El pensamiento lúcido de la existencia

El 17 de mayo de 1994 murió Nicolás Gómez Dávila. A 20 años de su muerte la lectura de sus Escolios sigue siendo un ejercicio refrescante y necesario.

2014/04/22

Por * Alfredo Abad

Hace 20 años, el 17 de mayo de 1994, Nicolás Gómez Dávila dejó de existir entre los miles de volúmenes de su biblioteca. Murió entre libros, tal como había vivido, consolidando una vida y una obra que permiten definir un talante sólo propio de quienes han sabido determinar el oficio del pensamiento y la filosofía como un modo de vida, una actividad ético-estética que el pensador colombiano asumió como pocos.

Ahora su obra ha trascendido mucho más allá del pequeño círculo de reconocimiento que originariamente la circundaba. Su pensamiento y su escritura se inscriben como una de las más originales experiencias filosófico-literarias del siglo XX, alejada de las muy en boga criptografías del pensamiento contemporáneo. ¿De dónde surge un pensador así? ¿Qué contexto lo envuelve para que dé forma a un escritor al cual muy poco puede serle común?

En primer lugar, el suyo no es el ámbito colombiano, ni su literatura ni mucho menos su pensamiento. Gómez Dávila no es colombiano o latinoamericano en el sentido de estar atado a una tradición de la cual sea deudor. Pero tampoco puede ser europeo, en el sentido moderno o contemporáneo, a menos que se vea su obra como la reacción contundente de un hombre que quiere extraerse de su contexto inmediato, es decir, de los ideales típicamente modernos.

Estas particularidades denotan justamente lo que Franco Volpi definió como su excentricidad, faceta que envuelve y cierra en gran medida, el acceso a su pensamiento. La medianía cultural del colombiano promedio está mucho más ligada a Macondo y no a Delfos, cuna de la Reacción de acuerdo a Gómez Dávila. Por esta última, su obra pertenece a una tradición clásica en la que Platón, Tucídides, Aulo Gelio, Montaigne, Pascal y Nietzsche, son sólo algunos de los nombres a quienes puede ligarse el contexto aristocrático de su pensamiento. Su obra reviste además de un espectro contestatario, paradójicamente se torna en muchos casos subversiva, ajena a todo convencionalismo. Sus blancos: la izquierda, la derecha, la Iglesia postconciliar, la literatura contemporánea, las utopías, la pedagogía, la tecnocracia, el progreso, todo lo que en buena medida resume nuestra actualidad, puesto que de acuerdo a su visión, El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

Los fragmentos gomezdavilianos son por esto mismo, extemporáneos, intempestivos, dan cuenta de una mentalidad clásica cuyo matiz aristocrático precisa perfectamente la propiedad de su quehacer. Pero no la aristocracia expuesta en las pretensiones esnobistas de la alcurnia burguesa santafereña, ni tampoco la sangre azul que corre por la encopetada y rancia nobleza europea. Se habla aquí de una aristocracia del espíritu, de lo que él muy bien definió como vida interior, como esa particular distinción de quienes como él pudieron pensar su existencia, al margen de una valoración económica y social del término, por cuanto Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango, o su fortuna.

Sus reflexiones fueron expuestas en siete libros y dos ensayos, todos ellos ya publicados y en gran medida traducidos a varias lenguas. Si se identificara un desarrollo en su pensamiento y en su escritura podría hablarse de un tríptico: un primer Gómez Dávila, concretado en su libro inaugural Notas, en donde la fragmentariedad, la dispersión y los tanteos tanto escriturales como ideológicos ven la luz en una obra publicada en México por su hermano Ignacio en 1954. Otra instancia intermedia, puede puntualizarse en el segundo de sus libros, Textos I, un conjunto de diez ensayos en el que abandona la escritura fragmentaria y expone a través de un lenguaje poético no exento de valiosas consideraciones filosóficas, algunas de sus posturas antropológicas, religiosas, políticas, etc. Por último, un tercer periodo, el de plena madurez, en el que a través de los cinco tomos de sus Escolios a un texto implícito, detalla con suficiente énfasis su alejamiento de la modernidad y la consolidación de una de las más sobresalientes muestras de escritura fragmentaria, en la que sus aforismos, sentencias y máximas, revelan una sobriedad y depuración estilística sin igual.

A dos décadas de su muerte, conviene acceder a su obra no sólo con un afán ideológico sino crítico. Leer sus Escolios representa una sana manera de vivificar el entorno problemático desde el cual se encauza todo malestar y asombro por el que la filosofía retorna a su origen. Al leerlo es siempre imprescindible precisar que su ironía, su incomodidad y su lucidez son un buen motivo para darse cuenta de que nuestra vida merece ser pensada.

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