costaguana recupera la versión original.

A pesar de este boom, uno de los primeros en afirmar que la novela histórica en Colombia no es algo nuevo bajo el sol es el mismo William Ospina: “La necesidad de reflexionar sobre la historia no es un fenómeno reciente. En mi poesía siempre ha estado presente y ha sido un tema recurrente en la literatura colombiana. La tejedora de coronas, de Germán Espinosa, algunas novelas de García Márquez, de R. H. Moreno Durán y más recientemente La marca de España, de Enrique Serrano, son muestra de ello”. Héctor Abad Faciolince también reconoce que la novela histórica ha sido parte de la tradición literaria: “En Colombia había ya una tradición de novela histórica. Pienso en Germán Espinosa (La tejedora de coronas), en Andrés Hoyos (Conviene a los felices permanecer en casa) y hasta en García Márquez y Fernando Cruz Kronfly con sus novelas sobre Bolívar. Incluso El mensajero, de Fernando Vallejo, es una especie de novela histórica, casi sin invención”.

¿No hay, pues, tal cosa como un auge de la novela histórica? Además de las novelas de Rafael Baena, William Ospina y Juan Gabriel Vásquez, puede pensarse en Liturgia de difuntos (2002) y La cantata del mal (2007), de Fernando Toledo y en La otra agonía: la pasión de Manuela Sáenz (2006), de Victor Paz Otero. Tras interpelar a William Ospina al respecto, el escritor hace una concesión: “Aunque no es una novedad en la literatura, es interesante que se estén escribiendo novelas con temas históricos. En los últimos tiempos está muy presente la historia, porque en realidad hay muchas historias que contar. Nuestro caso podría ser tardío porque hasta hace poco nuestra literatura ha creído que el pasado europeo es el único que vale la pena narrar”. En efecto, una ventaja de este fenómeno es la renovación de las temáticas literarias. El ejercicio de disipar las brumas del pasado promete mucha tela que cortar para tejer historias. Al hablar sobre su novela, ambientada en el siglo XIX colombiano, Rafael Baena comentó que es un periodo de la historia que ha sido poco explorado en la literatura colombiana e incluso en la misma disciplina histórica. Hay que concederle la razón a Baena. Los historiadores colombianos que investigan el siglo XIX tienen un apodo para su campo de estudio que a veces pronuncian con una sonrisa en la boca y otras con un vestigio de frustración. Lo llaman “el siglo olvidado”. Esto nos sugiere que la literatura puede convertirse en una herramienta útil, más que para escapar al presente, para conocer el pasado. No obstante, ¿qué tan válida es esta afirmación?

La relación entre literatura e historia ha suscitado en los últimos años uno de los debates más encendidos del mundo académico. Como niños haciendo travesuras, algunos literatos parecen sentir un placer delictivo al perturbar a los historiadores afirmando que la historia es una forma de hacer literatura. Estos, por su parte, responden insistiendo en que la historia habla de la realidad, no de simples ficciones. La verdad, como suele ocurrir con las verdades, no se encuentra ni de un lado ni del otro. La literatura puede revelar aspectos del pasado que le son inaccesibles a la disciplina histórica. No en vano Carlo Ginzburg, uno de los grandes historiadores del siglo XX, suele decir que el historiador debe leer más novelas que libros de historia. Sin embargo, el mejor lugar para encontrar la estructura y la lógica de los procesos históricos, por no hablar de los hechos y acontecimientos del pasado, sigue siendo esta disciplina. ¿Entonces qué es lo que nos puede decir la literatura sobre el pasado? Quizás nada concreto: ficciones, imaginarios, universos emocionales y experiencias de vida. Pues bien, precisamente allí radica su poder. Como señala Juan Gabriel Vásquez: “La única razón de ser de la novela es decir lo que solo la novela puede decir. Los novelistas saben que es precisamente por esa calidad relativa y móvil de los hechos pasados que la novela es irremplazable. Pues solo ella, con su aproximación indirecta e intuitiva, a través de la ilusión de estar sufriendo una experiencia ajena, nos permite reducir la distancia infranqueable y cruel que nos separa de lo que fuimos”.

No cualquier novela histórica, sin embargo, logra plasmar estas revelaciones. Para reconocer las pocas que alcanzan dichas cumbres resulta útil la distinción que hace Héctor Abad Faciolince: “La novela histórica, para mí, es aburridísima cuando pretende reemplazar la Historia, cuando es didáctica, y en cada capítulo intenta darnos una clase de sociología o de geografía o de política del tiempo. La novela histórica da lo mejor de sí cuando reinventa una época y unos personajes con resultados asombrosos. Si uno quiere aprender historia, lee Historia. La novela de Juan Gabriel Vásquez no pretende contar la pérdida de Panamá. Más bien relata cómo la ínfima calidad humana de muchos colombianos (y los periodistas de entonces se parecen mucho a algunos de ahora) hacen casi inevitables nuestras catástrofes históricas. La de William Ospina es la evocación poética de una gesta, y un despliegue de enorme erudición en el choque de Europa con el trópico total, el amazónico”.

El problema se disipa cuando comprendemos que es un asunto de aproximaciones. La historia y la literatura llegan a puntos distintos porque proceden según otras reglas de juego. William Ospina presenta claramente el meollo del asunto: “La historiografía avanza con mucha cautela reconstruyendo lo que es documentable. La ficción literaria exige otro tipo de rigor porque dice cosas del pasado que tiene que creer profundamente pero no debe documentar. El ejercicio de la novela histórica está más en deducir que en documentar. En ese sentido es una hermana gemela de la literatura policíaca”. Esta alusión a lo policíaco nos trae de vuelta al principio: a la distinción entre la novela negra y la novela histórica. ¿Será posible que por alguna extraña parentela, o por una sutil causalidad propia de la literatura, el presente boom de la novela histórica sea una derivación natural de las inquietudes policíacas y detectivescas presentes en la narrativa colombiana durante los años noventa? Es imposible comprobarlo, pero igual de cierto es que resulta seductor pensarlo.

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